martes, 25 de septiembre de 2018

DEL MAL Y DEL BIEN


Más bien de “El mal”. Aunque ponerse a hablar del mal a estas alturas de la civilización y del progreso es como ponerse a fotografiar pololos en las playas de Río de Janeiro. Pero, en fin, acojonado uno por los últimos acontecimientos, léase asesinatos en Siria, asesinatos en Palestina, asesinatos en Israel, asesinatos en Irak, un día tras otro, sin parar, asesinato o maltrato físico de mujeres (esos hijos de puta que degüellan o tiran por el balcón o destrozan a golpes el cráneo de la mujer que tal vez amaron, a la que prodigaron caricias, a la que hicieron madre de sus hijos…), asesinatos, violencia, horror, miedo, acojonado uno por tanto acontecimiento desastroso, decía, terrorismo, fanatismo, intimidación, crueldad, no tiene más remedio que ponerse a hablar del mal.
Qué le ocurre al hombre (demos de lado al sonsonete que si hombre que si mujer, etcétera y aceptemos, para este artículo, la norma gramatical académica que incluye en el masculino a la generalidad del ser humano). Qué le ocurre al hombre, al ser humano. Qué viento negro de maldad y perversión azota las conciencias. Si es que hay conciencia. Si es que el sentimiento del mal oprime el interior de las personas y las empuja a rechazarlo. La conciencia, esa capacidad de opción que decide en cada ocasión el destino del individuo. Qué le ocurre al hombre, que ha elegido la muerte. La muerte. El hombre contra el hombre. Homo homini lupus de Hobbes. Desde que entró el pecado en el mundo, según la descripción bíblica, el mal se adueñó del hombre. ¿Existe el mal en sí mismo? Esa es la pregunta. ¿Existe el mal y rodea al hombre y lo captura, lo aprisiona, lo aniquila? ¿O es el hombre el que engendra el mal, lo esparce, lo difunde? Nadie ha conocido la esencia del mal. Los filósofos se han devanado la sesera para acercarse a la identificación del mal. No lo han conseguido. Si acaso solían definirlo con aproximaciones analógicas, más que nada por contraposición al bien.  Llegaron a conceptuar el bien como algo que se difundía por sí mismo, algo así como partículas que se escindían de sí mismo, y se extendían. De ahí el axioma escolástico de bonum est difusivum sui. La actualidad demuestra que se confundieron. Es el mal el que se extiende, se transmite, se contagia, se generaliza. Sócrates, con su concepto del valor moral como intelectualismo —tan imitado después por la Ilustración, y así le fue el pelo— creyó que sólo con ciencia e ilustración se podía educar al hombre. «Virtud es saber», dijo. Por consiguiente, si el saber puede aprenderse, la virtud es algo que se puede enseñar. Así que Sócrates no se anduvo por las ramas y lanzó el aforismo tan repetido de que “nadie se equivoca queriendo”, vamos, algo así como que nadie hace el mal a mala leche. Esto también se lo creyó Rousseau, y no propiamente cuando rechaza la monarquía constitucional y aboga por una democracia del pueblo soberano, sino cuando se traga lo de la inocencia edénica de la naturaleza humana. Schelling, sin embargo, mandó a hacer gárgaras las teorías de Rousseau y, como buen hijo de un pastor protestante de Württemberg, se planteó el problema del mal junto con la filosofía de la libertad. Y piensa que el mal no surge, como las setas en un campo de estiércol, de una voluntad puramente racional; tiene que haber algo irracional que sea fuente del mal y de la culpa: es la discordia del absoluto, un pecado original más filosófico que bíblico, de donde nace al mismo tiempo el bien y el mal, de donde surge la lucha entre el bien y el mal, de donde procede el sentido de la historia. Así que la historia no es otra cosa que ese antagonismo entre el bien y el mal que, en cuanto abstracciones, son llevadas a cabo por el hombre. De manera que el hombre es el que hace el bien y el hombre el que hace el mal. Ideas parecidas o diferentes o semejantes o disparejas o heterogéneas o desiguales han mostrado otros pensadores a lo largo de los siglos, como Platón, Boecio, Isidoro, Böhme, Maquiavelo, Leibniz, Schopenhauer y demás rellenadores de páginas en los manuales de Historia de la Filosofía. Ninguno da en el quid. Ninguno aclara en qué consiste el mal, dónde se refugia, cómo germina en el corazón de las tinieblas.
Insisto. Qué le ocurre al hombre. Por qué elige el mal en lugar del bien. Que ciclón de fuego maligno abrasa las entrañas de los terroristas. Qué negra y sombría ofuscación les provoca el deseo de terminar la guerra de Siria en un baño de sangre. Me da igual que sean terroristas chechenos, turcos, yihadistas, musulmanes, norteamericanos, Al-Qaeda.
Es inquietante, la pregunta. ¿Dónde se esconde el mal? Casi siempre se ignora, también en los pequeños aconteceres. Leo que decenas de alcaldes del PSC quitarán la bandera española en la Diada. ¿Eso es bueno o malo? ¿Es un bien o un mal la bandera? ¿Cómo un pedazo de tela (un símbolo no más, en el sentido icónico del término) concita tantas pasiones, a favor o en contra? Pienso que el hombre no siente real, íntima, individualmente tal devoción a la bandera sino que hay ‘alguien’ que lo incita a amar por encima de todo una bandera, a odiar por encima de todo otra bandera. ¿Dónde radica el mal, en el odio exacerbado o en el amor incontrolado? Por amor a una bandera se mata; por odio a una bandera se mata. Que alguien me diga qué importa el amor, en este caso, si su defensa conlleva el odio, la destrucción, la muerte de otros seres humanos. O en qué se diferencia ese sentimiento del que mata y destruye impulsado por el odio a otra bandera. El amor y el odio confluyen, se equiparan el bien y el mal.
Los ocultos y turbios intereses personales de aquellos que rigen los destinos de los hombres han extendido el mal por el mundo, una sombra gigante y turbadora como la negra silueta del diablo, el Leviatán político de Thomas Hobbes.

