martes, 27 de junio de 2017

A PROPÓSITO DEL ORGULLO GAY

Madrid Orgullo 2017. Desde:
viernes
23 de junio
Hasta:
domingo
2 de julio

Quede claro de antemano que carezco de prejuicios sexistas, aunque soy heterosexual. Esta proposición adversativa posee su quid restrictivamente semántico, pues hay quien piensa que, a priori, toda persona heterosexual, por el hecho de serlo, tiene que adoptar y adopta posiciones contrarias a la opción homosexual. Y no es así. O no lo es al menos en mi caso. Respeto las opciones sexuales de cada persona y me parece de perlas la fórmula con la que se reformó el artículo 44 del Código Civil: «La identidad del sexo de los contrayentes no impedirá la celebración del matrimonio, su validez y sus efectos». Me alegro por ellos. Con una alegría racional, ciudadana y democrática. Pero vamos, que no voy a ponerme a dar saltos de alegría y a palmear la espalda de los conocidos que encuentre por la acera mientras comentamos festivamente el acontecimiento. Ni tanto ni tan calvo. Simplemente, aceptar adecuada al tiempo histórico en que vivimos la decisión de consentir legales las uniones civiles entre homosexuales, accediendo así a una reivindicación durante largo tiempo manifestada para conseguir de una vez el reconocimiento de su dignidad, su libertad y su igualdad de derechos. 

viernes, 9 de junio de 2017

¡QUÉ BIEN QUEDA HABLAR DE PROGRESO!

¡Qué bien queda hablar de progreso! Y hasta hay quien se considera culto, importante y muy actualizado porque arroja la palabra «progreso» como un arma cortante en su defensa personal. Sin embargo, la idea del progreso es vieja. Tan vieja como las ideas. Cuando decimos que las ideas gobiernan el mundo o que ejercen un poder decisivo en la Historia, pensamos generalmente en dos grupos de ideas:  el primer grupo reúne aquellas ideas cuya realización depende de la voluntad humana, como la libertad, la tolerancia o la igualdad de oportunidades, por ejemplo. A lo largo de los tiempos, estas ideas han sido (y son) objeto de aprobación o de rechazo según se consideren buenas o malas (útiles o inútiles para colmar las aspiraciones humanas), y no por ser verdaderas o falsas. El segundo grupo de ideas puede tener importancia en la determinación de la conducta humana y, sin embargo, no dependen de la voluntad del hombre. Son ideas referentes a los misterios de la vida, el Destino, la Providencia, el dolor de los inocentes, la inmortalidad personal. Estas ideas pueden actuar de manera importante sobre las formas de desarrollo social y son aprobadas o rechazadas no por su utilidad o perjudicialidad sino porque se las supone verdaderas o falsas. Los regímenes absolutistas y dictatoriales siempre han gobernado manipulando el ventilador ideológico a través de ideas supuestamente verdaderas para imponerlas, o falsas para rechazarlas, aunque su veracidad o falsedad fuese impuesta por decreto. Los gobiernos democráticos (ojo, tampoco hay que echar las campanas al vuelo, tampoco es oro, ni siquiera plata, ni siquiera bronce ¿latón, quizá? todo lo que reluce en democracia) los gobiernos democráticos, decía, difunden su calendario ideológico a través de ideas supuestamente útiles o inútiles para conseguir el bienestar social, sin plantearse el hecho de que sean verdaderas o falsas. Y se hace consistir en ello el progreso.

miércoles, 17 de mayo de 2017

MALA SUERTE LA DEL PROFETA

Me refiero al proverbio que dice que nadie es profeta en su tierra. Creo que nuestra dignísima Real Academia de la Lengua no acierta cuando define al profeta, acepción 2, como «hombre que por señales o cálculos hechos previamente, conjetura y predice acontecimientos futuros». El profeta es el que habla en nombre de la divinidad, no el adivino. Mala suerte la del profeta. Casi siempre el profeta se cree alguien. Un sorprendente ramalazo de locura religiosa, literaria, política, artística, taurina, constructora, comercial, le trepana la sesera a edad temprana y se jura a sí mismo (en una especie de reconversión psicológica de la personalidad) saltar la barrera del terruño analfabeto y destacar en lo que le gusta. Ojalá no lo hubieras hecho, forastero. Porque es eso. A partir del momento en que el profeta decide ser distinto, destacar (e incluso triunfar, palabra maldita) en el modo de vida que escogió, a partir de ese momento se convierte en forastero en su tierra y el gentío va a por él con uñas y dientes. Pero quién se cree que es, ese fantoche, si es hijo del carpintero, del zapatero, del peluquero, del tabernero. El profeta no tiene nada que hacer en un país, en una región, en un pueblo caracterizado por la envidia, una sombra bañada de tristeza y penumbra que prefiere perder dos euros si consigue que el vecino no gane uno. Hay que joderse. Al tipo (antiprofeta) se le revuelven las tripas si advierte que alguien perteneciente a su mismo gremio empieza a destacar. Y comienza la siega por debajo de los pies. Esto de segar la hierba requiere su técnica. Hay que utilizar la guadaña con perfecta habilidad. Con suavidad y disimulo. No hablar del profeta, ni a favor ni en contra. Olvidarlo, ignorarlo. El guadañero sabe que el nombre del profeta no debe aparecer por ningún sitio. Si manifiestamente habla o escribe en su contra, está al mismo tiempo hablando de él, publicitándolo (horror de palabro). Esta referencia puede atraer el interés del personal hacia el mensaje profetizador. ¿Por qué hablan mal de él? ¿Tendrá o no razón el descalificador? Para comprobarlo, puede que el gentío se dirija a escuchar al profeta. Hay que evitar esta posible decisión de la muchedumbre. La táctica es olvidar al profeta, ignorarlo, ningunearlo. Mobbing a todo pasto, que dicen los puestos en la tarea del ninguneo. El profeta se encuentra sobre su alfombra de césped anunciando el valor poético, el valor político, el valor narrativo, cualquier valor del que se considera ‘mensajero’ (esto es ser profeta, el profeta no es un adivino, ya se dijo) y no advierte que poco a poco (o lo advierte con espanto) la hierba va desapareciendo debajo de sus pies hasta que llega el día en que su calzado se encuentra lleno de polvo. Suele ocurrir también que el profeta habita en muchos prados verdes, triunfa, y le da a los guadañadores por donde escuecen los pepinos. Cambia entonces la cosa y el guadañador se convierte en abonador. Poco a poco para que no se note. Para que nadie diga que el tipejo le da la vuelta a la tortilla. Y hasta es posible que, llegado el caso, el profeta deje de ser profeta y se transmute (en una especie de transustanciación epidérmica y gloriosa) en personaje aplaudido, aclamado y venerado. Siempre fuera de su tierra, naturalmente. Quiero terminar el bolo con una minisentencia latina que aprendí de chico: “Qui potest capere capiat”.

