miércoles, 25 de noviembre de 2020

 OH, LOS   VIAJES

(Domingo, 11 de octubre de 1998)

 

 

Como buen depredador, no suelo excederme en abandonar los límites de mi dominio: la Sierra de Gata. En ella me adentro, a la caza de sensaciones. Lo reconozco, sin embargo. Viajar, lo que se dice viajar, qué quieres que te diga, le gusta a todo el mundo. Así que, este verano, tuve que viajar.

En efecto, después de no pocas vacilaciones y algunas discusiones a punto de divorcio, no hubo más remedio que dejarme arrastrar hasta Italia. Ya sabes, Roma, Milán, Florencia, Pisa y todo eso. Y a pesar de las diarreas de algunos, las migrañas de otros y el cansancio de casi todos, a las seis de la mañana tocaban diana y la guía nos remolcaba por los itinerarios turísticos a uña de caballo, suele decirse, con esa pertinacia en el descubrimiento que obsesiona a los exploradores o los arqueólogos. Las maravillas visuales ofertadas en los folletos informativos se quedaban en ofertas, de manera que ver, veíamos poco, atosigados por la apresurada abundancia artística de los monumentos y por el atontamiento gregario del gentío. Pero oler, bluf, nos hartábamos de oler. No había más que entrar en la mierda del Coliseo y el olor de siete millones de meadas de japoneses te perforaba la pituitaria con esos prolongados pinchazos de la desventura o el amoníaco. Como si los japoneses no tuvieran otro mingitorio en el planeta que el que han localizado en el Coliseo. Milán es otra cosa. Y a pesar de los rincones fascinantes que en ella han encontrado los diseñadores y la moda, las colas para entrar en la Scala se alargaban de forma interminable de manera que, transcurridas tres horas, un hormigueo devastador se apoderaba de tus piernas junto a una dilatada mala leche, cosa que te obligaba a sordos juramentos y a la personal promesa de que jamás volverías a caer en la gilipollez mental de engancharte a una cola de aspecto borreguil a sacar entradas para la ópera, y todo eso. Y qué decirte de Florencia, la ciudad de todos los genios. Desde la plaza del Duomo hasta la plaza de la Santa Crocce, finas hilachas amarillentas se deslizaban junto a las aceras justo en el lugar oportuno para que tu pie se pringase con las olorosas boñigas de los caballos. Y encima, cuando regresas a la tribu, transcurridos ocho días de insomnios e indigestiones, es obligatorio afirmar que todo ha constituido una experiencia gratificante y un viaje maravilloso (si no quieres caer en el descrédito o en la patanería).

Así que estos primeros días de octubre, inocentes y virginales como todo lo primerizo, decidí adentrarme en los dominios de la Sierra de Gata, como te decía, esos atardeceres otoñales cargados de ocres, amarillos y pardos. No tienes más que subir de Cadalso a Robledillo para sentir el diáfano contacto con la naturaleza. Y te ves de pronto en medio de una dimensión cosmológica y perfecta. Tú no eres tú, en ese momento eres otro que acaba de instalarse en el sosiego de los pinos, en el suave seno de las montañas. Qué quieres que te diga, no hay mayor placer que distribuir la perfección a tu antojo. Es tu mirada la que nutre los regatos, la que eleva el horizonte a la cualidad de diáfano, la que adentra la soledad en el coto de la belleza. Eres tú el que concede el silencio, ese pudor que los castaños desparraman por el paisaje en una especie de desnudamiento vegetal y cromático.

Lo malo está en que no puedes contárselo a nadie. Si los colegas magnifican el fin de semana en Londres trotando por Kengsington street y sus restaurantes de atmósfera bohemia (el hojaldre de riñones es que alucina, tío), si los colegas aseguran, además, que las torretas del Tower bridge son una maravilla de la ingeniería victoriana, tú ya es que no puedes ni abrir el pico. De pueblo que es uno, qué remedio.


martes, 24 de noviembre de 2020

LO DE ESCRIBIR, ESA COSA

 LO DE ESCRIBIR, ESA COSA

(Domingo, 29-9-02)

 

