sábado, 24 de septiembre de 2022

 

DE  PALABRA

JUAN GARODRI

 

 Es una obviedad asegurar que vivimos rodeados de palabras, especie de burbuja fónica en la que estamos inmersos, sin apenas poder salir de ella, como esos niños aprisionados en la burbuja de plástico acosados por una extraña e incurable enfermedad. Somos sólo palabras, afirma Rosa Montero doblegada por la decepción existencialista que atenaza a la hija del Caníbal. La alegría que sientes no es más que eso, una palabra, una cabalgada en la grupa efímera de sílabas entrelazadas que simulan un estado de euforia irreal. La tristeza, sin embargo, es una palabra sólida y apesadumbrada que adquiere una consistencia continua a través de cada centímetro de la piel, una psoriasis ortográfica que impone sus reglas para la construcción correcta del aniquilamiento. Sales a la calle y ahí está la palabra hablada, asomada a la boca del vecino para desearte unos buenos días inútiles y precisos. Enciendes la radio y ahí está la palabra hablada, agazapada en la rutilancia de las ondas, emergiendo de la garganta inagotable de los divulgadores de noticias, repicando ficticiamente en los ululantes campanillos de la publicidad, arrasando tonemas en la paleta magnificación de los grupos musicales, anegando conceptos en las voces autosuficientes y algo idiotas de los que participan (y cobran) en las tertulias. Abres el periódico y ahí está la palabra escrita, sobremultiplicada por el atiborramiento tipográfico de sus más de cuarenta o cincuenta páginas, la palabra herida por el rayo negruzco de la tipografía, palabra utilizada para  acusar, para denostar, para fingir, para mentir, palabra manipulada para llevar el ascua de la opinión a la sardina políticamente interesada, palabra forzada a expresar lo que ella misma no expresa, palabra violada como una virgen indefensa. Quizá por eso la palabra está en caída libre, al menos así lo afirma Juan José Millás, una caída hacia el abismo defensivo del ocultamiento, «no ya porque ninguna promesa verbal o escrita valga un duro, sino porque hay miedo a significarse». Nadie utiliza la palabra para decir lo que piensa. Cómo manifestar en público la íntima desnudez de las opiniones, cómo utilizar la palabra para dejar al aire las vergüenzas de los convencimientos, cómo sacar a relucir la indigencia de los criterios. Uno disimula lo que puede y, en este trance simulatorio y ficticio, se utiliza la palabra para ocultar el pensamiento, ya lo dijo Talleyrand. No hay educación de la palabra o, al menos, no hay cultura de la palabra. Y uno se pregunta para qué valen tantas horas de docencia de la palabra. La palabra como valor literario, por ejemplo. Existe una separación absoluta entre la palabra como recurso literario y la palabra como recurso vital. Desde la lírica primitiva hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso literario, para expresar los sentimientos. Desde la batalla de La Janda hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso vital, para ocultar el pensamiento. Quizá ello se deba a la misma proliferación de la palabra. El oro es valioso no por su naturaleza áurea sino por ser un mineral escaso. Si fuese tan abundante como el agua el índice monetario tendría que buscarse un nuevo valor referencial. Precisamente la devaluación de la palabra tal vez obedezca a esa abundancia verborreica asentada en cualquier medio de comunicación. De ahí su empobrecimiento. Contribuye a ello también su misma esencia fugaz. La palabra nace y muere simultáneamente y su cadáver diminuto va a engrosar el cementerio de lo efímero. Verba volant. Scripta manent. Aunque no sabe uno por cuánto tiempo permanecerá la palabra escrita. La iconoclastia ortográfica se abre paso a velocidad cibernética. Para qué el empeño de la ortografía. Para qué la implantación de unas reglas de uso obligado cuando la práctica diaria las va arrojando al cubo de la basura escrita. Quizá tuviera razón García Márquez cuando se manifestó a favor de la abolición de la ortografía, esa esclavitud escolar supeditada al latigazo del suspenso. Con la utilización del móvil se han hecho añicos las reglas ortográficas. La economía lingüística de André Martinet se está convirtiendo en economía ortográfica de uso irreversible. MNSJS D MV.hl conxi.a dixo mikl q xq no t viens sta noxe xa ca.cnt.no t kds en cas. t kiero. 1b. (Supongo que habrá que traducirlo: MENSAJES DE MÓVIL. Hola, Conchi!. Ha dicho Mikel que por qué no te vienes esta noche para acá. Contesta. No te quedes en casa. Te quiero. Un beso). Definitivo. El 1b es la puntilla de la ortografía y la estructura labial de la palabra.

