DE PALABRA
JUAN GARODRI
No pretendo tener razón. Lo que para mí es acertado, puede ser desacertado para otros.
DE PALABRA
JUAN GARODRI
LA PRENSA
JUAN GARODRI
La Prensa, esa plancha metálica con caracteres móviles que Johannes Gensfleisch Gutenberg inventó a mediados del siglo XV, ha evolucionado una barbaridad. Desde la ‘prensa’ de los Cromberger en Sevilla, o la también sevillana de Andrés de Burgos, o la de Amberes o la de Toledo o la madrileña de Pierres Cosin —se dice que en Coria funcionó una prensa de libros a finales del siglo XIV o principios del XV)— han pasado muchos años. No hay más que comparar aquella prensa con los modernos rotativos que suministran el avituallamiento diario de información aburridamente política y catastrofista. (Y futbolística, que para algo se nos ha aparecido, como una teofanía balompédica, la iluminación portentosa de la Liga de las estrellas).¡Ah, el pseudodeporte del fútbol y su poder económico!
Desde
las ‘hojas de aviso’ que circulaban por los barrios gremiales y los palacios
hasta las actuales hojas de hueco grabado y de papel cuché, la prensa se ha
desarrollado con la velocidad ilimitada que suelen imprimir a sus acciones los
negociantes y las compañías de distribución y difusión.
Y,
si en aquellos tiempos se utilizaba la impresión de libros para el desarrollo
de una cultura (más teológica que clásica, más clásica que social) llamada, con
razón, libresca, la prensa se ha desarrollado hoy no sólo para informar,
sino para influir.
De
manera que, te estaba diciendo, la Prensa goza de un impresionante poder
suasorio, esa convicción inconsciente que trepana las decisiones lectoras y las
impulsa a una especie de actuación incontrolada e irreflexiva.
Y
así, si la Prensa asegura que, por ejemplo, las sardinas reducen los niveles de
colesterol en la sangre, ya tenemos al personal elevando piras campestres y
domingueras para proceder al sacrificio oloroso del colesterol, asando sardinas
a todo meter. Este fin de semana, sin ir más lejos, con motivo del puente de la
Constitución Inmaculada, el personal andaba como loco recorriendo senderos y
caminos de la Sierra de Gata. Nadie apreciaba, me parece, la impresionante
belleza de los robledales que se divisan desde Santibáñez el Alto. Nadie
admiraba la sobrecogedera amplitud del valle que rodea a Trevejo. Nadie se
conmovía, en fin, ante el impresionista colorido de los castaños semidesnudos
que circundan la sierra desde Villamiel a San Martín. Todo el personal, sin
embargo, recogía sin parar ramas secas y hojarasca (ese afán perentorio de la
búsqueda compulsiva) para encender fuego y asar sardinas y algo de panceta.
Más.
Si la Prensa (y su información gráfica) dogmatiza que los alimentos que
contienen fibra son indispensables para la regulación intestinal, todo el mundo
se apresura a atiborrarse de cereales, pan integral y sucedáneos como si la
ingesta rutinaria y comercializada de cascarillas de trigo condujese necesariamente
a la salvación fisiológica. Y así, si te adentras en las entrañas consumópatas
de las grandes superficies (oh, eufemismo macroturbador de los hipersupermercados),
observarás que el gentío atiborra los carritos con envases de cereales llenos
de salud, de fibras, de vitaminas y de oligolementos. Hay que tragar, como sea,
una buena dosis de ingestión nutricional a base de proteínas, hidratos, grasas
vegetales, calcio y ácidos grasos poliinsaturados para no incrementar los
niveles de colesterol y consumir las cantidades diarias recomendadas por la O.M.S.
De esta forma alimenticia, además, uno se autoafirma con esa especie de
modernidad que supone manifestarse más europeo que nadie.
Más.
Si la Prensa (y la publicidad televisual) asevera, ya digo, que el ejercicio
físico es necesario para prevenir cardiopatías irreversibles, ahí tenemos al
gentío sacando fuerzas de flaqueza para correr, brincar, pasear, derrengarse
deportivamente, crucificarse con los clavos de las agujetas y, en una palabra,
sacudirse de encima las toxinas y asegurarse una muerte abrumada de lozanía y
salud. Y así, observarás que niños, jóvenes, adultos y ancianos corretean por
parques, aceras y polideportivos enfundados en acrílicos chándales de colores
brillantes, mostrando un enternecedor afán de superación y esfuerzo, y un
conmovedor y congestionado rostro brillante de sudor y desentrenamiento. Porque
está ahí, no te quepa duda, la idea está ahí: escapar de la muerte, esa
abstracción tan lejanamente cercana.
Más.
Es notorio que cualquier término divulgado machaconamente por la Prensa se
convierte en término acuñado y aceptado y utilizado con fervor reverencial por
la patanería lectora. (Piensa, un momento, en el horrendo palabro “kilo” acuñado por la Prensa deportiva para
designar los millones que elevan las cláusulas de rescisión de los contratos
futboleros hasta cielos casi mitológicos). Todo el mundo habla de kilos. Que si
300 kilos de la primitiva, que si 5 kilos del BMW, que si 35 kilos de la casa
unifamiliar. Y así.
¿La
prensa? Gracias a ella te escribo estas alucinaciones.
