martes, 12 de octubre de 2021

(Un artículo antiguo - HOY, 12 de 0ctubre de 2003)


ENFERMEDAD

JUAN GARODRI

 

La sociedad está enferma. No sé si gravemente, pero lo está. No se trata de una enfermedad congénita, ni de una enfermedad provocada por un virus o cualquier otro elemento exógenamente peligroso. Se trata de que alguien, desde dentro, desde la entraña misma de los estamentos sociales, intenta destruirlos. Nada mejor para ello que destruir al individuo. Descompuesto el individuo como persona, poco a poco irá cayendo la sociedad en el ámbito abyecto de la descomposición. Han soltado virus de destrucción masiva que enferman la inteligencia de la ciudadanía, se instalan en sus neuronas y atrofian la capacidad de entender y comprender. Sin entendimiento para interpretar las claves positivas de la realidad y sin comprensión para admitir la desavenencia en las relaciones sociales, el individuo se  reduce a un ser carente de especificidad, se convierte en un ser enfermizo, esa anormalidad dañosa en el funcionamiento de lo colectivo.

 Saltan las alarmas. Basta un hecho, más o menos significativo, para que el gentío se lleve las manos a la cabeza y abra los ojos ante la muerte que, rodeada de circunstancias inusuales, aparece ante nosotros. Nadie se escandaliza porque durante cualquier fin de semana mueran decenas de personas en accidentes de tráfico. La sociedad lo ha asumido como un tributo al progreso, ya hablé de ello. Nadie se escandaliza por los muertos en accidentes de trabajo a causa, casi siempre, de la falta de prevención de riesgos a cuenta de las empresas. Cierto que esas muertes no son causadas por la violencia ajena. Así y todo, el mundo se escandaliza de que una persona haya muerto a consecuencia de la violencia en el fútbol. Sin embargo, la violencia no está en el fútbol, aunque a veces se manifieste a través de él. La violencia (en el fútbol o donde sea) radica en el hecho de que la sociedad está enferma.

El personal anda que se las pela con lo de pasarlo bien, que la vida es corta y, total para cuatro días que uno va a vivir, mejor descuajaringar el tedio que empinar el zapato sin haber probado un sorbo de glamour, ahora sobre todo, tan cerca como se tiene el accidente o el infarto. Se trata de un carpe diem apresurado y frívolo, tan lejano culturalmente de aquellos placeres momentáneos que difundía Horacio en sus Odas, como la exhortación a Leuconoe para que goce del día presente y no se fíe en absoluto del futuro. Una vez adoptada esta actitud, la exaltación exagerada del propio yo se extiende como un cáncer. Sin embargo, la falta de seguridad interior provoca el tambaleo de la personalidad, la falta de vigor moral activa la caída en la nada. El vacío es horroroso y el traumatismo psicológico deja noqueada la voluntad. La lesión de los tejidos mentales origina una decisión que se considera salvadora: actuar de forma voluntariamente egocentrista, siendo mi yo la única referencia de comportamiento. De ahí a la violencia no hay más que un paso. ¿Qué es lo que me entretiene, lo que me divierte, lo que me deleita, lo que me satisface? Pues hay que conseguirlo, caiga quien caiga. Yo soy yo y mi circunstancia, dicen que dijo Ortega. Y mi tío Eufrasio, rememorando su lejano bachillerato en El Brocense, aquellos tiempos en que la clase de latín no era optativa, declama con actitud ciceroniana, o bíblica, no lo recuerda bien, lo de Ego sum qui sum, y de paso declina ‘rosa rosae’, de la primera, para afianzar su personalidad.

La sociedad está enferma. Como un proceso lento, pero imparable, de descomposición y pérdida de un estado saludable. Y no se achaque solamente a la violencia en el fútbol el inicio de la putrefacción. A pesar de la patada de kárate con los dos pies que mató al aficionado del Depor en los aledaños del estadio San Lázaro, a pesar de la destrucción de asientos y urinarios, a pesar de la batalla campal posterior al partido de Copa Langreo-Oviedo, a pesar del movilazo en la ceja izquierda al árbitro del Castellón-Valencia, a pesar de la paliza que unos descerebrados infligieron a varios agentes de seguridad, a pesar de todo, la violencia no es más que un agujero por donde asoman los gusanos de la descomposición. Repito que hay quien está empeñado en descomponer la sociedad. Si no, a ver cómo se explica la insistencia aterradora en la zafiedad de muchos programas televisivos, o la pavorosa proliferación de películas de altísima violencia (Terminator ahora gobernador de California, sus votantes atraídos por los golpes y la sangre), o la destrucción del respeto ajeno de que hacen gala (y se forran) programas varios de televisión vespertinos, compendios refinados de la situación más abyecta e innoble en que pueden revolcarse los seres humanos. A ver cómo se explica el analfabetismo reinante, la falta absoluta de ideologías, la carencia de norma establecida a través de un ideal de arte, de cultura, de valores éticos o religiosos. La sociedad está enferma y las tribus de delincuencia juveniles se agrupan para defenderse de la putrefacción a base de destruir, considerada la destrucción y el ataque como hechos placenteros. Mientras quienes puedan hacerlo no eleven la persona a su dignidad intrínseca y eliminen la degradación como elemento luctuosamente fecundador de comportamientos sociales, la hostilidad y el odio proseguirán su carrera destructiva.