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lunes, 8 de mayo de 2017

EL DESTRUCTOTERAPEUTA



Cosas. Un empresario soriano ofreció hace años la posibilidad de destrozar ordenadores, televisores, coches y otros aparatos para combatir el estrés. Terapia antiestrés a base de destruir. A falta de pan buenas son tortas. El coche carraca que no soporta la ITV, el matusalénico televisor 240 windows 3.11, el molinillo de café sin aspas, la impresora dinosáurica de 1 ppm son, entre otros, objetos susceptibles de destrucción. Agarras el hacha y te dedicas ferozmente al ejercicio de la devastación. Felicidad completa. Una sensación gratificante, hecha de furia y azúcar, te recorre el espinazo y sueñas, siquiera por un instante, que te has convertido en un ‘terminator’ doméstico, ferozmente insaciable. Curado. Esa triste desgana que desmultiplica tus neuronas y te hace considerar la vida como algo despreciable, incluso miserable y mezquino hasta el punto, según los casos, de odiarla, esa desgana se convierte en satisfacción y regocijo después del proceso destructivo al que has sometido tus frustraciones. Porque no es más que eso. El naufragio psicológico contra el que combates te ofrece una tabla de salvación: el martillazo. Es la vuelta al ser. Uno sólo ‘es’ en la niñez. El niño destruye el juguete y permanece en la más absoluta imperturbabilidad. El niño ‘sabe’ que el juguete es para ser destruido, a pesar de la cansina oposición materna que lo sermonea y lo insta a la conservación y al cuidado. Con el tiempo, la persona adquiere la categoría adulta y, con ella, la frustración y el infortunio. El adulto es un ser desencantado. Su destino es desear y no conseguir. La sociedad está montada para excitar la persecución del deseo. Pocas veces (o, en todo caso, en espacios de tiempo efímeros) se consigue lo que se desea. Por eso mismo el deseo es permanente. Por eso mismo la persona cada vez se siente interiormente más frustrada. Aparece el estrés, antesala de la depresión. «El sufrimiento moral de la depresión es semejante a la idea del pozo profundo, húmedo y negro, y además de noche», dijo un médico. Así que no hay más remedio que agarrarse al martillazo,  empuñar la marra  y aliarse con la destrucción. La marra y el martillo, supongo, no son más que utensilios para superar las carencias interiores. Una sociedad empeñada en la laicización no tiene más remedio que utilizar la destructoterapia como único referente, quizás, de interpretar la realidad. El dolor, la enfermedad, la injusticia, el sufrimiento de los inocentes, la muerte, son hechos frustrantes que están ahí, a la vista, tan cerca, y nadie sabe cómo interpretarlos. Las soluciones políticas no son suficientes. Las soluciones humanas son inadecuadas. El mal, el odio, la violencia, la competitividad, la envidia, la guerra, nos rodean y atrapan como una malla maldita. El incendio de la sangre crispa las relaciones y tiende trampas punzantes a la cotidianidad inmediata. El ser humano va negando poco a poco los valores que le ayudan a interpretar la realidad de forma pacífica. El hecho religioso, tan denostado actualmente, pretende precisamente ofrecer una interpretación esperanzada de la realidad pero la mayoría lo considera, si acaso, como un hecho cultural trasnochado. (Camus llamó suicidio del alma al hecho de entregar el espíritu a una idea trascendente: alienación, dijo). A pesar de todo, muchos creyentes utilizan el valor religioso para encontrar una justificación a la presencia del mal en el mundo y  salvarse. No para salvarse en otra vida, que no sé, sino para salvarse en ésta. De la frustración, del desasosiego y de la desesperanza. Mientras tanto, agarrémonos a la marra, por si acaso, y destrocemos el ordenador y el móvil como terapia equilibrante, ya que hemos arrojado al cubo de la basura el remedio espiritual de los valores.