BELLEZA
JUAN GARODRI
Esa
falsedad de las relaciones sociales (socializar, se dice hoy) es elevada
actualmente a la enésima potencia por los grandes distribuidores de la belleza.
Se equipara belleza a juventud. Solamente eres bella si pareces joven. No se
expone la ecuación juventud igual a belleza, o al revés, lo cual que siempre ha
sido así, lean ustedes si no los famosos sonetos de Garcilaso o de Góngora
sobre el tema, sino que las multinacionales de la crema pretenden que la mujer
siempre parezca bella, aunque no lo sea, que parezca joven aunque no sea joven.
Las revistas de moda, salud y belleza insisten en la publicidad de cremas
antiarrugas, de cremas reafirmante, hidratantes y protectoras de la piel, de
cremas tonificantes y recuperadoras de la elasticidad de la piel, de cremas que
proporcionan agradable sensación de bienestar en la piel, aplanadoras para el
vientre y aparatos vibrotécnicos. Se utiliza la cirugía estética para realzar
los senos, resaltar los labios y eliminar la celulitis. Es la suplantación de
la belleza. Hay una apariencia de belleza. No hay belleza.
Y van ahora
los científicos del CSIC y presentan un complemento alimenticio natural (un
elixir de la juventud), que concentra en una cápsula los beneficios de la
ingesta de 45 kilos de uva tinta. Lo cual que eliminaría el riesgo de
accidentes cardiovasculares.
Increíble.
Sanos y bellos hasta la muerte.
LAS ACEITUNAS
No
se trata de colocarte un rollo sobre los sueños y su función compensadora de
las deficiencias de la mente. Ya lo hizo Carl G. Jung para satisfacción de la
fauna quiromántica en general. Pero sí quiero decirte que soñar, lo que se dice
soñar, atrae al gentío para compensar las deficiencias económicas y se sueña,
por ejemplo, con el bote de la primitiva. Lo peor es que los sueños nunca se
transforman en realidad apetecible y devienen, a lo más, en suntuosidades
evanescentes.
Esto
de los sueños con definición crematística es asunto viejo. No tienes más que
echar mano del cuento de la lechera y sus consecuentes aporías. La moza
devanaba la rueca de sus pensamientos y llegó un instante casi diáfano en que
se vio dueña de medio mundo. Otro tanto quiso expresar Lope de Rueda con Las
aceitunas, esa bronca familiar y renacentista entre marido y mujer motivada
por la hacienda que podría adquirirse con las posibles ganancias de unas
aceitunas cosechadas dentro de treinta años.
Sin
embargo, qué quieres que te diga, hoy todo esto suena a rancio. Podrá
discutirse sobre la rentabilidad inversora en acciones de futuro, o en Ibex 35
o en los multifondos o en los eurovalores. Pero hoy nadie monta una discusión
familiar y doméstica sobre la rentabilidad de las aceitunas a largo plazo (ni a
corto). No tienes más que ver los olivares de la Sierra de Gata. Desde Pozuelo
a Villanueva de la Sierra, desde Hernán Pérez a Torrecilla de los Angeles,
desde Cadalso a Santibáñez, faldas y laderas, sinuosidades y hondonadas lanzan
al viento el envés plateado de sus olivares. Y es que no hace tanto tiempo,
cada pueblo era un olivar y cada olivar era un jardín en el que podía
desarrollarse perfectamente esa ansia de totalidad iluminadora que subyacía en
los ritos iniciáticos de Eleusis. Símbolo de la luz era el aceite. Y símbolo de
poder. De hecho, los atletas griegos se embadurnaban el cuerpo con aceite y
creían que, de esta manera, sus músculos adquirían una flexibilidad
todopoderosa y triunfadora. (Algo así como los anabolizantes de hoy pero sin
los falsetes químicos del dopaje).
El
aceite, por otra parte, poseía una duplicidad esencial que derivaba de sus
étimos y que, en consecuencia, se concretaba en los misterios y en las cocinas.
Los ritos mistéricos ungían con óleo (étimo latino oleum) al
seleccionado para que representase a la colectividad en las relaciones divinas.
Y el ungido se aposentaba en la magia de la unción y no había quien lo
removiese. Y no paró ahí la cosa. A los reyes también les dio por ungirse. Y
así, desde que en el siglo VI apareció Isidoro de Sevilla para ungir y
sacralizar a la monarquía visigoda, todos los Sisenandos, Pipinos, Wambas,
Alfonsos y sucesores asentaron su concepto medieval del mando en el rito de la
unción. El valor del aceite alcanzó de esta manera una cotización altísima de
forma que los índices palaciego-bursátiles magnificaban a sus poseedores y
adquirentes, por más que Jorge Manrique se empeñase en descalificar el
esplendor cortesano construyendo estrofas de pie quebrado para avivar el seso
que se dirigía peligrosa y velozmente a la muerte marítima.
El
segundo étimo es árabe (az-zait, jugo de la oliva), y adquirió pronto un
desarrollo popular y doméstico afianzado, sin duda, en esa atracción olorosa y
casi metafísica del chorizo y los huevos fritos. Hay quien asegura que las
relaciones familiares del mundo mediterráneo se mantuvieron incólumes gracias
al lazo gastronómico que aseguraba una fidelidad inquebrantable tipo
marido-mujer o padres-hijos, sentados reverencialmente alrededor del plato
aliñado con aceite.