 

viernes, 23 de septiembre de 2022

 

LA PRENSA

JUAN GARODRI

 

La Prensa, esa plancha metálica con caracteres móviles que Johannes Gensfleisch Gutenberg inventó a mediados del siglo XV, ha evolucionado una barbaridad. Desde la ‘prensa’ de los Cromberger en Sevilla, o la también sevillana de Andrés de Burgos, o la de Amberes o la de Toledo o la madrileña de Pierres Cosin —se dice que en Coria funcionó una prensa de libros a finales del siglo XIV o principios del XV)— han pasado muchos años.  No hay más que comparar aquella prensa con los modernos rotativos que suministran el avituallamiento diario de información aburridamente política y catastrofista. (Y futbolística, que para algo se nos ha aparecido, como una teofanía balompédica, la iluminación portentosa de la Liga de las estrellas).¡Ah, el pseudodeporte del fútbol y su poder económico!

Desde las ‘hojas de aviso’ que circulaban por los barrios gremiales y los palacios hasta las actuales hojas de hueco grabado y de papel cuché, la prensa se ha desarrollado con la velocidad ilimitada que suelen imprimir a sus acciones los negociantes y las compañías de distribución y difusión.

Y, si en aquellos tiempos se utilizaba la impresión de libros para el desarrollo de una cultura (más teológica que clásica, más clásica que social) llamada, con razón, libresca, la prensa se ha desarrollado hoy no sólo para informar, sino para influir.

De manera que, te estaba diciendo, la Prensa goza de un impresionante poder suasorio, esa convicción inconsciente que trepana las decisiones lectoras y las impulsa a una especie de actuación incontrolada e irreflexiva.

Y así, si la Prensa asegura que, por ejemplo, las sardinas reducen los niveles de colesterol en la sangre, ya tenemos al personal elevando piras campestres y domingueras para proceder al sacrificio oloroso del colesterol, asando sardinas a todo meter. Este fin de semana, sin ir más lejos, con motivo del puente de la Constitución Inmaculada, el personal andaba como loco recorriendo senderos y caminos de la Sierra de Gata. Nadie apreciaba, me parece, la impresionante belleza de los robledales que se divisan desde Santibáñez el Alto. Nadie admiraba la sobrecogedera amplitud del valle que rodea a Trevejo. Nadie se conmovía, en fin, ante el impresionista colorido de los castaños semidesnudos que circundan la sierra desde Villamiel a San Martín. Todo el personal, sin embargo, recogía sin parar ramas secas y hojarasca (ese afán perentorio de la búsqueda compulsiva) para encender fuego y asar sardinas y algo de panceta.


Más. Si la Prensa (y su información gráfica) dogmatiza que los alimentos que contienen fibra son indispensables para la regulación intestinal, todo el mundo se apresura a atiborrarse de cereales, pan integral y sucedáneos como si la ingesta rutinaria y comercializada de cascarillas de trigo condujese necesariamente a la salvación fisiológica. Y así, si te adentras en las entrañas consumópatas de las grandes superficies (oh, eufemismo macroturbador de los hipersupermercados), observarás que el gentío atiborra los carritos con envases de cereales llenos de salud, de fibras, de vitaminas y de oligolementos. Hay que tragar, como sea, una buena dosis de ingestión nutricional a base de proteínas, hidratos, grasas vegetales, calcio y ácidos grasos poliinsaturados para no incrementar los niveles de colesterol y consumir las cantidades diarias recomendadas por la O.M.S. De esta forma alimenticia, además, uno se autoafirma con esa especie de modernidad que supone manifestarse más europeo que nadie.

Más. Si la Prensa (y la publicidad televisual) asevera, ya digo, que el ejercicio físico es necesario para prevenir cardiopatías irreversibles, ahí tenemos al gentío sacando fuerzas de flaqueza para correr, brincar, pasear, derrengarse deportivamente, crucificarse con los clavos de las agujetas y, en una palabra, sacudirse de encima las toxinas y asegurarse una muerte abrumada de lozanía y salud. Y así, observarás que niños, jóvenes, adultos y ancianos corretean por parques, aceras y polideportivos enfundados en acrílicos chándales de colores brillantes, mostrando un enternecedor afán de superación y esfuerzo, y un conmovedor y congestionado rostro brillante de sudor y desentrenamiento. Porque está ahí, no te quepa duda, la idea está ahí: escapar de la muerte, esa abstracción tan lejanamente cercana.

