viernes, 31 de octubre de 2014

REFLEXIÓN ATREVIDA ENTRE FACEBOOK Y CAPULLO

Esto del feisbu (como lo llama mi amigo Ángel Rusty) es una aplicación técnica sorprendente, maravillosa e increíble. Considerada una de las redes sociales más populares de la actualidad, es una interfaz virtual desarrollada en el año 2004 por cuatro estadounidenses en la ciudad de Cambridge. Chapó, genuflexión y reverencia profunda para ellos. Pero resulta que el feisbu a mí (además de reconocer lo anteriormente expuesto) me resulta dotado de la intrincada gilipollez de un capullar. Y así como un terreno en el que abundan los olivos es un olivar y otro en el que crecen los melones es un melonar, no veo por qué el arbusto en el que brotan los capullos no pueda ser un capullar. Pues no señor, no lo es. Por esas veleidades enigmáticas del lenguaje, el término capullar no se encuentra recogido en las páginas lexicográficas de la Docta Casa (DRAE). Y mira que es antiguo lo de capullo. Corominas lo data en 1490, resultado probable de un cruce entre ‘capillo’ y ‘cogulla’. Se encuentran étimos relacionados, como capucha, capuchino, capuchón y encapuchar, todos con significados referentes a capa o manto, y al antiguo capuz con el que se cubrían la cabeza. Pero de ‘capullar’, nada. Sin embargo, capullos, lo que se dice capullos, desde el siglo XV para acá, un montón. Por esa razón es por la que me atrevo a utilizar el término ‘capullar’, y sus derivados, aunque no se encuentren recogidos en el diccionario. En el terreno de la capullería, abundan los diferentes tamaños y las distintas tonalidades cromáticas. Capullos que se lo montan en gris perla son los feisbuqueros vocingleros, expertos en la hinchazón del globo para que explote a las primeras de cambio, protuberancia que utilizan para incrementar sus cuotas de audiencia, no solo para informar a los amiguetes: se trata de los feisbuqueros activos. Sin embargo, el 'me gusta' es el globo preferido por el feisbuquero pasivo. Este feisbuquero pertenece a la especie silenciosa de los peces de ciudad, aquella viajera de Joaquín Sabina que quiso enseñarme a besar en la gare d'Austerlitz, peces que bucean a ras del suelo, que no merecen nadar. El feisbuquero activo experimeta el subidón de la autoestima cuando comprueba, inflado como un globo, que ha recibido el homenaje de 527 'megusta', que es la prueba más jabonosa de la esencia de las pompas. Pero, ay, es efímera la vida de las pompas de jabón, y la persistencia de su volatilidad se convierte rápidamente en inconsistencia. De ahí a la nada no hay más que un paso. Y acaba el capullo deshojándose en el olvido, a pesar de cubrirse la cabeza con el socorrido capuchón del último 'megusta'.

martes, 28 de octubre de 2014

ALGO SOBRE LAS ENCUESTAS DE OPINIÓN

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No sé cómo podrían vivir sin encuestas hace pocos años. La encuesta es la manifestación del esplendor opinante. Así que no sé cómo el gentío podría vivir sin opinar. Increíble. La gente no opinaba. La gente trabajaba de sol a sol, suele decirse, tal vez con la exageración incomprensiva de las afirmaciones rotundas. El personal trabajaba y no opinaba, al menos nadie le pedía que manifestara su opinión. Y era tan feliz, al parecer. A nadie interesaba la opinión de los demás. 
Si a nadie interesaba la opinión de los demás, mucho menos a los que mandaban. Los que mandaban se dedicaban a eso, a mandar, que (no) era lo suyo, y ni de broma se les ocurría consultar la opinión del gentío. Hoy día no. Hoy día la encuesta constituye una magnificación de la ciudadanía, que también trabaja, aunque parezca que en vez de trabajar consume y, a la vez que consume, responde con alegría los cuestionarios de las encuestas. El problema de la encuesta reside en que de ordinario las preguntas que configuran el cuestionario están redactadas siguiendo los intereses del encuestador de manera que el gentío responda lo que al tal encuestador interesa oír. Porque para oír lo que no interesa es preferible prescindir de la encuesta.  A pesar de todo, la encuesta no define una realidad: la taxidermiza (la palabra no existe pero, puestos a exagerar, se me ocurre utilizarla). En realidad la taxidermia solo es eso: apariencia de vida, de no muerte, de no. Una encuesta en manos de los políticos, escribió Pitigrilli, es una cosa en la que toda mentira se convierte en un gráfico.