Antiguamente,
cada olivar era un jardín, te decía, con opciones de futuro. Hoy han cambiado
las cosas. Recorre conmigo la aureola otoñal de la Sierra de Gata y verás la
tristeza de muchos olivares en los que los yerbajos y matacandiles, caries
herbaria de los campos, perforan los viejos troncos de los olivos
arrebatándoles su plateada dignidad centenaria. Y por más que convoques al Ubi
sunt y demás tropos, la convergencia de Maastricht se ha cargado aquella
magnificencia casi mítica que definía al olivo como árbol enriquecedor y
próspero. Como para echarse a soñar, que te decía al principio. Y es que el
abandono generacional e irrentable (me invento la palabra: no encuentro otra)
provoca esa decrepitud de anorexia arbórea que consume los recursos del olivar.
LA COSA DE LA POLÍTICA
JUAN GARODRI
Resulta cuando menos sorprendente que pensadores de unos siglos antes de
Cristo apostillaran con frases tan contundentes la actualidad en la que ahora
mismo nos movemos, inicios del siglo XXI, más de dos mil años después. Todo
para subrayar la idea de poder. La política no es para relacionar a los hombres
con los hombres. Esa era la inocencia de Aristóteles. La política es para
resaltar la naturaleza del más fuerte. Sólo los débiles se inventan costumbres
y leyes para protegerse con ellas. La cultura democrática recoge estas
ficciones y pone así límites al poder de los fuertes. Estas ficciones las
desarrolla Maquiavelo. Para él, la base del obrar político no es lo que debe
ser, sino lo que es, lo que presenta la realidad diaria. Y la realidad diaria
demuestra trágica, sangrientamente, que los hombres son malos. De ahí entresaca los principios fundamentales
de la política. La utilidad política queda constituida prácticamente en norma
absoluta, lo que da pie a la escisión tremenda entre política y moral.
Priorizando lo escuetamente político, es decir, la técnica política, concluye
Maquiavelo que «el hombre que quiere en todo hacer profesión de bueno, ha de
arruinarse entre tantos que no lo son». El Estado y sus leyes no son más que
una convención en la que los ciudadanos se ponen de acuerdo para protegerse unos
contra otros.
El lector que haya conseguido llegar hasta aquí, superando la tentación
de arrancar la página y arrojarla al basurero más cercano, pensará sin duda que
he caído en lo más hondo de la depresión política. Este tío está zumbao,
exponer un punto de vista tan negativo de la política, con la de autovías que
nos están haciendo nuestros amados gobernantes, y residencias de la tercera
edad, y casas de cultura sin parar, y programas de dinamización turística, y
senderos de rutas ecológicas para admirar las maravillas de la naturaleza, y
charletas televisivas o radiofónicas para que el personal se mantenga bien pero
que bien informado, y aceras y farolas y bancos en todos los pueblos, pero que
en todos los pueblos aun en los más pequeños, para que descansen los
tercerasedades en sus sanos y saludables paseos diarios. Respeto al lector. Y
hasta lo aplaudo. Así y todo, no hay más que leer la prensa diaria para
convencerse de que algunas de las ideas políticas desarrolladas hace siglos
gozan de permanente actualidad. Y aunque les falta la comprensión hacia lo
histórico, el individualismo es el rasero con el que miden la dimensión de lo
existente, como ahora. Aunque no todos estaban de acuerdo, naturalmente. «Dios
crea solo individuos, no naciones», dijo Benedictus de Spinoza.
EL CALCETÍN DE
TAPIÈS
JUAN GARODRI
El riesgo no es más que eso, un riesgo. Todo el mundo ha corrido algún riesgo en su vida, en la juventud o por ahí, para poder soltarlo en la barra del bar, a la hora de los vinos, y alimentar con él los particulares engreimientos y vanidades que afloran espontáneamente al olor de las tapas y al reclamo de los eructos cerveceros.
Hay
cientos de ejemplos arriesgados. El corredor de fórmula uno, el jugador de
bolsa, Clemente cuando plantea el juego del Betis como planteaba el de la
Selección, el que asiste a un cursillo sobre la depresión y el estrés (lo cual
que se arriesga a salir convencido de que es un psicopateado funcional) y, en
fin, todo aquél que se aficiona a programas televisivos tipo “Corazón de
invierno” o así (se arriesgan los boquiabiertos/as a padecer esquizofrenia
auditiva provocada por la tontorrona melopea de la voz en off o, peor, a agarrarse el síndrome de la
culifina, ellas, o el síndrome de los culimajos, ellos). De manera que no te
fíes, colega, el riesgo salta donde menos se piensa, como las liebres.
Ahora,
eso sí, ningún riesgo (voy a correrlo, qué remedio) como el de afirmar,
rotundamente, casi descaradamente, la ligera, frívola, irreflexiva, maquinal y
precipitada e inculta tomadura de pelo
que, subrepticiamente, me recorre el espinazo como un escalofrío malsano,
cuando visito alguna exposición de las llamadas artísticas en las que lienzos
pintarrajeados con la ingeniosa carencia del talento, pedruscos arcillosos
amasados con la burda pretensión del ingenio y hierros retorcidos con el
descaro crematístico de los chatarreros,
pretenden traducir (introducirme en) las sinuosidades desdobladas del
inconsciente. Las bellas artes. ¡Y una mierda!
