jueves, 30 de marzo de 2017

IDEOLOGÍAS


(El siguiente artículo apareció publicado en HOY, periódico regional de Extremadura, el día 15 de febrero de 2004. Me parece oportuno reproducirlo ahora).


Eran las 21 horas y 43 minutos del día 11 de febrero de 2004. El árbitro Iturralde González cometió una acción insólita y execrable: expulsó del terreno de juego a Zinedine Zidane por propinar un blandengue soplamocos a Pablo Alfaro. En aquel preciso instante, toda España se puso a discutir apasionadamente la licitud o ilicitud de la decisión arbitral. El Sevilla ganaba 1-0 y las consecuencias podían convertirse en trágicamente irreparables para el Real Madrid. El bar se convirtió, pues, en una olla de grillos. Yo consumía mi cerveza junto a la barra y me dirigí a uno de los vociferantes, «Que si tienes ideología», le pregunté, «¿Cómo?», se sorprendió irritado, «Que si tienes ideas fundamentales, o sea, ideología», respondí, «¿Tú estás sonado o qué?», me dijo. Y añadió, «Mira con lo que me sale el tío éste, lo que es a mí ya pueden irse a tomar por saco todas las ideologías del mundo, que a mí con que se clasifique el Madrid me basta y me sobra». Ideologías.
Se ha hablado del ocaso de las ideologías. Es más, hay quien asegura que las ideologías han muerto. Como al «Dios ha muerto» estampado en el umbral de la filosofía de Nietzsche, quizá también podría dedicarse un rótulo mortuorio a las portadas de los manuales que pretenden explicar las ideologías.
Los expertos en definiciones aseguran que la «ideología es un conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso, político, etc».(DRAE). Lo que habría que averiguar es cuál es ese conjunto de ideas fundamentales y, fuera del conjunto, cuáles son esas ideas fundamentales. Por otra parte, habría que considerar si las ideas fundamentales le sobrevienen a la persona desde fuera, impuestas por el poder, o surgen en su interior como producto de su propia libertad. Ideas fundamentales. ¡Qué esplendoroso se manifiesta a veces el poder de las palabras! Lo patético de todo este intrincado asunto está en que, según dicen, el mundo se rige por un conjunto de ideas fundamentales que la mayoría desconoce y que la minoría no acepta.
El personal actúa, esto es incuestionable, impulsado por ideas. Cuando la gente (individualizada en yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos, ellas) actúa, lo hace por algo. Ese ‘algo’ es la causa de su actuación, es su idea, fundamental o no. Y así, cuando un imbécil (usted comprende, uno de esos tragavientos con la pinza floja que va perdiendo aceite mental cada dos pasos) comete una gilipollez tipo conducir en sentido contrario al de la marcha y mata a cuatro personas que viajan tan tranquilas para pasar las vacaciones en el pueblo, uno va y se pregunta: ¿actúa el imbécil conforme a alguna idea de las llamadas fundamentales o, al contrario, lo hace porque no conoce o no reconoce o no le sale de la pera admitir las ideas fundamentales? ¿Qué ideología o conjunto de ideas fundamentales sirve de combustible al bólido descerebrado del infractor? Y así, cuando un hijo de puta maltrata a la mujer a la que tal vez amó, esa con la que  hizo planes de cariño y de futuro, esa con la que tantas veces tal vez alimentó la cercanía del afecto, cuando un hijo de puta, repito, degüella a la mujer con la que comparte el lecho, o la acuchilla salvajemente, o la tira por la ventana de un sexto piso, o la golpea hasta desfigurarle el rostro, o la apalea hasta romperle los huesos, cuando un hijo de puta, repito, comete esas acciones execrables, ¿acaso lo hace impulsado por alguna idea fundamental? ¿Acaso el hijo de puta actúa condicionado por alguna ideología? (Paréntesis permisivo: ante la excandecencia expositiva, sepan quienes este artículo leyeren, mayormente los lectores desavisados, que los términos ‘gilipollez’ e ‘hijo de puta’ se encuentran registrados en el maternal diccionario de la lengua española y que, en consecuencia, son académicamente correctos).
Suele ocurrir también que hay quien mantiene viva la ideología, aunque haya muerto, tal como se mantiene viva a la bisabuela, aunque no haya muerto, y se proclama por todas partes que uno lucha por sus ideas, disfrazadas frecuentemente con el interesante nombre de ‘ideales’, y que estaría dispuesto a todo por defenderlos. Subyace aquí una actitud defensiva, la actitud de quien repele un ataque, que no tendría por qué referirse a los ideales, porque las ideas fundamentales o ideología deben ser adoptadas libremente sin necesidad de imposición alguna,  y si tienen que defenderse es porque alguien las ataca, y si alguien las ataca y se opone a ellas es porque no las acepta o porque le han sido impuestas de alguna manera por el impositor de turno.
La candente actualidad, caracterizada por una ausencia estremecedora de ideales y por una carencia casi absoluta de valores, está expuesta a la despersonalización y a la nada. No sé si habrá que concluir, pesimistamente, que la ideología es una coraza, más bien un baluarte, que los conductores de masas desarrollan para enmascarar las contradicciones y para defenderse ante la historia.

