martes, 20 de diciembre de 2016

HOMONIMIA PARA TORPES DE LA HISTORIA


Hombre, no sólo va uno a encontrar en las pseudolibrerías de las grandes superficies Windows XP para torpes. Supongo que también podría darle a algún iluminado por publicar (tal vez ilustrada por Forges) una “Homonimia para torpes”, e ir tú husmeando la mancha y encontrarla. Necesaria. Al menos así la considero después de leer (y disfrutar) el chiste gráfico de Larrey, “La vuelta de la tortilla”, publicado en HOY el sábado pasado. Excelente. Acerca de las comunidades Autónomas Españolas. Y digo ‘españolas’ porque el chiste mantenía como fondo de dibujo el mapa de España. «Comunidades históricas / Comunidades histéricas». Del birrioso mapa de España, aplastado como una piel tundida, emergían varias líneas en dirección exacta a las comunidades histéricas y otras en dirección a las comunidades históricas. Lo chocante del asunto residía en que, en apariencia, la dirección de las líneas estaba equivocada porque había unas que señalaban como histéricas a las comunidades consideradas históricas, y afianzaban como históricas a las que nadie considera como tales. Así que las históricas eran histéricas y las que no son históricas tampoco eran histéricas pero eran históricas. Resulta, pues, que las comunidades que no son histéricas son históricas y las histéricas son, a la vez, históricas e histéricas. O sólo histéricas, quién sabe. Llegados a este punto de esquizofrenia homónima, habría que preguntarse dónde reside la historia y dónde aparece la histeria, o cuándo. Porque puede darse el caso de que una Comunidad histórica haya vivido tranquilamente su historicidad durante siglos, anclada en sus costumbres de raigambre bellísima y, de pronto, la aceleración del ritmo histórico le ha quemado las bujías, ha empezado a considerarse más histórica que nunca y se le ha aparecido la mañana de los tiempos en figura de reivindicación virginal disfrazada de histeria. Para no caer en el cepo, hay que preguntarse, pues, dónde reside la Historia. Oye, que no es una gilipollez, me lo han preguntado en la calle y no he hallado la respuesta. Me han dicho: ¿dónde está la Historia? ¿En las montañas, en los ríos, en los valles? ¿En los pueblos, en las ciudades, en los monumentos? ¿O acaso la Historia no es un lugar, ni mil lugares, sino el conjunto de ‘acciones’, conocidas o no, llevadas a cabo por el ser humano a lo largo de los siglos? Si es así, todas las comunidades que integran España son históricas. Supongo que a nadie en su sano juicio se le ocurre afirmar que el río Llobregat es más histórico que el Tajo, o que Santiago de Compostela es ciudad más histórica que Mérida, o que la playa de la Concha adormece con olas más históricas que las de Almería, o que la Albufera de Valencia acumula más patos históricos que las Tablas de Daimiel. Ah, no, mire usted, es que no es eso, usted no tiene ni prostiputa idea, usted se ha pasado diecisiete autonomías porque el concepto histórico no reside en la topografía sino en el idioma, es decir, para que usted me entienda, la Historia no se asienta en los comportamientos humanos, las costumbres, todo eso, sabe usted, no, no, la Historia se arraiga en el idioma: Sólo una Comunidad con capacidad de comunicación oral diferente a otras (sistema fonológico propio, que se dice), puede considerarse histórica. ¡Plaff! Más de media España sumida en las tinieblas exteriores de la no Historia. ¡Y yo que pensaba que Viriato y las murallas tardorromanas le conferían a Coria un antiquísimo olor histórico. Pues nada. Sin histeria no hay Historia. (Información para listos. Charles Bally admite la homonimia parcial: los significantes presentan alguna diferencia de forma. Históricas/histéricas, por ejemplo. De nada).

martes, 22 de noviembre de 2016

EL PLEONASMO DE LA MEDITACIÓN ESPIRITUAL

Meditación espiritual. Estos (norte)americanos son capaces de practicar el surfing con papel de estraza. Ahora nos salen con los beneficios de la meditación espiritual. Jo, tío, es el descubrimiento del mediterráneo interior. Meditación espiritual versus meditación secular. Lo ha conseguido un equipo de la universidad de Ohio, la Bowling Green State University. (Que viene a ser algo así como la Universidad Estatal de Campo de Bolos. ¿Será un bolo la cosa de la meditación espiritual?). Resulta que el equipo investigador ha descubierto que «la meditación espiritual es más relajante y eficaz contra el dolor que la secular». La contraposición es adecuada si, según entiendo, la noticia atribuye a la meditación espiritual el hecho de pensar en Dios y sus divinos misterios y, por el contrario, a la meditación secular el pensamiento que gira alrededor de uno mismo. Saben ustedes, esas frases sacadas de los florilegios norteamericanos (Selecciones del Reader’s Digest, por ejemplo) para estimular la  autoestima: estoy contento, soy feliz, la vida es bella, benefíciese del cepillo dental, a la ancianidad sin el tabaco, media hora de footing diario…
Se medita en el amor que Dios ha manifestado a los hombres, en las verdades teológicas, en los frutos salvíficos de la redención o en la salvación del alma. Pero no sé hasta qué punto es apropiado meditar en una demostración matemática. En el teorema de Pitágoras se piensa, o se discurre. Pero no se medita. A no ser que la sensibilidad teórica se mantenga tan a flor de piel que el solo pensamiento de la proposición científica susceptible de ser demostrada haga saltar las lágrimas al enamorado de los axiomas. No es raro. Yo conocí en Salamanca a un padre jesuita, profesor de griego clásico, que lloraba cada vez que recitaba de memoria los pasmosos y épicos versos de Homero que narran la cólera de Aquiles. Pero vamos, no es el caso. Aquí de lo que se trata es de que la meditación espiritual, esa que utiliza las frases de «Dios es amor» o «Dios es paz» o «Dios te ama», repetidas una y otra vez en el turbio interior de la conciencia, resultan relajantes e incluso eficaces contra el dolor físico o moral, contra la ansiedad y el estrés. Cosa que no consigue la ‘meditación secular’ (estoy contento, soy feliz, el Madrid es el mejor equipo del mundo, cosas así).
Que la meditación espiritual  produce beneficios psicológicos es cosa sabida desde antiguo. Las personas de vida contemplativa adquieren la paz interior porque “creen” en los efectos de la meditación. El creyente busca, con la aceptación (fe) de una realidad trascendente, la interpretación de la realidad circundante. El problema del dolor, de la injusticia, del sufrimiento de los inocentes, del mal, encuentra así una interpretación que tranquiliza y sosiega. Ese es el fruto de la meditación espiritual. Otros buscan la interpretación tranquilizadora de la realidad en el budismo o en otras filosofías de la vida. Y también encuentran sosiego. Como las monjitas con sus rezos letánicos. Paz y tranquilidad.