martes, 25 de abril de 2017

NORTE DE EXTREMADURA, MI TIERRA

No es el Día de Extremadura, pero como se habla tanto de Autonomías, Autodeterminaciones, Estatutos, Naciones, Nacionalidades y demás reivindicaciones o exigencias o pretensiones o ínfulas de derechos históricos (lo de ínfulas tómese según la acepción 3 del diccionario académico, porque la cosa no va de adornos ni cintas colgantes), pues mira, yo voy a hablar algo de Extremadura, que dicen los "históricos" que no tiene donde caerse muerta, porque no airea reivindicaciones ni exigencias ni pretensiones de estatutos, naciones, nacionalidades, autodeterminaciones y demás zarandajas entresacadas de las vísceras de los derechos históricos. Así y todo, empieza a surgir ahora una especie de sentimiento (lo llaman conciencia) regional que intenta traspasar el corazón regionalista de los extremeños. Hizo bien Rodríguez Ibarra con el intento de lanzar “Marca Extremadura” para potenciar la imagen de calidad de la región y espantar los estereotipos. Porque zumba cojones los sambenitos que nos cuelgan a los extremeños. Viajo con frecuencia fuera de Extremadura y las personas con las que me relaciono me dicen, entre la acusación y el convencimiento, que qué coños hacéis en tu tierra que no levanta cabeza, tío, que siempre andáis a la cola en la cosa de la renta per cápita. Como no soy economista, mis argumentos defensivos no se fundamentan en datos concretos entresacados de los balances y los estudios de mercadotecnia pero, vamos, que no me corto, y les digo, por ejemplo, que Cáceres fue la primera provincia española que contó con telefonía fija en todas y cada una de sus poblaciones. Me miran con cierta incredulidad socialmente benefactora. «¿En las Hurdes también?», me preguntan. «También», les respondo. «Cuando en las aldeas más remotas y alejadas de las Hurdes (por otra parte de una belleza incomparable) ya existía el teléfono, todavía no estaba instalado en muchas zonas rurales de Castilla-León». No me creen. Piensan que les hablo con ese impulso visceral que tiende a la magnificación del terruño. Pero yo sigo en mis trece, y les doy la vara con lo de las carreteras comarcales, que en la zona norte de la provincia de Cáceres, por ejemplo, son carreteras estupendas, sobre todo si se comparan con las suyas. En la Sierra de Gata hay buenas carreteras. Desde Coria hasta el límite de la provincia de Salamanca, camino de Ciudad Rodrigo, la carretera es excelente, cosa que no ocurre al pasar a Castilla una vez franqueado el puerto de Perales. Las carreteras que cruzan las Hurdes, por citar algunas, son carreteras excelentes (tampoco vas a exigir autovías por todas partes, gilipollas) y se transforman en malas carreteras cuando se cruza el límite con la provincia de Salamanca. La carretera de Valverde a Hervás, que atraviesa la zona norte y salva el pantano de Gabriel y Galán, es una carretera estupenda. Y, qué coño, hasta caminos rurales de tierra y piedras sueltas que yo recorría en moto hace años, con peligro de partirme la crisma o despellejarme las palmas de las manos, cosa que me ocurrió alguna vez, ahora están preparados con una grave dignidad asfáltica. Ya quisieran otras provincias, en las zonas rurales, disponer de nuestras carreteras.

Tenemos que alejar a Extremadura de los tópicos y los estereotipos: la sequía, el atraso y la incultura. Ni hablar. Disponemos de la grandiosa belleza vegetal del Valle, de la Vera, de la Sierra de Gata o de las Hurdes. Y otra cosa, hermano: no te rayes por hablar con la pronunciación extremeña. Las eses fricativas y silbantes (castellanas) no desarrollan una entidad cultural mayor que las eses aspiradas (extremeñas). 

sábado, 15 de abril de 2017

OYE, QUE NOS QUIEREN QUITAR EL CAFÉ


Café, copa y puro. Constituían la tríada perfecta. Componían la santísima trinidad de los acontecimientos familiares, pongamos bodas, bautizos y cumpleaños. Establecían la tricromía visual de los anuncios taurinos. Formaban el nacimiento trillizo de la amistad y de la relación socialmente afectuosa. Pues nada. El puro ha pasado a mejor vida: quien lleva un puro en la boca es como si llevase descaradamente la manifestación indecorosa del cáncer. La copa está pasando a mejor vida, porque la vida de los bares de copas supone, en opinión de los íntegros, un reducto de degeneración y francachela en el que se alcanza, si acaso, la posesión de la desventura, esa abstracción quiróptera que aletea a las cinco de la madrugada. Es preferible copearse en círculos amistosos y domiciliarios.
También quieren quedarnos sin café. Los vigilantes de la playa mundial se han vestido de largo, el largo del luto y de la melancolía, y aseguran que el café es muy peligroso porque crea adicción. Estos dietéticos del Reino Unido no paran. No dicen nada del té, tan apropiado para la ceremonia y la narrativa, sobre todo si se trata del té de las cinco. Pero quieren cargarse el café. ¿Qué va a hacer el personal trabajador y administrativo si le privan del café? ¿A dónde dirigir sus pasos entre nueve y once de la mañana si dan la escapadita al bar y encuentran sellada la máquina del café? El personal clínico y sanitario, médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, auxiliares y celadores y celadoras, ¿qué harán cuando llegue el día infausto en que no puedan exprimir una gota de las cafeteras comunes, tan familiares en los reservados de los pasillos hospitalarios? El café crea adicción. Peligrosísimo. Esos científicos que de vez en cuando asoman la cabeza entre las páginas de revistas especializadas, aseguran que el café puede llegar a convertir a cualquiera en un ser digno de lástima, consumido por la cafeína, aletargado en un centro de rehabilitación para toxicómanos.
La vida se volverá triste y vacía sin la emergencia eufórica del café. Sin el café, los gobernantes se dedicarán a mandar (actividad completamente distinta a la de gobernar) y a encargar encuestas de adicción. Estoy seguro de que todos los adictos a la telefonía móvil (verdadera adicción contra la que nadie se mete, miles, millones de aparatitos móviles que generan miles, millones de euros diarios, bravo, que el gentío se aficione a los mensajes de móvil, que el personal se convierta en toxicómano, ya lo es, de tonos, de superbromas, de buzones, de nombrescolor, de besos, de graffitis, de estrellas de la fama, de logoligas, de regalosdp siete, de sonoclips, de poemas de amor y de corazones multicoloreados, una enjundiosa drogadicción al ocio movil), estoy seguro, te decía, de que los adictos a la telefonía móvil no lo serían si disfrutasen charlando alrededor de una taza de café. Pero los gobernantes no consideran peligroso el enganche al móvil porque esta adicción no genera gastos a la seguridad social. Al contrario, genera millones de ingresos a las grandes compañías, lo que hace que suba el PIB y se extienda la apariencia de que todo va bien. Sin embargo, el móvil no tiene sabor. Tiene sonido y color, pero carece de olor y, sobre todo, de sabor. Los estudiosos de la alimentación aseguran que en este siglo habrá a nuestra disposición en torno a 250 sabores que, aunque desconocidos previamente, podrían formar parte de nuestra dieta. Puede que sea así, nunca se sabe. Pero por mucho que aparezca el AMP (adenosina monofosfato), bloqueante de los sabores amargos, jamás el paladar humano podrá olvidar el regusto acibarado del café. Los medios de comunicación aseguran que la vivienda nueva ha subido un 19 por ciento, la mayor alza en 15 años. Sin embargo esa subida no es tan importante como la adicción al café, porque el Gobierno, tan ciego de consumo y de hipotecas, prefiere un fácil y engañoso bienestar económico al bienestar fisiológico del café.  Alrededor de un café humeante, seguro que no se han sentado los artífices del proyecto de centro de arte contemporáneo de Gijón. Me refiero al epitafio que le han colgado: «Centro de Arte Actual y Creación Industrial La Laboral». Al rededor de un café no se ensucia un rótulo con tal abominación de mayúsculas. Bajo la aromática estela del café no se enhila una cacofonía tan horrendamente rematada con el sufijo -al. Probablemente Andrés Trapiello saborea una taza de café cuando duda, se sumerge en el recelo y la desconfianza ante «determinadas novedades literarias o artísticas de moda, la última mierda comprada con dinero público para un museo, el último montaje ‘deconstruido’ de una ópera de Mozart o la vitola de ciertos éxitos de ‘prestige’ literarios».