Desde que leí lo de Javier Marías ando cabizbajo. «Imprenta o fuego», decía él. Se refería al hecho dificultoso de la escritura, aun teniendo facilidad e imaginación para escribir, y a la minuciosidad y trabajo que conlleva el acto de crear una novela, corregirla, depurarla, dotarla de naturaleza artística e insuflarle vida verosímil. Aun así, miles, cientos de miles de personas, gente de toda clase y condición, preparada y no preparada, culta y analfabeta, toñín y maruja, ha escrito  novelas «o ansía un día escribirlas». Asegura Javier Marías que cuando, en su momento, visitó la Feria de Francfort, tuvo «la sensación de gota de agua en el océano» que le produjo la contemplación de cientos de stands repletos de libros, catálogos en los que aparecían millones de libros. Es la sensación «de ser superfluo», la abrumada convicción de que nada va a cambiar porque yo escriba una novela. No me extraña que el autor asegure (¿o es también ficción narrativa?) que duda si arrojar al fuego la última novela que está escribiendo, o terminando de escribir, o que ya ha terminado, no recuerdo.

No fue ficción narrativa, sin embargo, el extremo al que llegó en cierta ocasión Rafael Sánchez Ferlosio. Acababa yo de publicar mi primer poemario (1982 o por ahí) y me dijo un día Leopoldo Gutiérrez, senior (q.e.p.d.): A ver si me pasas algún ejemplar, que me gusta leerte. Se lo entregué en su consulta de otorrinolaringólogo, en la Corredera, y hablamos de libros y autores. Me contó entonces que una tarde se dirigió al palacio de los Duques de Alba (llamado ‘de la Camisona’, en Coria) para visitar a Rafael, con quien mantenía cierta relación amistosa de juventud. Ferlosio se disponía a arrojar a las llamas de la chimenea el manuscrito de su, entonces, última novela, cosa que hizo, fastidiado por el acoso de los editores. A propósito de esta anécdota, varias veces me ha aguijoneado la intención de comentarla directamente con el propio Sánchez Ferlosio. Con frecuencia me cruzo con él en alguna calle de Coria, o en el paseo de la Isla acompañado de Jesús Domínguez, o  sentado en la terraza de Alkarika embebido en sus reflexiones, o charlando con Gonzalo Hidalgo. Lo saludo y me dice, «Qué hay, Máximo», pero no me decido a preguntarle por la quema de su manuscrito. (Máximo era el nombre de mi padre, peluquero que le arreglaba el pelo, así como a su padre, don Rafael Sánchez Mazas durante las estancias en Coria).


Vuelvo al principio. Si Javier Marías ha sentido tentaciones de arrojar al fuego su última novela; si Rafael Sánchez Ferlosio arrojó, en cierta ocasión,  su manuscrito al fuego; si estos espléndidos escritores, inscritos ahora mismo entre los mejores de las letras españolas, con reconocimiento general y unánime (más o menos) de lectores y crítica, si estos autores, ya digo, se consideran como gota de agua en el océano de la publicación (Marías), o con la tímida  humildad personal que lo desenfatiza (Ferlosio), a ver qué hacemos los que escribimos de vez en cuando cuatro cosas deslavazadas y, estas sí, probablemente prescindibles.

Así que una especie de depresión literaria me ataca las meninges cuando observo las ingentes cantidades de escritores (¿?) que he visto en Internet, escritores (¿?) exultantes, pagados de sí mismos, descubridores de mediterráneos narrativos o poéticos, para qué se me ocurriría entrar en la dirección web hallada, una de esas que pululan a cientos por los portales internáuticos dedicadas a la cosa literaria: cientos, miles de escritores, tropecientos escritores, poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas de todo el mundo (sobre todo poetas, qué bárbaro, y cuentistas), buscadores incansables del tesoro que sustenta la raíz del éxito. Resulta sorprendente la cantidad de gente que se dedica a escribir: jubilados, amas de casa, honestos funcionarios, empleados de banca, músicos callejeros y hasta despreocupados y mangantes... Ahora, eso sí, los que más inciden en el hecho escribidor son los jóvenes y los enterados (de pueblo). Se entiende que a un joven (se me hace difícil el femenino jóvena, pero lo tengo en cuenta) lo posea el apetecible anhelo de la escritura y acaricie sueños de celebridad y editoriales. Pero un enterado “que no ha escrito ni una línea” en su trabajadora vida venga, a estas alturas de la maduración, a autodefinirse como escritor porque lee sus alucinaciones romanceadas en la fiesta del Libro, no deja de aparecer como una pretensión extrema. Tal vez yo sea capaz de mirar el nivel de aceite del cárter de mi coche e incluso de hurgar en el carburador si el caso lo requiere. Tal vez yo sea capaz de adquirir en cualquier carrefour unos módulos empaquetados y montar con ellos un zapatero para colocar, obviamente, los zapatos en un rincón de la cochera. Tal vez yo sea capaz de arreglar un enchufe e incluso de desmontar el halógeno de la lámpara del salón, que acaba de fundirse. En ningún caso, sin embargo, se me ocurrirá afirmar a causa de dichas capacidades que soy mecánico, electricista o carpintero. Mucho menos, de fina carpintería.