Tal vez a eso esté llamado un futuro en el que, como dice Gabriel Albiac, una sociedad analfabeta y ufana de su analfabetismo no puede tener otro destino que el del retorno a los juegos cavernícolas. La enfermedad de la violencia.ículo antiguo  - Domingo, 12 de octubre de 2003)

jueves, 7 de octubre de 2021

 ( Un artículo antiguo - publicado en Diario HOY,  domingo, 1 de agosto de 2004)


MASOCAS

JUAN  GARODRI

 

Siempre me ha sorprendido la felicidad que dicen que proporcionan los viajes. Me refiero a estas alturas. Hace veinticinco años, o más, yo era el más feliz de los mortales cada vez que salía de viaje. Recorrí parte de España, Portugal y Francia con una mochila a las espaldas —el autostop era un medio seguro para llegar a cualquier parte—, tomé por hotel las estaciones ferroviarias o las de autobuses, y me alimenté de pan, sardinas y tomates. Era la ilusión de la libertad. Libertad en estado puro. Ahora la libertad ha perdido su pureza, como las aguas y las costumbres, y casi todo adquiere el tono mediático de la inmediatez y la desesperanza.

Han sido unos días felices. Los días de los viajes son felices. No hay mayor felicidad que la que proporciona un viaje. Sobre todo si es un viaje al extranjero. Ya se sabe, esos viajes de los que podamos hablar al regreso mientras se magnifica la piedra, la cultura eslava y los ojos entre azul y acuosos de las nativas. El viaje es, al mismo tiempo, la exaltación de uno mismo, el arrebato férvido de la propia pequeñez geográfica. En realidad, no se va de viaje a enaltecer la piedra ajena o el rostro más o menos virginal de las muchachas: se va de viaje a conquistar terrenos interiores. El viaje al extranjero desarrolla la autoestima y alarga la limitación individual. Y no digamos si el viaje es uno de los que el gentío realiza más allá del extranjero. Porque te largas más allá del extranjero y olvidas el olor de España. No es una decisión malintencionada y perversa. El hecho del olvidar el olor de España no obedece a maldad antipatrióticamente enconada. Obedece más bien al inocente subidón de lejanía y separación que sufre cualquiera cuando pretende alejarse de la casa paterna. Y el gentío emprende el viaje. No voy a narrarlo con la pormenorización  con la que Arthur Gordon Pym, de Nantucket, se dispuso a contar el motín a bordo del “Grampus”, entre otras cosas porque el relato  «representa un fracaso de la mayoría de los principios y aun de las facultades creadoras de Poe» (Cortázar), pero sí voy a contarlo con la alegría inconmensurable con la que casi todo el mundo se lanza a la aventura viajera.

La gente es nadie si no viaja. Sólo el viaje supone la ruptura de la monotonía, ese espejo que te devuelve a diario la insoportable repetición de las desavenencias. Sólo el viaje te ofrece la libertad de las aves y los barcos, la perspectiva probable de una huída hacia el exterior de uno mismo, la superación del petardo diario que constituye la relación social, el avasallamiento de la propia contingencia. Así que la gente se decide al conocimiento. Porque previamente tiene que conocer la deslumbrante relación que expelen las agencias de viaje. El que viaja es feliz.