viernes, 17 de marzo de 2017

MEDITACIÓN

Naturalmente, meditación espiritual. Estos (norte)americanos es que son capaces de practicar el surfing con papel de estraza. Ahora nos salen con los beneficios de la meditación espiritual. Jo, tío, es el descubrimiento del mediterráneo interior. Meditación espiritual versus meditación secular. Lo ha conseguido un equipo de la universidad de Ohio, la Bowling Green State University. (Que viene a ser algo así como la Universidad Estatal de Campo de Bolos. ¿Será un bolo la cosa de la meditación espiritual?). Resulta que el equipo investigador ha descubierto que «la meditación espiritual es más relajante y eficaz contra el dolor que la secular». La contraposición no es adecuada si, según entiendo, la noticia atribuye a la meditación espiritual el hecho de pensar en Dios y sus divinos misterios y, por el contrario, a la meditación secular el pensamiento que gira alrededor de uno mismo. Saben ustedes, esas frases sacadas de los florilegios norteamericanos (Selecciones del Reader’s Digest, por ejemplo) para estimular la  autoestima: estoy contento, soy feliz, la vida es bella, benefíciese del cepillo dental, a la ancianidad sin el tabaco, media hora de footing diario…
Se medita en el amor que Dios ha manifestado a los hombres, en las verdades teológicas, en los frutos salvíficos de la redención o en la salvación del alma. Pero no sé hasta qué punto es apropiado meditar en una demostración matemática. En el teorema de Pitágoras se piensa, o se discurre. Pero no se medita. A no ser que la sensibilidad teórica se mantenga tan a flor de piel que el solo pensamiento de la proposición científica susceptible de ser demostrada haga saltar las lágrimas al enamorado de los axiomas. No es raro. Yo conocí en Salamanca a un padre jesuita, profesor de griego clásico, que lloraba cada vez que recitaba de memoria los pasmosos y épicos versos de Homero que narran la cólera de Aquiles. Pero vamos, no es el caso. Aquí de lo que se trata es de que la meditación espiritual, esa que utiliza las frases de «Dios es amor» o «Dios es paz» o «Dios te ama», repetidas una y otra vez en el turbio interior de la conciencia, resultan relajantes e incluso eficaces contra el dolor físico o moral, contra la ansiedad y el estrés. Cosa que no consigue la ‘meditación secular’ (estoy contento, soy feliz, el Madrid es el mejor equipo del mundo, cosas así).
Que la meditación espiritual  produce beneficios psicológicos es cosa sabida desde antiguo. Las personas de vida contemplativa adquieren la paz interior porque “creen” en los efectos de la meditación. El creyente busca, con la aceptación (fe) de una realidad trascendente, la interpretación de la realidad circundante. El problema del dolor, de la injusticia, del sufrimiento de los inocentes, del mal, encuentra así una interpretación que tranquiliza y sosiega. Ese es el fruto de la meditación espiritual. Otros buscan la interpretación tranquilizadora de la realidad en el budismo o en otras filosofías de la vida. Y también encuentran sosiego. Como las monjitas con sus rezos letánicos. Paz y tranquilidad.

Y puesto ya en plan de didactismo benefactor, prefiero cien veces la frase-ejemplo de meditación espiritual «Dios es amor», tan vacía de contenido según muchos, a la estupidez televisiva de Eva Noche: «La vida es un pedo que suena por dos y huele por tres», ejemplo apodíctico de meditación secular. Aunque puede que haya alguien (muchos) a quien tranquilice la roña escatológica de la ordinariez. Que le aproveche.