La enseñanza literaria era fundamental en programas y métodos al finalizar el Imperio romano. Prisciano, profesor en Bizancio durante 27 años, compuso su Praeexercitamina para mostrar a sus discípulos cómo habían de componer un relato o una fábula, variar las figuras retóricas o desarrollar un tema siguiendo reglas determinadas. Ahora cualquier chichirimundi, desconocedor de reglas y de técnicas, se cree un Garcilaso surgido de alguna OT literaria.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Flashligths

                                   

                                               


  

FLASHLIGTHS
(Instantáneas)


LA CHICA QUE NO QUERÍA VOLVER A MAQUILLARSE








JUAN     GARODRI


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Quisiera poseer el ojo crítico
que poseyó Ruth Gruber.
Capturar el chispazo que se oculta 
en algunos momentos de mi vida
resuelta en distopía versificada.
(Pero no soy fotógrafa).



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                        NOTICIARIO

                        Estoy hasta los morros de escuchar que me mienten. 
Ser masa que utilizan  cada día los mendaces
para hornear con ella su aclamada mentira.
Noticiarios, la prensa, esos telediarios
que tanto manipulan.
                        Las teles de todo el universo, sus pantallas,
                        tendrían que fundir por siempre en negro.


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  Me vestí con la ropa de la mujer aquella 
que elevaba los brazos como loca 
para alcanzar las horas de los días. 
Se nutría de minutos para ver 
la porcelana de la noche.
La magia nocturna sucumbía 
en el pozo diario de la nada.
                      (De ahí mi desencanto. Eso era todo).

 
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                     TALLEYRAND

                     Me ha sido concedida la palabra
                     para disimular el pensamiento.
                     Como a los mentirosos.
                    Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord
                    (que nunca conoció productos de belleza
                    ni se sintió atraído por la tecnología punta),
                    lo vio clarísimo. Hace doscientos años.




 
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El tiempo era pequeño. Su mentira.
Convertido en un breve puñado de palabras 
el tiempo se vencía  tenaz hacia la nada.
Yo, como tonta retonta, me vencía 
también hacia la nada. Mi mentira.
Estaba tan contenta en el vacío.
Sin saber, como tonta, que mi corta alegría 
tan sólo manaba de las falsas palabras
que me hacen posible.




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DESAYUNO SIN DIAMANTES


Desayuné dos frases en medio de la cólera:
¡Abajo la metáfora! ¡Muerte a la metonimia!
La rabia acumulada me vistió la camisa
del indignado, corros
y mil antidisturbios en la Puerta del Sol.
Apresuré mi paso para tomar mi plaza
y, sentada en el suelo, 
apuré la protesta llamada antisistema, 
las heces rojas, turbias, del enardecimiento.
Me falta, como a todas, el tiempo suficiente
que acabe confundiendo grito y odio en el tiempo.


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                                   Avivo el tiempo cuanto puedo, lo poseo, lo gasto.
I spend my time. Una moneda, el tiempo. 
Emili Dickinson lo gastaba en nostalgia y soledades.
Qué tristeza ser alguien, ¿tú quién eres?
Le pregunto a Quevedo por el tiempo. 
Se burla de mi ardiente y pretenciosa
disposición a alargar los instantes,
no tengo masa eterna por mucho que lo piense.



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 AQUILES

Me acerqué a la viejita por el andén del metro.
Corría felizmente para alcanzar la dicha
de abrazar a su hija perdida en la penumbra
de un revuelo de tocas de hacía cincuenta años.
(Las monjas también roban).
Se le partió el tacón del zapato adquirido 
en el puesto barato del mercado del jueves.
Por mucho que agitaba las manos, y gemía,
no valoré su angustia ni el doloroso esguince 
de su talón, mirábamos tan solo de reojo, 
transeúntes y gente, para desobligarnos.
Apresurados, tímidos. Cada cual a lo suyo. 
Tampoco la ayudé a encaramarse al tren.