Y puesto ya en plan de didactismo benefactor, prefiero cien veces la frase-ejemplo de meditación espiritual «Dios es amor», tan vacía de contenido según muchos, a la estupidez televisiva de Eva Noche: «La vida es un pedo que suena por dos y huele por tres», ejemplo apodíctico de meditación secular. Aunque puede que haya alguien (muchos) a quien tranquilice la roña escatológica de la ordinariez. Que le aproveche.

sábado, 19 de noviembre de 2016

MORALINA SOBRE LA CALIDAD

Hay veces en que la calidad se aplica a entidades reales y adquiere, en estos casos, difusos límites concretos que proporcionan algunos  parámetros (?) de identificación. Y así, marujonas y culebroneras otorgan el voto de aceptabilidad cualitativa al producto que aparece magnificado en el bodrio de la publicidad televisiva, de manera que cuanto más les zurran la badana con el anuncio, mayor calidad otorgan al producto. Y así, culimajos y repeinados difunden orgullosamente su criterio de verificación de la calidad a través de los «kilos» que se han gastado en la adquisición del coche: a más kilos, más orgullo cualitativo («common rail», EDC y todo eso). Y así, yo mismo. Voy y me compro unos zapatos, por ejemplo. Y resulta que los ciento siete euros escuecen menos si el producto es de calidad: dispone de piso cosido a mano en lugar de aparecer pegado a presión.
La dificultad, insisto, radica en afirmar criterios para reconocer la calidad aplicable a las abstracciones, como el arte, la literatura, la enseñanza.
Por todas partes se alzan voces exigiendo una enseñanza de calidad. Sería maravilloso conseguirlo. Pocas voces, sin embargo, exponen de forma imparcial ( y lúcida) en qué consiste la calidad en la enseñanza. Si acudes a cualquier foro docente, apreciarás maravillado que existen tantas opiniones sobre la calidad de la enseñanza como asistentes al acto, y aún más, porque algunos emiten opiniones diferentes según hablen al principio o al final. Y así, los enchaquetados, e incluso encorbatados, afirmarán con contundencia que la disciplina y la vuelta a los conocimientos de siempre constituyen la base imprescindible para desarrollar una enseñanza de calidad. Los enjerseizados y entrencados, por el contrario, afirmarán con solvencia que la tecnología, los ordenadores y las conexiones a Internet definen los itinerarios educacionales actuales, y no otros. Los barbudos y encoletados expondrán con displicencia que solamente el progreso y sus referentes finiseculares pueden capacitar una enseñanza de calidad dentro de un acuerdo marco docente y pluralista. En fin, alguien habrá que, empecinado en su peculiar concepto de la calidad, alabe el uso de material específico en el que sobreabunden diapositivas de penes, vulvas, pubis y cavidades vaginales, como si la idea cultural del progreso estuviera irremisiblemente ligada a las pelambreras de las ingles y de los sobacos o a las dimensiones y hechuras de las diferencias heterosexuales.
Y aunque algún lector más simpático que conspicuo piense que yo solo expongo hechos y no aporto soluciones, ahí queda esta moralina sobre la calidad educativa para su estudio.

sábado, 12 de noviembre de 2016

EL TIEMPO ES UNA LICUADORA QUE NOS DESINTEGRA



Ontología de la existencia. Gracias al tiempo estamos en el mundo. Ser-en-el-mundo interpretado como existencia, ya lo dijo Heidegger. Estamos tan acostumbrados al tiempo que no se nos ocurre pensar en el problema que el tiempo supone. Lo relacionamos con un antes y un después, un pasado y un futuro, cuando en realidad la unidad de medida del tiempo es el ‘ahora’, el instante inmediato. «Es algo misterioso, porque por una parte divide el tiempo en pasado y presente y por otra los une de nuevo. Por la división surge la diversidad del tiempo y, por la unión en el ahora, su diversidad», afirma Hirschberger. Vivimos, pues, en medio de una ficción que nos hacer ser sin ser, porque nuestro presente está variando constantemente. Cada nanosegundo ya no somos lo que somos porque nuestro ser acaba de caer en el pasado y tomamos del futuro otra mínima fracción de tiempo que, a su vez, cae instantáneamente en el pasado. Tal vez el ser humano no sepa si podría deshacer esos lazos que le surcan la frente, los barrotes de esa cárcel sin puerta que es el tiempo, tierra humilde que aprisiona sus ojos, que lo hace mendigo de si mismo: un mendigo algo extraño, limpio, afeitado, siempre sin harapos, mendigando la luz en cada tarde que es la tarde del tiempo. Tal vez el ser humano se agarre desesperadamente a esa luminosa penumbra temporal surgida de todos los instantes, infinitos ahoras que constituyen la inmaterialidad de percepciones arrancadas al goce o al pretexto de eludir la azarosa sintonía entre vida, placer, dolor o muerte. El tiempo sigue cabalgando impertérrito por páramos helados, por heladas estepas, por ardientes, resecos, tostados arenales, por las avenidas de las ciudades, por las calles de los pueblos, dando la vuelta al mundo, riéndose del hombre porque la eternidad o lo que sea se acerca, y se acerca la muerte de ese tiempo que nosotros medimos. A su vez, los científicos intentan dar la vuelta por la red del espacio o descomunicarse de la vida futura con inventos o bombas o cremas para el cutis. Por otra parte, se tiene muy en cuenta la Historia como un gran depósito de acontecimientos temporales, pero la Historia se cobija en la oquedad del tiempo que masca, engulle y se alimenta sólo de la filosofía de la historia. Presente propiamente no hay porque a nuestras espaldas, como una inmensa chepa de siglos, va el pretérito de todos esos verbos que se sabe la vida. Y, delante, el futuro con un río en los huesos, con un mar en los huesos de (des)ilusión y (des)esperanza. Si se piensa en el pasado, el personal no tiene más remedio que considerar si era un concepto erróneo o era una falsa alarma, si era un placer momentáneo o era una idea de acero. Era. Tiempo pasado. Pretérito imperfecto del verbo ser. Ahora, ahora que es presente, ahora que es lo exacto,  lo concreto, ahora no hay nada; mejor dicho, hay todo: ahora es la duda y el temor taladrando.
La historia del tiempo es una historia un poco idiota. Desde los primeros tiempos, el hombre se empeñó en atraparlo. Primero, lo encerró en los conos monótonos de relojes de arena. Después, en las agujas, la esfera, el mecanismo de relojes con muelles, manecillas y ruedas dentadas. Finalmente, en modernos cronómetros digitales con esfera de cuarzo transparente. Pero el tiempo no se amolda a las normas humanas ni hace vida tras la exactitud de un reloj. Él vuela fino y libre y avanza, avanza siempre. Oí decir que el tiempo es como un navegante que ha nacido en el palo mayor del infinito y ahí duerme, destilando su jugo gota a gota hasta que llegue el día en que tal vez pueda secarse. Luego quizás se vuelva eterno, si es que no se mueve con movimiento uniforme y rectilíneo. En fin, el tiempo es un recurso válido para fundamentar nuestra accidentalidad porque nos agarramos a él como a un clavo ardiendo y, además, nos enjuaga dulcemente la boca cuando pensamos mucho qué fuimos o seremos.



domingo, 6 de noviembre de 2016

El progreso es una idea manipulada

¡Qué bien queda hablar de progreso! Y hasta hay quien se considera culto, importante y muy actualizado porque arroja la palabra «progreso» como un arma cortante en su defensa personal. Sin embargo, la idea del progreso es vieja. Tan vieja como las ideas. Cuando decimos que las ideas gobiernan el mundo o que ejercen un poder decisivo en la Historia, pensamos generalmente en dos grupos de ideas:  el primer grupo reúne aquellas ideas cuya realización depende de la voluntad humana, como la libertad, la tolerancia o la igualdad de oportunidades, por ejemplo. A lo largo de los tiempos, estas ideas han sido (y son) objeto de aprobación o de rechazo según se consideren buenas o malas (útiles o inútiles para colmar las aspiraciones humanas), y no por ser verdaderas o falsas. El segundo grupo de ideas puede tener importancia en la determinación de la conducta humana y, sin embargo, no dependen de la voluntad del hombre. Son ideas referentes a los misterios de la vida, el Destino, la Providencia, la inmortalidad personal. Estas ideas pueden actuar de manera importante sobre las formas de desarrollo social y son aprobadas o rechazadas no por su utilidad o perjudicialidad sino porque se las supone verdaderas o falsas. Los regímenes absolutistas y dictatoriales siempre han gobernado manipulando el ventilador ideológico a través de ideas supuestamente verdaderas para imponerlas, o falsas para rechazarlas, aunque su veracidad o falsedad fuese impuesta por decreto. Los gobiernos democráticos (ojo, tampoco hay que echar las campanas al vuelo, tampoco es oro, ni siquiera plata, ni siquiera bronce ¿latón, quizá? todo lo que reluce en democracia) los gobiernos democráticos, decía, difunden su calendario ideológico a través de ideas supuestamente útiles o inútiles para conseguir el bienestar social, sin plantearse el hecho de que sean verdaderas o falsas. Y se hace consistir en ello el progreso.