jueves, 14 de junio de 2018

EL ENGAÑO 1


EL ENGAÑO Y EL VINO


Bueno, bueno, cómo nos engañan. No sé de dónde habrá salido la subespecie gnómica de que «los engañan como a chinos», porque en este asunto del engaño o todos somos chinos (cosa apodícticamente incierta por demográficamente inexacta) o también se engaña a quienes no son chinos  (cosa, a lo que parece, bastante exacta). Y es que por lo que respecta a engañar, todo el mundo engaña que es una barbaridad.
No podía ser menos. Desde que entró el pecado en el mundo, según la tradición bíblica, gracias al desparpajo sinuoso de la serpiente que engañó a Eva, las acciones humanas se asientan en cimientos psicológicos sazonados de engaño. Cualquier teogonía que se precie aspira a describir sus orígenes a base de exponer las triquiñuelas y engaños con que los dioses pretendían sobreponerse, anteponerse, humillarse y fastidiarse unos a otros. Algunos hubo que, aburridos por la continua displicencia de las diosas y alborotados por la sorprendente aparición de los encantos femeninos en forma de mujer, se largaron a por tabaco y decidieron adoptar  apariencia humana, lo cual que se metamorfosearon (que es una forma etimológica y fina de simulación y engaño) para cepillarse a hembra mortal, roídos por un deseo antropomórfico desproporcionado y rijoso. De esta forma, ejemplarizaban con sus actitudes las acciones de los mortales que, a cronología seguida, se liaron a engañarse unos a otros dando opción,  como todos sabemos, a que empezaran los primeros acontecimientos (proto)históricos.
Vengamos, sin embargo, a nuestros días. Yo soy un goloso del buen  vino. Y no es porque Horacio lo exaltara en sus 'Odas', a medias entre el tono epicúreo y estoico, o magnificara las excelencias del vino de Chipre. Me agrada el vino por ese estado de ligera levitación que induce a la amistad y a la charla. Ese equilibrio anímico de efectos gratificantes que nunca producen las alegrías ni las penas. Así que buen vino. Años y años he recorrido la Sierra de Gata (Robledillo, Descargamaría, Hoyos, Acebo, Cilleros, Villamiel...) bebiendo las excelencias del vino de pitarra sosegado en las bodegas domésticas, esas excelencias exultantes que, poco a poco, alegran el alma y convierten las rodillas en livianos copos de algodón. Es como beber algo insólitamente sagrado.  Beber la pitarra serragatina es casi beber una profanación.
Pero hay quien te chafa el invento. Ahora resulta que hay quien te engaña miserablemente y te da gato enológico por liebre. Así que ya no me atrevo. Entraba en el bar y siempre pedía ‘uno del país’. La fragancia de madera de castaño se acomodaba en la copa y la olorosa suavidad del caldo invadía el paladar con la amante persistencia de un regalo. Ahora me atenaza la desconfianza porque el aroma añejo se ha convertido en química manipulación de metasulfito y el olor a huevo podrido, característico de los compuestos sulfurosos, me provoca la mueca y el rechazo. Corre el rumor de que no es uva de la Sierra, azucarada y lenta, la que fermenta en algunas bodegas. Ha sido sustituida por uva más barata,  traída de otras tierras. Con ella se redondea una cosecha espuria porque te engañan y te hacen tragar por liebre olorosa la carne de un gato peleón y ácido. Hay quien te avisa.
—Si quieres beber buena pitarra —dicen—, tienes que dirigirte a alguien de confianza. Sólo en las bodegas de los particulares, esos que cosechan el vino seleccionado en pocas tinajas para uso familiar y doméstico, se encuentra el vino de siempre.
Así que he dejado la pitarra y me dedico a la olorosa ingesta de Reservas y Crianzas con denominación de Origen.