Me
acerqué a una cazuela (Objeto II, rezaba la leyenda) dispuesto a extraer sus
calidades estéticas y no había forma: era exactamente igual a la que puedes
encontrar en cualquier basurero. Yo daba vueltas alrededor de la peana, me
acercaba, me retiraba, inclinaba la cabeza a derecha e izquierda, achicaba los
ojos al modo como hacen los entendidos cuando se obstinan en extraer como sea
la aureola estética de las obras de arte. Pero ni por esas.
Y,
aunque consciente de que el valor estético de una obra no depende
exclusivamente del tema, no, sino de su tratamiento artístico, mi falta de
talento me incapacitaba para admitir ambos compuestos. A saber:
a)
El Objeto II carecía de tema porque ya no era una cazuela: la carencia
de hondón, las abolladuras oxidadas y las arrugas metálicas habían reducido su
esencia a la subespecie de los desperdicios,
b)
El Objeto II no había sido sometido a tratamiento manipulador que lo elevase a
la categoría de obra de arte porque, a lo que parecía, conservaba la indigencia
y suciedad del basurero.
En
esto que oigo una voz junto a mi hombro.
—Genial,
simplemente genial —afirmó confidencialmente—, el Objeto II es un resumen casi
perfecto de la belleza ideal.
—En
el Critias, Platón ya hablaba de la belleza ideal— repuse mosqueado.
—Sólo
pretendía ayudarle —se disculpó.
—Ah
bueno. Vale —acepté.
Y
entonces se explayó. Como si me conociera de toda la vida, afirmaba que si uno
llegase a profundizar en la contemplación del Objeto II podría obtener una
formidable percepción del silencio, porque el Objeto II era el silencio.
No tuve más remedio que hacer una ligera reverencia a aquella especie de chatarra
ferruginosa aturdida de silencio. Insistió, además, mi desconocido tutor
artístico en que apreciase los óxidos, la fabulosa textura de los óxidos que
proporcionaban al Objeto II una
indiscutible presencia dentro de un ámbito referencialmente acústico. Lo
miré. Y la aparente seguridad de sus explicaciones contrastaba con la lenta
pero incontenible sensación de analfabetismo existencial que me atrapaba. Para
acabar de hundirme en la miseria conceptual, me rogó que apreciara las
soldaduras. Las viejas soldaduras del estaño proporcionaban un mundo
indescriptible de sombras que transportaban al Objeto II al mundo de lo
imposible, al ámbito misterioso de los sueños.
Cabizbajo,
salí de la sala de Exposiciones. En el vestíbulo, varios entendidos, supongo,
intercomunicaban emocionadamente la densidad de sus conocimientos artísticos. Y
así como los pórticos de las iglesias suelen mostrar a la veneración de los
fieles, si se tercia, algún cuadro de la Patrona o alguna imagen del Patrón, también
colgaba de la pared del vestíbulo una reproducción, a gran escala, del calcetín
de Tapiès, con su roto y todo. A su amparo, discutían los entendidos.
(Un artículo antiguo - HOY, 12 de 0ctubre de 2003)
ENFERMEDAD
JUAN GARODRI
La sociedad está enferma. No sé si gravemente, pero lo está. No se trata de una enfermedad congénita, ni de una enfermedad provocada por un virus o cualquier otro elemento exógenamente peligroso. Se trata de que alguien, desde dentro, desde la entraña misma de los estamentos sociales, intenta destruirlos. Nada mejor para ello que destruir al individuo. Descompuesto el individuo como persona, poco a poco irá cayendo la sociedad en el ámbito abyecto de la descomposición. Han soltado virus de destrucción masiva que enferman la inteligencia de la ciudadanía, se instalan en sus neuronas y atrofian la capacidad de entender y comprender. Sin entendimiento para interpretar las claves positivas de la realidad y sin comprensión para admitir la desavenencia en las relaciones sociales, el individuo se reduce a un ser carente de especificidad, se convierte en un ser enfermizo, esa anormalidad dañosa en el funcionamiento de lo colectivo.
Saltan las alarmas.
Basta un hecho, más o menos significativo, para que el gentío se lleve las
manos a la cabeza y abra los ojos ante la muerte que, rodeada de circunstancias
inusuales, aparece ante nosotros. Nadie se escandaliza porque durante cualquier
fin de semana mueran decenas de personas en accidentes de tráfico. La sociedad
lo ha asumido como un tributo al progreso, ya hablé de ello. Nadie se
escandaliza por los muertos en accidentes de trabajo a causa, casi siempre, de
la falta de prevención de riesgos a cuenta de las empresas. Cierto que esas
muertes no son causadas por la violencia ajena. Así y todo, el mundo se
escandaliza de que una persona haya muerto a consecuencia de la violencia en el
fútbol. Sin embargo, la violencia no está en el fútbol, aunque a veces se
manifieste a través de él. La violencia (en el fútbol o donde sea) radica en el
hecho de que la sociedad está enferma.
El personal anda que se las pela con lo de pasarlo bien, que
la vida es corta y, total para cuatro días que uno va a vivir, mejor
descuajaringar el tedio que empinar el zapato sin haber probado un sorbo de
glamour, ahora sobre todo, tan cerca como se tiene el accidente o el infarto.