sábado, 5 de noviembre de 2016

RELATO DEL NOMBRE RIDÍCULO

El nombre es algo así como una convención léxica asentada en las tripas de la diacronía. Y muchos gramáticos, propedeutas y gente entendida pretenden hacernos creer, más o menos, que desde antiguo el nombre es una equivalencia de la realidad nombrada. Creo que sí. Verás.
La otra mañana me adentraba yo por los peligrosos vericuetos, atestados de carritos, de un megasupermercado a la búsqueda de mis yogures preferidos. Ya se sabe que cualquier consumidor que se precie circula por entre los estantes y secciones de las grandes superficies (yo no, me reconozco inútil) con ese aire de naturalidad y autosufi­ciencia que proporciona el dominio del ámbito consumista y el convencimiento de las prerrogativas que otorga el hecho de pagar. Y así, el gentío se apresura a lo de la compra de forma desorganizada, como si las reservas se agotasen, y ni miran siquiera dónde ponen la esquina del carrito. Están en lo suyo y para eso pagan.
Yo caminaba esquivando como podía las metálicas agresiones de las esquinas de los carritos, que se empeñaban en golpear como si tal cosa mis rodillas, atolondrado por el éxtasis consumista del personal y asqueado por el sonsonete definitiva­mente insoportable y turronero de la musiquilla navideña (esa originalísima melodía que desea paz digitalizada y felicidad tontorrona a todo quisque que adquiera seiscientos cincuenta gramos de jamón cocido y una botella de tinto medianamente aceptable).
En esto que, mira por donde, una señora joven de muy buen, pero que de muy buen ver, todo hay que decirlo (gabardina abierta, falda corta, gorrito monísimo y abundante melena tipo locutora de ‘Corazón navideño’ y compañía, esas culifinas que imponen la moda y exponen las sandeces conyugales), arrastraba de la mano a su hijo de corta edad, ser indefenso y angelical que propinaba patadas a los transeúntes y encima había que sonreírle. El niño berreaba, pateaba, brincaba y hasta mordía, según pude apreciar, porque pretendía salirse con la suya y conseguir algo que la madre no quería concederle. La joven madre le aplicó una mediana colleja en el colodrillo que lo hizo enmudecer. Lo sorprendente, no obstante, consistió no en el liviano castigo materno aplicado a la insoportable insistencia infantil, sino en las palabras que pronunció la madre: «¡Cállate ya, Crístofer-Yónatan!», gritó irritada.
El paquete de yogures se escapó de mis dedos y tuve que improvisar unos arriesgados movimientos de equilibrista para recuperarlos. La duplicidad onomástica, añadida a la pronunciación decididamente indígena de los antropónimos sajones, me taponó los oídos mientras las sílabas percutían en mi interior y vibraban como pequeñas esquirlas metálicas. Oh Dios, aquella madre no se había conformado con uno, le había colocado al niño el estigma de dos horripilantes sambenitos, como si la criatura tuviera culpa de algo. Porque lo más probable era que el niño se llamase Crístofer-Yónatan Fernández, o Crístofer-Yónatan Pérez o, lo que es peor, Crístofer-Yónatan Gil. Tal vez haya sido la abuela, me dije movido a compasión, porque la joven madre de muy buen ver aparenta un estilo que no se corresponde con el desacierto onomástico. O tal vez haya sido la tía Etelvina o la prima Enriqueta, esas culebroneras que se dan en cualquier familia y que se empeñan, a toda costa, en amadrinar a los niños aplicándoles nombres característicos de los seriales televisivamente lacrimógenos.
Pase lo de la multiplicidad antroponímica del nieto del rey, porque fuma en pipa lo de Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. Pase lo de mi primo el odontólogo que se empeñó en llamar a su hijo, desoyendo científicamente el griterío del estupor familiar, Pedro Jorge María de la Concepción Eduardo, en medio de una mezcolanza asexuada y sorprendente. Pase. Al fin y al cabo, tales nombres responden a la contundente sonoridad fonética del castellano. Pero es que lo de Crístofer-Yónatan se pasa de la raya, amigo.

Como quiera que fuese, la cosa ya no tenía remedio. Y, tal como te decía al principio, el nombre era en este caso, me parecía, una equivalencia totalmente semejante a la realidad nombrada. Porque ¿cómo iba a comportarse correctamente un niño al que llamaban Crístofer-Yónatan? Lo natural, con un nombre así, era que brincase, berrease y diera patadas. Y hasta que mordiera.

miércoles, 26 de octubre de 2016

LA INVESTIDURA DE RAJOY


No puede ser que se esté utilizando la teoría de Gramsci sobre la corrupción conceptual del lenguaje, «conseguir que el pueblo y sus dirigentes asuman que los vocablos fundamentales sobre los que se asienta la libertad signifiquen lo contrario a su verdadero significado». No puede ser, redundando en la idea, que se nos haya concedido la palabra para ocultar el pensamiento. Sería la peor de las maldades humanas. No puede ser que todo el espectro político se nutra de mentira, engaño e insultos. Rechazo el pronunciamiento electoral basado en la caza del voto. Me niego a aceptar que los españoles estemos gobernados por inútiles, ladrones, descerebrados, mentecatos, megalómanos o paranoicos. No acepto que a los españoles sólo nos importe el bolsillo y seamos tan gilipollas como para que nos dé igual el desbarajuste político, el descojonamiento de los partidos, la obediencia partidaria de la justicia, la sinrazón burrera de los debates y el bolo descomunal de los escándalos económicos. ¿Hasta donde vamos a llegar cuando los convocantes de la concentración que llama a rodear el Congreso en señal de protesta contra la investidura de Rajoy, la califican de "ilegítima"? Tal vez la investidura de Rajoy  no sea oportuna, probablemente no sea ni siquiera saludable o conveniente para la democracia, pero desde luego lo que no puede proclamarse es que sea "ilegítima" porque se va a hacer conforme a las leyes.

miércoles, 19 de octubre de 2016

POLITIQUERÍAS

Los políticos se han cargado la noble ciencia de la política, y el modo de gobernar la ciudad y la república ha venido a ser una merienda de negros, y perdonen la expresión, ya saben, que ahora se demoniza al más pintado con esto del racismo y la atribución de xenofobia a cualquier (in)consciente. (Tengan en cuenta, así y todo, que lo de “merienda de negros” es expresión recogida en el DRAE con el significado de ‘confusión y desorden en que nadie se entiende’, el mismo con el que pretendo utilizarla en estas líneas). ¿Son malos los políticos, los que gobiernan, o son malos los gobernados? Esa es la cuestión. Para Maquiavelo (Il principe, 15-18) existen unas “reglas fundamentales de la política” y unos principios que conducen a ello. Tal vez los políticos actuales se fundamenten en esos principios, aunque lo nieguen, y acepten como punto de partida el primero de los principios maquiavélicos, ese que establece que todos los hombres son malos (y las mujeres también; entienda el lector conspicuo que en el siglo XVI, en la cancillería de Estado de Florencia, donde Maquiavelo era secretario, la paridad igualatoria sexual era desconocida a pesar de que el presentimiento renacentista iniciase un pespunte de renovación en la concepción de la persona y su vivir social, y faltaban unos cuatrocientos años para que se lograse la igualdad entre los sexos), así que, concediendo que todos los hombres son malos, el político tiene que mostrar una posición equivalente, es decir,  manifestar que también él es malo o, al menos, “aprender a no ser bueno”, y aparentar mansedumbre, fidelidad, sinceridad y más que nada piedad, pero sólo aparentarlo. Es la fórmula de Maquiavelo: contra una determinada fuerza debe oponer el político otra igual e incluso poner en juego otra mayor si quiere vencerla. Es esta filosofía estatal fundada en el carácter físico-mecanicista de las relaciones la que empuja a los políticos a atacarse sin piedad, a denostarse, a insultarse. Todos los ciudadanos comprueban este hecho, sobre todo estos días en que tan revuelta anda la cosa parlamentaria con lo de la fractura del PSOE, el proceso de Investidura, abstención sí abstención no, la amenaza de las terceras elecciones, las declaraciones de Correa en el caso Gürtel y los posibles encarcelamientos de Griñán y Chaves en Andalucía. 