lunes, 5 de marzo de 2018

¿QUÉ HACER SIN EL CAFÉ?



Café, copa y puro. Constituían la tríada perfecta. Componían la santísima trinidad de los acontecimientos familiares, pongamos bodas, bautizos y cumpleaños. Establecían la tricromía visual de los anuncios taurinos. Formaban el nacimiento trillizo de la amistad y de la relación socialmente afectuosa. Pues nada. El puro ha pasado a mejor vida: quien lleva un puro en la boca es como si llevase descaradamente la manifestación indecorosa del cáncer. La copa está pasando a mejor vida, porque la vida de los bares de copas supone, en opinión de los íntegros, un reducto de degeneración y francachela en el que se alcanza, si acaso, la posesión de la desventura, abstracción quiróptera que aletea a las cinco de la madrugada. Es preferible copearse en círculos amistosos y domiciliarios.
También quieren quedarnos sin café. Los vigilantes de la playa mundial se han vestido de largo, el largo del luto y de la melancolía, y aseguran que el café es muy peligroso porque crea adicción. Estos dietéticos del Reino Unido no paran. No dicen nada del té, tan apropiado para la ceremonia y la narrativa, sobre todo si se trata del té de las cinco. Pero quieren cargarse el café. ¿Qué va a hacer el personal trabajador y administrativo si le privan del café? ¿A dónde dirigir sus pasos entre nueve y once de la mañana si dan la escapadita al bar y encuentran sellada la máquina del café? El personal clínico y sanitario, médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, auxiliares y celadores y celadoras, ¿qué harán cuando llegue el día infausto en que no puedan exprimir una gota de las cafeteras comunes, tan familiares en los reservados de los pasillos hospitalarios? El café crea adicción. Peligrosísimo. Esos científicos que de vez en cuando asoman la cabeza entre las páginas de revistas especializadas, aseguran que el café puede llegar a convertir a cualquiera en un ser digno de lástima, consumido por la cafeína, aletargado en un centro de rehabilitación para toxicómanos.
La vida se volverá triste y vacía sin la emergencia eufórica del café. Sin el café, los gobernantes se dedicarán a mandar (actividad completamente distinta a la de gobernar) y a encargar encuestas de adicción. Estoy seguro de que todos los adictos a la telefonía móvil (verdadera adicción contra la que nadie se mete, miles, millones de aparatitos móviles que generan miles, millones de euros diarios, bravo, que el gentío se aficione a los mensajes de móvil, que el personal se convierta en toxicómano, ya lo es, de tonos, de superbromas, de buzones, de nombrescolor, de besos, de graffitis, de estrellas de la fama, de logoligas, de regalosdp siete, de sonoclips, de poemas de amor y de corazones multicoloreados, una enjundiosa drogadicción al ocio movil), estoy seguro, te decía, de que los adictos a la telefonía móvil no lo serían si disfrutasen charlando alrededor de una taza de café. Pero los gobernantes no consideran peligroso el enganche al móvil porque esta adicción no genera gastos a la seguridad social. Al contrario, genera millones de ingresos a las grandes compañías, lo que hace que suba el PIB y se extienda la apariencia de que todo va bien. Sin embargo, el móvil no tiene sabor. Tiene sonido y color, pero carece de olor y, sobre todo, de sabor. Los estudiosos de la alimentación aseguran que en este siglo habrá a nuestra disposición en torno a 250 sabores que, aunque desconocidos previamente, podrían formar parte de nuestra dieta. Puede que sea así, nunca se sabe. Pero por mucho que aparezca el AMP (adenosina monofosfato), bloqueante de los sabores amargos, jamás el paladar humano podrá olvidar el regusto acibarado del café. Los medios de comunicación aseguran que la vivienda nueva ha subido un 19 por ciento, la mayor alza en 15 años. Sin embargo esa subida no es tan importante como la adicción al café, porque el Gobierno, tan ciego de consumo y de hipotecas, prefiere un fácil y engañoso bienestar económico al bienestar fisiológico del café.  Probablemente Andrés Trapiello saborea una taza de café cuando duda, se sumerge en el recelo y la desconfianza ante «determinadas novedades literarias o artísticas de moda, la última mierda comprada con dinero público para un museo, el último montaje ‘deconstruido’ de una ópera de Mozart o la vitola de ciertos éxitos de ‘prestige’ literarios».
¿Qué vamos a hacer sin la olorosa esencia del café? Nuestros hijos, nuestros nietos quedarán reducidos a fría sustancia cibernética, aterida de hombre cerebral y riguroso. Si 100 attosegundos durasen lo mismo que un segundo, un minuto equivaldría a 14.000 millones de años, la edad calculada para el universo. Refocilaciones así constituirán el aséptico sustituto del café dentro de 40 años. No somos nadie.