Más. Es notorio que cualquier término divulgado machaconamente por la Prensa se convierte en término acuñado y aceptado y utilizado con fervor reverencial por la patanería lectora. (Piensa, un momento, en el horrendo palabro  “kilo” acuñado por la Prensa deportiva para designar los millones que elevan las cláusulas de rescisión de los contratos futboleros hasta cielos casi mitológicos). Todo el mundo habla de kilos. Que si 300 kilos de la primitiva, que si 5 kilos del BMW, que si 35 kilos de la casa unifamiliar. Y así.

¿La prensa? Gracias a ella te escribo estas alucinaciones.

 

 

jueves, 22 de septiembre de 2022

 

BELLEZA

JUAN  GARODRI

 

  No pienses, lector conspicuo, que me ha dado el subidón estético. Ya lo han hecho otros, en todos los tiempos. Desde Platón (en su «Hipias mayor»), se ha planteado la pregunta de qué es lo bello. Y Platón, con todo su socratismo a cuestas, fue incapaz de responderla. Gorki pensó que en la naturaleza no hay belleza porque la belleza es algo creado por el ser humano. La naturaleza presenta una belleza real, no representa una conceptualización de la belleza. Lo bello es objetivo e independiente de la conciencia humana. Lo que depende del ser humano es la valoración de ‘esa’ belleza. Y puestos ya a citar, en plan erudito fagotizador, pues coloco en el cazo a Brecht que negaba la existencia de la belleza artística, y también de la fealdad, y así protegía su estética marxista y, al mismo tiempo, se curaba en salud para que los tomatazos de McCarthy no tiraran de la silla el desorden ininteligible de un mundo donde todas las relaciones son falsas.

Esa falsedad de las relaciones sociales (socializar, se dice hoy) es elevada actualmente a la enésima potencia por los grandes distribuidores de la belleza. Se equipara belleza a juventud. Solamente eres bella si pareces joven. No se expone la ecuación juventud igual a belleza, o al revés, lo cual que siempre ha sido así, lean ustedes si no los famosos sonetos de Garcilaso o de Góngora sobre el tema, sino que las multinacionales de la crema pretenden que la mujer siempre parezca bella, aunque no lo sea, que parezca joven aunque no sea joven. Las revistas de moda, salud y belleza insisten en la publicidad de cremas antiarrugas, de cremas reafirmante, hidratantes y protectoras de la piel, de cremas tonificantes y recuperadoras de la elasticidad de la piel, de cremas que proporcionan agradable sensación de bienestar en la piel, aplanadoras para el vientre y aparatos vibrotécnicos. Se utiliza la cirugía estética para realzar los senos, resaltar los labios y eliminar la celulitis. Es la suplantación de la belleza. Hay una apariencia de belleza. No hay belleza.

Y van ahora los científicos del CSIC y presentan un complemento alimenticio natural (un elixir de la juventud), que concentra en una cápsula los beneficios de la ingesta de 45 kilos de uva tinta. Lo cual que eliminaría el riesgo de accidentes cardiovasculares.

Increíble. Sanos y bellos hasta la muerte.

martes, 20 de septiembre de 2022

 LAS ACEITUNAS

No se trata de colocarte un rollo sobre los sueños y su función compensadora de las deficiencias de la mente. Ya lo hizo Carl G. Jung para satisfacción de la fauna quiromántica en general. Pero sí quiero decirte que soñar, lo que se dice soñar, atrae al gentío para compensar las deficiencias económicas y se sueña, por ejemplo, con el bote de la primitiva. Lo peor es que los sueños nunca se transforman en realidad apetecible y devienen, a lo más, en suntuosidades evanescentes.

Esto de los sueños con definición crematística es asunto viejo. No tienes más que echar mano del cuento de la lechera y sus consecuentes aporías. La moza devanaba la rueca de sus pensamientos y llegó un instante casi diáfano en que se vio dueña de medio mundo. Otro tanto quiso expresar Lope de Rueda con Las aceitunas, esa bronca familiar y renacentista entre marido y mujer motivada por la hacienda que podría adquirirse con las posibles ganancias de unas aceitunas cosechadas dentro de treinta años.

