viernes, 17 de febrero de 2017

LA MARAVILLA DE LOS VIAJES


Como buen depredador, no suelo excederme en abandonar los límites de mi dominio: la Sierra de Gata. En ella me adentro, a la caza de sensaciones. Lo reconozco, sin embargo. Viajar, lo que se dice viajar, le gusta a todo el mundo. Así que, este verano, tuve que viajar. En efecto, después de no pocas vacilaciones y algunas discusiones, no hubo más remedio que dejarme arrastrar hasta Italia. Ya sabes, Roma, Milán, Florencia, Pisa y todo eso. Y a pesar de las diarreas de algunos, las migrañas de otros y el cansancio de casi todos, a las seis de la mañana tocaban diana y la guía nos remolcaba por los itinerarios turísticos a uña de caballo, con esa pertinacia en el descubrimiento que obsesiona a los exploradores o los arqueólogos. Las maravillas visuales ofertadas en los folletos informativos se quedaban en ofertas, de manera que ver, veíamos poco, atosigados por la apresurada abundancia artística de los monumentos y por el atontamiento gregario del gentío. Pero oler, bluf, nos hartábamos de oler. No había más que entrar en la mierda del Coliseo y el olor de siete millones de meadas de japoneses te perforaba la pituitaria con esos prolongados pinchazos de la desventura o el amoníaco. Como si los japoneses no tuvieran otro mingitorio en el planeta que el que han localizado en el Coliseo. Milán es otra cosa. Y a pesar de los rincones fascinantes que en ella han encontrado los diseñadores y la moda, las colas para entrar en la Scala se alargaban de forma interminable de manera que, transcurridas tres horas, un hormigueo devastador se apoderaba de tus piernas junto a una dilatada mala leche, cosa que te obligaba a sordos juramentos y a la personal promesa de que jamás volverías a caer en la gilipollez mental de engancharte a una cola de aspecto borreguil a sacar entradas para la ópera. Y qué decirte de Florencia, la ciudad de todos los genios. Desde la plaza del Duomo hasta la plaza de la Santa Croce, finas hilachas amarillentas se deslizaban junto a las aceras justo en el lugar oportuno para que tu pie se pringase con las olorosas boñigas de los caballos. Y encima, cuando regresas a la tribu, transcurridos ocho días de insomnios e indigestiones, es obligatorio afirmar que todo ha constituido una experiencia gratificante y un viaje maravilloso (si no quieres caer en el descrédito o en la patanería).
Así que prefiero adentrarme en los dominios de la Sierra de Gata a contemplar esos atardeceres otoñales cargados de ocres, amarillos y pardos. No tienes más que subir de Cadalso a Robledillo de Gata para sentir el diáfano contacto con la naturaleza. Y te ves de pronto en medio de una dimensión cosmológica y perfecta. Tú no eres tú, en ese momento eres otro que acaba de instalarse en el sosiego de los pinos, en el suave seno de las montañas. No hay mayor placer que distribuir la perfección a tu antojo. Es tu mirada la que nutre los regatos, la que eleva el horizonte a la cualidad de diáfano, la que adentra la soledad en el coto de la belleza. Eres tú el que concede el silencio, ese pudor que los castaños desparraman por el paisaje en una especie de desnudamiento vegetal y cromático.
Lo malo está en que no puedes contárselo a nadie. Si los colegas magnifican el fin de semana en Londres trotando por Kengsington street y sus restaurantes de atmósfera bohemia (el hojaldre de riñones es que alucina, tío), si los colegas aseguran, además, que las torretas del Tower bridge son una maravilla de la ingeniería victoriana, tú ya es que no puedes ni abrir el pico. De pueblo que es uno, qué remedio.

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