(Mucho más perdió Aquiles por algo parecido,
—me conforté).


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 Ante la tristeza de la flor,
yo también me siento triste.
Cierro los ojos y la mente
va quedando
vacía de todo
llena
        de
             nada.


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VITTORIO MONTI

Aquel hombre tocaba de manera admirable
el acordeón en la calle peatonal,
había pasado horas, su juventud quizá,
en la escuela de música de Jagodina, Serbia. 
La gran orquesta en la que interpretaba 
las  fulgurantes Czárdás de Vittorino Monti 
se había convertido ahora  en la funda rojiza
de su pasamontañas volteado en la silla
con diez o doce euros en el fondo.
Como todo el mundo, ajena y presurosa,
esa mala conciencia, giré la cabeza
—casi siempre se gira cuando el desasosiego nos atrapa—
para verlo (y oírlo) de lejos.


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 «En aras de la libertad». La frase.
Tan sólo Micky Mouse puede ser libre
porque no es condenado ¿injustamente?
a ser en coordenadas temporales
(ahora, ayer, mañana),
a ser en coordenadas espaciales
(aquí, allí, en donde),
ni siquiera en ahora o en aquí.
Yo en cambio, para mi desgracia,
estoy condenada para siempre  a ser libre.

(Sartre lo supo quizá por su estrabismo).



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 VAE  VICTIS

¿De qué hablar?  ¿De Japón, de la guerra de Siria, 
de Bárcenas y sus sobres B, de Gürtel, 
del Madrid o del Barça o del Atlético, 
del caso Nóos, de la Infanta Elena,
del pozo de las EREs en Andalucía, 
de Sánchez el Okupa (dicen las malas lenguas), 
de Casado, de Iglesias, de Abascal,
de si el Papa Francisco es comunista,
del conflicto social que ha provocado
el independentismo en Cataluña,
de la pandemia, del coronavirus,
de los muertos diarios en el mundo,
de mascarillas y confinamiento,
de la desfachatez de los que informan,
de parados, de Ertes y pobreza,
del miedo que acojona y rompe el ánimo?
¿De la falsa salida de la  crisis? No sé. 
El exceso adornado de información aburre. 

            (Por mucho menos Roma se cargó al mensajero).




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(La niña no es tan niña). Estoy perdida
si  me acostumbro a hacer la habitación.
Soy señorita de la gente guapa
Mi mamá me regaña y cada regañina
es una crisis honda que colma la amargura
de nuestras relaciones, frágil vaso.
¿Qué puede acontecerme en un futuro próximo
si yo doblo la ropa o coloco los platos
en el lavavajillas?
Mi condición social no lo permite.
(Para qué esta Gertrudis —dice ella)




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  EL  PERMISO

Me lo cuenta en la sala de espera del Centro de Salud. 
Cavila el jubilado, se desvanece y sueña  
en el asiento viejo de su vida lejana. 
Hace cincuenta años el capitán Perianes 
le dio un permiso breve de seis días 
para ver a la novia. ¡Aquellos besos!
—El siguiente, llamaba la enfermera. 
Renqueante pasó y, al cabo, la doctora 
le recetó silodosina, entre otras cosas.
(Menudo revoltijo la próstata y los besos).



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Mi amiga Mélanie Fonseca
es de izquierdas, (‘podemitas’ las llaman)
en contra de la opinión sesuda de su padre.
Mélani se ha negado 
a estudiar Económicas en la universidad.
Quiere trabajar de limpiadora, dice,
como una activista de protesta y pancarta.
Su padre la ha enchufado en alguna oficina
de cualquier Ministerio en trabajo de tarde.
Cuando sale a las once, se maquilla, se arregla
y se va al bar de copas
con su BMW último modelo.



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            FORREST GUMP

A veces voy al Hiper para huir de mí misma.
La pulsión consumópata es como un sortilegio
porque ayuda a la gente a escapar de su abismo.
Espero con el cesto de la compra en la mano
para pagar en caja. No falla, se le obstruye
la línea telefónica a la joven cajera,
y  a esperar mientras miro el cogote o el culo
de quien tengo delante. Me siento más ridícula 
que Forrest Gump el simple,
con su camisa estrecha de cuadritos azules.