viernes, 17 de febrero de 2017

LA MARAVILLA DE LOS VIAJES


Como buen depredador, no suelo excederme en abandonar los límites de mi dominio: la Sierra de Gata. En ella me adentro, a la caza de sensaciones. Lo reconozco, sin embargo. Viajar, lo que se dice viajar, le gusta a todo el mundo. Así que, este verano, tuve que viajar. En efecto, después de no pocas vacilaciones y algunas discusiones, no hubo más remedio que dejarme arrastrar hasta Italia. Ya sabes, Roma, Milán, Florencia, Pisa y todo eso. Y a pesar de las diarreas de algunos, las migrañas de otros y el cansancio de casi todos, a las seis de la mañana tocaban diana y la guía nos remolcaba por los itinerarios turísticos a uña de caballo, con esa pertinacia en el descubrimiento que obsesiona a los exploradores o los arqueólogos. Las maravillas visuales ofertadas en los folletos informativos se quedaban en ofertas, de manera que ver, veíamos poco, atosigados por la apresurada abundancia artística de los monumentos y por el atontamiento gregario del gentío. Pero oler, bluf, nos hartábamos de oler. No había más que entrar en la mierda del Coliseo y el olor de siete millones de meadas de japoneses te perforaba la pituitaria con esos prolongados pinchazos de la desventura o el amoníaco. Como si los japoneses no tuvieran otro mingitorio en el planeta que el que han localizado en el Coliseo. Milán es otra cosa. Y a pesar de los rincones fascinantes que en ella han encontrado los diseñadores y la moda, las colas para entrar en la Scala se alargaban de forma interminable de manera que, transcurridas tres horas, un hormigueo devastador se apoderaba de tus piernas junto a una dilatada mala leche, cosa que te obligaba a sordos juramentos y a la personal promesa de que jamás volverías a caer en la gilipollez mental de engancharte a una cola de aspecto borreguil a sacar entradas para la ópera. Y qué decirte de Florencia, la ciudad de todos los genios. Desde la plaza del Duomo hasta la plaza de la Santa Croce, finas hilachas amarillentas se deslizaban junto a las aceras justo en el lugar oportuno para que tu pie se pringase con las olorosas boñigas de los caballos. Y encima, cuando regresas a la tribu, transcurridos ocho días de insomnios e indigestiones, es obligatorio afirmar que todo ha constituido una experiencia gratificante y un viaje maravilloso (si no quieres caer en el descrédito o en la patanería).
Así que prefiero adentrarme en los dominios de la Sierra de Gata a contemplar esos atardeceres otoñales cargados de ocres, amarillos y pardos. No tienes más que subir de Cadalso a Robledillo de Gata para sentir el diáfano contacto con la naturaleza. Y te ves de pronto en medio de una dimensión cosmológica y perfecta. Tú no eres tú, en ese momento eres otro que acaba de instalarse en el sosiego de los pinos, en el suave seno de las montañas. No hay mayor placer que distribuir la perfección a tu antojo. Es tu mirada la que nutre los regatos, la que eleva el horizonte a la cualidad de diáfano, la que adentra la soledad en el coto de la belleza. Eres tú el que concede el silencio, ese pudor que los castaños desparraman por el paisaje en una especie de desnudamiento vegetal y cromático.
Lo malo está en que no puedes contárselo a nadie. Si los colegas magnifican el fin de semana en Londres trotando por Kengsington street y sus restaurantes de atmósfera bohemia (el hojaldre de riñones es que alucina, tío), si los colegas aseguran, además, que las torretas del Tower bridge son una maravilla de la ingeniería victoriana, tú ya es que no puedes ni abrir el pico. De pueblo que es uno, qué remedio.

martes, 14 de febrero de 2017

NUNCA POSEEMOS LA RAZÓN

Opiniones. Todo son opiniones, y el gentío no se convence de la volatilidad de las opiniones. "No sabes lo que dices", es la respuesta a la opinión contraria. La alusión al Madrid como equipo galáctico, la diatriba contra los árbitros, la afirmación cacereña de su capitalidad cultural, la creencia en el poder omnímodo de los EE UU, no dejan de ser opiniones. ¿Qué tiene de particular, pues, que unos las acepten y otros las rechacen? Lo realmente complicado del asunto reside en que el tipo que expone su opinión pretende, casi siempre, convencer a quien lo escucha de que esa opinión, la suya, es la única verdadera. El oyente pretende lo mismo y al convertirse, acto seguido, en exponente, se genera una fuerza de choque que embiste recíprocamente, imposibilitando el acuerdo mental. Olvidan los perorantes que opinar es dar un parecer, no asentar una verdad, y que el ámbito de la verdad es tan oculto e intrincado que, normalmente, la mente humana es incapaz de descubrirlo, mucho menos de exponerlo.