Miles, millones de personas se consagran a expandir la radiante cualidad del predicado: el que viaja es feliz. Ocurre, sin embargo, que la felicidad se atribuye al hecho de viajar, al medio con el que se viaja y a la lejanía del punto de destino, no a la interioridad de la persona que viaja. De lo que se deduce que la llegada al aeropuerto de Barajas, por ejemplo, debería producir en el viajero una satisfacción equiparable a la complacencia. Todo lo contrario. Dejamos el coche en el parking y arrastramos la maleta hasta la terminal. Nunca habíamos comparado la maleta con un muerto. Ahora sí. Era como si arrastrásemos un muerto pesadísismo con dos ruedecitas en lugar de pies. Pero un muerto. Después de sortear el caos absoluto que delimitan la agitación y los carritos, logramos identificar las ventanillas 13 y 14, justo las señaladas por nuestra agencia para la facturación. Hicimos fila. Y era de ver la fluidez con que avanzaban los viajeros de la fila de al lado y el plomo que inexplicablemente se había adherido a la suela de nuestros zapatos: nos había tocado en suerte la tonta del aeropuerto. Los viajeros vecinos avanzaban cada tres minutos; nosotros, cada doce. Una hora y cuarenta y cinco minutos permanecimos en la fila. Nuestra desesperación se acrecentaba a medida que las maletas ajenas eran engullidas tras su facturación mientras las nuestras permanecían inmóviles. Diez minutos faltaban para embarcar. Corrimos como locos a través de pasillos y controles. Con el aliento aniquilado logramos llegar finalmente junto al autocar que nos trasladaría al avión de las líneas checas. La llegada a Praga fue esquizofrénica. Por alguna razón incognoscible nos agruparon como a ovejas hasta la llegada del autocar. Arrastre de muertos-maletas y embarque hasta el hotel. Felicidad: nuestro hotel, situado en la periferia, en un lugar tranquilo, era el último del recorrido. Nada hay más execrable que un hotel situado en un lugar tranquilo. El autocar iba depositando tres turistas acá, cinco allá, siete acullá. Recorrimos Praga La Nuit (desconozco cómo se dice en checo) dos o tres veces. A la 1’35 de la madrugada llegamos a nuestro hotel. No teníamos rodillas, piernas ni riñones. En perfecto estado, se entiende. Tampoco teníamos cena. Después de tres cuartos de hora de agria discusión en un inglés perfectamente dudoso, conseguimos una bolsa de plástico con un tomate, una manzana, un pedazo de queso y un yogur. El agua del grifo de la habitación era potable.

Excedería los límites de este artículo enumerar las infelicidades que nos hicieron felices en Praga, en Viena, en Budapest. Palizas consentidamente asesinas. A pesar de la desintegración de las rodillas, del aplanamiento de los pies y de las 0’50 que en todas partes cobraban por mear, las seis o siete horas diarias de caminata eran pan comido. Ahora, eso sí, piedras vimos un montón y palacios y castillos y parlamentos y hoteles de seis estrellas y parques y jardines y hasta el palacio de Sissi con su camita y todo y el váter en el que se encerraba para hacer pipí. También nos permitimos el lujo de pasear en barco por el Danubio, en Budapest, y cenar a la luz de las velas bajo la eufonía herida de los violines. Y un colega al que no veía hace veinte años pues allí estaba, que el mundo es un pañuelo, coño, me dijo. “Praga mejor que Viena, ¿verdad?”. Le respondí que no, que Viena me había deslumbrado. “Pero qué dices”, se sorprendió, “si en los semáforos de Viena sólo se ven mercedes, audis y bemeuves, qué asco”.

A pesar de los huesos molidos, ha sido un viaje feliz. Diez días sin periódicos. El tufo a farsa (Comisión 11-M) que se extiende por todo el territorio nacional es más intenso que el olor de la sopa de frutas húngara. Otra vez el (d)olor de España.

 

martes, 5 de octubre de 2021


(Un artículo antiguo - Domingo, 20 de junio de 2004) 


METROSEXUAL

JUAN  GARODRI

 

Toda trinidad que se precie tiene que mostrar los atributos de sus tres partes de forma esplendorosa y mágica. Mágica de magia. Metrosexual, heterosexual, homosexual. Una sola esencia y tres personas distintas. No se entiende. Quizá por ello la simbología ha ayudado tanto a la trinidad. El triángulo equilátero símbolo del número tres, ya utilizado como expresión de la divinidad en civilizaciones anteriores a la cristiana. El trébol de tres hojas o el arco trilobulado de las cabeceras de las iglesias románicas o góticas poseían una relación simbólica con la divinidad que resultaba difícil descifrar en la realidad. La representación india de la cosa divina se aposentó en el ‘trimurti’, tríada compuesta por Brahma, Vishnú y Siva. Y puesto ya a la exposición de la rareza, me arriesgo a colocar lo de la «Hypnerotomachia Poliphilli», una especie de monumento en forma de pirámide triangular con tres esfinges. Así que es una fijación casi obsesiva la tendencia humana a la cosa trinitaria. Desde la Cábala y su conjunto de doctrinas místicas y metafísicas hasta los Templarios y su búsqueda del Santo Grial, desde Apuleyo y su asno a cuestas hasta Dan Brown y su pesadísimo código Da Vinci, el enigma que compone cualquier aspecto que pueda relacionarse con un ‘tres’ pone la credibilidad en cuarentena. Incluso ahora, lo que se dice hoy día, los gurús de la información esotérica nos clavan una trinidad actualizada, rodeada de belleza y de consumo sexy: homosexual-heterosexual-metrosexual. Una tríada sexualizada y fúlgida que irradia el resplandor de la belleza impuesta. La belleza de diseño, la del papel cuché, la de la pasarela. El tipo metrosexual es un tipo de consumo sáfico que pretende la armonía equilibrada por el color de su piel con sonrisa de miel y el perfume coronado con las violetas frescas del beso. La belleza florida, como la pascua, que esplende glamour y todo eso.

