viernes, 26 de octubre de 2018

¿PROGRESO O PROGRETURA?


DONDE DICEN PROGRESO YO DIGO PROGRETURA

¡Qué bien queda hablar de progreso! Y hasta hay quien se considera culto, importante y muy actualizado porque arroja la palabra «progreso» como un arma cortante en su defensa personal. Sin embargo, la idea del progreso es vieja. Tan vieja como las ideas. Cuando decimos que las ideas gobiernan el mundo o que ejercen un poder decisivo en la Historia, pensamos generalmente en dos grupos de ideas:  el primer grupo reúne aquellas ideas cuya realización depende de la voluntad humana, como la libertad, la tolerancia o la igualdad social, por ejemplo. A lo largo de los tiempos, estas ideas han sido (y son) objeto de aprobación o de rechazo según se consideren buenas o malas (útiles o inútiles para colmar las aspiraciones humanas), y no por ser verdaderas o falsas. El segundo grupo de ideas puede tener importancia en la determinación de la conducta humana y, sin embargo, no dependen de la voluntad del hombre. Son ideas referentes a los misterios de la vida, el Destino, la Providencia, la inmortalidad personal. Estas ideas pueden actuar de manera importante sobre las formas de desarrollo social y son aprobadas o rechazadas no por su utilidad o perjudicialidad sino porque se las supone verdaderas o falsas. Los regímenes absolutistas y dictatoriales siempre han gobernado manipulando el ventilador ideológico a través de ideas supuestamente verdaderas para imponerlas, o falsas para rechazarlas, aunque su veracidad o falsedad fuese impuesta por decreto. Los gobiernos democráticos (ojo, tampoco hay que echar las campanas al vuelo, tampoco es oro, ni siquiera plata, ni siquiera bronce ¿latón, quizá? todo lo que reluce en democracia) los gobiernos democráticos, decía, difunden su calendario ideológico a través de ideas supuestamente útiles o inútiles para conseguir el bienestar social, sin plantearse el hecho de que sean verdaderas o falsas. Y se hace consistir en ello el progreso.
Mientras Platón y otros brillantes cerebros postsocráticos estaban ocupados en los problemas del universo, los hombres podían mejorar la construcción de barcos o inventar nuevas demostraciones geométricas, pero su ciencia hizo poco o nada para transformar las condiciones de vida. Si lo comparamos con la actualidad, se aprecia una similitud sorprendente. La ciencia y la técnica han alcanzado niveles insospechados, pero poco o nada se hace para transformar las condiciones de vida. Ya sé que alguien me acusará de sonsonete demagógico, pero así y todo, ¿qué progreso supone la sofisticación de armamento bélico o la gigantesca proliferación de medios y redes sociales o la comprobación de las radiaciones de Marte, por poner unos ejemplos, cuando millones de seres humanos mueren de hambre o son oprimidos y humillados? ¿Qué progreso es éste en cuyo nombre se enriquecen los fabricantes de armas, se incrusta la tontuna en el cerebro del gentío para que ceda a la pulsión consumópata y se adormece al personal con cutrerías insoportablemente televisivas? ¿Qué progreso éste en el que cualquier chichirimundi se hace político, generalmente para espantar sus obsesiones y conseguir sus pretensiones, como si la política fuese un medro (material o psicológico) en lugar de un servicio a la comunidad? Es un concepto del progreso basado en acontecimientos episódicos. Sin embargo, el progreso, como tal, se asienta en dos elementos inseparables: la conjunción absoluta del avance científico o tecnológico y la cultura. Si se separan, ya no hay progreso. Aparece entonces la «Progretura», una especie de refrito entre progreso y cultura, más grotesco que maloliente. La progretura produce ejemplares típicos y pintorescos. El representante genuino de la ‘progretura’ es el «progreta», esa especie de cachas de la ignominia que piensa que es más progresista que nadie porque afirma, según parece, que la estética de lo sucio, la violencia y la permisividad indiscriminada constituyen el signo lúcido del progreso. Y dónde dejas al progreta político, esa especie de cachas de la estulticia que se dedica a la caza del voto en un ejercicio depredador y cínico de cinegética democrática, para olvidar la voluntad popular al día siguiente de las elecciones, concentrado en el ejercicio gratificante del acoso y derribo del contrario, como si la acción de gobierno consistiese en unas tientas de novillos vitorinos en Monteviejo. Progretura, ya digo.
En cualquier acción de progreso, no puede olvidarse la cultura.  La cultura no consiste en saber mucho. La cultura consiste en poseer el mayor número de referentes conceptuales para interpretar la realidad de forma humanamente lúcida. El progreta posee tres referentes conceptuales o cinco o diez y aunque técnicamente esté bien formado (domina la navegación cibernética y conoce las triquiñuelas electrónicas y técnicas, por ejemplo) interpreta la realidad de manera raquítica, uniforme y única. El progresista, por el contrario, además de estar al día en los avances técnicos y científicos, ha adquirido cincuenta o setenta o cien o mil referentes conceptuales que le ayudan a una interpretación generosa, pluriforme y flexible de la realidad. El progresista realiza la acción de conjuntar ciencia, tecnología y cultura: la ciencia y la tecnología, para progresar en la posible solución de las deficiencias humanas; la cultura, para defenderse del asedio al que es sometido diariamente por los lavacerebros y otros lepidópteros de la fauna urbana . El progreta, en cambio, piensa que con sólo la ciencia y la tecnología se encarama uno en la cima del progreso. Esta actitud entraña un peligro subliminal y constante: el de encontrarse indefenso ante la continua agresión con que lo bombardea la publicidad (millonariamente técnica y científica) y la información mediática, halagándolo y haciéndole creer que la tiene lisa porque de vez en cuando se la embadurna de modernidad y de progreso. Y el tipo va y se lo cree. No dispone de los referentes necesarios para montar su propia defensa. Es la riada de la progretura. Los cráneos privilegiados que dirigen los destinos de los hombres, rellenan al personal de tecnología y de ciencia para asustar a los patanes. Buenos técnicos, pero ciudadanos incultos. Tal vez ahí es donde subyace la perversidad del sistema porque se me ocurre pensar que un hombre inculto es más fácilmente manipulable, por no decir más fácilmente gobernable, por muy buen técnico que sea. Además de  proporcionar una futura mano de obra cualificada y tal vez barata. Así que la progretura lucha con ahinco para atontecer al personal. Se vale del poderío mediático y de la extensión del horterismo. Hay que esterilizar las ideas. Hay que tirar a repañinas preservativos ideológicos para que el gentío no piense. Un hombre solamente es peligroso cuando desarrolla reflexivamente su capacidad de pensar.
En fin, el progreta se considera progresista (no quiere decir que lo sea) por el simple hecho de vivir en el segundo milenio, inmerso en el oleaje del consumismo, en la trampa de la sedicente libertad y en el coro sabihondo del monorraíl mental. Así lo creyó hace más de doscientos años el Abbé de Saint-Pierre, ilusionado con una idea del progreso utilitaristamente prohumana. Llegó a afirmar que monumentos artísticos como Notre Dame tenían menos valor que un puente o una carretera. La historia no le ha hecho ni puñetero caso.