Sin embargo, qué quieres que te diga, hoy todo esto suena a rancio. Podrá discutirse sobre la rentabilidad inversora en acciones de futuro, o en Ibex 35 o en los multifondos o en los eurovalores. Pero hoy nadie monta una discusión familiar y doméstica sobre la rentabilidad de las aceitunas a largo plazo (ni a corto). No tienes más que ver los olivares de la Sierra de Gata. Desde Pozuelo a Villanueva de la Sierra, desde Hernán Pérez a Torrecilla de los Angeles, desde Cadalso a Santibáñez, faldas y laderas, sinuosidades y hondonadas lanzan al viento el envés plateado de sus olivares. Y es que no hace tanto tiempo, cada pueblo era un olivar y cada olivar era un jardín en el que podía desarrollarse perfectamente esa ansia de totalidad iluminadora que subyacía en los ritos iniciáticos de Eleusis. Símbolo de la luz era el aceite. Y símbolo de poder. De hecho, los atletas griegos se embadurnaban el cuerpo con aceite y creían que, de esta manera, sus músculos adquirían una flexibilidad todopoderosa y triunfadora. (Algo así como los anabolizantes de hoy pero sin los falsetes químicos del dopaje).

El aceite, por otra parte, poseía una duplicidad esencial que derivaba de sus étimos y que, en consecuencia, se concretaba en los misterios y en las cocinas. Los ritos mistéricos ungían con óleo (étimo latino oleum) al seleccionado para que representase a la colectividad en las relaciones divinas. Y el ungido se aposentaba en la magia de la unción y no había quien lo removiese. Y no paró ahí la cosa. A los reyes también les dio por ungirse. Y así, desde que en el siglo VI apareció Isidoro de Sevilla para ungir y sacralizar a la monarquía visigoda, todos los Sisenandos, Pipinos, Wambas, Alfonsos y sucesores asentaron su concepto medieval del mando en el rito de la unción. El valor del aceite alcanzó de esta manera una cotización altísima de forma que los índices palaciego-bursátiles magnificaban a sus poseedores y adquirentes, por más que Jorge Manrique se empeñase en descalificar el esplendor cortesano construyendo estrofas de pie quebrado para avivar el seso que se dirigía peligrosa y velozmente a la muerte marítima.

El segundo étimo es árabe (az-zait, jugo de la oliva), y adquirió pronto un desarrollo popular y doméstico afianzado, sin duda, en esa atracción olorosa y casi metafísica del chorizo y los huevos fritos. Hay quien asegura que las relaciones familiares del mundo mediterráneo se mantuvieron incólumes gracias al lazo gastronómico que aseguraba una fidelidad inquebrantable tipo marido-mujer o padres-hijos, sentados reverencialmente alrededor del plato aliñado con aceite.

Antiguamente, cada olivar era un jardín, te decía, con opciones de futuro. Hoy han cambiado las cosas. Recorre conmigo la aureola otoñal de la Sierra de Gata y verás la tristeza de muchos olivares en los que los yerbajos y matacandiles, caries herbaria de los campos, perforan los viejos troncos de los olivos arrebatándoles su plateada dignidad centenaria. Y por más que convoques al Ubi sunt y demás tropos, la convergencia de Maastricht se ha cargado aquella magnificencia casi mítica que definía al olivo como árbol enriquecedor y próspero. Como para echarse a soñar, que te decía al principio. Y es que el abandono generacional e irrentable (me invento la palabra: no encuentro otra) provoca esa decrepitud de anorexia arbórea que consume los recursos del olivar.

 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

 

LA COSA DE LA POLÍTICA

JUAN  GARODRI

 