¿Qué vamos a hacer sin la olorosa esencia del café? Nuestros hijos, nuestros nietos quedarán reducidos a fría sustancia cibernética, aterida de hombre cerebral y riguroso. Si 100 attosegundos durasen lo mismo que un segundo, un minuto equivaldría a 14.000 millones de años, la edad calculada para el universo. Refocilaciones así constituirán el aséptico sustituto del café dentro de 40 años. No somos nadie.

jueves, 30 de marzo de 2017

IDEOLOGÍAS


(El siguiente artículo apareció publicado en HOY, periódico regional de Extremadura, el día 15 de febrero de 2004. Me parece oportuno reproducirlo ahora).


Eran las 21 horas y 43 minutos del día 11 de febrero de 2004. El árbitro Iturralde González cometió una acción insólita y execrable: expulsó del terreno de juego a Zinedine Zidane por propinar un blandengue soplamocos a Pablo Alfaro. En aquel preciso instante, toda España se puso a discutir apasionadamente la licitud o ilicitud de la decisión arbitral. El Sevilla ganaba 1-0 y las consecuencias podían convertirse en trágicamente irreparables para el Real Madrid. El bar se convirtió, pues, en una olla de grillos. Yo consumía mi cerveza junto a la barra y me dirigí a uno de los vociferantes, «Que si tienes ideología», le pregunté, «¿Cómo?», se sorprendió irritado, «Que si tienes ideas fundamentales, o sea, ideología», respondí, «¿Tú estás sonado o qué?», me dijo. Y añadió, «Mira con lo que me sale el tío éste, lo que es a mí ya pueden irse a tomar por saco todas las ideologías del mundo, que a mí con que se clasifique el Madrid me basta y me sobra». Ideologías.
Se ha hablado del ocaso de las ideologías. Es más, hay quien asegura que las ideologías han muerto. Como al «Dios ha muerto» estampado en el umbral de la filosofía de Nietzsche, quizá también podría dedicarse un rótulo mortuorio a las portadas de los manuales que pretenden explicar las ideologías.
Los expertos en definiciones aseguran que la «ideología es un conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso, político, etc».(DRAE). Lo que habría que averiguar es cuál es ese conjunto de ideas fundamentales y, fuera del conjunto, cuáles son esas ideas fundamentales. Por otra parte, habría que considerar si las ideas fundamentales le sobrevienen a la persona desde fuera, impuestas por el poder, o surgen en su interior como producto de su propia libertad. Ideas fundamentales. ¡Qué esplendoroso se manifiesta a veces el poder de las palabras! Lo patético de todo este intrincado asunto está en que, según dicen, el mundo se rige por un conjunto de ideas fundamentales que la mayoría desconoce y que la minoría no acepta.
El personal actúa, esto es incuestionable, impulsado por ideas. Cuando la gente (individualizada en yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos, ellas) actúa, lo hace por algo. Ese ‘algo’ es la causa de su actuación, es su idea, fundamental o no. Y así, cuando un imbécil (usted comprende, uno de esos tragavientos con la pinza floja que va perdiendo aceite mental cada dos pasos) comete una gilipollez tipo conducir en sentido contrario al de la marcha y mata a cuatro personas que viajan tan tranquilas para pasar las vacaciones en el pueblo, uno va y se pregunta: ¿actúa el imbécil conforme a alguna idea de las llamadas fundamentales o, al contrario, lo hace porque no conoce o no reconoce o no le sale de la pera admitir las ideas fundamentales? ¿Qué ideología o conjunto de ideas fundamentales sirve de combustible al bólido descerebrado del infractor? Y así, cuando un hijo de puta maltrata a la mujer a la que tal vez amó, esa con la que  hizo planes de cariño y de futuro, esa con la que tantas veces tal vez alimentó la cercanía del afecto, cuando un hijo de puta, repito, degüella a la mujer con la que comparte el lecho, o la acuchilla salvajemente, o la tira por la ventana de un sexto piso, o la golpea hasta desfigurarle el rostro, o la apalea hasta romperle los huesos, cuando un hijo de puta, repito, comete esas acciones execrables, ¿acaso lo hace impulsado por alguna idea fundamental? ¿Acaso el hijo de puta actúa condicionado por alguna ideología? (Paréntesis permisivo: ante la excandecencia expositiva, sepan quienes este artículo leyeren, mayormente los lectores desavisados, que los términos ‘gilipollez’ e ‘hijo de puta’ se encuentran registrados en el maternal diccionario de la lengua española y que, en consecuencia, son académicamente correctos).
Suele ocurrir también que hay quien mantiene viva la ideología, aunque haya muerto, tal como se mantiene viva a la bisabuela, aunque no haya muerto, y se proclama por todas partes que uno lucha por sus ideas, disfrazadas frecuentemente con el interesante nombre de ‘ideales’, y que estaría dispuesto a todo por defenderlos. Subyace aquí una actitud defensiva, la actitud de quien repele un ataque, que no tendría por qué referirse a los ideales, porque las ideas fundamentales o ideología deben ser adoptadas libremente sin necesidad de imposición alguna,  y si tienen que defenderse es porque alguien las ataca, y si alguien las ataca y se opone a ellas es porque no las acepta o porque le han sido impuestas de alguna manera por el impositor de turno.
La candente actualidad, caracterizada por una ausencia estremecedora de ideales y por una carencia casi absoluta de valores, está expuesta a la despersonalización y a la nada. No sé si habrá que concluir, pesimistamente, que la ideología es una coraza, más bien un baluarte, que los conductores de masas desarrollan para enmascarar las contradicciones y para defenderse ante la historia.