jueves, 25 de octubre de 2018

UN CAMINO PARA LA CREACIÓN




ALBA PLATA, UN CAMINO PARA LA CREACIÓN

En el mes de marzo del año 2003, Machaco y yo (él como escultor, yo como escritor) fuimos invitados a un viaje cultural desde Mérida a Hervás y se hacían paradas en lugares representativos de la cultura extremeña. En aquel entonces, escribí para el HOY los siguientes alejandrinos:


Ab Emerita Asturicam. La Ruta de la Plata.
A quince día de marzo del año dos mil tres.
En autobús, viajamos artistas y escritores
(que somos eso, dicen,) para espantar el tedio
de nuestra Extremadura, tan amada y tan vieja.
Acompaño a Machaco, que pinta caracoles
y esculpe minotauros y toros y doncellas
perdidas en la inquieta rectitud de las líneas.
Yo escribo cuatro cosas en el HOY, los domingos,
y por eso me invitan al autobús que surca
la Ruta de la Plata como un velero cómodo
de la tecnología. Escritores y artistas,
dicen que somos eso, enfrentados al brillo
de la inmortalidad. Las piedras derruidas
de Alconétar y Cáparra nos ponen en el sitio
que ya nos corresponde: la ruina que alimenta
venas y petulancias de jardines de agosto.
Recuerdo, en consecuencia, sin heridas a nadie,
que el tiempo desconoce, con su conocimiento,
que escritores y artistas, eso dicen que somos,
poseeremos la noche y no seremos nada.