Se trata de un carpe diem apresurado y frívolo, tan lejano culturalmente
de aquellos placeres momentáneos que difundía Horacio en sus Odas, como la
exhortación a Leuconoe para que goce del día presente y no se fíe en absoluto
del futuro. Una vez adoptada esta actitud, la exaltación exagerada del propio
yo se extiende como un cáncer. Sin embargo, la falta de seguridad interior
provoca el tambaleo de la personalidad, la falta de vigor moral activa la caída
en la nada. El vacío es horroroso y el traumatismo psicológico deja noqueada la
voluntad. La lesión de los tejidos mentales origina una decisión que se
considera salvadora: actuar de forma voluntariamente egocentrista, siendo mi yo
la única referencia de comportamiento. De ahí a la violencia no hay más que un
paso. ¿Qué es lo que me entretiene, lo que me divierte, lo que me deleita, lo
que me satisface? Pues hay que conseguirlo, caiga quien caiga. Yo soy yo y mi
circunstancia, dicen que dijo Ortega. Y mi tío Eufrasio, rememorando su lejano
bachillerato en El Brocense, aquellos tiempos en que la clase de latín no era
optativa, declama con actitud ciceroniana, o bíblica, no lo recuerda bien, lo
de Ego sum qui sum, y de paso declina ‘rosa rosae’, de la primera, para
afianzar su personalidad.
La sociedad está enferma. Como un proceso lento, pero
imparable, de descomposición y pérdida de un estado saludable. Y no se achaque
solamente a la violencia en el fútbol el inicio de la putrefacción. A pesar de
la patada de kárate con los dos pies que mató al aficionado del Depor en los
aledaños del estadio San Lázaro, a pesar de la destrucción de asientos y
urinarios, a pesar de la batalla campal posterior al partido de Copa
Langreo-Oviedo, a pesar del movilazo en la ceja izquierda al árbitro del
Castellón-Valencia, a pesar de la paliza que unos descerebrados infligieron a
varios agentes de seguridad, a pesar de todo, la violencia no es más que un
agujero por donde asoman los gusanos de la descomposición. Repito que hay quien
está empeñado en descomponer la sociedad. Si no, a ver cómo se explica la
insistencia aterradora en la zafiedad de muchos programas televisivos, o la
pavorosa proliferación de películas de altísima violencia (Terminator ahora
gobernador de California, sus votantes atraídos por los golpes y la sangre), o
la destrucción del respeto ajeno de que hacen gala (y se forran) programas
varios de televisión vespertinos, compendios refinados de la situación más
abyecta e innoble en que pueden revolcarse los seres humanos. A ver cómo se
explica el analfabetismo reinante, la falta absoluta de ideologías, la carencia
de norma establecida a través de un ideal de arte, de cultura, de valores
éticos o religiosos. La sociedad está enferma y las tribus de delincuencia
juveniles se agrupan para defenderse de la putrefacción a base de destruir,
considerada la destrucción y el ataque como hechos placenteros. Mientras
quienes puedan hacerlo no eleven la persona a su dignidad intrínseca y eliminen
la degradación como elemento luctuosamente fecundador de comportamientos
sociales, la hostilidad y el odio proseguirán su carrera destructiva.
Tal vez a eso esté llamado un futuro en el que, como dice Gabriel Albiac, una sociedad analfabeta y ufana de su analfabetismo no puede tener otro destino que el del retorno a los juegos cavernícolas. La enfermedad de la violencia.
( Un artículo antiguo - publicado en Diario HOY, domingo, 1 de agosto de 2004)
MASOCAS
JUAN GARODRI
Siempre me ha sorprendido la felicidad que dicen que proporcionan los viajes. Me refiero a estas alturas. Hace veinticinco años, o más, yo era el más feliz de los mortales cada vez que salía de viaje. Recorrí parte de España, Portugal y Francia con una mochila a las espaldas —el autostop era un medio seguro para llegar a cualquier parte—, tomé por hotel las estaciones ferroviarias o las de autobuses, y me alimenté de pan, sardinas y tomates. Era la ilusión de la libertad. Libertad en estado puro. Ahora la libertad ha perdido su pureza, como las aguas y las costumbres, y casi todo adquiere el tono mediático de la inmediatez y la desesperanza.
Han sido unos días felices. Los días de los viajes son felices. No hay
mayor felicidad que la que proporciona un viaje. Sobre todo si es un viaje al
extranjero. Ya se sabe, esos viajes de los que podamos hablar al regreso
mientras se magnifica la piedra, la cultura eslava y los ojos entre azul y
acuosos de las nativas. El viaje es, al mismo tiempo, la exaltación de uno
mismo, el arrebato férvido de la propia pequeñez geográfica. En realidad, no se
va de viaje a enaltecer la piedra ajena o el rostro más o menos virginal de las
muchachas: se va de viaje a conquistar terrenos interiores. El viaje al extranjero
desarrolla la autoestima y alarga la limitación individual. Y no digamos si el
viaje es uno de los que el gentío realiza más allá del extranjero. Porque te
largas más allá del extranjero y olvidas el olor de España. No es una decisión
malintencionada y perversa. El hecho del olvidar el olor de España no obedece a
maldad antipatrióticamente enconada. Obedece más bien al inocente subidón de
lejanía y separación que sufre cualquiera cuando pretende alejarse de la casa
paterna. Y el gentío emprende el viaje. No voy a narrarlo con la
pormenorización con la que Arthur Gordon
Pym, de Nantucket, se dispuso a contar el motín a bordo del “Grampus”, entre
otras cosas porque el relato «representa
un fracaso de la mayoría de los principios y aun de las facultades creadoras de
Poe» (Cortázar), pero sí voy a contarlo con la alegría inconmensurable con la
que casi todo el mundo se lanza a la aventura viajera.