La belleza es inconsistente. No sólo porque carece de coherencia entre las partes que la integran, sino porque su propia duración es efímera. Las pompas de jabón, en su caducidad espumosa y líquida, representan la esencia lábil de la belleza, sin ponerse uno en plan manriqueño ni nada de eso. Simplemente es así. Por eso la persiguen. La perseguimos. Inútilmente. Esa facilidad de la belleza para no dejarse atrapar, para burlarnos. La fácil consecución de algo y su posterior posesión permanente aburre a las vacas de ojos soñadores y rumiantes. Por eso la belleza es instantánea, deslumbra habitualmente su fogonazo inicial. Después la perseguimos neciamente como el sabio del chiste que persigue mariposas con el cacillo de red. Por tratarse de una noción abstracta, la belleza debe necesariamente encarnarse en un sujeto concreto. Y creemos contemplarla en un cuerpo, en un poema, en un atardecer. Sin embargo, ahí no está la belleza. Creemos que está porque la necesitamos, pero no está. Y nada de medidas y proporciones, aquello del pantwn crematwn metrwn anqropos “panton jrematon metron ánzropos” y de que el hombre es la medida de todas las cosas. La belleza no es la simetría. Ese es el truco del almendruco. La belleza no es el individuo. Ese es el truco de los renacentistas. Plotino, que sabía un rato de belleza según puede comprobar cualquier lector conspicuo en sus «Enéades», aseguró que el objeto de la belleza es el brillo, no la simetría. Yo creo que Plotino hacía greguerías de encaje neoplatónico con la cosa de la belleza, o que se ponía sublime, usted comprende, cuando les daba caña a los niños ricos de la escuela que abrió en Roma, y los empujaba astutamente a la belleza metrosexual. «Objeto de la belleza es el brillo —les decía—  no la simetría. Si no, ¿por qué brilla la belleza en el rostro de un vivo, mientras en el de un muerto no deja el menor rastro ni siquiera antes de descomponerse y cuando la simetría no ha desaparecido todavía de él?». Es más bello cualquier feo vivo que la imagen del más armonioso muerto. Cosas de Plotino. Oséase, que la belleza se reduce no a la materia, sino a la forma. La belleza de Beckham, por ejemplo, aparece rutilante, y hay quien dice que espléndida, no por lo que manifiesta su cuerpo vikingo sino por el brillo de su piel, por el rútilo de su pelusilla de melocotón (también de su pelambrera cuando la tenía, porque ahora muchos metrosexuales se apuntan al aspecto melonero y metrosexual de Ronaldo, que sentó cátedra en rapados ya hace tiempo). Lo del brillo no deja de ser un símbolo, me parece. A pesar de Plotino. Y los metrosexuales brillan con el sudor del deporte bienpagado para posar después en actitudes de modelo de pasarela. Beckham y su pecho ovacionado y fúlgido, sus tatuajes de ninfa multialada, su languidez de amante incandescente, sus uñas pintadas de niña de salón, su sensualidad virtuosista en el lanzamiento de las faltas (en los penaltis no), su mirada perdida en el adorno y el acicalamiento de una virgen. Futbolistas disfrazados de maniquíes de un escaparate de Versace, dice Mendicutti. En fin, la  cosa transgresora de la metrosexualidad. Tomás de Aquino explicaba que el Espíritu Santo compendiaba el amor recíproco entre el Padre y el Hijo. Algo así, con los debidos respetos teológicos, compendia el tipo metrosexual: absorbe la recíproca relación que pueda darse entre la tendencia hetero y la homo. La belleza cosificada en tres que así son uno. Un lío de diseño y de fotógrafos.

lunes, 4 de octubre de 2021

 (Un artículo antiguo - Diario HOY, sábado 2 de enero de 1999)



EL CUENTO DEL ESCRITOR

JUAN GARODRI

 

 Disculpa, amigo, que empiece con una palabra tan lingüísticamente solemne y empinada como la de ‘semántica’. Porque me parece que es complicado lo de la semántica, qué quieres que te diga. Puestos a desentrañar significados,  tú percibes claramente las diferencias significativas que pueden darse entre batalla y riña, por poner un ejemplo, o entre piso y casa, por poner otro. Si me apuras, también podemos señalar las diferencias de significado que pueden establecerse en el campo nocional del que maneja la pluma: escritor, escribiente, escribidor, letraherido, plumilla y plumífero. Pero no es fácil, créeme.