Juan Garodri

                            



jueves, 18 de octubre de 2018

OH, LA TELE Y EL MIEDO


OH, LA TELE


Si tiene usted las agallas que hay que tener para tragarse un telediario completo, habrá advertido que las intenciones de quienes nos ‘echan’ las noticias (que son la alfalfa del borreguío televidente) persiguen, a mi parecer, un fin: que el gentío tiemble de miedo. Un 40 % de la información expone a diario tragedias, asesinatos, maltrato físico, violencia de género, accidentes de tráfico, devastaciones climatológicas, dolor y muerte. El 60 % restante se divide entre deportes, política económica y publicidad.
Michael Moore, el del documental “Bowling for Columbine” que hizo tanta pupa, dijo que los medios procuran que tengamos miedo. «Animo a la gente a que apague la tele porque nos están triturando el cerebro». Apagar la tele. ¿Y entonces? Hablar o leer. Hablar con la familia resulta fastidioso porque hoy no se habla, se discute. Mejor ver la tele. Leer es insoportable. Un aburrimiento pertinaz que carga la vista e hincha la cabeza. La lectura es para los letraheridos. Mejor ver la tele. Y el gentío se distrae zapeando. Más miedo. Los programas matutinos, orlados de atractiva publicidad doméstica, meten el miedo en el cuerpo con la cosa del colesterol, la hipertensión, los ácidos biliares y la celulitis. Los programas vespertinos exponen las lágrimas de la señora que ha perdido a su hijo, o que se le ha inundado la casa, o que padece cáncer de colon, o que se ve obligada a subsistir con 327 euros, o que ha sufrido un atraco, o que han violado a su hija. Y así. Ese cúmulo de desgracias, esparcidas por los espacios televisivos como quien esparce abono, eleva la adrenalina y produce una honda satisfacción contradictoria, el hallazgo del gusto en la desgracia. No, mister Moore. El gentío no tiene el cerebro triturado por la tele. El gentío disfruta con la tele, su tabla de salvación. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo Arquímedes. La tele. El punto de apoyo.

lunes, 15 de octubre de 2018

¿JUSTICIA O JUECES?


¿JUSTICIA O JUECES?

Algunos filósofos aseguran que Bolzano es uno de los pensadores más originales e independientes del siglo XIX. Se asentó en la filosofía de la objetividad y no tragó ruedas de molino echadas a rodar por Kant, Fichte, Schelling o Hegel. Dedicado a pensar, pensó: ¿No los entendía por propia incapacidad o porque ellos, los filósofos, no filosofaban objetivamente?
Me aplico el cuento: ¿No entiendo a los jueces por sus decisiones o por mi incapacidad para entenderlos? ¿Justicia o Jueces? Tomo unas líneas de Leibniz: «La Justicia no depende, en manera alguna, de las caprichosas leyes del gobernante». O sea, que en el siglo XVII ya se cocían habas como melones, porque Leibniz no se achanta, y prosigue, «una sociedad en la que el llamado Derecho no es otra cosa que desfogue del poder, es una sociedad de bandidos». Muy fuerte.
El gentío está hasta los mismísimos a causa de los fallos de la Justicia ¿o de los Jueces? El diccionario de la RAE  coloca 12 acepciones para expresar qué es la Justicia. Aquí me refiero a la número 6: Poder Judicial. La Justicia es una abstracción lógica que, como otras entidades abstractas, carece de límites reales. Porque nadie, que yo sepa, ha visto a la justicia (poder judicial) sentada al sol. La Justicia es un escape para no hablar de los jueces. ¿Por qué decimos Justicia cuando quieren decir Jueces? (Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo, recuerden).
La prensa actual abunda en estas ideas. El 82 % cree que se debería imponer la cadena perpetua con revisión para delitos graves. Tenemos un código penal desfasado y  hay que actualizarlo. El código penal es muchas veces papel mojado porque no garantiza el cumplimiento real de las penas. Ni con la doctrina Parot. Un sistema que permite rebajar la pena prácticamente a la mitad por trabajos o estudios realizados en la cárcel puede parecer progresista pero no parece justo.
La cosa está que arde y el gentío quemado. En el Estado de Derecho hay demasiados resquicios para la impunidad. (Excepto si te cazan sin carnet de conducir).


