A veces, cuando hablo de fútbol, recuerdo la anécdota de aquel futbolista famosíííííísssimo, millonario y guaperas, al que un periodista deportivo —los hay con muy mala leche— preguntó si conocía a Borges. Cómo no, respondió con suficiencia, es una acreditada marca de nueces ¿no?
Evidente. Un futbolista lo que debe poseer es dominio de balón, no conocimientos de literatura.
Ocurre que, a mi parecer, no basta con el dominio del balón y la consecución del gol, a pesar de que los clubes, los medios informativos y las cadenas de televisión presionen. Para que el público en general y los hinchas en particular no se pierdan el partido. A los medios les importa un pepino el partido. Les interesa que el número de lectores o de oyentes o de televidentes sea cada vez más numeroso. Lo del share, ustedes ya saben. A mayor audiencia, mayor tarifa por emitir publicidad.

Más evidente. El fútbol deja de ser deporte y se convierte en negocio. Floreciente para unos, ruinoso para otros. Pero negocio.
Business is business. De aquí surge el morbo. Sin morbo no hay negocio. Violencia —en las gradas y en el terreno de juego—, árbitros corruptos, entrenadores chulescos.
Ayer, sin ir más lejos, enfrentamiento entre Clemente (entrenador) y Gancedo (periodista). Insultos mutuos. Impresentabilidad pública. O en Pamplona, Reyno de Navarra: grupo de neonazis (dicen) que pretenden arrebatar violentamente la bandera del Real Madrid al niño que la muestra.
Siempre me ha gustado el fútbol. Odio su manipulación. Su interesado aprovechamiento.