Parménides escribió un poema en dos partes: Sobre la naturaleza. Los hexámetros de la primera parte exponen que sólo es válido el conocimiento dado por la razón, y que de la naturaleza y de los hombres no tenemos conocimiento cierto. La segunda parte concluye que los vulgares mortales, eso somos, adquirimos el conocimiento a través de los sentidos y que, por lo tanto, no poseemos la razón: sólo disponemos de la opinión. 

martes, 31 de enero de 2017

LA COSA DE ESCRIBIR

Desde que leí lo de Javier Marías ando cabizbajo. «Imprenta o fuego», decía él. Se refería al hecho dificultoso de la escritura, aun teniendo facilidad e imaginación para escribir, y a la minuciosidad y trabajo que conlleva el acto de crear una novela, corregirla, depurarla, dotarla de naturaleza artística e insuflarle vida verosímil. Aun así, miles, cientos de miles de personas, gente de toda clase y condición, preparada y no preparada, culta y analfabeta, toñín y maruja, ha escrito  novelas «o ansía un día escribirlas». Asegura Javier Marías que cuando, en su momento, visitó la Feria de Francfort, tuvo «la sensación de gota de agua en el océano» que le produjo la contemplación de cientos de stands repletos de libros, catálogos en los que aparecían millones de libros. Es la sensación «de ser superfluo», la abrumada convicción de que nada va a cambiar porque yo escriba una novela. No me extraña que el autor asegure (¿o es también ficción narrativa?) que duda si arrojar al fuego la última novela que está escribiendo, o terminando de escribir, o que ya ha terminado, no recuerdo.
Si Javier Marías ha sentido tentaciones de arrojar al fuego su última novela; si este espléndido escritor, inscrito ahora mismo entre los mejores de las letras españolas, con reconocimiento general y unánime (más o menos) de lectores y crítica, si este autor, ya digo, se considera como gota de agua en el océano de la publicación, a ver qué hacemos los que escribimos de vez en cuando cuatro cosas deslavazadas y, estas sí, probablemente prescindibles.
Así que una especie de depresión literaria me ataca las meninges cuando observo en Internet a cientos, miles de escritores, tropecientos escritores, poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas de todo el mundo (sobre todo poetas, qué bárbaro, y cuentistas), buscadores incansables del tesoro que sustenta la raíz del éxito. Resulta sorprendente la cantidad de gente que se dedica a escribir: jubilados, amas de casa, honestos funcionarios, empleados de banca, músicos callejeros y hasta despreocupados y mangantes... Se entiende que a un joven (se me hace difícil el femenino jóvena, pero lo tengo en cuenta) lo posea el apetecible anhelo de la escritura y acaricie sueños de celebridad y editoriales. Pero un enterado “que no ha escrito ni una línea” en su trabajadora vida venga, a estas alturas de la maduración, a autodefinirse como escritor porque lee sus alucinaciones romanceadas en la fiesta del Libro, no deja de aparecer como una pretensión extrema. Tal vez yo sea capaz de mirar el nivel de aceite del cárter de mi coche e incluso de hurgar en el carburador si el caso lo requiere. Tal vez yo sea capaz de adquirir en cualquier carrefour unos módulos empaquetados y montar con ellos un zapatero para colocar, obviamente, los zapatos en un rincón de la cochera. Tal vez yo sea capaz de arreglar un enchufe e incluso de desmontar el halógeno de la lámpara del salón, que acaba de fundirse. En ningún caso, sin embargo, se me ocurrirá afirmar a causa de dichas capacidades que soy mecánico, electricista o carpintero. Mucho menos, de fina carpintería.
La enseñanza literaria era fundamental en programas y métodos al finalizar el Imperio romano. Prisciano, profesor en Bizancio durante 27 años, compuso su Praeexercitamina para mostrar a sus discípulos cómo habían de componer un relato o una fábula, variar las figuras retóricas o desarrollar un tema siguiendo reglas determinadas. Ahora cualquier chichirimundi, desconocedor de reglas y de técnicas, se cree un Vargas Llosa.







lunes, 23 de enero de 2017

LA INOCENCIA DE ARISTÓTELES

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»Corrupción política, en términos generales, es el mal uso del poder público para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente de forma secreta y privada. El término opuesto a corrupción política es transparencia. Por esta razón se puede hablar del nivel de corrupción o de transparencia de un Estado.»