miércoles, 10 de octubre de 2018

BELLEZA


BELLEZA

No pienses, lector conspicuo, que me ha dado el subidón estético. Ya lo han hecho otros, en todos los tiempos. Desde Platón (en su «Hipias mayor»), se ha planteado la pregunta de qué es lo bello. Y Platón, con todo su socratismo a cuestas, fue incapaz de responderla. Gorki pensó que en la naturaleza no hay belleza porque la belleza es algo creado por el ser humano. La naturaleza presenta una belleza real, no representa una conceptualización de la belleza. Lo bello es objetivo e independiente de la conciencia humana. Lo que depende del ser humano es la valoración de ‘esa’ belleza. Y puestos ya a citar, en plan erudito fagotizador, pues coloco en el cazo a Brecht que negaba la existencia de la belleza artística, y también de la fealdad, y así protegía su estética marxista y, al mismo tiempo, se curaba en salud para que los tomatazos de McCarthy no tiraran de la silla el desorden ininteligible de un mundo donde todas las relaciones son falsas.
Esa falsedad de las relaciones sociales (socializar, se dice hoy) es elevada actualmente a la enésima potencia por los grandes distribuidores de la belleza. Se equipara belleza a juventud. Solamente eres bella si pareces joven. No se expone la ecuación juventud igual a belleza, o al revés, lo cual que siempre ha sido así, lean ustedes si no los famosos sonetos de Garcilaso o de Góngora sobre el tema, sino que las multinacionales de la crema pretenden que la mujer siempre parezca bella, aunque no lo sea, que parezca joven aunque no sea joven. Las revistas de moda, salud y belleza insisten en la publicidad de cremas antiarrugas, de cremas reafirmante, hidratantes y protectoras de la piel, de cremas tonificantes y recuperadoras de la elasticidad de la piel, de cremas que proporcionan agradable sensación de bienestar en la piel, aplanadoras para el vientre y aparatos vibrotécnicos. Se utiliza la cirugía estética para realzar los senos, resaltar los labios y eliminar la celulitis. Es la suplantación de la belleza. Hay una apariencia de belleza. No hay belleza.
Y van ahora los científicos del CSIC y presentan un complemento alimenticio natural (un elixir de la juventud), que concentra en una cápsula los beneficios de la ingesta de 45 kilos de uva tinta. Lo cual que eliminaría el riesgo de accidentes cardiovasculares.
Increíble. Sanos y bellos hasta la muerte.

lunes, 1 de octubre de 2018

RECETARIO


La crisis ha desesperado  a muchos. La información diaria de los medios nos tiene al día de estrecheces  y desesperaciones. Hay otros, sin embargo, que se lo pasan de pura madre para arriba, según puede apreciarse si bien se examina la multitudinaria afluencia de espectadores a los campos de fútbol, cientos de miles de entradas para contemplar los partidos, para gritar en los estadios, para ciscarse en la madre de todos los árbitros, para desahogar tanta desesperanza. De dónde sale tanto euro, si es cierto que España ni siquiera puede pagar desahogadamente las pensiones o que está al borde del colapso, o que estamos en las últimas, coño, pues yo no veo que estemos en las últimas, me dice el colega, mira la barra atestada de clientes dándole a la caña y a la tapa, si no hubiera un euro en el bolsillo no habría una copa de Ribera en el mostrador, no me jodas, la crisis la sufre un 30 por ciento, o menos, los demás siguen como si tal cosa, en el fútbol, en el bar, en el viaje fin de semana o puentes a la casa rural, a la playa, a la montaña, al ocio y al yantar, aunque sea rústico de mediana rusticidad. Ahí está la madre del cordero lechal, apunta otro, el gentío busca la evasión, al precio que sea, ahora a precio más bajo, pero la busca, y huye a todo meter de sus aprensiones y desesperanzas. Ahí, ahí, retruca un enterado, la gente huye porque no piensa, le da miedo pensar. Al gentío le suena lejos lo de las pensiones. O que las TV públicas gastan el doble de lo que se pueda ahorrar con la congelación de las pensiones. Miedo al pensamiento, grave desajuste personal de nuestro siglo. Hablas como Larra, le espeta el ilustrado, miedo al pensamiento lo ha padecido siempre el gentío porque se agarra a lo que piensan otros, y el partido político le ofrece su recetario, y el canal de derechas le ofrece su recetario, y el de izquierdas le ofrece su recetario, y el religioso le ofrece su recetario. Recetario de ideas. Así que el gentío no piensa, acepta el pensamiento que le ha encajado el experto en receta de ideas para que se alimente de ellas, las caliente, las cocine, las deguste y las extienda como propias. Y así.