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                                  Mi mamá ya no quiere 
que juegue con la barbi bienvestida de largas pestañas postizas, 
prefiere mi mamá que me distraiga
con la maravilla del iPad, (mi regalo de Reyes),
que descargue aplicaciones de belleza y moda
a través del quiosco virtual.
Cuando pasen diez meses
me va a realzar el rostro: replenador de botox
que me regalará en mi cumpleaños.

(Mi mamá no se explica por qué demonios tengo
 casi siempre el morrito retorcido).


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BÉCQUER Y MARX

Ese rayo de luna es tan pálido y tímido
porque lo decidieron los poetas románticos
mucho antes de Bécquer y sus famosas Rimas.
Los obreros parecían tan tímidos y pálidos 
porque Marx no había escrito todavía El Capital.
Después de Marx y Engels
y de aquel Manifiesto Comunista que escribieron a dúo,
los obreros se han vuelto insolentes y audaces, 
irritación altísima del Tratado de Maastrich.
Después de Gustavo Adolfo Bécquer  —leed atentamente
sus Poemas del Alma, precursores
de la enferma poesía contemporánea,
según observación muy reputada de críticos solemnes—
después de Bécquer, digo,
los poetas resultan pretenciosos y algo menos sublimes, 
irritación suprema de las editoriales. 
Tanto unos como otros cavan su propia tumba.
(Lo del Romanticismo puso el rayo de luna 
en la ornamentación de cementerios).


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Ya voy siendo mayor. Tanto ha insistido 
mi mamá, que desde hace unos meses soy devota
de la mitología fashion,
habito la fugaz cristalería
 de la denominada gente guapa,
la beautiful people, para entendernos.
Durante cada anochecer descubro
la oculta sensación de una piel nueva.
La fría taxidermia
de la carne vacía me recubre.

(Para no ser desventurada).



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ROD HUDSON Y GEORGE CLOONEY

Hablaron los periódicos de casi todo el mundo
     —con un share o cuota de lectura elevadísimo—
     de la homosexualidad encubierta de Rock Hudson.
     Mi abuela enamorada
     de los ojos azules de Rock Hudson, tan guapo.
     Y lloró por él.
     Mi mamá enamorada
     del cuerpo de George Clooney, tan sexy,
     tan pedazo de pan para comérselo.
     Cuatro Globos de Oro, dos Oscar, algún BAFTA,
     y ahora muestran la foto de sus hijos gemelos.
     Ha llorado por él. 
     Yo estoy enamorada de mi Borja y espero
     no llegar al umbral de los sollozos.
     Menudo chasco.


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 Mi mamá me aconseja
que utilice palabras actuales
porque hasta los obreros sacan el tupper-ware
para sus bocadillos.
El cambio de lenguaje ha mejorado mucho
mi aspecto en los salones.
No tengo sentimientos, ya solo tengo feelings
to have the happiest days of my live
 

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HORÓSCOPO



Sobre la mesa de hierro lacado
yace el horóscopo de la semana.
Venus, enfrente de mi signo, Leo,                                     
contribuirá a despertar la seducción.
La fuerza del león agazapado
para atrapar la presa y devorarla
oculto tras la inercia de las yerbas.
(Eso dice).



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 Hoy tengo que asistir, no hay más remedio,
a la exposición de Pipilotti Rist. Un rollo.
Mi mamá sin embargo se apresura
hacia un punto de jovial optimismo.
Un lugar para la celebración y los encuentros.
El chófer nos espera con cara de entender
el placer visual del cine narrativo,
las tesis feministas, dice, de Laura Mulvey.

(La mujer como objeto para ser siempre visto).

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EL RELOJ DE KATE WINSLET


A través de la limpia cristalera
contemplo las petunias del jardín
con su declinación leve de tonos.
Los centros de mesa forman paisajes acuáticos
con un punto ornamental de fantasía.
Miro la hora en el longines
de Kate Winslet y total ¿para qué?
Ronda en mi tiempo  
la gran desilusión de los vencidos.

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 Todas las quiceañeras quisieran parecerse
(yo también he querido parecerme)
al rostro angelical de Clémence Poésy.
Volar, como ella, sin la escoba de la inocencia.
Los ojos del pecado no son tan oscuros ni maléficos,
son ojos más azules, más hermosos
que la añil rebeldía de los arcángeles,
los que se opusieron a la claridad.