martes, 4 de octubre de 2016

(IN)CULTURA LECTORA


No tiene nada de extraño que hoy día ('a día de hoy', dicen algunos plumíferos influidos tal vez por la cacofonía francesa) muchos se crean Pico della Mirandola, peritos en Humanidades o poco menos, por el hecho de hojear de vez en cuando la prensa. Y digo hojear. Porque una cosa es hojear y otra es leer. Mientras que, como es obvio, hojea quien pasa las hojas, no lee, sin embargo, quien se limita a pasar los ojos. Para leer, hay que entender lo que se lee, e interpretarlo. Y para interpretar lo leído se necesitan referencias conceptuales. Es lo que la gente llama cultura. Una persona que mediante sus estudios o lecturas adquiere conocimientos diversos y múltiples, alcanza probablemente un conjunto importante de referentes conceptuales que quizá le ayuden a interpretar la realidad con más probabilidades de aproximación objetiva, o de acierto, que aquélla que carece de tales referentes. Del mismo modo, quien posee un número elevado de referentes científicos, humanísticos, artísticos, literarios, económicos o deportivos, por citar algunos, interpreta lo que lee con mayor sensatez que quien posee un número reducido de dichos referentes. En resumen, una persona culta (cultivada, enriquecida por sus referentes conceptuales) interpreta mejor  lo que lee que otra inculta (empobrecida conceptualmente por su carencia de referentes). Es lo de la competencia o incompetencia lingüística. 

De ahí lo del título: (in)cultura lectora. El personal se considera culto por el hecho de leer, incluso por el hecho de pasar las hojas. ¿Cuántos poseen la conveniente capacidad conceptual como para interpretar, con suficiente y abundante flexibilidad mental, lo que leen? Fin.

viernes, 30 de septiembre de 2016

DIME CÓMO SE EDUCA HOY

Soy consciente de que piso un terreno resbaladizo, pero si uno de los signos del progreso consiste en la educación cívica dime cómo y en qué se educa hoy. La palabra educación aletea sobre las cabezas con ese estado de levitación permanente que sólo poseen las abstracciones inútiles. Libros, revistas, boletines, folletos informativos y currículos constituyen campo propicio para su siembra y expansión. Ambiciosa e inmisericorde la palabra educación y su vanidosa e insaciable familia léxica nos ahoga como esa serpiente vengadora que estrangula el retorcido cuerpo de Laocoonte. Quizá también nosotros hayamos profanado las palabras. Instituto de Educación, Educación Secundaria, sistemas Educativos, itinerarios Educacionales, Educación para la salud, psicología Educativa, Educación para la paz, sectores Educativos, Educación sexual, sociología Educativa, marco Educacional, Educación vial, patrimonio Educativo, Educación para la vida adulta, sensibilización e implicación Educativa... Palabras y palabras y palabras. Las frases quedan reducidas a la ceniza de las grandes palabras, a una utopía que no tendría por qué serlo si la constante agresión a las paredes, al mobiliario, a las personas, a la cultura y a las ideas pudiera erradicarse. Pero la agresión no se erradica. Por el contrario, permanece viva, se desarrolla e intensifica con esa presencia constante con que los gusanos germinan dentro de un cadáver...

miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿JUSTICIA O JUECES?


Algunos filósofos aseguran que Bolzano es uno de los pensadores más originales e independientes del siglo XIX. Se asentó en la filosofía de la objetividad y no tragó ruedas de molino echadas a rodar por Kant, Fichte, Schelling o Hegel. Dedicado a pensar, pensó: ¿No los entendía por propia incapacidad o porque ellos, los filósofos, no filosofaban objetivamente?
Me aplico el cuento: ¿No entiendo a los jueces por sus decisiones o por mi incapacidad para entenderlos? ¿Justicia o Jueces? Tomo unas líneas de Leibniz: «La Justicia no depende, en manera alguna, de las caprichosas leyes del gobernante». O sea, que en el siglo XVII ya se cocían habas como melones, porque Leibniz no se achanta, y prosigue, «una sociedad en la que el llamado Derecho no es otra cosa que desfogue del poder, es una sociedad de bandidos». Muy fuerte.
El gentío está hasta los mismísimos a causa de los fallos de la Justicia ¿o de los Jueces? El diccionario de la RAE  coloca 12 acepciones para expresar qué es la Justicia. Aquí me refiero a la número 6: Poder Judicial. La Justicia es una abstracción lógica que, como otras entidades abstractas, carece de límites reales. Porque nadie, que yo sepa, ha visto a la justicia (poder judicial) sentada al sol. La Justicia es un escape para no hablar de los jueces. ¿Por qué lo llaman Justicia cuando quieren decir Jueces? (Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo, recuerden).
La prensa actual abunda en estas ideas. El 82 % cree que se debería imponer la cadena perpetua con revisión para delitos graves. Tenemos un código penal desfasado y  hay que actualizarlo. El código penal es muchas veces papel mojado porque no garantiza el cumplimiento real de las penas. Ni con la doctrina Parot. Un sistema que permite rebajar la pena prácticamente a la mitad por trabajos o estudios realizados en la cárcel puede parecer progresista pero no parece justo.
La cosa está que arde y el gentío quemado. En el Estado de Derecho hay demasiados resquicios para la impunidad. (Excepto si te cazan sin carnet de conducir).


sábado, 24 de septiembre de 2016

EL CALCETÍN DE TAPIÈS

Ningún riesgo (voy a correrlo, qué remedio) como el de afirmar, rotundamente, casi descaradamente, la ligera, frívola, irreflexiva, maquinal y precipitada e inculta  tomadura de pelo que, subrepticiamente, me recorre el espinazo como un escalofrío malsano, cuando visito alguna exposición de las llamadas artísticas en las que lienzos pintarrajeados con la ingeniosa carencia del talento, pedruscos arcillosos amasados con la burda pretensión del ingenio y hierros retorcidos con el descaro crematístico de los chatarreros,  pretenden traducir (introducirme en) las sinuosidades desdobladas del inconsciente. Las bellas artes. ¡Y una mierda!

