jueves, 29 de agosto de 2013

MICRORRELATO DE LA LUZ DEL MAR

Para ventilar las ideas no hay cosa como la contemplación del mar. Ese ir y venir de las olas para abrazar la arena, esa suavidad del agua ampliando el abrazo, ese aroma vencido desde la profundidad de la sal, en fin, como dicen que dijo Unamuno: El mar, el mar y no pensar en nada.
En mi libro Honestidad de la penumbra aparece, en las últimas páginas, un poema dedicado al mar. Dice así:
El mar era asombroso. Delicada / transmutación de cuerpos enlazados / en un vaivén de espuma victoriosa, / eso era el mar, como un instante / que todo lo puede era el mar, / arquitecto de playas nunca vistas, / con el vientre y la espalda bronceados / de tanto arrebatar soles al agua.
El mar era asombroso. / Más que nada / porque amabas tener noticia de otra orilla, / del más allá en el tiempo del abrazo, / vencer todas las olas, navegarlas / coronado de luz, probar el fondo / a la profundidad de muchos metros, y ceñirte / un cinturón hermoso con las algas, / vello púbico verde salpicado / de diminutas gotas florecidas, / tal salpica la desolación / la indefinida desnudez del cuerpo.
Una antorcha encendida para siempre, / eso es la luz del mar, / el bramar encendido de los cuerpos, / el rayo del contacto de las manos, / eso es la luz del mar, / la inagotable gota de impaciencia, / la réplica de hogueras, los espejos / de lenta llama vívida repleta, / el fuego y el calor, la luz, tu asombro / recobrado en instantes enemigos, / eso es la luz del mar.

Así, solo así, sentado frente al mar junto a la persona amada.

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