viernes, 16 de febrero de 2018

SOBRE LA OPINIÓN



Hace pocos días, una persona me comentaba que La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante, era una obra reiterativa y cansina, algo así como un pretexto para la descripción pormenorizada de su iniciación sexual. Le respondí que en una novela no es determinante el tema sino el tratamiento literario que se dé al tema. No nos poníamos de acuerdo. Argumenté entonces que el propio Vargas Llosa afirma que la prosa de Cabrera Infante «es una de las creaciones más personales e insólitas de nuestra lengua» y que Juan Goytisolo lo ensalza deslumbrantemente con motivo del Premio Cervantes que en 1988 se concedió al autor cubano. Todas las opiniones son respetables, dijo, pero la mía no coincide con la de esos señores. Me quedé confuso y cortado, porque la respetabilidad de una opinión depende de la categoría de quien la emite en el asunto en que la emite, así que la opinión de Vargas Llosa acerca de un asunto literario me parece respetabilísima, cosa que no ocurre si quien opina acerca del mismo asunto carece de la entidad suficiente como  para emitir tal opinión. Algo parecido me ocurrió con la última obra de Dulce Chacón, La voz dormida, criticada desfavorablemente, desde el punto de vista de la estructura narrativa, por J.M. Pozuelo Yvancos en el Cultural de ABC, crítica no admitida por mi amigo para quien el tema de la novela es espléndido, aunque no lo sea su estructura. «Además, a mí me gusta. Y mi opinión vale tanto como la de ese crítico», me dijo.
Todas las opiniones son respetables, dicen. No lo creo. No sé de dónde ha salido la parida refranera, más gnómica que popular, de que todas las opiniones son respetables. Y se mantiene el dicho con una firmeza granítica, venga o no a cuento la opinión. Hay quien expone su opinión razonadamente, utilizando argumentos apropiados que demuestran, al menos, conocimiento del hecho demostrable, y hay quien expone su opinión tozuda y tercamente, esgrimiendo argumentos tan escasamente convincentes como el ‘porque lo digo yo’ o ‘porque a mí me lo parece’ o ‘porque me gusta’. Y, curiosamente, mientras el instruido expone su opinión simplemente para razonar de alguna manera sobre un hecho cuestionable, sin la pretensión de convencer al oyente, el energúmeno desavisado y cenutrio expone la suya desprovista de fundamentos de razón, como si en ello le fuera la vida, hasta el punto de que considera como enemigo a quien no se la acepta o se la rectifica. Desconocen estos opinadores el aforismo del sahadi persa, ese que afirma que quien expone su opinión sin que se la pidan lo único que expone es su propia imbecilidad. Para mí que el personal anda muy confundido en esto de la opinión. Contribuyen a abundar en esta desorientación opinadora determinados canales de Internet que piden la opinión indiscriminada del personal sobre cualquier clase de asuntos, aun los no considerados como importantes por la mayoría ciudadana. Y no estoy de acuerdo en eso de que todas las opiniones son respetables. Hay que respetar la opinión del técnico o del entendido en la materia sobre la que se opina. Pero ¿por qué tengo yo que respetar la opinión de un tipo que expele ventosidades opinantes sin venir a cuento? 
Se ha generalizado un concepto perverso de democracia que defiende que las opiniones de todos sobre cualquier cosa son equiparables, dice José Antonio Marina. Así que se vayan a tomar por donde puedan los que afirman que todas las opiniones son respetables. Ni hablar. Respeto la opinión de alguien que por sus méritos o por su reconocimiento universal, o por su dominio de un tema (sea científico, mecánico, fontanero o albañil) puede mostrar una opinión enriquecedora. Pero no admito como respetable la opinión del gilipollas que no sabe de la misa la media acerca de un tema y se pone a opinar de él como si repartiera patentes de calidad. Que se la respete el memo de turno que lo escucha o que le toca escucharlo. Tanta opinión respetable. (Pues tampoco la mía, listo).