viernes, 17 de marzo de 2017

MEDITACIÓN

Naturalmente, meditación espiritual. Estos (norte)americanos es que son capaces de practicar el surfing con papel de estraza. Ahora nos salen con los beneficios de la meditación espiritual. Jo, tío, es el descubrimiento del mediterráneo interior. Meditación espiritual versus meditación secular. Lo ha conseguido un equipo de la universidad de Ohio, la Bowling Green State University. (Que viene a ser algo así como la Universidad Estatal de Campo de Bolos. ¿Será un bolo la cosa de la meditación espiritual?). Resulta que el equipo investigador ha descubierto que «la meditación espiritual es más relajante y eficaz contra el dolor que la secular». La contraposición no es adecuada si, según entiendo, la noticia atribuye a la meditación espiritual el hecho de pensar en Dios y sus divinos misterios y, por el contrario, a la meditación secular el pensamiento que gira alrededor de uno mismo. Saben ustedes, esas frases sacadas de los florilegios norteamericanos (Selecciones del Reader’s Digest, por ejemplo) para estimular la  autoestima: estoy contento, soy feliz, la vida es bella, benefíciese del cepillo dental, a la ancianidad sin el tabaco, media hora de footing diario…
Se medita en el amor que Dios ha manifestado a los hombres, en las verdades teológicas, en los frutos salvíficos de la redención o en la salvación del alma. Pero no sé hasta qué punto es apropiado meditar en una demostración matemática. En el teorema de Pitágoras se piensa, o se discurre. Pero no se medita. A no ser que la sensibilidad teórica se mantenga tan a flor de piel que el solo pensamiento de la proposición científica susceptible de ser demostrada haga saltar las lágrimas al enamorado de los axiomas. No es raro. Yo conocí en Salamanca a un padre jesuita, profesor de griego clásico, que lloraba cada vez que recitaba de memoria los pasmosos y épicos versos de Homero que narran la cólera de Aquiles. Pero vamos, no es el caso. Aquí de lo que se trata es de que la meditación espiritual, esa que utiliza las frases de «Dios es amor» o «Dios es paz» o «Dios te ama», repetidas una y otra vez en el turbio interior de la conciencia, resultan relajantes e incluso eficaces contra el dolor físico o moral, contra la ansiedad y el estrés. Cosa que no consigue la ‘meditación secular’ (estoy contento, soy feliz, el Madrid es el mejor equipo del mundo, cosas así).
Que la meditación espiritual  produce beneficios psicológicos es cosa sabida desde antiguo. Las personas de vida contemplativa adquieren la paz interior porque “creen” en los efectos de la meditación. El creyente busca, con la aceptación (fe) de una realidad trascendente, la interpretación de la realidad circundante. El problema del dolor, de la injusticia, del sufrimiento de los inocentes, del mal, encuentra así una interpretación que tranquiliza y sosiega. Ese es el fruto de la meditación espiritual. Otros buscan la interpretación tranquilizadora de la realidad en el budismo o en otras filosofías de la vida. Y también encuentran sosiego. Como las monjitas con sus rezos letánicos. Paz y tranquilidad.

Y puesto ya en plan de didactismo benefactor, prefiero cien veces la frase-ejemplo de meditación espiritual «Dios es amor», tan vacía de contenido según muchos, a la estupidez televisiva de Eva Noche: «La vida es un pedo que suena por dos y huele por tres», ejemplo apodíctico de meditación secular. Aunque puede que haya alguien (muchos) a quien tranquilice la roña escatológica de la ordinariez. Que le aproveche.