El escribiente se acomoda a esa figura casi envidiada en épocas anteriores a la aparición del lío informático y de la sacrosanta triple WWW, que conseguía un sueldo fijo rellenando a mano facturas y balances o caligrafiando las actas de los plenos del Ayuntamiento. También se llamaba escribiente a aquel hombre que se quemaba las cejas en las trastiendas de las zapaterías y en las oficinas de los constructores para cuadrarles las cuentas. En definitiva, era escribiente porque escribía. Y mucho.

El escritor, en cambio, pertenece a otro mundo. Antes de la triple WWW citada, se pasaba las horas escribiendo en un cuaderno a rayas (con pluma de oca o con estilográfica recargable, según los tiempos), los sentimientos líricos, las pasiones narrativas y los desenlaces dramáticos que su talento extraía de las posibilidades ideales, más o menos deseables, hasta que conseguía transformarlas en aparentes y verosímiles realidades concretas, bien aderezadas con la habilidad de la maestría verbal, el conocimiento de la propiedad léxica y el talento de la coherencia conceptual. Ahí tienes, sin ir más lejos, la amplia nómina de escritores relacionados en cualquier manual de literatura. O los nombres de escritores famosos que aparecen en las listas de ventas publicadas por los suplementos literarios fin de semana.

En cuanto al concepto de escribidor, anda y pregúntale por su significado a Vargas Llosa. Y en cuanto a lo de letraherido, pregúntale al ‘agente provocador’ de Pere Gimferrer o, tal vez, a la facundia suficiente de Luis Antonio de Villena. Ahora, eso sí, por lo que se refiere a lo de plumífero y plumilla, pregúntale a mi amigo Severino Miranda.

Bueno, para no liarte, voy al grano. Y el grano trata de un amigo que yo tenía en los tiempos de la Universidad, esas amistadas enconadas y juveniles en que sobreabunda la camaradería y los amigos comparten sin demasiados miramientos los contenidos de tres remolinos existenciales, a saber: uno, los apuntes de crítica literaria y/o el paracetamol para los resfriados; dos, las zapatillas de baloncesto y/o la mutua soledad de las cogorzas de los viernes noche; y tres, las chapuzas culinarias en el piso y/o las apetitosas turgencias de las muchachas en el campus.

Ya te digo, Miranda y yo éramos amigos. Y, como suele ocurrir dentro de las buenas amistades, uno pide y otro da, de manera que él pedía porque yo solía acceder a lo que él solía pedir, hasta el punto de que utilizaba como norma de comportamiento la actitud parasitaria de las garrapatas a las que no hay desparasitador que las desparasite, una vez aferradas al pellejo.

Habitualmente, mi amigo pedía y yo daba, ya te digo. Y así, mientras él se largaba a dar una vuelta para ahuyentar el tedio rosado de los atardeceres, yo permanecía como un gilipollas en la habitación del piso, bien acodado en la roña olorosa de la mesa, devanándome los sesos para interpretar la velocidad caligráfica de mis apuntes y pasándolos a limpio para que él, convertido en rey del mambo, pudiera fotocopiarlos a la mañana siguiente.

Otras veces, la dificultad se agazapaba en el comentario de texto, actividad didáctica que odiaba visceralmente, decía, porque lo relegaba a la figura adolescente de segundo de Bup, ya superada, no sin astucia, triquiñuelas y chuletas perfectamente adaptadas al copieteo. Era humillante tener que retroceder hasta los años insensatos del instituto. «Yo ya he traspasado ese estadio lechoso de sarampión mental», sentenciaba. Y ahí me tenías liado con el comentario de texto, una tarde tras otra, sin levantar cabeza para que el rey del mambo se tirase el farol de deslumbrar al personal, generalmente femenino, con la ficticia posesión de una extraordinaria lucidez interpretativa y con la descarada aserción de que, en consecuencia, los textos de Guillén, por ejemplo, y los del 27 en general resultaban para él pan comido.

Cuando yo terminé, Miranda se arrastraba todavía por tercero o cuarto de carrera y creo que aún le quedaba alguna de segundo. No volvimos a vernos. Y asentados en el hecho de que la memoria se vuelve perezosa y liviana, cada vez fueron distanciándose más acusadamente los recuerdos hasta el punto de que desaparecieron como la niebla o las nubes.