sábado, 10 de febrero de 2018

LO DE ESCRIBIR, ESA COSA



Desde que leí lo de Javier Marías ando cabizbajo. «Imprenta o fuego», decía él. Se refería al hecho dificultoso de la escritura, aun teniendo facilidad e imaginación para escribir, y a la minuciosidad y trabajo que conlleva el acto de crear una novela, corregirla, depurarla, dotarla de naturaleza artística e insuflarle vida verosímil. Aun así, miles, cientos de miles de personas, gente de toda clase y condición, preparada y no preparada, culta y analfabeta, toñín y maruja, ha escrito  novelas «o ansía un día escribirlas». Asegura Javier Marías que cuando, en su momento, visitó la Feria de Francfort, tuvo «la sensación de gota de agua en el océano» que le produjo la contemplación de cientos de stands repletos de libros, catálogos en los que aparecían millones de libros. Es la sensación «de ser superfluo», la abrumada convicción de que nada va a cambiar porque yo escriba una novela. No me extraña que el autor asegure (¿o es también ficción narrativa?) que duda si arrojar al fuego la última novela que está escribiendo, o terminando de escribir, o que ya ha terminado, no recuerdo.
No fue ficción narrativa, sin embargo, el extremo al que llegó en cierta ocasión Rafael Sánchez Ferlosio. Acababa yo de publicar mi primer poemario (1982 o por ahí) y me dijo un día Leopoldo Gutiérrez, senior (q.e.p.d.): A ver si me pasas algún ejemplar, que me gusta leerte. Se lo entregué en su consulta de otorrinolaringólogo, en la Corredera, y hablamos de libros y autores. Me contó entonces que una tarde se dirigió al palacio de los Duques de Alba (llamado ‘de la Camisona’, en Coria) para visitar a Rafael, con quien mantenía cierta relación amistosa de juventud. Ferlosio se disponía a arrojar a las llamas de la chimenea el manuscrito de su, entonces, última novela, cosa que hizo, fastidiado por el acoso de los editores. A propósito de esta anécdota, varias veces me ha aguijoneado la intención de comentarla directamente con el propio Sánchez Ferlosio. Con frecuencia me cruzo con él en alguna calle de Coria, o en el paseo de la Isla acompañado de Jesús Domínguez, o  sentado en la terraza de Alkarika embebido en sus reflexiones, o charlando con Gonzalo Hidalgo. Lo saludo y me dice, ¡Qué hay, Máximo!, pero no me decido a preguntarle por la quema de su manuscrito. (Máximo era el nombre de mi padre, peluquero que le arreglaba el pelo, así como a su padre, don Rafael Sánchez Mazas durante las estancias en Coria). 
Vuelvo al principio. Si Javier Marías ha sentido tentaciones de arrojar al fuego su última novela; si Rafael Sánchez Ferlosio arrojó, en cierta ocasión,  su manuscrito al fuego; si estos espléndidos escritores, inscritos ahora mismo entre los mejores de las letras españolas, con reconocimiento general y unánime de lectores y crítica, si estos autores, ya digo, se consideran como gota de agua en el océano de la publicación (Marías), o con la tímida  humildad personal que lo desenfatiza (Ferlosio), a ver qué hacemos los que escribimos de vez en cuando cuatro cosas deslavazadas y, estas sí, probablemente prescindibles.
Así que una especie de depresión literaria me ataca las meninges cuando observo las ingentes cantidades de escritores (?) que he visto en Internet, escritores (?) exultantes, pagados de sí mismos, descubridores de mediterráneos narrativos o poéticos, para qué se me ocurriría entrar en la dirección web hallada, una de esas que pululan a cientos por los portales internáuticos dedicadas a la cosa literaria: cientos, miles de escritores, tropecientos escritores, poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas de todo el mundo (sobre todo poetas, qué bárbaro, y cuentistas), buscadores incansables del tesoro que sustenta la raíz del éxito. Resulta sorprendente la cantidad de gente que se dedica a escribir: jubilados, amas de casa, honestos funcionarios, empleados de banca, músicos callejeros y hasta despreocupados y mangantes... Ahora, eso sí, los que más inciden en el hecho escribidor son los jóvenes y los enterados (de pueblo). Se entiende que a un joven (se me hace difícil el femenino jóvena, pero lo tengo en cuenta) lo posea el apetecible anhelo de la escritura y acaricie sueños de celebridad y editoriales. Pero un enterado “que no ha escrito ni una línea” en su trabajadora vida venga, a estas alturas de la maduración, a autodefinirse como escritor porque lee sus alucinaciones romanceadas en la fiesta del Libro, no deja de aparecer como una pretensión extrema. Tal vez yo sea capaz de mirar el nivel de aceite del cárter de mi coche e incluso de hurgar en el carburador si el caso lo requiere. Tal vez yo sea capaz de adquirir en cualquier carrefour unos módulos empaquetados y montar con ellos un zapatero para colocar, obviamente, los zapatos en un rincón de la cochera. Tal vez yo sea capaz de arreglar un enchufe e incluso de desmontar el halógeno de la lámpara del salón, que acaba de fundirse. En ningún caso, sin embargo, se me ocurrirá afirmar a causa de dichas capacidades que soy mecánico, electricista o carpintero. Mucho menos, de fina carpintería.
La enseñanza literaria era fundamental en programas y métodos al finalizar el Imperio romano. Prisciano, profesor en Bizancio durante 27 años, compuso su Praeexercitamina para mostrar a sus discípulos cómo habían de componer un relato o una fábula, variar las figuras retóricas o desarrollar un tema siguiendo reglas determinadas. Ahora cualquier chichirimundi, desconocedor de reglas y de técnicas, se cree un Garcilaso surgido de alguna O. T. literaria.