(Mi mamá es pura envidia, segurísimo,
porque he permitido que me coman el coco).



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MARÍA ANTONIETA


Los dulces y compotas que tanto le gustaban  
a María Antonieta de Austria y sus tocados,
azote y sanguijuela de sus sumisos súbditos,
me están prohibidos por la tajante guillotina
de otro punto y aparte celulítico.
Ni probarlos.
Con harina empolvaba sus pelucas
cuando muchos franceses carecían
de pan y de alimentos. Yo, si acaso,
me como una pastita para hundirme en el pozo
de la contrariedad, de mí abrumada.
Si no lo hago, ya puedo apresurarme
a la Semana Negra de Gijón, aunque me adorne
con ilusorias joyas para la esperanza.


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Leo con tedio apresurado la carta del menú. 
                    Menú:
“Servimos la sopa de piquillo
 en un vaso de cóctel
y a su lado elegante disponemos
el pastel ensartado en la brocheta”.

Los indignados gritan:
millones de seres humanos pasan hambre.
¿Será cierto?  
(Pregunta mi mamá con claro asombro).
 
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EURÍPIDES

                       No puede salir una a la calle 
                       sin un maquillaje  sutil.
No puede salir una a la calle 
sin pintarse
con barra de labios de color vibrante.
No puede salir una a la calle 
sin haber utilizado
la pureza de un gel iluminador.
Esclava de la piel, como una máscara.

                       También usaban máscara 
                        las actrices de la escena griega.
Y Eurípides suena tan antiguo…


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 La amargura me llena esta mañana 
como el aire amarillo llena un globo. 
Camino con el aire decidido
de quien piensa que es única,
tal como mi mamá insinúa.
Así y todo, abrumada.
Ese pensamiento esquivo, sin sonrisa,
que nace en las ventanas laterales de cada una.



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 LUCRECIA BORGIA

Si voy a la playa me siento horrorizada.
Tendré que vestir out para no ir de guarrilla
con mi tanga tanguísima de colores primarios.
Tendré que acomodarme a los valores 
que rigen la sociedad burguesorganizada.
Acomodarme 
a los grandes beneficios de la cosmecéutica.
Olvidarme
de retoques nasolabiales y de biquinis mínimos.

(Lucrecia Borgia no por indecente
dejaba de ser algo rechonchita.)


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Tengo que seguir el programa adecuado
de educación alimentaria
si quiero  parecer bella, dice mi mamá.
La playa y el hotel de lujo
son el escaparate del encanto.
Me conformo con eso. Serlo ya es otra cosa.
(No es lo mismo ser que parecer).



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JACINTHA SALDANHA

He leído: la vida es como esa cucharilla
que golpea despacio, parsimoniosamente,
la cadencia del vaso de la muerte
bebida gota a gota.
Un pensamiento lúgubre.
Prefiero una cogorza de Beronia bien frío
a un envenenamiento de la vida.


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¿Por qué el hombre asesina
a la mujer a la que tanto ha amado?
(Le había regalado un macetero blanco 
de fibra de vidrio).
Mi mamá no se inmuta,
las noticias ajenas le resbalan.



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MANGO  FASHION

No soy nadie, qué horror la ordinariez,
si no voy vestida de Mango.
No puedo aparecer en la calle
poseída del disfraz de clochard
vaqueros cuarteados,
zapatillas  abiertas sin cordones,
camiseta gastada.
Como una maniquí caída, así soy,
con la frente quebrada en mil pedazos.


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                                    La infelicidad que relatan a diario en la tele
es esa voz que clama en el desierto interior  ¡aaaaaaaahhhhhhhhhh!!
(Mi mamá me atosiga
con revistas de salud y Moda).
                                   Voy a morder aceras que conduzcan 
                                   a la puerta del cine del olvido
                                   o de aquel bar de copas y su metacrilato.
                                  El roce, o lo que sea, de los cuerpos.

                                 (Y Borjita tan lejos, tan líquido en la bruma).


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 TOMMY HILFIGER

Tengo que navegar con mi moderno tablet
entre el brusco oleaje de la autopsia diaria.
Adquiero información de las marcas de moda.
El Corte Inglés me ofrece todo lo innecesario.
No sé porqué me gusta Tommy Hilfiger.
Al fin y al cabo, me vista como me vista,
no puedo dejar el tratamiento
de cintura y abdomen intensivo, 
estoy así de tonta.
(A veces me perturba mi sumiso apagón interior).