jueves, 23 de octubre de 2014

POR RARO QUE PAREZCA HAY VECES EN QUE DOS Y DOS NO SON CUATRO

Hay un  caso en el que se muestra, a mi parecer, que dos y dos no son cuatro. Es el, llamémoslo así, ‘caso Salvador Allende’. Uno es un ignorante perdido en el proceloso mar de la desinformación. Quién lo iba a decir. Con tanto leer los poemas y antipoemas de Nicanor Parra, los poemas infrarrealistas mexicanos de Roberto Bolaño, los poetas chilenos de los noventa, y al Pablo Neruda juvenil, encendido y rítmico, y al Huidobro de siempre jamás, más la experiencia lírica de Gabriela Mistral, y a Elías Letelier, y a Verónica Zondek, y a Teresa Calderón, y yo qué sé a cuantos, pues va uno y no sabe nada de Salvador Allende, excepto las cuatro cosas que sabe todo el mundo: elegido presidente en 1970 y derrocado y muerto por el golpe de Estado de Pinochet en 1973. Pero lo que uno ignoraba (sea cierto o no el supuesto) es que Salvador Allende fue cocinero antes que fraile, es decir, fue un derechudo riguroso antes que socialista mártir. Como Quevedo y su anomalía: cabizmundo y meditabajo. Así me he quedado. Porque cuando uno admira a una persona y te la ponen como que se ha dado media vuelta, pues que le entra a uno la frialdad de la desilusión. Según asegura el profesor Víctor Farías («Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros degenerados»), Allende fue, cuando ejercía como joven médico allá por 1933, fascista, antisemita y homófobo. Si es cierto, hay que admitirlo. Si es mentira, hay que rebatirlo. Pero, por lo visto, estas cosas de la desmitificación de mitos no pueden decirse en alta voz para evitar ser tachado de retrógrado y facha, lo que me inclina a pensar que a veces dos y dos no son cuatro.



miércoles, 15 de octubre de 2014

¿CREE USTED QUE HAY VALORES?

Para empezar, ahí va una pregunta intempestiva. ¿Dispone el hombre actual de ‘valores’? Ya sé que no resulta apropiado, desde el punto de vista de la retórica (la praesentatio era, o algo así), empezar el discurso con una interrogación directa. Más que nada por el sobresalto que se ocasiona al personal, porque aún no se ha acomodado en la butaca y ya lo estás obligando a que acometa la fastidiosa tarea de pensar. Así que voy y pregunto, de buenas a primeras, por los valores. (En realidad me lo pregunto a mí mismo, es mi propia pregunta, pero a ver, si uno  exterioriza las obsesiones parece que con ello se atenúan, o se espantan, las incertidumbres).
No sé si habrá alguien que lúcidamente admita hoy, a lo que se ve, la teoría de los valores, o la filosofía de los valores o, en fin, la ética de los valores. No me refiero, naturalmente, al ‘moralismo’ (que pretende hacer de lo ético la base de lo metafísico, esto ya lo explicó Kant), ni me refiero a la ética de la utilidad, esa especie de eudemonía del interés propio que convierte el provecho del individuo en único criterio de lo moral, utilitarismo que por otra parte no es de ahora, ya lo desarrolló Jeremy Bentham a principios del siglo XIX.  Me refiero, naturalmente, al concepto filosófico de ‘valor’, esa cualidad que poseen algunas realidades del espíritu por la cual son estimables, y que son explicadas por la ética (filosofía moral) como hechos morales, es decir, preceptos, normas, actitudes e incluso manifestaciones de la conciencia como patria, honor, religión o virtud. Así que volvamos a la pregunta inicial. ¿Dispone el hombre actual de valores, o al menos dispone de ellos, o los posee, tal como se cree que los poseía en épocas pasadas? En otros tiempos, según cuentan, los valores constituían un patrimonio (se supone que espiritual, y al decir espiritual me refiero a cualquier actividad que procede del espíritu) tan importante que muchos preferían morir, o eran alentados a morir, antes que perderlos. Se moría por la patria, se moría por Dios, se moría por la virtud, se moría por el honor. Otra cosa es reflexionar sobre quiénes imponían esos conceptos como valores que había que conservar y defender. Pero esto es tema para otro día.
¿Épocas de valores sólidos? Puede ser. Pero de la misma manera que se moría por la patria, se mataba por la patria. Dentro del conjunto de valores, gozaba de lugar privilegiado el de ‘morir’ por la patria. Jamás se consideró (o se disimuló, al menos) como un valor ‘matar’ por la patria. Sin embargo, cualquier acontecimiento histórico lo demuestra. Dentro del mismo bando unos morían por la patria, los que caían en el campo de batalla, y otros mataban por la patria, los que cantaban la victoria. También se moría por Dios. Los mártires, los santos, los misioneros entregaban su vida por Dios. (También se enarbolaron banderas para matar en nombre de Dios, no creas. Y aún peor: se mezclaron los conceptos de Dios y de Patria y se le roía el coco al personal para que muriese/matase en nombre de ellos). No sé si serían valores sólidos, pero la gente creía que lo eran. Había, en consecuencia, un halo de heroico resplandor en el hecho de morir , de ‘dar la vida’ por un valor de los que llamaban sacrosantos. Y los héroes o los santos eran venerados con esa especie de respeto generacional que se transmitía a través de los siglos. Hoy, sin embargo, hasta la dignidad de la muerte se ha perdido.
Ahora se han transmutado los valores. No es que se carezca de valores. No puede la persona vivir sin valores a los que aferrarse, para defenderse del desquiciamiento, cuando ventea el batacazo en el que ya no se sustenta el orden de sus ideas (si es que alguna vez las ha tenido). Acontece, sin embargo, que los valores ya no son eternos, poseen la transitoriedad de lo efímero, tal como son efímeros el poder, el dinero, la ostentación o el fútbol. Porque dentro de esta transmutación de valores, se le ha concedido al fútbol la cualidad de valor (bien se encargan de ello la televisión y la prensa deportiva, acuciadas por el afán desmesurado de ganancias). E incluso se muere por la hueca e inútil defensa de ese valor, a pesar de que también posea sus instituciones, sus héroes y sus santos. Y su fanatismo. Una religión futbolística cada vez más fanatizada. Han convertido su club en culto mistérico y al rival en enemigo a quien machacar. Los valores actuales. Más bien las «nocivas ilusiones valorales dimanadas del resentimiento», al decir de Nietzsche.