(Acotación: este artículo fue publicado en HOY en septiembre de 2002. Jesús Domínguez me dijo unos días después que, hablando con Ferlosio sobre el tema, Rafael le comentó que jamás se le había ocurrido lanzar al fuego ninguno de sus escritos).






viernes, 2 de febrero de 2018

El premio Planeta


Sin ir más lejos, el Planeta. Descalificado, dicen los medianamente cultos. Una mierda el Planeta, concedido de antemano y negociada su publicación con autor/a que posea excelente capacidad de reclamo y que pueda asegurar ventas millonarias. A lo más, lo leo pero no lo compro, oyes por ahí. (Encima, jeta abusona). Sin embargo, edición miliejemplarizada, miles de ejemplares en quioscos y escaparates, como rosquillos encuadernados, esa producción en masa de la tahona editorial para abastecer las tendencias gastronómicas de los adictos a la bollería lectora.
A pesar de todo, si caes por cualquier ámbito funcionarial o docente puedes escuchar conversaciones cultas tipo,
—Oye, ¿has leído el Planeta de este año?
—¿Yo? Prefiero tragarme un programa de Jorge Javier Vázquez y su Sálvame Limón.
Y así.
Desde la afilada hendidura de la confusión, pregunto: ¿Quién lo lee si todo el mundo se marca el farol de que no lo lee? ¿Quién lo compra si el personal afirma que se lo prestan, afirmación que abunda en ese vergonzoso y oculto concepto del préstamo atribuido a la pasamanería de las cintas porno? Así y todo, se asegura que el Planeta vende. ¿A lectores ostentosamente cultos? ¿A eruditos gravemente incultos? ¿A docentes fatigosamente hartos de páginas? ¿A agentes de la bolsa? ¿A sindicalistas empedernidos? ¿A la policía montada del Canadá? Es un misterio. El misterio de la venta embrujada. Hay quien asegura, no obstante, que si el Planeta vende doscientos cincuenta mil ejemplares de la primera tacada, por algo será.
En términos parecidos se asentaba la discusión que yo mantenía con mi suegro para quien “Sálvame Limón" era un buen programa televisivo porque poseía uno de los share más altos de audiencia. Y aunque mi cabezona machaconería repetía centenares de veces que los millones de teledrogados no justifican la calidad de un programa televisivo (ni los miles de lectores la calidad de una obra narrativa), mi suegro se cerraba en banda y aseguraba con esa certidumbre que se asienta en la evidencia que si tantos lo ven (o la leen) por algo será. ¡Ah, esa amplitud inabarcablemente misteriosa del indefinido!
Concluyo. Solamente la patanería lectora (los críticos son pajas de otro pajar) o los movidos por intereses editoriales, se atreven a calificar una obra literaria con criterios extra literarios. Que así no sea.