Y ahí reside precisamente el cogotón de mi sorpresa. Como todas las mañanas, yo tomaba mi café caliente en el bar. Abro el periódico y, cielos, es él. Un artículo de media página firmado por él. «Severino Miranda. Escritor», decía. Los colegas miraron sin comprender la repentina tragantada que me desencadenó la violencia insoportable de una tos enfadosa y salpicona. La palabra “escritor”, rodeada de ufanía, podía haberse atravesado en cualquier parte, más o menos vulnerable de mi anatomía, en los ojos, por ejemplo, y haberme vuelto la visión borrosa, o en las tripas, y haberme producido una aerofagia dispéptica y antiescritora. Pero no. Se me atravesó en la garganta como hueso de pollo que adoptaba la forma vanidosa de un plumífero devenido en escritor. Y seguí tosiendo.

Con resignación y algo de rabia, pensé que en este país, suele decirse, el más tonto sabe hacer relojes. A no ser que Miranda se hubiera convertido milagrosamente en relojero. Tal vez.

 

 CRÓNICAS DE RADIO POPULAR

 DESDE CORIA


Inauguración del Instituto Nacional de Enseñanza Media

 

1 de octubre de 1970

 

Podemos decir con exactitud que Coria está de enhorabuena. Una enhorabuena metafórica, si se quiere, pero merecida. Y merecida por trabajada. Y está de enhorabuena porque mañana, día 2 de octubre de 1970, abre sus puertas el nuevo Instituto Nacional de Enseñanza Media para proceder a su apertura oficial, a su inauguración. Este flamante Instituto Nacional de Enseñanza Media dará cabida en sus aulas a 600 alumnos, aproxima­damente, que no es poco si se tiene en cuenta que Coria registra en su empadronamiento de 1968 a 10.200 habitantes, aunque haya adquirido mayor densidad de población en los dos últimos años. También se incorporarán al Instituto alumnos procedentes de las grandes poblaciones que rodean a Coria, como Moraleja y Torrejoncillo, además de otros pueblos pequeños, por lo que se prevé que el número de alumnos aumente considerablemente.

En Coria, la enseñanza para el bachillerato elemental empezó a impartirse en 1960 en el Colegio Libre Adoptado (C.L.A.) “Virgen de Argeme”. Este Centro ha desarrollado sus cursos hasta el año 1969 en que fue transformado en Sección Delegada. Como Sección Delegada solamente ha permanecido un curso, el pasado, 1969-1970. Con el inicio de este nuevo curso, el de 1970-1971, Coria ve aumentado considerablemente su bagaje cultural, aunque en potencia por ahora, con la apertura del Instituto Nacional de Enseñanza Media. Las gestiones hasta conseguirlo han sido laboriosas y prolongadas, trabajando en ello los responsables directos del Instituto y las autoridades locales. Todos los años se hablaba de la formalización de un Instituto de nueva creación en Coria. Después, los sueños se evaporaban como pompas de jabón sopladas por el desinterés de las autoridades provincia­les. Finalmente, tras la visita que esta primavera realizó a Coria la Directora General de Enseñanza Media, Srta. Dña. Ángeles Galino, la realidad se vislumbró prometedora y cercana. Por fin, mañana tiene lugar la apertura oficial del curso. Un digno y emocionante final, sobre todo para quienes lucharon por conseguirlo.

Próximamente, se informará de los actos inaugurales.

 

Desde Coria, para Radio Popular de Cáceres, J.G.

 

 

domingo, 3 de octubre de 2021

 (Un artículo antiguo - lunes, 24 de marzo de 2003)


ALBA  PLATA

JUAN GARODRI

 

 Ante la amplia información de las páginas de los periódicos y de las pantallas televisivas, ante el despliegue tipográfico de los suplementos especiales y de las conexiones vía satélite, ante los números extraordinarios y los programas especiales en torno a la crisis de Irak, parece algo así como traición informativa, apostasía o prevaricación, ponerse uno a hablar de algo distinto a la guerra.

Ante la repugnancia que me provoca esta guerra, casi no me reprimo y me veo morado para aguantar las arcadas que me revuelven las tripas, para soportar ese violento maremoto intestinal que provoca la náusea impelida por el repugnante virus del asco. La náusea me provoca una vergüenza inconmensurable y eleva sin parar mis cotas de adrenalina que (por muy levógira y cristalizable que sea) provoca en mi cerebro una especie de aturdimiento abochornado, cabreado y confuso, de modo que me avergüenzo, ahora mismo, de ser occidental, europeo, español y libre.

Y, sin embargo no voy a hablar de la guerra. Porque el sábado, día quince, prometí a algún colega dedicar la próxima ‘Tribuna’ a Alba Plata.