sábado, 27 de septiembre de 2014

LAS ARMAS NUNCA SON INOCENTES

La cara de mi amigo casi siempre muestra un rostro pacífico y manso, de natural bonhomía, que transmite serenidad y consejos. «Qué te pasa», le digo, «pareces mosqueado». «Nada», me dice. Yo comprendo que la negación adverbial es simplemente retórica y que, en el fondo, un cabreo sordo le desarticula los sentimientos y le aprisiona los conceptos. Cuando mi amigo muestra esta apariencia crispada, la causa de su inestabilidad emocional es la política, no falla. Para otros, la causa de sus desequilibrios es el fútbol, si juega Ronaldo o no juega Ronaldo, esas cosas, o los toros, si ERC está empeñada en que desaparezcan los toros sin tener en cuenta la representatividad folclórica de los toros ni la tradición histórica tan arraigada en el alma popular y en la concepción festiva de los españoles, claro, ellos no son españoles, son catalanes, etcétera. Así que me dirijo a él y le digo: «No tienes buena cara». «No, no la tengo», me dice. «La política, sin duda», añado. «Sí, la política», responde. «Pues no es para tanto,  en política hay que tomar las cosas como vienen». «Claro», se encrespa, «como a ti te importa un pito la política, que eres un agnóstico democrático, un tipo que no cree en la democracia, bueno, exactamente no eres eso, quiero decir, eres un tipo que no cree en la manera como los políticos organizan la democracia o la utilizan para sus fines partidistas, en fin, no sé, creo que me he liado, que eres apolítico en definitiva, aunque no creas, en realidad no existe nadie absolutamente apolítico; de la misma forma que  no existen los sinónimos absolutos porque las palabras guardan alguna relación significativa entre ellas, siquiera lejana, así las personas mantienen siempre alguna conexión ideológica de simpatía o rechazo con los grupos políticos, y precisamente quien muestra esa actitud de rechazo tal vez sea más político que el simpatizante, porque el esfuerzo del enemigo por tumbar al adversario siempre es más poderoso que el del afiliado que lleva la bandera en la manifestación. Mira si no lo del vídeo de Pedro Sánchez contra Pablo Iglesias. «Sí, creo que te has liado», le digo, «habitualmente no te embrollas de esa manera: más que una argumentación has llevado a cabo una exposición tautológica».  Es comprensible. Siempre estuvo en contra de la fabricación y venta de armas (obscena justificación del terrorismo y de las guerras, dice, y alguien habrá o debería haber que obligue a los poderosos a destruir el ingente arsenal de horrorosas, pavorosas y destructivas armas que poseen USA y Europa. Porque las armas de USA y Europa también matan). 
Guardó silencio, apretó los labios y sentenció:
—Ahora todo se justifica con los peligros del terrorismo: Franco también apelaba (siempre que pretendía justificar lo que tal vez era injustificable) a la conspiración judeo-masónica y el comunismo.