Resulta casi enternecedor considerar la inocencia aristotélica de la Política, obra en la que el autor estagirita la considera como una grandiosa organización de la moralidad. Aunque resulte extenso, merece la pena citarlo: «El Estado no es un expediente para atender y satisfacer las necesidades del ser físico del hombre, ni tampoco una colosal empresa en el terreno de la economía o del comercio, o una institución para la autoafirmación del poderío político. Todas estas finalidades las persigue el Estado; pero su auténtica tarea es la vida ‘buena’ y ‘perfecta’, es decir, el ideal de la humanidad moral y espiritualmente cultivada y ennoblecida» (Pol. Γ, 9). 
Es como para echarse a llorar. Es como una de esas citas que uno leía en aquellas vidas de santos, de admirable y sorprendente idealismo místico pero de imposible e irrealizable ejercicio práctico. (Hay que tener en cuenta, no obstante, que los manuscritos que transcriben la Política no son antiguos ni se conservan en buen estado. La fuente más vieja es una traducción latina del siglo XIII. Bien pudiera el traductor haber interpolado algún texto según el deseo político de su señor).
Así que no tiene uno más remedio que comparar la inocencia política de Aristóteles con las finalidades primordiales a las que los Estados se dedican en la actualidad, según se ve.
a) Si nos atenemos a la tendencia globalizadora, parece que cualquier Estado se dedica casi exclusivamente a atender las necesidades físicas del hombre. Para ello liberaliza los elementos de producción y permite que los grandes capitales (extranjeros) organicen el ocio y el trabajo ciudadanos, pero no para que su vida sea ‘buena’ y ‘perfecta’ sino para desarrollar un consumismo psicológico destinado a que el personal pique de manera ignominiosa y atiborre de euros gigantescas e ignotas cuentas bancarias. Los ricos cada vez más ricos. Y los antiglobalización cada vez más gilipollas (dicen).
b) Si nos atenemos a lo del Estado como una colosal empresa en el terreno de la economía o del comercio, el lector objetivo (políticamente aséptico, que ya es difícil, quiero decir) puede observar con/sin estupor el descomunal montón de basura corrupta que aparece (y huele) a poco que cualquier golpe de viento remueva la costra del pudridero. Hojeas la prensa diaria y, bueno, se te caen acongojadamente los palos del sombrajo. No hay Estado, Autonomía, provincia o ayuntamiento del que no emane con mayor o menor intensidad (depende del enconamiento de la prensa investigadora) un insoportable hedor a perro muerto que perfora descreídamente la pituitaria política. Ahí están  el caso Correa (Bárcenas y sus 'fondos de pensiones'. Ahí está el recentísimo caso Mercurio FMC en el ayuntamineto de Sabadell). Ahí está la hediondez  del caso Taula (Ciegsa y la construcción de colegios). Ahí están los archiconocidos ERE's de Andalucía y de Asturias, todavía sin resolver... Y no sólo los políticos corruptos, también los incorruptos se apuntan a la chupada esporádica, más o menos legal, de la dieta y el dispendio olorosos. Reuniones, convenciones, exposiciones, inauguraciones, deliberaciones, mediaciones, consensos y hasta primeras piedras y discursos y concursos literarios. El peloteo es clamoroso. El político es un ser que ha sido inventado para reunirse, asegura Juan Manuel de Prada. Sorprendente y apabullante. Lo sorprendente resulta de que, en la mayoría de los casos, la reunión jamás produce un efecto positivo, puesto que siempre hay que volver a reunirse en próximas fechas. Lo apabullante resulta de que, en todos los casos, las reuniones, convenciones, inauguraciones, exposiciones, etc., llevan aparejado, como albarda gastronómica y/o crematística, un generoso papeo institucional al que se apunta indiscriminadamente todo político que se precie. Y el gentío se pregunta, mosqueado, por qué coños los políticos no empiezan sus reuniones o inauguraciones a las ocho de la mañana, como todo quisque, con lo que a las doce estarían libres para ir a comer cada uno a su casa. La cosa institucional se ahorraría un pastón en catering y dietas.
c) Si nos atenemos a que el Estado no debe ser una institución para la autoafirmación del poderío político, cuán errados estamos. Las infinitas e inacabables peloteras políticas (Ley de partidos, por ejemplo) no tienen nada que ver con el bienestar de los ciudadanos. 
El olor a basura y a muertos es tan descomunalmente inaguantable que solamente la inocencia de Aristóteles puede servirnos de mascarilla para soportar la emanación de la podredumbre. Si acaso. 