jueves, 27 de septiembre de 2018

CULTURA


(IN)CULTURA
JUAN  GARODRI


Suele ocurrir en estos tiempos de cultura prefabricada y de información manipulada (que equivale a decir tiempos de incultura) que, cuando a los medios de comunicación se les ocurre exponer un tema cultural o político, el gentío sale pitando y prefiere la cerveza a las disertaciones. El gentío, el pueblo, los ciudadanos.
El gentío es inocente, ya saben ustedes, con la inocencia del pueblo que es como antes se le llamaba, “el pueblo”, sustituido ahora por la rimbombancia semántica de ciudadanos, pertenecientes a una categoría abstracta denominada “ciudadanía”, porque el término ciudadanía se aproxima más devotamente a la idea de república, se  acerca más al concepto emancipador de revolución, se aplica más al pensamiento histórico de progreso. En cambio el pueblo, lo que se dice “el pueblo”, conlleva una idea agreste y rudimentaria de terruño y camisa sudada, en contradicción precisa con la electrónica, la ley de protección asistida y la libertad de elección sexual. Tanto es así, que es raro escuchar de labios políticos, o de boca progreta, aserciones tan arriesgadas como, por ejemplo, ‘el pueblo español prefiere el proceso de paz’. Ni hablar. De pueblo español, nada. Es el ciudadano de este país quien prefiere el proceso de paz. Son los ciudadanos quienes prefieren el proceso de paz. Que esa es otra. Oyes al señor Sánchez, con su cara de maestro de ceremonias, y va el tío y dice que el ciudadano ha elegido el proceso de paz. Y, a noticia seguida, oyes al señor Rivera, con su cara de bibliotecario decimonónico e, idénticamente, va el tío y dice que el ciudadano quiere que se respete la Constitución y que no se negocie con independentistas. ¿Qué ciudadano español de este país exige tal postura? ¿Cuántos? ¿Qué ciudadano exige la contraria? ¿Cuántos? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Las encuestas? Me tiro al suelo de la risa y me abofeteo sañudamente para desencajarme la mandíbula. Todo el mundo sabe que las encuestas siempre arrojan resultados satisfactorios para el organismo que las encarga. Así que al ciudadano se le ofrecen comuniones con ruedas de molino. Y las traga. En cambio, el pueblo era más duro de pelar. (In)cultura.