Verás. Cuando entré en la sala de la Exposición (apabullantemente montada con esa decoración de nuevo rico cultural, sin miedo al dispendio, con que determinadas instituciones lanzan la casa por la ventana, conscientes de que tiran con pólvora ajena), pensé que me había equivocado de Sala. Ollas y cazuelas que ni el más depresivo de los lañadores callejeros se hubiera atrevido a restañar, aparecían situadas en lugares preferentes, airosamente expuestas en sus peanas (esas efigies diseñadas para nutrir tal vez la sorpresa de la patanería), ollas y cazuelas, ya te digo, que ofrecían la indigencia de sus orificios oxidados a los atónitos ojos de los visitantes, ávidos de inquietud supuestamente cultural.
Me acerqué a una cazuela (Objeto II, rezaba la leyenda) dispuesto a extraer sus calidades estéticas y no había forma: era exactamente igual a la que puedes encontrar en cualquier basurero. Yo daba vueltas alrededor de la peana, me acercaba, me retiraba, inclinaba la cabeza a derecha e izquierda, achicaba los ojos al modo como hacen los entendidos cuando se obstinan en extraer como sea la aureola estética de las obras de arte. Pero ni por esas.
Y, aunque consciente de que el valor estético de una obra no depende exclusivamente del tema, no, sino de su tratamiento artístico, mi falta de talento me incapacitaba para admitir ambos compuestos. A saber:
a) El Objeto II carecía de tema porque ya no era una cazuela: la carencia de hondón, las abolladuras oxidadas y las arrugas metálicas habían reducido su esencia a la subespecie de los desperdicios,
b) El Objeto II no había sido sometido a tratamiento manipulador que lo elevase a la categoría de obra de arte porque, a lo que parecía, conservaba la indigencia y suciedad del basurero.
En esto que oigo una voz junto a mi hombro.
—Genial, simplemente genial —afirmó confidencialmente—, el Objeto II es un resumen casi perfecto de la belleza ideal.
—En el Critias, Platón ya hablaba de la belleza ideal— repuse mosqueado.
—Sólo pretendía ayudarle —se disculpó.
—Ah bueno. Vale —acepté.
Y entonces se explayó. Como si me conociera de toda la vida, afirmaba que si uno llegase a profundizar en la contemplación del Objeto II podría obtener una formidable percepción del silencio, porque el Objeto II era el silencio. No tuve más remedio que hacer una ligera reverencia a aquella especie de chatarra ferruginosa aturdida de silencio. Insistió, además, mi desconocido tutor artístico en que apreciase los óxidos, la fabulosa textura de los óxidos que proporcionaban al Objeto II una  indiscutible presencia dentro de un ámbito referencialmente acústico. Lo miré. Y la aparente seguridad de sus explicaciones contrastaba con la lenta pero incontenible sensación de analfabetismo existencial que me atrapaba. Para acabar de hundirme en la miseria conceptual, me rogó que apreciara las soldaduras. Las viejas soldaduras del estaño proporcionaban un mundo indescriptible de sombras que transportaban al Objeto II al mundo de lo imposible, al ámbito misterioso de los sueños.
Cabizbajo, salí de la sala de Exposiciones. En el vestíbulo, varios entendidos, supongo, intercomunicaban emocionadamente la densidad de sus conocimientos artísticos. Y así como los pórticos de las iglesias suelen mostrar a la veneración de los fieles, si se tercia, algún cuadro de la Patrona o alguna imagen del Patrón, también colgaba de la pared del vestíbulo una reproducción, a gran escala, del calcetín de Tapiès, con su roto y todo. A su amparo, discutían los entendidos.


lunes, 5 de septiembre de 2016

DOS Y DOS NO SON CUATRO

El  primer caso que se me ocurre para comentar el aserto es el de la coma. No se trata, evidentemente, de andar con disquisiciones lingüísticas, pero la coma tiene un poder de diferenciación semántica considerable. Fue famosa a este respecto la ‘coma de Unamuno’, no recuerdo en qué texto, ni falta que hace. Pero vamos, que Unamuno habló de la coma con la misma contundencia con que hablaba de la agonía existencial. La coma incide en la diferencia que puede establecerse entre la totalidad de un conjunto y su particularidad. No es lo mismo decir: «Los médicos que nunca pasean están expuestos a las mismas cardiopatías que los ciudadanos a los que recomiendan el paseo», que decir: «Los médicos, que nunca pasean, están expuestos, etc». La ausencia de comas en el primer entrecomillado proporciona una especificación particular en el sentido de que sólo los médicos que no pasean están expuestos a la cardiopatía. En cambio las comas del segundo entrecomillado explican claramente que ningún médico pasea (totalidad), por lo que todos están expuestos a la fulminación cardiopática. Los jubilatas que se entretienen en la plaza de la Solidaridad admirando la estatua del Minotauro me dicen eso, «Los médicos nos recomiendan pasear, pero nosotros no vemos paseando a ninguno». «Lo harán en otro momento», les digo yo, «si lo hicieran ahora no podrían estar en el ambulatorio para atenderos». «Y un huevo», responden, «son como los curas, que dicen y no hacen».
El segundo caso en el que se muestra, a mi parecer, que dos y dos no son cuatro es el, llamémoslo así, ‘caso Salvador Allende’. Uno es un ignorante perdido en el proceloso mar de la desinformación. Quién lo iba a decir. Con tanto leer los poemas y antipoemas de Nicanor Parra, los poetas infrarrealistas mexicanos de Roberto Bolaño, los poetas chilenos de los noventa, y al Pablo Neruda juvenil, encendido y rítmico, y al Huidobro de siempre jamás, más la experiencia lírica de Gabriela Mistral, y a Elías Letelier, y a Verónica Zondek, y a Teresa Calderón, y yo qué sé a cuantos, pues va uno y no sabe nada de Salvador Allende, excepto las cuatro cosas que sabe todo el mundo: elegido presidente en 1970 y derrocado y muerto por el golpe de Estado de Pinochet en 1973. Pero lo que uno ignoraba (sea cierto o no el supuesto) es que Salvador Allende fue cocinero antes que fraile, es decir, fue un derechudo riguroso antes que socialista mártir. Como Quevedo y su anomalía: cabizmundo y meditabajo. Así me he quedado. Según asegura el profesor Víctor Farías («Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados»), Allende fue, cuando ejercía como joven médico allá por 1933, fascista, antisemita y homófobo. Si es cierto, hay que admitirlo. Si es mentira, hay que rebatirlo. Pero, por lo visto, estas cosas de la desmitificación de mitos no pueden decirse en alta voz para evitar ser tachado de retrógrado y facha, lo que me inclina a pensar que a veces dos y dos no son cuatro.

martes, 21 de junio de 2016

EL 26-J VEREMOS EL DAÑO QUE NO CESA

Es evidente que los acontecimientos en los que actualmente se mueve la sociedad política están causando (y pueden causar) un daño enorme a la democracia. Existe una penalización conceptual de la ciudadanía a la democracia. Pena de daño. O lo que es lo mismo, separación y distancia, disociación, privación. Cuando existía el infierno (lo digo porque dicen que ya no existe puesto que no es ‘un lugar’, lo cual que no deja de ser una broma pesadísima, tantos siglos asustando al personal para nada), se disponía en él de dos clases de penas: pena de daño y pena de sentido. La de sentido consistía en achicharrarte como pollo asado sin que el achicharramiento acabase jamás. La de daño consistía en permanecer para siempre (eternidad) separado de Dios, privado de su visión beatífica. El castigo infernal consistía, fundamentalmente en la pena de daño, por ello los teólogos medievales, confeccionadores minuciosos de tal doctrina, llamaron ‘damnati’ a los que iban a parar de cabeza al infierno. No dejaba de ser una idea, aceptada como realidad. Era una interpretación del ser, curiosamente adelantada en años a la teoría de la ciencia, de Fichte, cuando establece la idealidad como realidad.

Tomando por los pelos el asunto del daño, ¿qué otra cosa hacen los políticos sino condenarnos a la pena de daño? La sociedad va separándose de ellos, y día vendrá en que muchos, quizá la mayoría de los ciudadanos, prefiera el alejamiento y la privación de su presencia. La corrupción política y, sobre todo, urbanística, trae de uñas al personal. Si unos atribuyen a dos ex alcaldes madrileños del PSOE el ingreso de unos milloncejos en Andorra, otros cazan a un concejal del PP que dice, el tío: «De los 30.000 millones yo quiero mi 11 %, tú me das la pasta y yo me piro». En plan mafioso, tú. Y en este plan por todas partes. ¿Cómo los representantes de la democracia pueden ser antidemócratas, según se desprende de los hechos? El guirigay belicoso que azota a los partidos políticos es un ejemplo de daño. Resulta que la democracia, en estos casos, se convierte en un extraño sistema que no genera demócratas. Y pretenden que el 26-J acudamos a las urnas.