lunes, 16 de enero de 2017

DE PALABRA

Es una obviedad asegurar que vivimos rodeados de palabras, especie de burbuja fónica en la que estamos inmersos, sin apenas poder salir de ella, como esos niños aprisionados en la burbuja de plástico acosados por una extraña e incurable enfermedad. Somos sólo palabras, afirma Rosa Montero doblegada por la decepción existencialista que atenaza a la hija del Caníbal. La alegría que sientes no es más que eso, una palabra, una cabalgada en la grupa efímera de sílabas entrelazadas que simulan un estado de euforia irreal. La tristeza, sin embargo, es una palabra sólida y apesadumbrada que adquiere una consistencia continua a través de cada centímetro de la piel, una psoriasis ortográfica que impone sus reglas para la construcción correcta del aniquilamiento. Sales a la calle y ahí está la palabra hablada, asomada a la boca del vecino para desearte unos buenos días inútiles y precisos. Enciendes la radio y ahí está la palabra hablada, agazapada en la rutilancia de las ondas, emergiendo de la garganta inagotable de los divulgadores de noticias, repicando ficticiamente en los ululantes campanillos de la publicidad, arrasando tonemas en la paleta magnificación de los grupos musicales, anegando conceptos en las voces autosuficientes y algo idiotas de los que participan (y cobran) en las tertulias. Abres el periódico y ahí está la palabra escrita, sobremultiplicada por el atiborramiento tipográfico de sus más de cuarenta o cincuenta páginas, la palabra herida por el rayo negruzco de la tipografía, palabra utilizada para  acusar, para denostar, para fingir, para mentir, palabra manipulada para llevar el ascua de la opinión a la sardina políticamente interesada, palabra forzada a expresar lo que ella misma no expresa, palabra violada como una virgen indefensa. Quizá por eso la palabra está en caída libre, al menos así lo afirma Juan José Millás, una caída hacia el abismo defensivo del ocultamiento, «no ya porque ninguna promesa verbal o escrita valga un duro, sino porque hay miedo a significarse». Nadie utiliza la palabra para decir lo que piensa. Cómo manifestar en público la íntima desnudez de las opiniones, cómo utilizar la palabra para dejar al aire las vergüenzas de los convencimientos, cómo sacar a relucir la indigencia de los criterios. Uno disimula lo que puede y, en este trance simulatorio y ficticio, se utiliza la palabra para ocultar el pensamiento, ya lo dijo Talleyrand. No hay educación de la palabra o, al menos, no hay cultura de la palabra. Y uno se pregunta para qué valen tantas horas de docencia de la palabra. La palabra como valor literario, por ejemplo. Existe una separación absoluta entre la palabra como recurso literario y la palabra como recurso vital. Desde la lírica primitiva hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso literario, para expresar los sentimientos. Desde la batalla de La Janda hasta ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso vital, para ocultar el pensamiento. Quizá ello se deba a la misma proliferación de la palabra. El oro es valioso no por su naturaleza áurea sino por ser un mineral escaso. Si fuese tan abundante como el agua el índice monetario tendría que buscarse un nuevo valor referencial. Precisamente la devaluación de la palabra tal vez obedezca a esa abundancia verborreica asentada en cualquier medio de comunicación. De ahí su empobrecimiento. Contribuye a ello también su misma esencia fugaz. La palabra nace y muere simultáneamente y su cadáver diminuto va a engrosar el cementerio de lo efímero. Verba volant. Scripta manent. Aunque no sabe uno por cuánto tiempo permanecerá la palabra escrita. La iconoclastia ortográfica se abre paso a velocidad cibernética. Para qué el empeño de la ortografía. Para qué la implantación de unas reglas de uso obligado cuando la práctica diaria las va arrojando al cubo de la basura escrita. Quizá tuviera razón García Márquez cuando se manifestó a favor de la abolición de la ortografía, esa esclavitud escolar supeditada al latigazo del suspenso. Con la utilización del móvil se han hecho añicos las reglas ortográficas. La economía lingüística de André Martinet se está convirtiendo en economía ortográfica de uso irreversible. MNSJS D MV.hl conxi.a dixo mikl q xq no t viens sta noxe xa ca.cnt.no t kds en cas. t kiero. 1b. (Supongo que habrá que traducirlo: MENSAJES DE MÓVIL. Hola, Conchi!. Ha dicho Mikel que por qué no te vienes esta noche para acá. Contesta. No te quedes en casa. Te quiero. Un beso). Definitivo. El 1b es la puntilla de la ortografía y la estructura labial de la palabra.