martes, 25 de septiembre de 2018

DEL MAL Y DEL BIEN


Más bien de “El mal”. Aunque ponerse a hablar del mal a estas alturas de la civilización y del progreso es como ponerse a fotografiar pololos en las playas de Río de Janeiro. Pero, en fin, acojonado uno por los últimos acontecimientos, léase asesinatos en Siria, asesinatos en Palestina, asesinatos en Israel, asesinatos en Irak, un día tras otro, sin parar, asesinato o maltrato físico de mujeres (esos hijos de puta que degüellan o tiran por el balcón o destrozan a golpes el cráneo de la mujer que tal vez amaron, a la que prodigaron caricias, a la que hicieron madre de sus hijos…), asesinatos, violencia, horror, miedo, acojonado uno por tanto acontecimiento desastroso, decía, terrorismo, fanatismo, intimidación, crueldad, no tiene más remedio que ponerse a hablar del mal.
Qué le ocurre al hombre (demos de lado al sonsonete que si hombre que si mujer, etcétera y aceptemos, para este artículo, la norma gramatical académica que incluye en el masculino a la generalidad del ser humano). Qué le ocurre al hombre, al ser humano. Qué viento negro de maldad y perversión azota las conciencias. Si es que hay conciencia. Si es que el sentimiento del mal oprime el interior de las personas y las empuja a rechazarlo. La conciencia, esa capacidad de opción que decide en cada ocasión el destino del individuo. Qué le ocurre al hombre, que ha elegido la muerte. La muerte. El hombre contra el hombre. Homo homini lupus de Hobbes. Desde que entró el pecado en el mundo, según la descripción bíblica, el mal se adueñó del hombre. ¿Existe el mal en sí mismo? Esa es la pregunta. ¿Existe el mal y rodea al hombre y lo captura, lo aprisiona, lo aniquila? ¿O es el hombre el que engendra el mal, lo esparce, lo difunde? Nadie ha conocido la esencia del mal. Los filósofos se han devanado la sesera para acercarse a la identificación del mal. No lo han conseguido. Si acaso solían definirlo con aproximaciones analógicas, más que nada por contraposición al bien.  Llegaron a conceptuar el bien como algo que se difundía por sí mismo, algo así como partículas que se escindían de sí mismo, y se extendían. De ahí el axioma escolástico de bonum est difusivum sui. La actualidad demuestra que se confundieron. Es el mal el que se extiende, se transmite, se contagia, se generaliza. Sócrates, con su concepto del valor moral como intelectualismo —tan imitado después por la Ilustración, y así le fue el pelo— creyó que sólo con ciencia e ilustración se podía educar al hombre. «Virtud es saber», dijo. Por consiguiente, si el saber puede aprenderse, la virtud es algo que se puede enseñar. Así que Sócrates no se anduvo por las ramas y lanzó el aforismo tan repetido de que “nadie se equivoca queriendo”, vamos, algo así como que nadie hace el mal a mala leche. Esto también se lo creyó Rousseau, y no propiamente cuando rechaza la monarquía constitucional y aboga por una democracia del pueblo soberano, sino cuando se traga lo de la inocencia edénica de la naturaleza humana. Schelling, sin embargo, mandó a hacer gárgaras las teorías de Rousseau y, como buen hijo de un pastor protestante de Württemberg, se planteó el problema del mal junto con la filosofía de la libertad. Y piensa que el mal no surge, como las setas en un campo de estiércol, de una voluntad puramente racional; tiene que haber algo irracional que sea fuente del mal y de la culpa: es la discordia del absoluto, un pecado original más filosófico que bíblico, de donde nace al mismo tiempo el bien y el mal, de donde surge la lucha entre el bien y el mal, de donde procede el sentido de la historia. Así que la historia no es otra cosa que ese antagonismo entre el bien y el mal que, en cuanto abstracciones, son llevadas a cabo por el hombre. De manera que el hombre es el que hace el bien y el hombre el que hace el mal. Ideas parecidas o diferentes o semejantes o disparejas o heterogéneas o desiguales han mostrado otros pensadores a lo largo de los siglos, como Platón, Boecio, Isidoro, Böhme, Maquiavelo, Leibniz, Schopenhauer y demás rellenadores de páginas en los manuales de Historia de la Filosofía. Ninguno da en el quid. Ninguno aclara en qué consiste el mal, dónde se refugia, cómo germina en el corazón de las tinieblas.
Insisto. Qué le ocurre al hombre. Por qué elige el mal en lugar del bien. Que ciclón de fuego maligno abrasa las entrañas de los terroristas. Qué negra y sombría ofuscación les provoca el deseo de terminar la guerra de Siria en un baño de sangre. Me da igual que sean terroristas chechenos, turcos, yihadistas, musulmanes, norteamericanos, Al-Qaeda.
Es inquietante, la pregunta. ¿Dónde se esconde el mal? Casi siempre se ignora, también en los pequeños aconteceres. Leo que decenas de alcaldes del PSC quitarán la bandera española en la Diada. ¿Eso es bueno o malo? ¿Es un bien o un mal la bandera? ¿Cómo un pedazo de tela (un símbolo no más, en el sentido icónico del término) concita tantas pasiones, a favor o en contra? Pienso que el hombre no siente real, íntima, individualmente tal devoción a la bandera sino que hay ‘alguien’ que lo incita a amar por encima de todo una bandera, a odiar por encima de todo otra bandera. ¿Dónde radica el mal, en el odio exacerbado o en el amor incontrolado? Por amor a una bandera se mata; por odio a una bandera se mata. Que alguien me diga qué importa el amor, en este caso, si su defensa conlleva el odio, la destrucción, la muerte de otros seres humanos. O en qué se diferencia ese sentimiento del que mata y destruye impulsado por el odio a otra bandera. El amor y el odio confluyen, se equiparan el bien y el mal.
Los ocultos y turbios intereses personales de aquellos que rigen los destinos de los hombres han extendido el mal por el mundo, una sombra gigante y turbadora como la negra silueta del diablo, el Leviatán político de Thomas Hobbes.