Cuando recibí la invitación del Excelentísimo Señor Presidente de la Asamblea de Extremadura para asistir al viaje (Alba Plata: un camino para la creación), juro que los putrílagos de la petulancia iniciaron en mi interior un insospechado proceso de fermentación que convulsionó mis vanidades. No era para menos. La propia Asamblea me incluía en el canon de ‘artistas y escritores’ extremeños: esa era la razón por la que había sido invitado. Llamé a Machaco por teléfono: sus palabras me hicieron caer del guindo. A pesar de ser uno de los mejores artistas extremeños, Machaco posee el don del raciocinio de forma clarividente y humorística. No seas crédulo, me dijo, nadie va a reconocer tus cualidades, cada uno va demasiado pendiente de sí mismo como para preocuparse de los engreimientos ajenos.  Si quieres, vamos juntos, le dije. De acuerdo, me dijo.

Junto al acueducto de los Milagros, en Mérida, aparqué al mismo tiempo que lo hacía Teresiano Rodríguez. Nos saludamos y nos prometimos alguna parrafada. La mañana era soleada y limpia. La vieja geometría del acueducto se recortaba contra el azul blanquecino del Este. Me dirigí a Santos Domínguez y recordamos otros encuentros en algún jurado literario.  A juzgar por las tímidas y escasas actitudes saludadoras, la mayoría del personal apenas se conocía. Qué hacíamos allí aquella mezcolanza de rostros, de apariencias y de mentes (separado). )Qué opiniones sobre la creación y el arte cabalgarían las neuronas del gentío? No puedo evitarlo: ante situaciones semejantes, me gusta agujerear la mente de los circunstantes y averiguar el pensamiento que la habita, averiguar los milímetros cuadrados de opinión que la alimenta. Porque, no hay duda: las mentes de artistas y escritores son las mentes dotadas de mayor cantidad de opinión por milímetro cuadrado que puede uno encontrarse. Ay, amigo, si acudes a cualquier foro, apreciarás maravillado que existen tantas opiniones sobre la calidad del arte o de la literatura como asistentes al acto, y aún más, porque algunos (y algunas) emiten opiniones diferentes según hablen al principio o al final. Y así, los enchaquetados, e incluso encorbatados, afirmarán con contundencia que el realismo, la disciplina y la vuelta a los conocimientos de siempre constituyen la base imprescindible para desarrollar un proceso artístico de calidad. Los enjerseizados y entrencados, por el contrario, afirmarán con solvencia que la tecnología, los ordenadores y las conexiones a Internet definen los itinerarios artísticos actuales, y no otros. Los barbudos y encazadorados expondrán con displicencia que solamente el progreso y sus referentes bimilenarios pueden capacitar una posición artística de calidad dentro de un acuerdo marco docente y pluralista.

No sé, aunque los viajeros no excedíamos de cincuenta, me pareció que algunos ejemplares constituían grupos indefinidos, no bandas, por supuesto. El grupo tiene en común la similitud, la reunión voluntaria para iniciar la búsqueda de lo semejante. El grupo funciona como una reducida concordancia de actitudes en la que un integrante puede conseguir con relativa facilidad una imagen para salir del anonimato. No creo que yo lo consiguiera, salvo que se considere salir del anonimato las amables y breves palabras de despedida que me dirigió Elías Moro y las que me dirigió don Manuel Veiga al principio de la cena: )Eres Garodri? Me dijo, Sí, respondí, Leo tus artículos, dijo, Gracias, respondí. El ego se me infló como un globo a punto de estallar. En fin, el placer de formar parte del grupo proviene de la exigencia de adaptarse a unas reglas de pensamiento y de conducta. En este sentido, todos nos sentíamos dúctiles, con fácil capacidad de adaptación a la incesante labor de pastoreo de Pilar Mayoral que, más que una guía previsora y experta, fue para los viajeros una madre, según afirmó Castelo en los brindis, al final de la cena.

Como el viaje por el tramo cacereño de la Ruta de la Plata (la información de Prensa ya ha relatado los pormenores)  era de creación, pues creé algo. Esto:

 

Ab Emerita Asturicam. La Ruta de la Plata.

A quince días de marzo del año dos mil tres.

En autobús, viajamos artistas y escritores 

(que somos eso, dicen,) para espantar el tedio

de nuestra Extremadura, tan amada y tan vieja. 

Acompaño a Machaco, que pinta caracoles

y esculpe minotauros y toros y doncellas 

perdidas en la inquieta rectitud de las líneas.

