lunes, 5 de septiembre de 2016

DOS Y DOS NO SON CUATRO

El  primer caso que se me ocurre para comentar el aserto es el de la coma. No se trata, evidentemente, de andar con disquisiciones lingüísticas, pero la coma tiene un poder de diferenciación semántica considerable. Fue famosa a este respecto la ‘coma de Unamuno’, no recuerdo en qué texto, ni falta que hace. Pero vamos, que Unamuno habló de la coma con la misma contundencia con que hablaba de la agonía existencial. La coma incide en la diferencia que puede establecerse entre la totalidad de un conjunto y su particularidad. No es lo mismo decir: «Los médicos que nunca pasean están expuestos a las mismas cardiopatías que los ciudadanos a los que recomiendan el paseo», que decir: «Los médicos, que nunca pasean, están expuestos, etc». La ausencia de comas en el primer entrecomillado proporciona una especificación particular en el sentido de que sólo los médicos que no pasean están expuestos a la cardiopatía. En cambio las comas del segundo entrecomillado explican claramente que ningún médico pasea (totalidad), por lo que todos están expuestos a la fulminación cardiopática. Los jubilatas que se entretienen en la plaza de la Solidaridad admirando la estatua del Minotauro me dicen eso, «Los médicos nos recomiendan pasear, pero nosotros no vemos paseando a ninguno». «Lo harán en otro momento», les digo yo, «si lo hicieran ahora no podrían estar en el ambulatorio para atenderos». «Y un huevo», responden, «son como los curas, que dicen y no hacen».
El segundo caso en el que se muestra, a mi parecer, que dos y dos no son cuatro es el, llamémoslo así, ‘caso Salvador Allende’. Uno es un ignorante perdido en el proceloso mar de la desinformación. Quién lo iba a decir. Con tanto leer los poemas y antipoemas de Nicanor Parra, los poetas infrarrealistas mexicanos de Roberto Bolaño, los poetas chilenos de los noventa, y al Pablo Neruda juvenil, encendido y rítmico, y al Huidobro de siempre jamás, más la experiencia lírica de Gabriela Mistral, y a Elías Letelier, y a Verónica Zondek, y a Teresa Calderón, y yo qué sé a cuantos, pues va uno y no sabe nada de Salvador Allende, excepto las cuatro cosas que sabe todo el mundo: elegido presidente en 1970 y derrocado y muerto por el golpe de Estado de Pinochet en 1973. Pero lo que uno ignoraba (sea cierto o no el supuesto) es que Salvador Allende fue cocinero antes que fraile, es decir, fue un derechudo riguroso antes que socialista mártir. Como Quevedo y su anomalía: cabizmundo y meditabajo. Así me he quedado. Según asegura el profesor Víctor Farías («Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados»), Allende fue, cuando ejercía como joven médico allá por 1933, fascista, antisemita y homófobo. Si es cierto, hay que admitirlo. Si es mentira, hay que rebatirlo. Pero, por lo visto, estas cosas de la desmitificación de mitos no pueden decirse en alta voz para evitar ser tachado de retrógrado y facha, lo que me inclina a pensar que a veces dos y dos no son cuatro.

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