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Mi mamá me sugiere,
más bien me ordena y manda,
—¡me ama tanto!
que caminemos media hora
para cumplir la norma de higiene saludable..
A qué voy a pasear por el jardín
para escuchar el bucle de sus cosas.
Las que me niegan la felicidad
de hacer lo que quiero hacer cada momento.


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BUCKINGHAM  PALACE


La ausencia es un embudo 
de recuerdos y brumas.
Borja me envía un tweet  reseteado
con el fondo de los jardines 
de Buckingham Palace.
La circunferencia de su boca,
como de tinta ardiente,
es más atractiva que los setos rojos
de los gardens.
                        (Melancolía de los recuerdos.)







He mirado a mi gato y me he puesto a llorar.
                       Como una tonta.
                       Tan feliz, panza arriba,
                       las patitas sobre el cojín del sofá.
                      Me gustaría tener
                      la sosegada libertad del gato.
                    
                     (Mi mamá no soporta
                     que le ponga las patitas encima).

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ANTONIO MACHADO

En la fuente que adorna el jardín de mi casa,
frente a la cristalera principal,
un mudo amor alado acecha mis entradas y salidas.
Ese amorcillo alado, leve capa de musgo,
(de piedra, como el del poeta)
contempla el ajetreo de mis ocasos.
Tanto ir y venir hacia la nada.
(Por muy rosada que me la pinten).

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 Desde que uso a diario mi portátil
 — con tarjeta gráfica de 1 Gb dedicada,
mi portátil dotado
de la tecnología exclusiva que protege mis datos—
                                   mi mamá está radiante
                                   porque no pienso, dice,
                                  en los aborrecibles engreimientos
                                 de pretender contrarias perspectivas
                                 a aquella  educación 
                                 que procuró inculcarme.
                    (Soy desagradecida, dice, porque pienso
                     que el libro y la palabra han ocupado
                     el espacio de las cosas vacías).



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APOLLINAIRE

Guillaume Apollinaire escribió en unos dípticos
que se había bebido el universo entero
de un solo largo trago.
Hay que tener estómago y enormes tragaderas.
Ahora hubiera bebido, como mucho,
una copita de hambre de Somalia
y una botella de virus y crisis económica
y una garrafa  de indigestión política.
(Y empezaría a toser, atragantado).


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                                    A veces pienso
que vivo para vivimorir de pensamiento crónico, aterida de mí.
Pero ¿en qué me convierto si no pienso?
Mi mamá me asegura,
con la estabilidad de su certeza,
que del mucho pensar y del poco dormir
se secan los cerebros.
(¿Cómo habrá conocido la sentencia?)

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L’ABSOLU  NU 

Más luz. Menos materia.
Mis labios protegidos con pro-xylane cremas.
Tengo que deslumbrar a este selecto enjambre,
mayoría masculino, el día veinte de junio.
Fiesta de graduación de mi amiguita Maggie.
Abrazos y sonrisas. Saludos y besitos.
De ahí el tratamiento protector.
(La mentira y su máscara se disfrazan de labios).


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Mi cuerpo se agiliza y se sumerge pronto,
cada mañana,
en las ecuaciones de este tiempo aparente.
No hay que disimular ni hacer manitas
con los importadores
del ritmo de extinción de las especies.
(Mi mamá sentencia: Hoy se exagera mucho).

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                                   CAPRI C’EST FINI

                                     No cambió la cosa ni para Jackie Onassis.
                                     ¿O no era Jackie Kennedy? 
                                     María Zhukova y su silla-escultura, 
  Flora Pérez, aquello  de Marilyn
  para casarse con un millonario.
                                     Tantas y tantas. 
                                     (¡Ostia!, no me caerá esa breva).
                                     El dinero cambia los apellidos
                                     como cambian los amos el collar del perro.

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Soy casi feliz (ojo con el casi)
si pienso con apremiante ingenuidad
en mi denominación como persona:
no soy lo que realizo, más bien soy lo que oculto.
(Es la teoría de mamá, lo siento).
 
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NERÓN


Tan inconstantemente poseído de dios, 
Júpiter padece un divino ataque lúdico.
Juega conmigo
como juega el político que se cree importante
con los ciudadanos y otros contribuyentes.
(Nerón también jugaba a componer hexámetros
mientras sus ojos locos contemplaban de lejos
el incendio de Roma y sus estatuas).