viernes, 17 de junio de 2016

SE APROXIMAN LAS ELECCIONES DEL 26-J

De qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, háganse cargo, no digo hablar de política sino hablar de la política, clavada la utilización del determinante ‘la’, con todos los rigores de la determinación, un ‘la’ que actualiza la idea abstracta que se suele tener de la política, hablar de política es una generalización que puede referirse a todos los procesos políticos que se encuentren, se hayan encontrado o se puedan encontrar, hablar, sin embargo, de ‘la’ política, concreta el proceso a que nos referimos y lo actualiza a este momento, a esta situación, a esta España nuestra de ahora mismo (Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias). Así que de qué otra cosa va a hablar uno si no es de 'la' política, estos días tan politizados, tan polinizados de política, tan provocadores de alergias y estornudos y moquilleo políticos, tan propios de individuos que, sensibilizados ante la sustancia política, reaccionan después ante ella de una manera exagerada. Y ocurre que los anticuerpos frecuentemente permanecen en la circulación social, con lo que aparece una especie de urticaria provocada por los medicamentos políticos (quiero decir medicamentos recetados por los políticos, no me refiero, evidentemente, a que los medicamentos sean políticos de por sí). No para ahí la cosa, porque si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos, hay tantos, tejido familiar, tejido educativo, tejido económico, tejido religioso, tejido homoerótico, tejido industrial, tejido de pensiones, tejido agrícola, tejido de autonomías e independencias, tejido de mujer trabajadora, tejido de violencia de género, tejido de terrorismo, tejido militar, tejido de culebroneras, culifinas y culimajos, tejido de televisión analfabeta y culigorda, tejido deportivo con su dopaje y sus engañifas, tejido de salsas rosas y grasientas, decía que si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos la liamos gorda, porque aparece entonces una alergia tisular que se manifiesta en erupciones y en eccemas que dejan la piel social y ciudadana convertida en un desastre enrojecido en el que la comezón no deja de levantar manos y pancartas y el picor insoportable no deja de abrir bocas y de lanzar invectivas, insultos y descalificaciones. Y eso si, en determinados estamentos, no entra además asma bronquial y problemas digestivos y hasta oculares y nerviosos, que también son reacciones peculiares desencadenadas por alérgenos (políticos). La política. La cosa política. En qué ha quedado la política. Si dijera que odio la política, tal vez más de uno se llevaría las manos a la cabeza y me señalaría ferozmente con el dedo, como a individuo peligroso y oscuro. Sin embargo, creo que sí. Odio la política. Es decir, odio el conjunto de hechos, el entramado a través del cual quieren hacernos creer que ‘eso’ es la política. Y aunque ya lo he escrito en otras ocasiones, voy a repetirlo: Antifón proclama que es lícito traspasar la ley: se puede hacer tranquilamente con tal que nadie lo advierta. 

miércoles, 1 de junio de 2016

LA IRRITACIÓN DEL CIUDADANO

Pasea uno la acera, entra en el bar, se sienta en el parque, consume en Mercadona, en fin, realiza esas tareas diarias de ciudadano probo que son casi de obligado cumplimiento. 
Y en todas partes igual. Más de lo mismo. El personal anda irritado. Cabreado. Harto. 
Una grave sensación de inestabilidad social aletea sobre las cabezas. 
Alguien (o algunos, léase Rajoy, Sánchez, Iglesias, Rivera) de no se sabe donde, le toma el pelo desconsideradamente. 
Alguien olvida que el gentío es la fuente de los votos. Una fuente, ay, de la que se bebe el día de las elecciones pero que se tapona inmediatamente después. 
Así que ya te digo, el personal anda harto de que quieran darle gato por libre, lo que equivale, en el fondo a una burla. Tal vez provocada por las circunstancias. Pero burla, aunque sea involuntaria. Por algo algunas encuestas confirman la sensación desconfiada  de la ciudadanía para quien los políticos se han constituido en verdadero problema por detrás del paro y de la crisis.

martes, 24 de mayo de 2016

RELATO DE LA ACTUALIDAD DE LOS ACTUALES

Me encontré con Severino McIntire Miranda en el Candilejas. Todavía conservaba la rubicundez de su ascendencia irlandesa y las orejas desabrochadas. Hacía siglos que no lo veía y nos saludamos con esa manera de estar como a medio camino entre la efusión y la reticencia. Lo encontré más gordo pero no más calvo; al contrario, lucía un corte de pelo informal y engominado que simulaba el descuido de no estar peinado. Por el traje, los zapatos y el reloj, deduje que no le iban mal las cosas. Trabaja en Barcelona para una empresa de informática y monta blogs de todas clases para comunicar ideas, opiniones y conocimientos. Por otra parte, muchos días sale a la calle con su máquina reflex electrónica con medición matricial 3D, sensor de autofoco de cinco zonas en cruz, tres modos de zona AF y funcionamiento de autofoco on Lock-On. Yo bizqueaba un poco ante tal abundancia de datos técnicos, para mí incomprensibles, y me preguntó si me pasaba algo en el ojo izquierdo. Le dije que no, que qué va, que a veces me entra en él una especie de picor repentino, sin duda nervioso, cuando mi capacidad de intelección no se encuentra preparada para afrontar datos profusamente técnicos. El seguía en sus trece de yoísmo y me aseguraba que era imprescindible una máquina de alta resolución electrónica para poder salir a la calle a poner en práctica el coolhunting, lo cual que le proporcionaba unas sustanciosas entradas en euros. Yo asentía sin saber en absoluto de qué me hablaba. Pero no fue necesario preguntarle. Con la velocidad verbal de quien se siente marcado por la diferencia, me dijo que salía a la calle y fotografiaba cuanto veía de interesante, inhabitual, desinhibido y cool. Después elaboraba un informe y lo vendía a las casas de moda para que éstas, a su vez, marcaran las nuevas tendencias en la próxima primavera o en el salón de otoño. Yo no salía de mi asombro y, a pesar del atontamiento que me producía su cháchara técnica, recordé que en los tiempos universitarios, y aun después, a Severino McIntire Miranda le había dado por escribir y leer. Leía tanto, que a veces padecía endurecimientos musculares en el brazo, que se le encogía, y teníamos que masajearlo para que recuperase su posición natural. En cuanto a escribir, tenía alguna novela y algún poemario inéditos que me hacía leer en las horas perdidas de los atardeceres. «Y de escribir, qué ¿lo dejaste?», le pregunté. Me miró con cara de lástima, o eso me pareció. «Leer y escribir son las ocupaciones menos rentables que pueden presentarse en tu vida», me respondió, «menos mal que supe darme cuenta a tiempo. ¿Sabes por qué se lee tan poco en España? Porque la gente quiere pasta, pasta fresca, cool, para el piso, el coche, las vacaciones y los güisquis de los viernes noche. Y la lectura no da nada.». No sé por qué en ese momento me pareció que aquel tipo había degenerado en un pobre imbécil. Era un imbécil corrupto de eurofilia. O sea, que ponía frente a frente el placer de la lectura y la rentabilidad económica. Pensaba el fulano que sólo tiene valor lo que puede hacerte rico y que lo demás son idioteces de cultura presumida. Hombre, pues tanta idiotez no será la lectura, dije, esta semana se ha celebrado en Cáceres el I Congreso Nacional sobre la Lectura para debatir, precisamente, su importancia e influencia en la sociedad. La persona que lee es más libre, adquiere cientos de referentes conceptuales que lo defienden contra la agresión diaria de la publicidad y los medios informáticos. La persona lectora disfruta de tal manera que aumenta su autoestima porque ‘sabe’ que posee elementos válidos para interpretar la realidad. No me hizo caso. Nos despedimos y se fue. Pagué yo las consumiciones. Los de por aquí somos así de cumplidos.