jueves, 14 de junio de 2018

EL ENGAÑO 1


EL ENGAÑO Y EL VINO


Bueno, bueno, cómo nos engañan. No sé de dónde habrá salido la subespecie gnómica de que «los engañan como a chinos», porque en este asunto del engaño o todos somos chinos (cosa apodícticamente incierta por demográficamente inexacta) o también se engaña a quienes no son chinos  (cosa, a lo que parece, bastante exacta). Y es que por lo que respecta a engañar, todo el mundo engaña que es una barbaridad.
No podía ser menos. Desde que entró el pecado en el mundo, según la tradición bíblica, gracias al desparpajo sinuoso de la serpiente que engañó a Eva, las acciones humanas se asientan en cimientos psicológicos sazonados de engaño. Cualquier teogonía que se precie aspira a describir sus orígenes a base de exponer las triquiñuelas y engaños con que los dioses pretendían sobreponerse, anteponerse, humillarse y fastidiarse unos a otros. Algunos hubo que, aburridos por la continua displicencia de las diosas y alborotados por la sorprendente aparición de los encantos femeninos en forma de mujer, se largaron a por tabaco y decidieron adoptar  apariencia humana, lo cual que se metamorfosearon (que es una forma etimológica y fina de simulación y engaño) para cepillarse a hembra mortal, roídos por un deseo antropomórfico desproporcionado y rijoso. De esta forma, ejemplarizaban con sus actitudes las acciones de los mortales que, a cronología seguida, se liaron a engañarse unos a otros dando opción,  como todos sabemos, a que empezaran los primeros acontecimientos (proto)históricos.
Vengamos, sin embargo, a nuestros días. Yo soy un goloso del buen  vino. Y no es porque Horacio lo exaltara en sus 'Odas', a medias entre el tono epicúreo y estoico, o magnificara las excelencias del vino de Chipre. Me agrada el vino por ese estado de ligera levitación que induce a la amistad y a la charla. Ese equilibrio anímico de efectos gratificantes que nunca producen las alegrías ni las penas. Así que buen vino. Años y años he recorrido la Sierra de Gata (Robledillo, Descargamaría, Hoyos, Acebo, Cilleros, Villamiel...) bebiendo las excelencias del vino de pitarra sosegado en las bodegas domésticas, esas excelencias exultantes que, poco a poco, alegran el alma y convierten las rodillas en livianos copos de algodón. Es como beber algo insólitamente sagrado.  Beber la pitarra serragatina es casi beber una profanación.
Pero hay quien te chafa el invento. Ahora resulta que hay quien te engaña miserablemente y te da gato enológico por liebre. Así que ya no me atrevo. Entraba en el bar y siempre pedía ‘uno del país’. La fragancia de madera de castaño se acomodaba en la copa y la olorosa suavidad del caldo invadía el paladar con la amante persistencia de un regalo. Ahora me atenaza la desconfianza porque el aroma añejo se ha convertido en química manipulación de metasulfito y el olor a huevo podrido, característico de los compuestos sulfurosos, me provoca la mueca y el rechazo. Corre el rumor de que no es uva de la Sierra, azucarada y lenta, la que fermenta en algunas bodegas. Ha sido sustituida por uva más barata,  traída de otras tierras. Con ella se redondea una cosecha espuria porque te engañan y te hacen tragar por liebre olorosa la carne de un gato peleón y ácido. Hay quien te avisa.
—Si quieres beber buena pitarra —dicen—, tienes que dirigirte a alguien de confianza. Sólo en las bodegas de los particulares, esos que cosechan el vino seleccionado en pocas tinajas para uso familiar y doméstico, se encuentra el vino de siempre.
Así que he dejado la pitarra y me dedico a la olorosa ingesta de Reservas y Crianzas con denominación de Origen.





lunes, 5 de marzo de 2018

¿QUÉ HACER SIN EL CAFÉ?