 De qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, háganse cargo, no digo hablar de política sino hablar de la política, clavada la utilización del determinante ‘la’, con todos los rigores de la determinación, un ‘la’ que actualiza la idea abstracta que se suele tener de la política, hablar de política es una generalización que puede referirse a todos los procesos políticos que se encuentren, se hayan encontrado o se puedan encontrar, hablar, sin embargo, de ‘la’ política, concreta el proceso a que nos referimos y lo actualiza a este momento, a esta situación, a esta España nuestra de ahora mismo. Así que de qué otra cosa va a hablar uno si no es de la política, estos días tan politizados, tan polinizados de política, tan provocadores de alergias y estornudos y moquilleo políticos, tan propios de individuos que, sensibilizados ante la sustancia política, reaccionan después ante ella de una manera exagerada. Y ocurre que los anticuerpos frecuentemente permanecen en la circulación social, con lo que aparece una especie de urticaria provocada por los medicamentos políticos (quiero decir medicamentos recetados por los políticos, no me refiero, evidentemente, a que los medicamentos sean políticos de por sí). No para ahí la cosa, porque si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos, hay tantos, tejido familiar, tejido educativo, tejido económico, tejido religioso, tejido homoerótico, tejido industrial, tejido agrícola, tejido de autonomías e independencias, tejido de mujer trabajadora, tejido de violencia de género, tejido de terrorismo, tejido militar, tejido de culebroneras, culifinas y culimajos, tejido de televisión analfabeta y culigorda, tejido deportivo con su dopaje y sus engañifas, tejido de salsas rosas y grasientas, decía que si los anticuerpos se fijan en determinados tejidos la liamos gorda, porque aparece entonces una alergia tisular que se manifiesta en erupciones y en eccemas que dejan la piel social y ciudadana convertida en un desastre enrojecido en el que la comezón no deja de levantar manos y pancartas y el picor insoportable no deja de abrir bocas y de lanzar invectivas, insultos y descalificaciones. Y eso si, en determinados estamentos, no entra además asma bronquial y problemas digestivos y hasta oculares y nerviosos, que también son reacciones peculiares desencadenadas por alérgenos (políticos). La política. La cosa política. En qué ha quedado la política. Si dijera que odio la política, tal vez más de uno se llevaría las manos a la cabeza y me señalaría ferozmente con el dedo, como a individuo peligroso y oscuro. Sin embargo, creo que sí. Odio la política. Es decir, odio el conjunto de hechos, el entramado a través del cual quieren hacernos creer que ‘eso’ es la política. El relativismo sofístico acuñó una frase de Gorgias: «Yo creo que si alguno pidiera a todos los hombres que reunieran en un punto todo cuanto cada uno piensa que es inconveniente y luego pidiera de nuevo que cada cual retirara de aquel montón lo que piensa que es conveniente, de seguro que no quedaría allí ningún trozo, sino que todo hubiera quedado repartido entre ellos». Antifón proclama que es lícito traspasar la ley: se puede hacer tranquilamente con tal que nadie lo advierta.

Resulta cuando menos sorprendente que pensadores de unos siglos antes de Cristo apostillaran con frases tan contundentes la actualidad en la que ahora mismo nos movemos, inicios del siglo XXI, más de dos mil años después. Todo para subrayar la idea de poder. La política no es para relacionar a los hombres con los hombres. Esa era la inocencia de Aristóteles. La política es para resaltar la naturaleza del más fuerte. Sólo los débiles se inventan costumbres y leyes para protegerse con ellas. La cultura democrática recoge estas ficciones y pone así límites al poder de los fuertes. Estas ficciones las desarrolla Maquiavelo. Para él, la base del obrar político no es lo que debe ser, sino lo que es, lo que presenta la realidad diaria. Y la realidad diaria demuestra trágica, sangrientamente, que los hombres son malos.  De ahí entresaca los principios fundamentales de la política. La utilidad política queda constituida prácticamente en norma absoluta, lo que da pie a la escisión tremenda entre política y moral. Priorizando lo escuetamente político, es decir, la técnica política, concluye Maquiavelo que «el hombre que quiere en todo hacer profesión de bueno, ha de arruinarse entre tantos que no lo son». El Estado y sus leyes no son más que una convención en la que los ciudadanos se ponen de acuerdo para protegerse unos contra otros.

El lector que haya conseguido llegar hasta aquí, superando la tentación de arrancar la página y arrojarla al basurero más cercano, pensará sin duda que he caído en lo más hondo de la depresión política. Este tío está zumbao, exponer un punto de vista tan negativo de la política, con la de autovías que nos están haciendo nuestros amados gobernantes, y residencias de la tercera edad, y casas de cultura sin parar, y programas de dinamización turística, y senderos de rutas ecológicas para admirar las maravillas de la naturaleza, y charletas televisivas o radiofónicas para que el personal se mantenga bien pero que bien informado, y aceras y farolas y bancos en todos los pueblos, pero que en todos los pueblos aun en los más pequeños, para que descansen los tercerasedades en sus sanos y saludables paseos diarios. Respeto al lector. Y hasta lo aplaudo. Así y todo, no hay más que leer la prensa diaria para convencerse de que algunas de las ideas políticas desarrolladas hace siglos gozan de permanente actualidad. Y aunque les falta la comprensión hacia lo histórico, el individualismo es el rasero con el que miden la dimensión de lo existente, como ahora. Aunque no todos estaban de acuerdo, naturalmente. «Dios crea solo individuos, no naciones», dijo  Benedictus de Spinoza.