jueves, 12 de mayo de 2016

LA VIOLENCIA HABITA ENTRE NOSOTROS

La violencia se ha asentado entre nosotros. Más del cincuenta por ciento de la información que diariamente recibimos a través de los diversos medios de comunicación se refiere a la violencia. El argumento más utilizado en la mayoría de las películas que se proyectan en las salas de cine o en las pantallas televisivas es un argumento en el que se exalta la violencia. Las reuniones internacionales a las que se convoca habitualmente a los políticos consisten en ‘consensuar’ actuaciones que hagan frente a la violencia internacional, al terrorismo o a la guerra. El ser humano anda crispado, cabreado, frustrado. La publicidad hedonista le oferta la gloria de la posibilidad posesiva para relegarlo luego al infierno de la realidad carencial. Puede  que un hombre maltrate a su mujer por causas de índole psicológica e incluso por maldad. Pero también puede ocurrir que el maltrato provenga de la comparación que el hombre establece entre la posibilidad de la tía buenorra que ve en la pantalla y la interiorización carencial que atribuye a la realidad diaria de su pareja. Puede que un adolescente destroce árboles recién plantados, destruya cabinas telefónicas o se cague en los portales de los barrios residenciales debido a un resentimiento psicológico que lo impulsa a la violencia, pero puede que asalte a un transeúnte o ataque a una chica porque considere la imagen violenta que ve a diario en la pantalla televisiva como algo natural, y esta naturalidad lo impulse a ello. La violencia, pues, se ha asentado entre nosotros y está ahí, a la vuelta de la esquina, aposentada en el atardecer y en la impunidad de la noche, con idéntica normalidad urbana a la que muestran los escaparates de las tiendas o las farolas del alumbrado público aposentados en las aceras. Parece que se han invertido los términos sociales: mandan los violentos e imponen su ley. La globalización no es sólo una tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, la globalización es también una propensión de la violencia a invadir los confines del mundo. Porque no me refiero exclusivamente a la violencia callejera. Me refiero también a esa violencia institucionalizada en la que, con el pretexto de ‘salvaguardar’ las esencias de naciones poderosas, se provoca y se impulsa la guerra para honra y prez de los Iunaitestéis y para exultación y enriquecimiento de los grandes grupos financieros. Sólo son fuertes los violentos.
Me resisto a creer que la violencia esté en el mundo como lo están los árboles o los pájaros. Tampoco se trata de aludir a la cuestión clásica, Si Deus est, unde malum?, porque ya Leibniz, con su racionalismo optimista, se encargó de diferenciar el mal metafísico del mal físico y del mal moral, lo cual no dejó de ser sino un esforzado fracaso intelectual. (Blondel descubriría después este fracaso universal, con lo que se comprueba juntamente nuestro propio fracaso). Me resisto a creer, decía, que la violencia esté en el mundo de forma natural. Parece como si ‘alguien’, algún cráneo privilegiado o así, hubiera redescubierto la obsesiva teoría de Nietzsche fundamentada en la voluntad de dominio, y la hubiera lanzado a los cuatro vientos para que el mundo entero consiga la violencia. En el segundo aforismo de El Anticristo se dice que lo bueno es todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de dominio, y que lo malo es todo lo que viene de la debilidad;  se rechaza la virtud como un escrúpulo ético y se afirma que los débiles y los fracasados deben perecer: ese es el primer principio del amor a los hombres. «No conformidad y resignación, sino más poder; no paz, sino guerra; no virtud, sino destreza». 
En fin, la violencia ha habitado entre nosotros, y habita, como una divinidad demoníaca y obscena. Raro es el pueblo, el barrio, la ciudad, la región, la nación que no le dedica una ofrenda humana para saciar sus ansias dominadoras. Como aquellas culturas precolombinas cuyos dioses exigían la ofrenda de una virgen para exaltar la llegada de la primavera, así también la violencia exige la ofrenda del dolor y del luto para saciar el apetito de la opresión internacional y el señorío callejero. La violencia, esa turbia diosa multimilenaria e incorrupta.


jueves, 5 de mayo de 2016

LA VARA DE MEDIR


Es tan humano. Cualquier defecto (tenemos más defectos que cualidades) es tan humano. Quizá por eso somos tan imperfectos. Perfectamente imperfectos de tan imperfectos, donde el adverbio ‘tan’ se utiliza con valor ponderativo, una ponderación negativa, evidentemente. Así somos: tan imperfectos. Materialismo puro. «El hombre es lo que come», aseguró Ludwig Feuerbach probablemente aburrido de la psicología de Hegel que sólo de nombre admitía la identidad de cuerpo y alma, en una especie de teología solapada idealista. Si el hombre es lo que come, ya podemos deducir en qué quedamos, porque lo que se come se defeca. Así que dentro de una pirueta lógica, más bien ilógica, concluiríamos que el hombre es una mierda. Forma contundente de materialismo. Así que no sé por qué se alteran tanto ante el hecho de que el Estado pretenda la laicización de la sociedad. La cosa viene de antiguo, al menos de la antigüedad que nos proporciona el siglo XIX. Me permito recordarlo para tranquilidad (si puede ser) de los idealistas. Cuando Feuerbach le presentó a Hegel su tesis doctoral, le declaró que pretendía desmontar el dualismo de religión sobrenatural y mundo sensible. Surgió el humanismo ateo. Un cambio fundamental de la actitud de la filosofía ante la política y la religión. «Lo humano es lo divino», dijo. La nueva religión sería naturalmente la política. «Hemos de ser religiosos, la política será nuestra religión [cito siguiendo a Johannes Hirschberger], pero ello será sólo a condición de tener en nuestra intuición alguna realidad suprema que nos convierta la política en religión». Este ser sumo es el hombre: homo homini deus. No es Dios ni la religión el fundamento del Estado, sino el hombre con su insuficiencia. «No es la fe en Dios la que ha fundado los Estados, sino la desesperanza de Dios». Y aunque Marx escribiese después 11 tesis contra Feuerbach, tomó de él las ideas que demolían la representación religiosa del mundo. Después vendría todo lo demás. (Probablemente es inaceptable el rollo patatero que acabo de colocar. Pero necesitaba echarlo fuera para que la aceptación de la vara de medir fuese más equitativa). Evidentemente, los sectores religiosos tomaron como injuria las obras de Feurbach y las incluyeron en el Índice. Lo que para unos era humanismo materialista para otros era blasfemo. El conflicto se desencadenó cuando las ideas de Marx (con un trasfondo mayor de ilustración francesa que de filosofía alemana, aunque él mismo quisiera revestirlas con ropaje hegeliano) se desparramaron por el mundo obrero, a raíz sobre todo del Manifiesto comunista publicado por Marx y su colaborador Friedrich Engels en 1848. Luego llegaría el entendimiento entre los dirigentes obreros de Francia e Inglaterra y se fundó en Londres, en 1864, la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la Primera Internacional. Lo que vino después, todos los sabemos. Cada uno llevaba el agua a su molino según el interés material o conceptual o espiritual que lo determinase. El capital por un lado, el proletariado por otro. El Estado por un lado, la Iglesia por otro. Es decir, cada cual utilizaba distintas varas de medir. Las conflagraciones a que dieron lugar estas diferentes mediciones de la realidad (con la vara de la justicia social, con la vara de la religión, con la vara de la intelectualidad o la filosofía, con cualquier vara) llenaron  Europa de consternación y de muertos, pero no solucionó el problema. Hoy día también utilizamos en España distintas varas de medir: el nacionalismo, la inmigración, el consumismo, la violencia, la corrupción política, los partidos emergentes. Ojalá la medición no desemboque en hostilidad. A mí me da miedo. 

miércoles, 27 de abril de 2016

OBSCENIDAD DEL RAZONAMIENTO



Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin atenerse a razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas. Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas). Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las chuletillas de cordero. Y argumentan: «Pues no serán tan malos los programas. Si todo el mundo los ve, por algo será». Definitivo. El razonamiento es tan apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio. 

viernes, 22 de abril de 2016

CONFUSIONES

(Publiqué este artículo en el HOY hace doce años. Puede ser una metáfora de los aconteceres de hoy día).