La gente es nadie si no viaja. Sólo el viaje supone la ruptura de la
monotonía, ese espejo que te devuelve a diario la insoportable repetición de
las desavenencias. Sólo el viaje te ofrece la libertad de las aves y los
barcos, la perspectiva probable de una huída hacia el exterior de uno mismo, la
superación del petardo diario que constituye la relación social, el avasallamiento
de la propia contingencia. Así que la gente se decide al conocimiento. Porque
previamente tiene que conocer la deslumbrante relación que expelen las agencias
de viaje. El que viaja es feliz.
Miles, millones de personas se consagran a expandir la radiante cualidad
del predicado: el que viaja es feliz. Ocurre, sin embargo, que la felicidad se
atribuye al hecho de viajar, al medio con el que se viaja y a la lejanía del
punto de destino, no a la interioridad de la persona que viaja. De lo que se
deduce que la llegada al aeropuerto de Barajas, por ejemplo, debería producir
en el viajero una satisfacción equiparable a la complacencia. Todo lo
contrario. Dejamos el coche en el parking y arrastramos la maleta hasta la
terminal. Nunca habíamos comparado la maleta con un muerto. Ahora sí. Era como
si arrastrásemos un muerto pesadísismo con dos ruedecitas en lugar de pies. Pero
un muerto. Después de sortear el caos absoluto que delimitan la agitación y los
carritos, logramos identificar las ventanillas 13 y 14, justo las señaladas por
nuestra agencia para la facturación. Hicimos fila. Y era de ver la fluidez con
que avanzaban los viajeros de la fila de al lado y el plomo que
inexplicablemente se había adherido a la suela de nuestros zapatos: nos había
tocado en suerte la tonta del aeropuerto. Los viajeros vecinos avanzaban cada
tres minutos; nosotros, cada doce. Una hora y cuarenta y cinco minutos
permanecimos en la fila. Nuestra desesperación se acrecentaba a medida que las
maletas ajenas eran engullidas tras su facturación mientras las nuestras
permanecían inmóviles. Diez minutos faltaban para embarcar. Corrimos como locos
a través de pasillos y controles. Con el aliento aniquilado logramos llegar
finalmente junto al autocar que nos trasladaría al avión de las líneas checas.
La llegada a Praga fue esquizofrénica. Por alguna razón incognoscible nos
agruparon como a ovejas hasta la llegada del autocar. Arrastre de
muertos-maletas y embarque hasta el hotel. Felicidad: nuestro hotel, situado en
la periferia, en un lugar tranquilo, era el último del recorrido. Nada hay más
execrable que un hotel situado en un lugar tranquilo. El autocar iba
depositando tres turistas acá, cinco allá, siete acullá. Recorrimos Praga La
Nuit (desconozco cómo se dice en checo) dos o tres veces. A la 1’35 de la
madrugada llegamos a nuestro hotel. No teníamos rodillas, piernas ni riñones.
En perfecto estado, se entiende. Tampoco teníamos cena. Después de tres cuartos
de hora de agria discusión en un inglés perfectamente dudoso, conseguimos una
bolsa de plástico con un tomate, una manzana, un pedazo de queso y un yogur. El
agua del grifo de la habitación era potable.
Excedería los límites de este artículo enumerar las infelicidades que nos
hicieron felices en Praga, en Viena, en Budapest. Palizas consentidamente
asesinas. A pesar de la desintegración de las rodillas, del aplanamiento de los
pies y de las 0’50 que en todas partes cobraban por mear, las seis o siete
horas diarias de caminata eran pan comido. Ahora, eso sí, piedras vimos un
montón y palacios y castillos y parlamentos y hoteles de seis estrellas y
parques y jardines y hasta el palacio de Sissi con su camita y todo y el váter
en el que se encerraba para hacer pipí. También nos permitimos el lujo de
pasear en barco por el Danubio, en Budapest, y cenar a la luz de las velas bajo
la eufonía herida de los violines. Y un colega al que no veía hace veinte años
pues allí estaba, que el mundo es un pañuelo, coño, me dijo. “Praga mejor que
Viena, ¿verdad?”. Le respondí que no, que Viena me había deslumbrado. “Pero qué
dices”, se sorprendió, “si en los semáforos de Viena sólo se ven mercedes,
audis y bemeuves, qué asco”.
A pesar de los huesos molidos, ha sido un viaje feliz. Diez días sin
periódicos. El tufo a farsa (Comisión 11-M) que se extiende por todo el
territorio nacional es más intenso que el olor de la sopa de frutas húngara.
Otra vez el (d)olor de España.