Yo escribo cuatro cosas en el HOY, los domingos,

y por eso me invitan al autobús que surca

la Ruta de la Plata como un velero cómodo

de la tecnología. Escritores y artistas,

dicen que somos eso, enfrentados al brillo

de la inmortalidad. Las piedras derruidas

de Alconétar y Cáparra nos ponen en el sitio 

que ya nos corresponde: la ruina que alimenta

venas y petulancias de jardines de agosto.

 Recuerdo, en consecuencia, sin heridas a nadie,

que el tiempo desconoce, con su conocimiento, 

que escritores y artistas, eso dicen que somos,

poseeremos la noche y no seremos nada.

 

 

 

 

 

 

  CRÓNICAS DE RADIO POPULAR

  DESDE CORIA


El Gobernador Civil promociona la Comarca de Coria.

Fomento de la artesanía municipal.

 

18 de julio de 1970

 

Ayer a las 9 en punto de la noche, el Excmo. Sr. Gobernador Civil de la Provincia se reunió en el salón de actos del Ayuntamiento de Coria con 60 alcaldes de la zona de Coria y Hoyos. Los convocó para hacerlos partícipes de las tareas que el Gobierno Civil desarrolla y, también, para que conozcan cuáles son las inquietudes y los proyectos del Gobernador. Del discurso pronunciado por la primera autoridad de nuestra provincia, me permito hacer el siguiente resumen.

Mucho se ha escrito sobre el tópico del individualismo español. Es natural, pero no lógico, que cada alcalde se “individualice” y se preocupe por el propio municipio. Sin embargo, lo importante del hombre es la racionalidad, la reflexión. Los problemas de un pueblo no se resuelven definitivamente si los pueblos limítrofes no se unen entre sí para resolverlos. Hoy no puede hablarse, pues, de individualismo municipal porque los problemas son de índole comarcal, por no decir nacional. Y éstos no pueden resolverse si los alcaldes no se relacionan, no se conocen y no se tratan. Esta política provincial de la relación hay que encajarla dentro de la gran política nacional.

A esta cooperación, a esta coordinación entre diversos municipios de la misma comarca, se opone un obstáculo que condiciona tremendamente el desarrollo en la provincia de Cáceres: este obstáculo es una estructura municipal deficiente. De los 219 municipios que hay en la provincia, 100 por lo menos están estructuralmente infradotados y desorgani­zados en cuanto a presupuestos, cultura, socialización y alejamiento de los rectos principios del Movimiento. De lo que resulta que, al no estar informada su actuación por estos principios, practican una política de campanario, mezquina y minimista, a todas luces inútil. Como solución para estos fallos, hay que llegar a la formación de cabeceras municipales de comarca que sean, al mismo tiempo, ejes de concentración y de expansión a donde se traslade la ciudad, es decir, a donde se trasladen los mismos servicios de que la ciudad goza, para que así el desarrollo provincial sea equilibrado. Los técnicos del Gobierno provincial están estudiando esta nueva estructuración municipal de la provincia a base de cabeceras de Zona que concentren a otros municipios subsidiarios, para llegar así a la comarcalización en el aspecto económico, cultural, agrícola, transportes, sanitario, laboral, etc. Por tanto, si es la estructura municipal individual la que está frenando este desarrollo, habrá que cambiar dicha estructura.

También expuso el Sr. Gobernador la gestión que la Diputación provincial ha llevado a cabo, mediante la compra de una finca en la que se pueda transformar en rentable el nivel de renta de la cabaña ganadera de la provincia, que en la actualidad es de 4.000 millones de pesetas. La Diputación hará sus experiencias pensando en las necesidades de la provincia para enseñar y ejercitar a agricultores y ganaderos en el cultivo correcto de los secanos, de los regadíos y de una ganadería que pueda competir en el mercado nacional e internacional, ya que con una producción pecuaria de 700.000 corderos, si se tipifica adecuadamente esta producción, puede exportarse con garantías de éxito a Francia e Italia.

La provincia de Cáceres ha sido declarada también Zona de Protección Artesana. A partir del mes de septiembre, habrá un Gerente provincial de Artesanía. Hay que fomentar la artesanía municipal puesto que este producto puede convertirse en fuente de ingresos, pues implica y complica a la familia en su trabajo. Y todos los productos tendrán salida porque la Empresa Nacional de Artesanía, a través del Gerente provincial, se hará cargo de la producción.

Después de tratar otros puntos, terminó el Sr. Gobernador diciendo que hay que descartar los pequeños recelos entre unos pueblos y otros porque, aunque es difícil la realización de lo anteriormente expuesto, hay que creer en el milagro. Esta fe en lo milagroso, en lo casi imposible, es lo que ha hecho posible la grandeza que poco a poco va consiguiendo España.

 

Desde Coria, para Radio Popular de Cáceres, J.G.