CONFUSIONES
JUAN  GARODRI


—Qué lucidez —dicen unos.
—Qué ingenuidad —dicen otros.
Entras en el bar, fuente no tan viciada de opiniones, y el personal dice eso, qué lucidez, qué ingenuidad.
Leire Pajín, carita rechoncha de muñeca pintada y chochona, ella, tan joven y tan peripuesta, tan secretaria de Estado de Cooperación (bien podían explicarnos en qué consiste la cosa), ella, Leire Pajín, aparece en la pantalla televisiva hablando de la transición pacífica en Cuba y va y dice que «los españoles tienen una relación con el pueblo cubano histórica».
—Tiene más razón que un santo —afirma un conforme. Siempre ha mantenido España una relación fluida con Cuba que puede considerarse histórica por mantenerse a lo largo de varias centurias (obviedad).
—España con Cuba —dice un discordante—. Pero no España con Fidel Castro. El dictador no “es” Cuba. El dictador se ha apoderado de Cuba.
—Y ahora viene la Leire —dice un acólito del discordante—, y suelta que el diputado Moragas divide a los españoles con su intentona de entrevistar a los disidentes cubanos.
Cerveza. Otro Lagares. Tapa de setas y pimiento. Queremos saber a quién pretende confundir la Leire con esta arrimadura del ascua a la propia sardina.
—Es que zumba cojones la cosa —dice un discrepante—. De forma que el tal Pinochet es un dictador, tirano, asesino y tal, y Fidel Castro ni es dictador ni nada.
—Por qué uno sí y otro no —pregunta un retorcido—. O sea, que la dictadura de derechas es reprobable y la de izquierdas es tolerable.
—La dictadura simpática —vocea un resabiado—, así la llama Zoé Valdés en un duro artículo contra el régimen castrista (y contra los intelectuales de izquierdas). O sea, que los disidentes cubanos disienten porque les sale de la telilla del escroto, no porque aspiren a derrocar al tirano y conseguir una Cuba libre y democrática.
Un listo levanta la voz: por qué los izquierdosos, los progretas, los manifas, toda esa calaña  amalgamada de uncidos al yugo de uno u otro signo, lanzan el solo de ópera y dejan estupefacto al patio de butacas, por qué.
Cerveza. Otro de Payva. Tapa de riñones al jerez.
—Nuestro Señor Presidente del Gobierno —tercia un enterado— don José Luis Rodríguez Zapatero, abundando en la confusión, va y confunde (redundancia) “nación” con “nacionalidad”. «No me preocupa el concepto de nación catalana», dijo.
—Hombre —prosigue el enterado—, hacer declaraciones para evaluar sus seis meses de gobierno y largar que la palabra “nación” es un concepto discutible es como afirmar la discutibilidad de la esencia. Ese talante expositivo confunde al pueblo llano y provoca el remolino existencial de la democracia.
—Menos mal que nuestro Presidente regional, Rodríguez Ibarra —dice un enfervorizado—, los tiene así de gordos (el personal asiente y lo comenta con  fruición) y proclama en todos los foros con claridad meridiana (tópico) no sólo la validez permanente del concepto de “nación”, sino también la realidad histórica de “nación española”.
—Así se habla —dice un conformista—, y añade: al menos Ibarra no juega a confundirnos en esto de la nación y la nacionalidad.
—En caso contrario —interviene un chistoso—, ya hubiera instaurado el castúo como asignatura obligatoria en los currículos de Primaria y Secundaria extremeños.
—No te quepa la menor duda —afirma un leído.
—Aunque la confusión gorda —silba un tordo que bebe Viña Mayor—, viene del rumor (certeza) circulante: Gallardón no se opuso a Esperanza Aguirre para apoderarse de la Autonomía madrileña.
—¿No?
—¡No! Gallardón es el candidato de Polanco para tumbar a Rajoy.
—¡Hostia, tú, me has tirado el vino!

Cabizbajos nos largamos, alvidriados en lo confuso.

jueves, 14 de abril de 2016

LA DESAPARICIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS

Hay quien asegura que la sociedad actual está totalmente mediatizada (idiotizada) por el consumismo debido a su irreversible identificación con la falta de valores. Esta ausencia de valores tiene una causa: la desaparición de las ideologías. Toda ideología, que en el plano teórico desarrolla un cuerpo de doctrina coherente, en el plano práctico se traduce en unos comportamientos que empujan a actuar en un sentido determinado: son los valores inherentes a esa ideología. Así que, oh lector, si la sociedad carece de valores es porque las ideologías (soporte de esos valores) se han derrumbado. ¡Cataplaff! A la muerte de Dios, aseverada por el irracionalismo intuicionista de Nietzsche, se une ahora la muerte de las ideologías, o al menos su infarto de miocardio. Pero no te turbes, lector conspicuo, que para eso están Macridis y Hulling dispuestos a la implantación del bypass ideológico. Sostienen los tíos que de morir las ideologías, nada. Que las ideologías perviven y constituyen en sí mismas el ‘sustento’ actitudinal de todos y cada uno de los seres humanos. ¿Entiendes, tronco? ¿Entiendes por qué los desencuentros entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se mantienen en plena efervescencia? La ideología de cada uno. Y no las ansias de alcanzar el poder, que son muchas, como afirman los descreídos políticos.

viernes, 8 de abril de 2016

LA CULPA

LA  CULPA
JUAN  GARODRI



Efectivamente, eso se cantaba en aquellos años de pachanga y cubalarios. Ahora no, que hemos mejorado en progresía y talante. Ahora ya no tiene la culpa el chachachá, la culpa la tiene el buen tiempo. Ese es el que tiene la culpa de todo. Hasta de los seres humanos que mueren diariamente en Siria. ¿Quién tiene la culpa de los muertos de Siria? A diario. Desde que se inició la maldita guerra, todos los días mueren decenas de personas, de promedio. Eche usted la cuenta a ver cuántos muertos suma ya ese total horripilante. Nadie tiene la culpa. De nada. Todo el mundo es inocente (libre de culpa). Existe un endemoniado empeño humano en la autoexculpación. ¿Por qué la cosa mediática no descubre las causas de la(s) guerra(s) que asolan ahora mismo el mundo? Porque la causa conlleva culpa. Y no se quiere señalar con el dedo público al culpable. Las fábricas de armas, los traficantes de armas, los Gobiernos que sanean sus déficits públicos con la venta de armamento serían descubiertos y señalados como culpables. Adiós a la estabilidad económica y al bienestar ciudadano. El poderío económico se vendría abajo y el valor del euro y del dólar quedaría capitidisminuído. Horror. ¿Qué sería de nosotros? Nadie podría comprar coche nuevo, nadie podría consumir medio sueldo en carburante y el otro medio en portátiles, MPG3, móviles y pantallas flat. Nadie podría salir el fin de semana ni durante los puentes multiojos a disfrutar del ocio y el buen tiempo. Si es que se admite el concepto de buen tiempo que conviene al gentío dedicado al ocio, la excursión y el viaje a la playa. Ya se sabe, cielo azul, ausencia de nubes, temperatura agradable. A disfrutar del ocio y a desarrollar el masoquismo, esa complacencia en sentirse maltratado, aprisionado, confinado en los dilatados embotellamientos de la carretera durante horas. El ser humano se siente interiormente frustrado y tiende a equilibrar sus desasosiegos con la huída. En realidad cada uno huye de sí mismo. Debemos de estar horriblemente deformados, mutilados, rotos en mil pedazos, como para provocarnos ese pánico que nos impulsa a huir de nosotros mismos. Así que, hala, a la carretera. Miles de automóviles atrapados en los atascos. Tráfico lento con paradas intermitentes, nivel amarillo, mientras cerca de medio millón de automovilistas tardaba seis horas en recorrer 70 kilómetros el pasado viernes. Los periodistas, tan inocentes, van y le preguntan al Gobierno que quién tiene la culpa. Naturalmente, el Gobierno se los sacude de encima (sin dejar de sonreír, eso sí) como a moscas cojoneras y asegura con aplomo que la culpa de los atascos la tiene el buen tiempo. Cielo azul, ni gota de lluvia, temperatura soportable. Ha sido un ejercicio conspicuo de pérdida de memoria meteorológica, aunque no del todo. Porque cuando las duras nevadas del invierno pasado atascaron en las carreteras a los automovilistas de la mitad de España, el Gobierno también le echó la culpa al tiempo. Entonces fue el mal tiempo: nieve, lluvia, viento y temperatura insoportable. ¿Qué masoquismo (otra vez) estimula la huída generalizada del personal y lo lanza  a la carretera, y encima sin cadenas y sin gorro de lana? La culpa la tuvo el mal tiempo. Mientras tanto, en un ejercicio político de infantilismo no superado, el PSOE se erige en culpator y hace recaer la acción de la culpa en el Gobierno y en la DGT, a los que señala como culpatus aunque éstos atribuyan al gentío la cagada de desplazarse por culpa del buen tiempo.