(Un artículo antiguo - Domingo, 20 de junio de 2004)
METROSEXUAL
JUAN GARODRI
Toda trinidad que se precie tiene que mostrar los atributos de sus tres partes de forma esplendorosa y mágica. Mágica de magia. Metrosexual, heterosexual, homosexual. Una sola esencia y tres personas distintas. No se entiende. Quizá por ello la simbología ha ayudado tanto a la trinidad. El triángulo equilátero símbolo del número tres, ya utilizado como expresión de la divinidad en civilizaciones anteriores a la cristiana. El trébol de tres hojas o el arco trilobulado de las cabeceras de las iglesias románicas o góticas poseían una relación simbólica con la divinidad que resultaba difícil descifrar en la realidad. La representación india de la cosa divina se aposentó en el ‘trimurti’, tríada compuesta por Brahma, Vishnú y Siva. Y puesto ya a la exposición de la rareza, me arriesgo a colocar lo de la «Hypnerotomachia Poliphilli», una especie de monumento en forma de pirámide triangular con tres esfinges. Así que es una fijación casi obsesiva la tendencia humana a la cosa trinitaria. Desde la Cábala y su conjunto de doctrinas místicas y metafísicas hasta los Templarios y su búsqueda del Santo Grial, desde Apuleyo y su asno a cuestas hasta Dan Brown y su pesadísimo código Da Vinci, el enigma que compone cualquier aspecto que pueda relacionarse con un ‘tres’ pone la credibilidad en cuarentena. Incluso ahora, lo que se dice hoy día, los gurús de la información esotérica nos clavan una trinidad actualizada, rodeada de belleza y de consumo sexy: homosexual-heterosexual-metrosexual. Una tríada sexualizada y fúlgida que irradia el resplandor de la belleza impuesta. La belleza de diseño, la del papel cuché, la de la pasarela. El tipo metrosexual es un tipo de consumo sáfico que pretende la armonía equilibrada por el color de su piel con sonrisa de miel y el perfume coronado con las violetas frescas del beso. La belleza florida, como la pascua, que esplende glamour y todo eso.
La belleza es inconsistente. No sólo porque carece de coherencia entre
las partes que la integran, sino porque su propia duración es efímera. Las
pompas de jabón, en su caducidad espumosa y líquida, representan la esencia
lábil de la belleza, sin ponerse uno en plan manriqueño ni nada de eso.
Simplemente es así. Por eso la persiguen. La perseguimos. Inútilmente. Esa
facilidad de la belleza para no dejarse atrapar, para burlarnos. La fácil
consecución de algo y su posterior posesión permanente aburre a las vacas de
ojos soñadores y rumiantes. Por eso la belleza es instantánea, deslumbra
habitualmente su fogonazo inicial. Después la perseguimos neciamente como el
sabio del chiste que persigue mariposas con el cacillo de red. Por tratarse de
una noción abstracta, la belleza debe necesariamente encarnarse en un sujeto
concreto. Y creemos contemplarla en un cuerpo, en un poema, en un atardecer.
Sin embargo, ahí no está la belleza. Creemos que está porque la necesitamos,
pero no está. Y nada de medidas y proporciones, aquello del pantwn crematwn metrwn anqropos “panton
jrematon metron ánzropos” y de que el hombre es la medida de todas las cosas.
La belleza no es la simetría. Ese es el truco del almendruco. La belleza no es
el individuo. Ese es el truco de los renacentistas. Plotino, que sabía un rato
de belleza según puede comprobar cualquier lector conspicuo en sus «Enéades», aseguró
que el objeto de la belleza es el brillo, no la simetría. Yo creo que Plotino
hacía greguerías de encaje neoplatónico con la cosa de la belleza, o que se
ponía sublime, usted comprende, cuando les daba caña a los niños ricos de la
escuela que abrió en Roma, y los empujaba astutamente a la belleza metrosexual.
«Objeto de la belleza es el brillo —les decía—
no la simetría. Si no, ¿por qué brilla la belleza en el rostro de un
vivo, mientras en el de un muerto no deja el menor rastro ni siquiera antes de
descomponerse y cuando la simetría no ha desaparecido todavía de él?». Es más
bello cualquier feo vivo que la imagen del más armonioso muerto. Cosas de Plotino.
Oséase, que la belleza se reduce no a la materia, sino a la forma. La belleza
de Beckham, por ejemplo, aparece rutilante, y hay quien dice que espléndida, no
por lo que manifiesta su cuerpo vikingo sino por el brillo de su piel, por el
rútilo de su pelusilla de melocotón (también de su pelambrera cuando la tenía,
porque ahora muchos metrosexuales se apuntan al aspecto melonero y metrosexual de
Ronaldo, que sentó cátedra en rapados ya hace tiempo). Lo del brillo no deja de
ser un símbolo, me parece. A pesar de Plotino. Y los metrosexuales brillan con
el sudor del deporte bienpagado para posar después en actitudes de modelo de
pasarela. Beckham y su pecho ovacionado y fúlgido, sus tatuajes de ninfa
multialada, su languidez de amante incandescente, sus uñas pintadas de niña de
salón, su sensualidad virtuosista en el lanzamiento de las faltas (en los
penaltis no), su mirada perdida en el adorno y el acicalamiento de una virgen.
Futbolistas disfrazados de maniquíes de un escaparate de Versace, dice
Mendicutti. En fin, la cosa transgresora
de la metrosexualidad. Tomás de Aquino explicaba que el Espíritu Santo
compendiaba el amor recíproco entre el Padre y el Hijo. Algo así, con los
debidos respetos teológicos, compendia el tipo metrosexual: absorbe la
recíproca relación que pueda darse entre la tendencia hetero y la homo. La
belleza cosificada en tres que así son uno. Un lío de diseño y de fotógrafos.