viernes, 17 de febrero de 2017

LA MARAVILLA DE LOS VIAJES


Como buen depredador, no suelo excederme en abandonar los límites de mi dominio: la Sierra de Gata. En ella me adentro, a la caza de sensaciones. Lo reconozco, sin embargo. Viajar, lo que se dice viajar, le gusta a todo el mundo. Así que, este verano, tuve que viajar. En efecto, después de no pocas vacilaciones y algunas discusiones, no hubo más remedio que dejarme arrastrar hasta Italia. Ya sabes, Roma, Milán, Florencia, Pisa y todo eso. Y a pesar de las diarreas de algunos, las migrañas de otros y el cansancio de casi todos, a las seis de la mañana tocaban diana y la guía nos remolcaba por los itinerarios turísticos a uña de caballo, con esa pertinacia en el descubrimiento que obsesiona a los exploradores o los arqueólogos. Las maravillas visuales ofertadas en los folletos informativos se quedaban en ofertas, de manera que ver, veíamos poco, atosigados por la apresurada abundancia artística de los monumentos y por el atontamiento gregario del gentío. Pero oler, bluf, nos hartábamos de oler. No había más que entrar en la mierda del Coliseo y el olor de siete millones de meadas de japoneses te perforaba la pituitaria con esos prolongados pinchazos de la desventura o el amoníaco. Como si los japoneses no tuvieran otro mingitorio en el planeta que el que han localizado en el Coliseo. Milán es otra cosa. Y a pesar de los rincones fascinantes que en ella han encontrado los diseñadores y la moda, las colas para entrar en la Scala se alargaban de forma interminable de manera que, transcurridas tres horas, un hormigueo devastador se apoderaba de tus piernas junto a una dilatada mala leche, cosa que te obligaba a sordos juramentos y a la personal promesa de que jamás volverías a caer en la gilipollez mental de engancharte a una cola de aspecto borreguil a sacar entradas para la ópera. Y qué decirte de Florencia, la ciudad de todos los genios. Desde la plaza del Duomo hasta la plaza de la Santa Croce, finas hilachas amarillentas se deslizaban junto a las aceras justo en el lugar oportuno para que tu pie se pringase con las olorosas boñigas de los caballos. Y encima, cuando regresas a la tribu, transcurridos ocho días de insomnios e indigestiones, es obligatorio afirmar que todo ha constituido una experiencia gratificante y un viaje maravilloso (si no quieres caer en el descrédito o en la patanería).
Así que prefiero adentrarme en los dominios de la Sierra de Gata a contemplar esos atardeceres otoñales cargados de ocres, amarillos y pardos. No tienes más que subir de Cadalso a Robledillo de Gata para sentir el diáfano contacto con la naturaleza. Y te ves de pronto en medio de una dimensión cosmológica y perfecta. Tú no eres tú, en ese momento eres otro que acaba de instalarse en el sosiego de los pinos, en el suave seno de las montañas. No hay mayor placer que distribuir la perfección a tu antojo. Es tu mirada la que nutre los regatos, la que eleva el horizonte a la cualidad de diáfano, la que adentra la soledad en el coto de la belleza. Eres tú el que concede el silencio, ese pudor que los castaños desparraman por el paisaje en una especie de desnudamiento vegetal y cromático.
Lo malo está en que no puedes contárselo a nadie. Si los colegas magnifican el fin de semana en Londres trotando por Kengsington street y sus restaurantes de atmósfera bohemia (el hojaldre de riñones es que alucina, tío), si los colegas aseguran, además, que las torretas del Tower bridge son una maravilla de la ingeniería victoriana, tú ya es que no puedes ni abrir el pico. De pueblo que es uno, qué remedio.

martes, 14 de febrero de 2017

NUNCA POSEEMOS LA RAZÓN

Opiniones. Todo son opiniones, y el gentío no se convence de la volatilidad de las opiniones. "No sabes lo que dices", es la respuesta a la opinión contraria. La alusión al Madrid como equipo galáctico, la diatriba contra los árbitros, la afirmación cacereña de su capitalidad cultural, la creencia en el poder omnímodo de los EE UU, no dejan de ser opiniones. ¿Qué tiene de particular, pues, que unos las acepten y otros las rechacen? Lo realmente complicado del asunto reside en que el tipo que expone su opinión pretende, casi siempre, convencer a quien lo escucha de que esa opinión, la suya, es la única verdadera. El oyente pretende lo mismo y al convertirse, acto seguido, en exponente, se genera una fuerza de choque que embiste recíprocamente, imposibilitando el acuerdo mental. Olvidan los perorantes que opinar es dar un parecer, no asentar una verdad, y que el ámbito de la verdad es tan oculto e intrincado que, normalmente, la mente humana es incapaz de descubrirlo, mucho menos de exponerlo.

Parménides escribió un poema en dos partes: Sobre la naturaleza. Los hexámetros de la primera parte exponen que sólo es válido el conocimiento dado por la razón, y que de la naturaleza y de los hombres no tenemos conocimiento cierto. La segunda parte concluye que los vulgares mortales, eso somos, adquirimos el conocimiento a través de los sentidos y que, por lo tanto, no poseemos la razón: sólo disponemos de la opinión. 