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Me he sentado en el parque,
he cerrado los ojos y, al abrirlos,
me ha sorprendido un pájaro.
Con un rayo de sol gasta su tiempo, alarga el vuelo
tras la rauda ascensión hacia la altura
en busca de la luz.
La brevedad lo asusta, pensé incrédula.

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ROUSSEAU

La inocencia deviene sobre el ser
y lo abandona cercano a la desdicha.
La soledad es tan solo apariencia
del enigma interior que corrompe los sueños.
La decencia de aprovecharse de los demás.
Rousseau clasificaba
la inocencia del ser humano, seres inocentes.
A mí me dejó fuera innecesariamente de su taxonomía.

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Mi mamá está contenta porque es amortal.
Bueno, no es tan rotunda.
Más bien dice que quizá pueda serlo.
Ha endiosado la ciencia, y cree a pie juntillas
que sobrevivirá 
a los efectos devastadores del paso de los años.
Tiene sus propios santos (los invoca),
Meryl Streep, Madonna y otras abuelas fashion.
(Espero que me enseñe
a prescindir de referencias cronológicas).

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MURIEL BARBERY

Me gustaría tener la inteligencia
de Muriel Barbery, con sus erizos y sus golosinas.
Las convenciones sociales criticables
acerada y humorísticamente.
Con la guasa del ingenio fino.
Aunque el erizo se exceda con frecuencia
en la alargada elegancia de la hipotaxis.

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Con esta rigurosa dieta sana
mi mamá se convence de vivir muchos años.
Se ha comprado un medidor que la protege
de la electropolución y sus efectos.
Con eso y el objetivo anímico de la serenidad
(está segura)
se predispone a vivir su adolescencia.
 

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GARCILASO

Adoro el silencio, tan necesario y limpio.
La tranquilidad del silencio.
El pacífico sosiego del silencio.
El susurro de abejas que sonaba
en el silencio de Garcilaso.
(Cada cual con sus gustos:
esos debates en el contenedor de la basura, id est TV,
y la crucifixión incruenta del silencio).

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¡Qué haré yo,
sin pizca de relax,
sin rutina de ejercicio físico,
sin dieta salvadora!
Mi adolescencia acaba
y ella la está empezando
—dice.

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DESCARTES


La duda como punto de partida.
Nunca voy más allá de mis certezas.
Como el ave que vuela, recorro  velozmente
 la abrumadora banalidad de mis exactitudes.
Pero no llego demasiado lejos.
Si dos y dos ya no son cuatro, dicen, 
que vengan los banqueros a explicármelo.
¡Descartes y su certeza matemática!
La concordancia entre la sed y la arena
es algo que me atormenta.
Exige un copulativo éxtasis ácueo
como exige humedad la raíz de las plantas.
Por mucho que deshago el envoltorio
 de mi duda metódica,
la sed me abrasa, me seca, me destruye.
Pienso luego no existo.
(Descartes era tonto de remate).

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El atardecer se muestra pudoroso
si desvelo los íntimos secretos de mi estilo:
una cazadora con detalles prácticos
 donde brille la excelencia del diseño italiano,
(aunque no hay que gastar mucho para vestir ideal).
El low cost, dice ella, tenlo en cuenta
si quieres parecer lo que no eres.
Palabra de mamá.

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LAS MENINAS

Me gustaría sentirme sublimada
por la inconsciente grandeza narrativa
de las cosas pequeñas.
La flor blanca de la pandorea
sostiene la belleza suficiente
de la comparación con las Meninas.
La rosa que se abre
como un abrazo vegetal, hermoso,
trasciende los impulsos
de la carnalidad que a veces me persigue.

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Con el corazón siempre de moda
imagino no tener que esconderme.
He descubierto la versión más limpia
para la piel, para los deseos,
hasta mis pensamientos resplandecen
si llevo el corazón siempre de moda.
(¿Tú crees?  —dice ella).

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                                   CHANEL

Echo de menos el recuerdo apacible de la niñez, en casa de mi abuela, en la Sierra de Gredos.
                                   Aquella belle époque de la alimentación.
                                   Olor de jara quemada, pan de horno reciente.
                                   Aquel pan conmociona
                                   mis cimientos de víctima urbanita.
                                   (Su reguero oloroso me abrazaba 
                                    más que ahora el aroma de Chanel).

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