martes, 27 de junio de 2017

A PROPÓSITO DEL ORGULLO GAY

Madrid Orgullo 2017. Desde:
viernes
23 de junio
Hasta:
domingo
2 de julio

Quede claro de antemano que carezco de prejuicios sexistas, aunque soy heterosexual. Esta proposición adversativa posee su quid restrictivamente semántico, pues hay quien piensa que, a priori, toda persona heterosexual, por el hecho de serlo, tiene que adoptar y adopta posiciones contrarias a la opción homosexual. Y no es así. O no lo es al menos en mi caso. Respeto las opciones sexuales de cada persona y me parece de perlas la fórmula con la que se reformó el artículo 44 del Código Civil: «La identidad del sexo de los contrayentes no impedirá la celebración del matrimonio, su validez y sus efectos». Me alegro por ellos. Con una alegría racional, ciudadana y democrática. Pero vamos, que no voy a ponerme a dar saltos de alegría y a palmear la espalda de los conocidos que encuentre por la acera mientras comentamos festivamente el acontecimiento. Ni tanto ni tan calvo. Simplemente, aceptar adecuada al tiempo histórico en que vivimos la decisión de consentir legales las uniones civiles entre homosexuales, accediendo así a una reivindicación durante largo tiempo manifestada para conseguir de una vez el reconocimiento de su dignidad, su libertad y su igualdad de derechos. 

viernes, 9 de junio de 2017

¡QUÉ BIEN QUEDA HABLAR DE PROGRESO!

¡Qué bien queda hablar de progreso! Y hasta hay quien se considera culto, importante y muy actualizado porque arroja la palabra «progreso» como un arma cortante en su defensa personal. Sin embargo, la idea del progreso es vieja. Tan vieja como las ideas. Cuando decimos que las ideas gobiernan el mundo o que ejercen un poder decisivo en la Historia, pensamos generalmente en dos grupos de ideas:  el primer grupo reúne aquellas ideas cuya realización depende de la voluntad humana, como la libertad, la tolerancia o la igualdad de oportunidades, por ejemplo. A lo largo de los tiempos, estas ideas han sido (y son) objeto de aprobación o de rechazo según se consideren buenas o malas (útiles o inútiles para colmar las aspiraciones humanas), y no por ser verdaderas o falsas. El segundo grupo de ideas puede tener importancia en la determinación de la conducta humana y, sin embargo, no dependen de la voluntad del hombre. Son ideas referentes a los misterios de la vida, el Destino, la Providencia, el dolor de los inocentes, la inmortalidad personal. Estas ideas pueden actuar de manera importante sobre las formas de desarrollo social y son aprobadas o rechazadas no por su utilidad o perjudicialidad sino porque se las supone verdaderas o falsas. Los regímenes absolutistas y dictatoriales siempre han gobernado manipulando el ventilador ideológico a través de ideas supuestamente verdaderas para imponerlas, o falsas para rechazarlas, aunque su veracidad o falsedad fuese impuesta por decreto. Los gobiernos democráticos (ojo, tampoco hay que echar las campanas al vuelo, tampoco es oro, ni siquiera plata, ni siquiera bronce ¿latón, quizá? todo lo que reluce en democracia) los gobiernos democráticos, decía, difunden su calendario ideológico a través de ideas supuestamente útiles o inútiles para conseguir el bienestar social, sin plantearse el hecho de que sean verdaderas o falsas. Y se hace consistir en ello el progreso.