martes, 31 de enero de 2017

LA COSA DE ESCRIBIR

Desde que leí lo de Javier Marías ando cabizbajo. «Imprenta o fuego», decía él. Se refería al hecho dificultoso de la escritura, aun teniendo facilidad e imaginación para escribir, y a la minuciosidad y trabajo que conlleva el acto de crear una novela, corregirla, depurarla, dotarla de naturaleza artística e insuflarle vida verosímil. Aun así, miles, cientos de miles de personas, gente de toda clase y condición, preparada y no preparada, culta y analfabeta, toñín y maruja, ha escrito  novelas «o ansía un día escribirlas». Asegura Javier Marías que cuando, en su momento, visitó la Feria de Francfort, tuvo «la sensación de gota de agua en el océano» que le produjo la contemplación de cientos de stands repletos de libros, catálogos en los que aparecían millones de libros. Es la sensación «de ser superfluo», la abrumada convicción de que nada va a cambiar porque yo escriba una novela. No me extraña que el autor asegure (¿o es también ficción narrativa?) que duda si arrojar al fuego la última novela que está escribiendo, o terminando de escribir, o que ya ha terminado, no recuerdo.
Si Javier Marías ha sentido tentaciones de arrojar al fuego su última novela; si este espléndido escritor, inscrito ahora mismo entre los mejores de las letras españolas, con reconocimiento general y unánime (más o menos) de lectores y crítica, si este autor, ya digo, se considera como gota de agua en el océano de la publicación, a ver qué hacemos los que escribimos de vez en cuando cuatro cosas deslavazadas y, estas sí, probablemente prescindibles.
Así que una especie de depresión literaria me ataca las meninges cuando observo en Internet a cientos, miles de escritores, tropecientos escritores, poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas de todo el mundo (sobre todo poetas, qué bárbaro, y cuentistas), buscadores incansables del tesoro que sustenta la raíz del éxito. Resulta sorprendente la cantidad de gente que se dedica a escribir: jubilados, amas de casa, honestos funcionarios, empleados de banca, músicos callejeros y hasta despreocupados y mangantes... Se entiende que a un joven (se me hace difícil el femenino jóvena, pero lo tengo en cuenta) lo posea el apetecible anhelo de la escritura y acaricie sueños de celebridad y editoriales. Pero un enterado “que no ha escrito ni una línea” en su trabajadora vida venga, a estas alturas de la maduración, a autodefinirse como escritor porque lee sus alucinaciones romanceadas en la fiesta del Libro, no deja de aparecer como una pretensión extrema. Tal vez yo sea capaz de mirar el nivel de aceite del cárter de mi coche e incluso de hurgar en el carburador si el caso lo requiere. Tal vez yo sea capaz de adquirir en cualquier carrefour unos módulos empaquetados y montar con ellos un zapatero para colocar, obviamente, los zapatos en un rincón de la cochera. Tal vez yo sea capaz de arreglar un enchufe e incluso de desmontar el halógeno de la lámpara del salón, que acaba de fundirse. En ningún caso, sin embargo, se me ocurrirá afirmar a causa de dichas capacidades que soy mecánico, electricista o carpintero. Mucho menos, de fina carpintería.
La enseñanza literaria era fundamental en programas y métodos al finalizar el Imperio romano. Prisciano, profesor en Bizancio durante 27 años, compuso su Praeexercitamina para mostrar a sus discípulos cómo habían de componer un relato o una fábula, variar las figuras retóricas o desarrollar un tema siguiendo reglas determinadas. Ahora cualquier chichirimundi, desconocedor de reglas y de técnicas, se cree un Vargas Llosa.







lunes, 23 de enero de 2017

LA INOCENCIA DE ARISTÓTELES

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»Corrupción política, en términos generales, es el mal uso del poder público para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente de forma secreta y privada. El término opuesto a corrupción política es transparencia. Por esta razón se puede hablar del nivel de corrupción o de transparencia de un Estado.»

Resulta casi enternecedor considerar la inocencia aristotélica de la Política, obra en la que el autor estagirita la considera como una grandiosa organización de la moralidad. Aunque resulte extenso, merece la pena citarlo: «El Estado no es un expediente para atender y satisfacer las necesidades del ser físico del hombre, ni tampoco una colosal empresa en el terreno de la economía o del comercio, o una institución para la autoafirmación del poderío político. Todas estas finalidades las persigue el Estado; pero su auténtica tarea es la vida ‘buena’ y ‘perfecta’, es decir, el ideal de la humanidad moral y espiritualmente cultivada y ennoblecida» (Pol. Γ, 9). 
Es como para echarse a llorar. Es como una de esas citas que uno leía en aquellas vidas de santos, de admirable y sorprendente idealismo místico pero de imposible e irrealizable ejercicio práctico. (Hay que tener en cuenta, no obstante, que los manuscritos que transcriben la Política no son antiguos ni se conservan en buen estado. La fuente más vieja es una traducción latina del siglo XIII. Bien pudiera el traductor haber interpolado algún texto según el deseo político de su señor).
Así que no tiene uno más remedio que comparar la inocencia política de Aristóteles con las finalidades primordiales a las que los Estados se dedican en la actualidad, según se ve.
a) Si nos atenemos a la tendencia globalizadora, parece que cualquier Estado se dedica casi exclusivamente a atender las necesidades físicas del hombre. Para ello liberaliza los elementos de producción y permite que los grandes capitales (extranjeros) organicen el ocio y el trabajo ciudadanos, pero no para que su vida sea ‘buena’ y ‘perfecta’ sino para desarrollar un consumismo psicológico destinado a que el personal pique de manera ignominiosa y atiborre de euros gigantescas e ignotas cuentas bancarias. Los ricos cada vez más ricos. Y los antiglobalización cada vez más gilipollas (dicen).
b) Si nos atenemos a lo del Estado como una colosal empresa en el terreno de la economía o del comercio, el lector objetivo (políticamente aséptico, que ya es difícil, quiero decir) puede observar con/sin estupor el descomunal montón de basura corrupta que aparece (y huele) a poco que cualquier golpe de viento remueva la costra del pudridero. Hojeas la prensa diaria y, bueno, se te caen acongojadamente los palos del sombrajo. No hay Estado, Autonomía, provincia o ayuntamiento del que no emane con mayor o menor intensidad (depende del enconamiento de la prensa investigadora) un insoportable hedor a perro muerto que perfora descreídamente la pituitaria política. Ahí están  el caso Correa (Bárcenas y sus 'fondos de pensiones'. Ahí está el recentísimo caso Mercurio FMC en el ayuntamineto de Sabadell). Ahí está la hediondez  del caso Taula (Ciegsa y la construcción de colegios). Ahí están los archiconocidos ERE's de Andalucía y de Asturias, todavía sin resolver... Y no sólo los políticos corruptos, también los incorruptos se apuntan a la chupada esporádica, más o menos legal, de la dieta y el dispendio olorosos. Reuniones, convenciones, exposiciones, inauguraciones, deliberaciones, mediaciones, consensos y hasta primeras piedras y discursos y concursos literarios. El peloteo es clamoroso. El político es un ser que ha sido inventado para reunirse, asegura Juan Manuel de Prada. Sorprendente y apabullante. Lo sorprendente resulta de que, en la mayoría de los casos, la reunión jamás produce un efecto positivo, puesto que siempre hay que volver a reunirse en próximas fechas. Lo apabullante resulta de que, en todos los casos, las reuniones, convenciones, inauguraciones, exposiciones, etc., llevan aparejado, como albarda gastronómica y/o crematística, un generoso papeo institucional al que se apunta indiscriminadamente todo político que se precie. Y el gentío se pregunta, mosqueado, por qué coños los políticos no empiezan sus reuniones o inauguraciones a las ocho de la mañana, como todo quisque, con lo que a las doce estarían libres para ir a comer cada uno a su casa. La cosa institucional se ahorraría un pastón en catering y dietas.
c) Si nos atenemos a que el Estado no debe ser una institución para la autoafirmación del poderío político, cuán errados estamos. Las infinitas e inacabables peloteras políticas (Ley de partidos, por ejemplo) no tienen nada que ver con el bienestar de los ciudadanos. 
El olor a basura y a muertos es tan descomunalmente inaguantable que solamente la inocencia de Aristóteles puede servirnos de mascarilla para soportar la emanación de la podredumbre. Si acaso. 