martes, 20 de diciembre de 2016

HOMONIMIA PARA TORPES DE LA HISTORIA


Hombre, no sólo va uno a encontrar en las pseudolibrerías de las grandes superficies Windows XP para torpes. Supongo que también podría darle a algún iluminado por publicar (tal vez ilustrada por Forges) una “Homonimia para torpes”, e ir tú husmeando la mancha y encontrarla. Necesaria. Al menos así la considero después de leer (y disfrutar) el chiste gráfico de Larrey, “La vuelta de la tortilla”, publicado en HOY el sábado pasado. Excelente. Acerca de las comunidades Autónomas Españolas. Y digo ‘españolas’ porque el chiste mantenía como fondo de dibujo el mapa de España. «Comunidades históricas / Comunidades histéricas». Del birrioso mapa de España, aplastado como una piel tundida, emergían varias líneas en dirección exacta a las comunidades histéricas y otras en dirección a las comunidades históricas. Lo chocante del asunto residía en que, en apariencia, la dirección de las líneas estaba equivocada porque había unas que señalaban como histéricas a las comunidades consideradas históricas, y afianzaban como históricas a las que nadie considera como tales. Así que las históricas eran histéricas y las que no son históricas tampoco eran histéricas pero eran históricas. Resulta, pues, que las comunidades que no son histéricas son históricas y las histéricas son, a la vez, históricas e histéricas. O sólo histéricas, quién sabe. Llegados a este punto de esquizofrenia homónima, habría que preguntarse dónde reside la historia y dónde aparece la histeria, o cuándo. Porque puede darse el caso de que una Comunidad histórica haya vivido tranquilamente su historicidad durante siglos, anclada en sus costumbres de raigambre bellísima y, de pronto, la aceleración del ritmo histórico le ha quemado las bujías, ha empezado a considerarse más histórica que nunca y se le ha aparecido la mañana de los tiempos en figura de reivindicación virginal disfrazada de histeria. Para no caer en el cepo, hay que preguntarse, pues, dónde reside la Historia. Oye, que no es una gilipollez, me lo han preguntado en la calle y no he hallado la respuesta. Me han dicho: ¿dónde está la Historia? ¿En las montañas, en los ríos, en los valles? ¿En los pueblos, en las ciudades, en los monumentos? ¿O acaso la Historia no es un lugar, ni mil lugares, sino el conjunto de ‘acciones’, conocidas o no, llevadas a cabo por el ser humano a lo largo de los siglos? Si es así, todas las comunidades que integran España son históricas. Supongo que a nadie en su sano juicio se le ocurre afirmar que el río Llobregat es más histórico que el Tajo, o que Santiago de Compostela es ciudad más histórica que Mérida, o que la playa de la Concha adormece con olas más históricas que las de Almería, o que la Albufera de Valencia acumula más patos históricos que las Tablas de Daimiel. Ah, no, mire usted, es que no es eso, usted no tiene ni prostiputa idea, usted se ha pasado diecisiete autonomías porque el concepto histórico no reside en la topografía sino en el idioma, es decir, para que usted me entienda, la Historia no se asienta en los comportamientos humanos, las costumbres, todo eso, sabe usted, no, no, la Historia se arraiga en el idioma: Sólo una Comunidad con capacidad de comunicación oral diferente a otras (sistema fonológico propio, que se dice), puede considerarse histórica. ¡Plaff! Más de media España sumida en las tinieblas exteriores de la no Historia. ¡Y yo que pensaba que Viriato y las murallas tardorromanas le conferían a Coria un antiquísimo olor histórico. Pues nada. Sin histeria no hay Historia. (Información para listos. Charles Bally admite la homonimia parcial: los significantes presentan alguna diferencia de forma. Históricas/histéricas, por ejemplo. De nada).

martes, 22 de noviembre de 2016

EL PLEONASMO DE LA MEDITACIÓN ESPIRITUAL

Meditación espiritual. Estos (norte)americanos son capaces de practicar el surfing con papel de estraza. Ahora nos salen con los beneficios de la meditación espiritual. Jo, tío, es el descubrimiento del mediterráneo interior. Meditación espiritual versus meditación secular. Lo ha conseguido un equipo de la universidad de Ohio, la Bowling Green State University. (Que viene a ser algo así como la Universidad Estatal de Campo de Bolos. ¿Será un bolo la cosa de la meditación espiritual?). Resulta que el equipo investigador ha descubierto que «la meditación espiritual es más relajante y eficaz contra el dolor que la secular». La contraposición es adecuada si, según entiendo, la noticia atribuye a la meditación espiritual el hecho de pensar en Dios y sus divinos misterios y, por el contrario, a la meditación secular el pensamiento que gira alrededor de uno mismo. Saben ustedes, esas frases sacadas de los florilegios norteamericanos (Selecciones del Reader’s Digest, por ejemplo) para estimular la  autoestima: estoy contento, soy feliz, la vida es bella, benefíciese del cepillo dental, a la ancianidad sin el tabaco, media hora de footing diario…
Se medita en el amor que Dios ha manifestado a los hombres, en las verdades teológicas, en los frutos salvíficos de la redención o en la salvación del alma. Pero no sé hasta qué punto es apropiado meditar en una demostración matemática. En el teorema de Pitágoras se piensa, o se discurre. Pero no se medita. A no ser que la sensibilidad teórica se mantenga tan a flor de piel que el solo pensamiento de la proposición científica susceptible de ser demostrada haga saltar las lágrimas al enamorado de los axiomas. No es raro. Yo conocí en Salamanca a un padre jesuita, profesor de griego clásico, que lloraba cada vez que recitaba de memoria los pasmosos y épicos versos de Homero que narran la cólera de Aquiles. Pero vamos, no es el caso. Aquí de lo que se trata es de que la meditación espiritual, esa que utiliza las frases de «Dios es amor» o «Dios es paz» o «Dios te ama», repetidas una y otra vez en el turbio interior de la conciencia, resultan relajantes e incluso eficaces contra el dolor físico o moral, contra la ansiedad y el estrés. Cosa que no consigue la ‘meditación secular’ (estoy contento, soy feliz, el Madrid es el mejor equipo del mundo, cosas así).
Que la meditación espiritual  produce beneficios psicológicos es cosa sabida desde antiguo. Las personas de vida contemplativa adquieren la paz interior porque “creen” en los efectos de la meditación. El creyente busca, con la aceptación (fe) de una realidad trascendente, la interpretación de la realidad circundante. El problema del dolor, de la injusticia, del sufrimiento de los inocentes, del mal, encuentra así una interpretación que tranquiliza y sosiega. Ese es el fruto de la meditación espiritual. Otros buscan la interpretación tranquilizadora de la realidad en el budismo o en otras filosofías de la vida. Y también encuentran sosiego. Como las monjitas con sus rezos letánicos. Paz y tranquilidad.