(Un artículo antiguo - Diario HOY, sábado 2 de enero de 1999)
EL CUENTO DEL ESCRITOR
JUAN GARODRI
El escribiente se acomoda a esa figura casi envidiada en épocas
anteriores a la aparición del lío informático y de la sacrosanta triple WWW,
que conseguía un sueldo fijo rellenando a mano facturas y balances o
caligrafiando las actas de los plenos del Ayuntamiento. También se llamaba
escribiente a aquel hombre que se quemaba las cejas en las trastiendas de las
zapaterías y en las oficinas de los constructores para cuadrarles las cuentas.
En definitiva, era escribiente porque escribía. Y mucho.
El escritor, en cambio, pertenece a otro mundo. Antes de la triple WWW
citada, se pasaba las horas escribiendo en un cuaderno a rayas (con pluma de
oca o con estilográfica recargable, según los tiempos), los sentimientos
líricos, las pasiones narrativas y los desenlaces dramáticos que su talento
extraía de las posibilidades ideales, más o menos deseables, hasta que
conseguía transformarlas en aparentes y verosímiles realidades concretas, bien
aderezadas con la habilidad de la maestría verbal, el conocimiento de la
propiedad léxica y el talento de la coherencia conceptual. Ahí tienes, sin ir
más lejos, la amplia nómina de escritores relacionados en cualquier manual de
literatura. O los nombres de escritores famosos que aparecen en las listas de
ventas publicadas por los suplementos literarios fin de semana.
En cuanto al concepto de escribidor, anda y pregúntale por su
significado a Vargas Llosa. Y en cuanto a lo de letraherido, pregúntale al
‘agente provocador’ de Pere Gimferrer o, tal vez, a la facundia suficiente de
Luis Antonio de Villena. Ahora, eso sí, por lo que se refiere a lo de plumífero
y plumilla, pregúntale a mi amigo Severino Miranda.
Bueno, para no liarte, voy al grano. Y el grano trata de un amigo que
yo tenía en los tiempos de la Universidad, esas amistadas enconadas y juveniles
en que sobreabunda la camaradería y los amigos comparten sin demasiados
miramientos los contenidos de tres remolinos existenciales, a saber: uno, los
apuntes de crítica literaria y/o el paracetamol para los resfriados; dos, las
zapatillas de baloncesto y/o la mutua soledad de las cogorzas de los viernes
noche; y tres, las chapuzas culinarias en el piso y/o las apetitosas turgencias
de las muchachas en el campus.
Ya te digo, Miranda y yo éramos amigos. Y, como suele ocurrir dentro
de las buenas amistades, uno pide y otro da, de manera que él pedía porque yo
solía acceder a lo que él solía pedir, hasta el punto de que utilizaba como
norma de comportamiento la actitud parasitaria de las garrapatas a las que no
hay desparasitador que las desparasite, una vez aferradas al pellejo.
Habitualmente, mi amigo pedía y yo daba, ya te digo. Y así, mientras
él se largaba a dar una vuelta para ahuyentar el tedio rosado de los
atardeceres, yo permanecía como un gilipollas en la habitación del piso, bien
acodado en la roña olorosa de la mesa, devanándome los sesos para interpretar
la velocidad caligráfica de mis apuntes y pasándolos a limpio para que él,
convertido en rey del mambo, pudiera fotocopiarlos a la mañana siguiente.
Otras veces, la dificultad se agazapaba en el comentario de texto,
actividad didáctica que odiaba visceralmente, decía, porque lo relegaba a la
figura adolescente de segundo de Bup, ya superada, no sin astucia, triquiñuelas
y chuletas perfectamente adaptadas al copieteo. Era humillante tener que
retroceder hasta los años insensatos del instituto. «Yo ya he traspasado ese
estadio lechoso de sarampión mental», sentenciaba. Y ahí me tenías liado con el
comentario de texto, una tarde tras otra, sin levantar cabeza para que el rey
del mambo se tirase el farol de deslumbrar al personal, generalmente femenino,
con la ficticia posesión de una extraordinaria lucidez interpretativa y con la
descarada aserción de que, en consecuencia, los textos de Guillén, por ejemplo,
y los del 27 en general resultaban para él pan comido.
Cuando yo terminé, Miranda se arrastraba todavía por tercero o cuarto
de carrera y creo que aún le quedaba alguna de segundo. No volvimos a vernos. Y
asentados en el hecho de que la memoria se vuelve perezosa y liviana, cada vez
fueron distanciándose más acusadamente los recuerdos hasta el punto de que
desaparecieron como la niebla o las nubes.
Y ahí reside precisamente el cogotón de mi sorpresa. Como todas las
mañanas, yo tomaba mi café caliente en el bar. Abro el periódico y, cielos, es
él. Un artículo de media página firmado por él. «Severino Miranda. Escritor»,
decía. Los colegas miraron sin comprender la repentina tragantada que me
desencadenó la violencia insoportable de una tos enfadosa y salpicona. La
palabra “escritor”, rodeada de ufanía, podía haberse atravesado en cualquier
parte, más o menos vulnerable de mi anatomía, en los ojos, por ejemplo, y
haberme vuelto la visión borrosa, o en las tripas, y haberme producido una
aerofagia dispéptica y antiescritora. Pero no. Se me atravesó en la garganta
como hueso de pollo que adoptaba la forma vanidosa de un plumífero devenido en
escritor. Y seguí tosiendo.
Con resignación y algo de rabia, pensé que en este país, suele
decirse, el más tonto sabe hacer relojes. A no ser que Miranda se hubiera
convertido milagrosamente en relojero. Tal vez.