lunes, 16 de enero de 2017

DE PALABRA

Es una obviedad asegurar que vivimos rodeados de palabras, especie de burbuja fónica en la que estamos inmersos, sin apenas poder salir de ella, como esos niños aprisionados en la burbuja de plástico acosados por una extraña e incurable enfermedad. Somos sólo palabras, afirma Rosa Montero doblegada por la decepción existencialista que atenaza a la hija del Caníbal. La alegría que sientes no es más que eso, una palabra, una cabalgada en la grupa efímera de sílabas entrelazadas que simulan un estado de euforia irreal. La tristeza, sin embargo, es una palabra sólida y apesadumbrada que adquiere una consistencia continua a través de cada centímetro de la piel, una psoriasis ortográfica que impone sus reglas para la construcción correcta del aniquilamiento. Sales a la calle y ahí está la palabra hablada, asomada a la boca del vecino para desearte unos buenos días inútiles y precisos. Enciendes la radio y ahí está la palabra hablada, agazapada en la rutilancia de las ondas, emergiendo de la garganta inagotable de los divulgadores de noticias, repicando ficticiamente en los ululantes campanillos de la publicidad, arrasando tonemas en la paleta magnificación de los grupos musicales, anegando conceptos en las voces autosuficientes y algo idiotas de los que participan (y cobran) en las tertulias. Abres el periódico y ahí está la palabra escrita, sobremultiplicada por el atiborramiento tipográfico de sus más de cuarenta o cincuenta páginas, la palabra herida por el rayo negruzco de la tipografía, palabra utilizada para  acusar, para denostar, para fingir, para mentir, palabra manipulada para llevar el ascua de la opinión a la sardina políticamente interesada, palabra forzada a expresar lo que ella misma no expresa, palabra violada como una virgen indefensa. Quizá por eso la palabra está en caída libre, al menos así lo afirma Juan José Millás, una caída hacia el abismo defensivo del ocultamiento, «no ya porque ninguna promesa verbal o escrita valga un duro, sino porque hay miedo a significarse». Nadie utiliza la palabra para decir lo que piensa. Cómo manifestar en público la íntima desnudez de las opiniones, cómo utilizar la palabra para dejar al aire las vergüenzas de los convencimientos, cómo sacar a relucir la indigencia de los criterios. Uno disimula lo que puede y, en este trance simulatorio y ficticio, se utiliza la palabra para ocultar el pensamiento, ya lo dijo Talleyrand. No hay educación de la palabra o, al menos, no hay cultura de la palabra. Y uno se pregunta para qué valen tantas horas de docencia de la palabra. La palabra como valor literario, por ejemplo. Existe una separación absoluta entre la palabra como recurso literario y la palabra como recurso vital. Desde la lírica primitiva hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso literario, para expresar los sentimientos. Desde la batalla de La Janda hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso vital, para ocultar el pensamiento. Quizá ello se deba a la misma proliferación de la palabra. El oro es valioso no por su naturaleza áurea sino por ser un mineral escaso. Si fuese tan abundante como el agua el índice monetario tendría que buscarse un nuevo valor referencial. Precisamente la devaluación de la palabra tal vez obedezca a esa abundancia verborreica asentada en cualquier medio de comunicación. De ahí su empobrecimiento. Contribuye a ello también su misma esencia fugaz. La palabra nace y muere simultáneamente y su cadáver diminuto va a engrosar el cementerio de lo efímero. Verba volant. Scripta manent. Aunque no sabe uno por cuánto tiempo permanecerá la palabra escrita. La iconoclastia ortográfica se abre paso a velocidad cibernética. Para qué el empeño de la ortografía. Para qué la implantación de unas reglas de uso obligado cuando la práctica diaria las va arrojando al cubo de la basura escrita. Quizá tuviera razón García Márquez cuando se manifestó a favor de la abolición de la ortografía, esa esclavitud escolar supeditada al latigazo del suspenso. Con la utilización del móvil se han hecho añicos las reglas ortográficas. La economía lingüística de André Martinet se está convirtiendo en economía ortográfica de uso irreversible. MNSJS D MV.hl conxi.a dixo mikl q xq no t viens sta noxe xa ca.cnt.no t kds en cas. t kiero. 1b. (Supongo que habrá que traducirlo: MENSAJES DE MÓVIL. Hola, Conchi!. Ha dicho Mikel que por qué no te vienes esta noche para acá. Contesta. No te quedes en casa. Te quiero. Un beso). Definitivo. El 1b es la puntilla de la ortografía y la estructura labial de la palabra.