Y puesto ya en plan de didactismo benefactor, prefiero cien veces la frase-ejemplo de meditación espiritual «Dios es amor», tan vacía de contenido según muchos, a la estupidez televisiva de Eva Noche: «La vida es un pedo que suena por dos y huele por tres», ejemplo apodíctico de meditación secular. Aunque puede que haya alguien (muchos) a quien tranquilice la roña escatológica de la ordinariez. Que le aproveche.

sábado, 19 de noviembre de 2016

MORALINA SOBRE LA CALIDAD

Hay veces en que la calidad se aplica a entidades reales y adquiere, en estos casos, difusos límites concretos que proporcionan algunos  parámetros (?) de identificación. Y así, marujonas y culebroneras otorgan el voto de aceptabilidad cualitativa al producto que aparece magnificado en el bodrio de la publicidad televisiva, de manera que cuanto más les zurran la badana con el anuncio, mayor calidad otorgan al producto. Y así, culimajos y repeinados difunden orgullosamente su criterio de verificación de la calidad a través de los «kilos» que se han gastado en la adquisición del coche: a más kilos, más orgullo cualitativo («common rail», EDC y todo eso). Y así, yo mismo. Voy y me compro unos zapatos, por ejemplo. Y resulta que los ciento siete euros escuecen menos si el producto es de calidad: dispone de piso cosido a mano en lugar de aparecer pegado a presión.
La dificultad, insisto, radica en afirmar criterios para reconocer la calidad aplicable a las abstracciones, como el arte, la literatura, la enseñanza.
Por todas partes se alzan voces exigiendo una enseñanza de calidad. Sería maravilloso conseguirlo. Pocas voces, sin embargo, exponen de forma imparcial ( y lúcida) en qué consiste la calidad en la enseñanza. Si acudes a cualquier foro docente, apreciarás maravillado que existen tantas opiniones sobre la calidad de la enseñanza como asistentes al acto, y aún más, porque algunos emiten opiniones diferentes según hablen al principio o al final. Y así, los enchaquetados, e incluso encorbatados, afirmarán con contundencia que la disciplina y la vuelta a los conocimientos de siempre constituyen la base imprescindible para desarrollar una enseñanza de calidad. Los enjerseizados y entrencados, por el contrario, afirmarán con solvencia que la tecnología, los ordenadores y las conexiones a Internet definen los itinerarios educacionales actuales, y no otros. Los barbudos y encoletados expondrán con displicencia que solamente el progreso y sus referentes finiseculares pueden capacitar una enseñanza de calidad dentro de un acuerdo marco docente y pluralista. En fin, alguien habrá que, empecinado en su peculiar concepto de la calidad, alabe el uso de material específico en el que sobreabunden diapositivas de penes, vulvas, pubis y cavidades vaginales, como si la idea cultural del progreso estuviera irremisiblemente ligada a las pelambreras de las ingles y de los sobacos o a las dimensiones y hechuras de las diferencias heterosexuales.
Y aunque algún lector más simpático que conspicuo piense que yo solo expongo hechos y no aporto soluciones, ahí queda esta moralina sobre la calidad educativa para su estudio.