Café, copa y puro. Constituían la tríada perfecta. Componían la santísima trinidad de los acontecimientos familiares, pongamos bodas, bautizos y cumpleaños. Establecían la tricromía visual de los anuncios taurinos. Formaban el nacimiento trillizo de la amistad y de la relación socialmente afectuosa. Pues nada. El puro ha pasado a mejor vida: quien lleva un puro en la boca es como si llevase descaradamente la manifestación indecorosa del cáncer. La copa está pasando a mejor vida, porque la vida de los bares de copas supone, en opinión de los íntegros, un reducto de degeneración y francachela en el que se alcanza, si acaso, la posesión de la desventura, abstracción quiróptera que aletea a las cinco de la madrugada. Es preferible copearse en círculos amistosos y domiciliarios.
También quieren quedarnos sin café. Los vigilantes de la playa mundial se han vestido de largo, el largo del luto y de la melancolía, y aseguran que el café es muy peligroso porque crea adicción. Estos dietéticos del Reino Unido no paran. No dicen nada del té, tan apropiado para la ceremonia y la narrativa, sobre todo si se trata del té de las cinco. Pero quieren cargarse el café. ¿Qué va a hacer el personal trabajador y administrativo si le privan del café? ¿A dónde dirigir sus pasos entre nueve y once de la mañana si dan la escapadita al bar y encuentran sellada la máquina del café? El personal clínico y sanitario, médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, auxiliares y celadores y celadoras, ¿qué harán cuando llegue el día infausto en que no puedan exprimir una gota de las cafeteras comunes, tan familiares en los reservados de los pasillos hospitalarios? El café crea adicción. Peligrosísimo. Esos científicos que de vez en cuando asoman la cabeza entre las páginas de revistas especializadas, aseguran que el café puede llegar a convertir a cualquiera en un ser digno de lástima, consumido por la cafeína, aletargado en un centro de rehabilitación para toxicómanos.
La vida se volverá triste y vacía sin la emergencia eufórica del café. Sin el café, los gobernantes se dedicarán a mandar (actividad completamente distinta a la de gobernar) y a encargar encuestas de adicción. Estoy seguro de que todos los adictos a la telefonía móvil (verdadera adicción contra la que nadie se mete, miles, millones de aparatitos móviles que generan miles, millones de euros diarios, bravo, que el gentío se aficione a los mensajes de móvil, que el personal se convierta en toxicómano, ya lo es, de tonos, de superbromas, de buzones, de nombrescolor, de besos, de graffitis, de estrellas de la fama, de logoligas, de regalosdp siete, de sonoclips, de poemas de amor y de corazones multicoloreados, una enjundiosa drogadicción al ocio movil), estoy seguro, te decía, de que los adictos a la telefonía móvil no lo serían si disfrutasen charlando alrededor de una taza de café. Pero los gobernantes no consideran peligroso el enganche al móvil porque esta adicción no genera gastos a la seguridad social. Al contrario, genera millones de ingresos a las grandes compañías, lo que hace que suba el PIB y se extienda la apariencia de que todo va bien. Sin embargo, el móvil no tiene sabor. Tiene sonido y color, pero carece de olor y, sobre todo, de sabor. Los estudiosos de la alimentación aseguran que en este siglo habrá a nuestra disposición en torno a 250 sabores que, aunque desconocidos previamente, podrían formar parte de nuestra dieta. Puede que sea así, nunca se sabe. Pero por mucho que aparezca el AMP (adenosina monofosfato), bloqueante de los sabores amargos, jamás el paladar humano podrá olvidar el regusto acibarado del café. Los medios de comunicación aseguran que la vivienda nueva ha subido un 19 por ciento, la mayor alza en 15 años. Sin embargo esa subida no es tan importante como la adicción al café, porque el Gobierno, tan ciego de consumo y de hipotecas, prefiere un fácil y engañoso bienestar económico al bienestar fisiológico del café.  Probablemente Andrés Trapiello saborea una taza de café cuando duda, se sumerge en el recelo y la desconfianza ante «determinadas novedades literarias o artísticas de moda, la última mierda comprada con dinero público para un museo, el último montaje ‘deconstruido’ de una ópera de Mozart o la vitola de ciertos éxitos de ‘prestige’ literarios».
¿Qué vamos a hacer sin la olorosa esencia del café? Nuestros hijos, nuestros nietos quedarán reducidos a fría sustancia cibernética, aterida de hombre cerebral y riguroso. Si 100 attosegundos durasen lo mismo que un segundo, un minuto equivaldría a 14.000 millones de años, la edad calculada para el universo. Refocilaciones así constituirán el aséptico sustituto del café dentro de 40 años. No somos nadie.