martes, 9 de septiembre de 2014

LA PARIDAD

He aquí que aparece de pronto la cosa sustantiva, pilar y sostén de la democracia: la paridad. Medios de comunicación, tertulias radiofónicas y televisivas, prensa escrita y electrónica no hablan de otra cosa. Ya se sabe qué son los medios de comunicación de masas, así los llaman, cuando les da por marear la perdiz del coto con un tema sobredimensionado. Va el asunto ahora sobre la paridad. Antes lo llamaban igualdad. Pero el término debía de resultarles plano, con olor a chamusquina de revolución francesa, y han optado por sustituirlo. Paridad. La progresía también se manifiesta en el léxico. Por esta razón se prefiere el término de ‘paridad’, menos visto y convencional, al de ‘igualdad’, más republicano y rojizo.
Tucídides, entusiasta de las ideas políticas de los sofistas, llegó a pensar que todos los hombres son iguales por naturaleza, pero concluyó que esta igualdad los enfrentaba pues nadie admitía que otro fuera igual a él. La guerra de todos contra todos, «bellum omnium contra omnes». A causa de esto, quizá, Hobbes, en su «Leviathan», sugiere que la utilidad y el apetito de mando son los determinantes exclusivos del ser en el Estado. De aquí a la arbitrariedad no hay más que un paso. Aunque los gobernantes se ‘sientan’ legitimados por las urnas, que son la metáfora de la sumisión.
Es confuso el concepto de paridad porque “todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”. No me gusta la paridad, mucho menos impuesta por ley. El ‘fifty-fifty’ llama a engaño. En las listas deben entrar los políticamente cualificados, hombres y mujeres, no los pesebrilmente arrimados.

martes, 26 de agosto de 2014

MICRORRELATO DE LOS BUITRES


Yo vivía con los buitres. Vultur era el buitre todopoderoso de la colonia. Me acomodaba entre sus alas, me aferraba a su cuello y sobrevolaba los inmensos espacios de la quebrada, girando en las corrientes de aire hacia las alturas. Vultur vencía siempre cuando se trataba de disputar la carroña. Hundía su cabeza entre las vísceras, las engullía y se acercaba a ofrecerme aquellos restos sanguinolentos. Con la cara cubierta de sangre desperté. Ha tenido usted mucha suerte, es el único superviviente, dijo la enfermera.  

sábado, 9 de agosto de 2014

LA OBSCENIDAD DE ESTOS TAMBORES DE GUERRA

Tambores de guerra (si se permite el plano denotativo) llevan sonando meses y meses. La guerra se ha desatado en muchos puntos del planeta. Curiosamente, ahora no la llaman guerra, la llaman ‘operación’. Operación es una palabra que vale lo mismo para un roto que para un descosido. Parece mentira la amplitud semántica que puede desarrollar un término cuando al personal le da por utilizarlo. Operación Salida, inicio de vacaciones. Operación Regreso, 46 muertos. Operación Mediadora, para paliar hipócritamente la guerra entre judíos y palestinos. Así que ahora no la llaman guerra, la llaman operación. Operación Irak, nuevo punto de mira antiterrorista (¿detrás del petróleo, quizá?). ¿Qué horrorosa enfermedad, qué fiebre bélica impulsa a enfrentar al hombre contra el hombre, a matar? El agujero de ozono, la contaminación de las aguas, la deforestación de los bosques, el cáncer, el ébola, no dejan de ser minucias amenazadoras para el ser humano en comparación con este ansia de matar que obsesiona a los gobernantes. Hay quien asegura que todo es una gigantesca comedia, cuyo actor protagonista es Washington (Reino Unido, Alemania, Francia, España, China) con una trama obscenamente principal: la venta de armas y el enriquecimiento de los más ricos. La obscenidad de estos tambores de guerra es aterradora. Sin embargo, es sumamente fácil que los tambores dejen de sonar: si los países citados dejaran de fabricar armas, y de venderlas, se acabarían las guerras. Cosa fácil, pero irrealizable. Si se acabase con el tráfico de armas y se destruyesen las fábricas de armamento pesado y sofisticado, bajaría el dolar, el euro, el yen y el yuan, lo que equivaldría al hundimiento de las grandes potencias económicas. Y los ricos no pueden dejar de serlo.

martes, 24 de junio de 2014

POR CERO CÉNTIMOS DE EURO PUEDE USTED HACERSE UN SELFIE

Hacerse un selfie se ha puesto tan de moda que hasta el más tonto del lugar se autorretrata para después colgar en facebook su hermoso rostro. De esta manera están proliferando ahora (siempre han existido) las performances, término que viene a significar arte en vivo, con la diferencia de que, en lugar de aparecer el/la performer en un lugar y montar de improviso su numerito, va el gentío, se autorretrata y así da a conocer al mundo virtual lo favorecida que ha salido de la peluquería y, de paso, puede hacerse más o menos famosa/o. El último episodio lo ha protagonizado la artista luxemburguesa Deborah de Robertis que, el 29 de mayo pasado, se coló en el museo D'orsay de París y, con más rostro que un saco de cemento, se sentó en el suelo delante del famoso cuadro  de Courbet, El origen del mundo, que muestra un sexo femenino en primer plano, y va la tía, se levanta su dorada falda, y muestra su sexo a los sorprendidos visitantes del museo, al tiempo que recita «yo soy el origen, yo soy todas las mujeres», cosas así. Cierto, el selfie es para colgarlo en las redes sociales, y la acción de Deborah de Robertis ha sido un acto de exhibicionismo real que alguien ha calificado de artístico. Yo, lo que digo, es que la ilimitada posibilidad de reproducción de 'cualquier cosa' puede ocasionar un desmadre social de indefinibles consecuencias.

lunes, 16 de junio de 2014

RELATO DEL HOMBRE QUE PREFIRIÓ EL MARTILLO A LAS PASTILLAS

Destruyó el móvil, el ordenador y el televisor de 22 pulgadas a martillazo limpio. Agarró el martillo y se dedicó al ejercicio de la devastación. Felicidad completa. Una sensación gratificante, hecha de furia y azúcar, le recorría el espinazo y soñaba, siquiera por un instante, que se había convertido en un ‘terminator’ doméstico. Curado. Esa triste desgana que desmultiplicaba sus neuronas y le hacía considerar la vida como algo despreciable, esa desgana se convertía en regocijo después del proceso destructivo al que sometía sus frustraciones. Porque no era más que eso. El naufragio psicológico le ofrecía una tabla de salvación: el martillazo. Era la vuelta al ser. Sólo ‘era’ en la niñez. Destruía el juguete y permanecía en la más absoluta imperturbabilidad. Como niño ‘sabía’ que el juguete era para ser destruido, a pesar de la cansina oposición familiar que lo sermoneaba a la conservación y al cuidado. Con el tiempo, adquirió la categoría adulta y, con ella, la frustración y el infortunio. Como adulto era un ser desencantado. Su destino era desear y no conseguir. La sociedad está montada para excitar la persecución del deseo, pensaba. Pocas veces (o, en todo caso, en espacios de tiempo efímeros) conseguía lo que deseaba. Por eso mismo cada vez se sentía interiormente más frustrado. Aparecía el estrés, antesala de la depresión. No había más remedio que agarrarse al martillazo, empuñar la marra  y aliarse con la destrucción. Utensilios para superar las carencias interiores. La destructoterapia como único referente, quizás, de interpretar la realidad. El dolor, la enfermedad, la injusticia, el sufrimiento de los inocentes, la muerte, eran hechos frustrantes que estaban ahí, a la vista, tan cerca, y no sabía cómo interpretarlos. Las soluciones políticas no eran suficientes. Las soluciones humanas eran inadecuadas. El mal, el odio, la violencia, la competitividad, la envidia, lo atrapaban como una malla maldita. El incendio de la sangre crispaba las relaciones y tendía trampas punzantes a la cotidianidad. Como muchos seres humanos iba negando los valores que le ayudaban a interpretar la realidad de forma pacífica. El hecho religioso pretendía ofrecer una interpretación esperanzada de la realidad pero lo consideraba como un hecho cultural trasnochado. (Camus llamó suicidio del alma al hecho de entregar el espíritu a una idea trascendente: alienación, dijo). A pesar de todo, conocía a creyentes que utilizaban el valor religioso para encontrar una justificación a la presencia del mal en el mundo y  salvarse. No para salvarse en otra vida, que desconocía, sino para salvarse en ésta. De la frustración, del desasosiego y de la desesperanza. Mientras tanto, se agarró a la marra y destrozó el ordenador, el móvil y el televisor de 22 pulgadas como terapia equilibrante. (Hacía tiempo que había arrojado al cubo de la basura el remedio espiritual de los valores).