miércoles, 17 de mayo de 2017

MALA SUERTE LA DEL PROFETA

Me refiero al proverbio que dice que nadie es profeta en su tierra. Creo que nuestra dignísima Real Academia de la Lengua no acierta cuando define al profeta, acepción 2, como «hombre que por señales o cálculos hechos previamente, conjetura y predice acontecimientos futuros». El profeta es el que habla en nombre de la divinidad, no el adivino. Mala suerte la del profeta. Casi siempre el profeta se cree alguien. Un sorprendente ramalazo de locura religiosa, literaria, política, artística, taurina, constructora, comercial, le trepana la sesera a edad temprana y se jura a sí mismo (en una especie de reconversión psicológica de la personalidad) saltar la barrera del terruño analfabeto y destacar en lo que le gusta. Ojalá no lo hubieras hecho, forastero. Porque es eso. A partir del momento en que el profeta decide ser distinto, destacar (e incluso triunfar, palabra maldita) en el modo de vida que escogió, a partir de ese momento se convierte en forastero en su tierra y el gentío va a por él con uñas y dientes. Pero quién se cree que es, ese fantoche, si es hijo del carpintero, del zapatero, del peluquero, del tabernero. El profeta no tiene nada que hacer en un país, en una región, en un pueblo caracterizado por la envidia, una sombra bañada de tristeza y penumbra que prefiere perder dos euros si consigue que el vecino no gane uno. Hay que joderse. Al tipo (antiprofeta) se le revuelven las tripas si advierte que alguien perteneciente a su mismo gremio empieza a destacar. Y comienza la siega por debajo de los pies. Esto de segar la hierba requiere su técnica. Hay que utilizar la guadaña con perfecta habilidad. Con suavidad y disimulo. No hablar del profeta, ni a favor ni en contra. Olvidarlo, ignorarlo. El guadañero sabe que el nombre del profeta no debe aparecer por ningún sitio. Si manifiestamente habla o escribe en su contra, está al mismo tiempo hablando de él, publicitándolo (horror de palabro). Esta referencia puede atraer el interés del personal hacia el mensaje profetizador. ¿Por qué hablan mal de él? ¿Tendrá o no razón el descalificador? Para comprobarlo, puede que el gentío se dirija a escuchar al profeta. Hay que evitar esta posible decisión de la muchedumbre. La táctica es olvidar al profeta, ignorarlo, ningunearlo. Mobbing a todo pasto, que dicen los puestos en la tarea del ninguneo. El profeta se encuentra sobre su alfombra de césped anunciando el valor poético, el valor político, el valor narrativo, cualquier valor del que se considera ‘mensajero’ (esto es ser profeta, el profeta no es un adivino, ya se dijo) y no advierte que poco a poco (o lo advierte con espanto) la hierba va desapareciendo debajo de sus pies hasta que llega el día en que su calzado se encuentra lleno de polvo. Suele ocurrir también que el profeta habita en muchos prados verdes, triunfa, y le da a los guadañadores por donde escuecen los pepinos. Cambia entonces la cosa y el guadañador se convierte en abonador. Poco a poco para que no se note. Para que nadie diga que el tipejo le da la vuelta a la tortilla. Y hasta es posible que, llegado el caso, el profeta deje de ser profeta y se transmute (en una especie de transustanciación epidérmica y gloriosa) en personaje aplaudido, aclamado y venerado. Siempre fuera de su tierra, naturalmente. Quiero terminar el bolo con una minisentencia latina que aprendí de chico: “Qui potest capere capiat”.

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lunes, 8 de mayo de 2017

EL DESTRUCTOTERAPEUTA



Cosas. Un empresario soriano ofreció hace años la posibilidad de destrozar ordenadores, televisores, coches y otros aparatos para combatir el estrés. Terapia antiestrés a base de destruir. A falta de pan buenas son tortas. El coche carraca que no soporta la ITV, el matusalénico televisor 240 windows 3.11, el molinillo de café sin aspas, la impresora dinosáurica de 1 ppm son, entre otros, objetos susceptibles de destrucción. Agarras el hacha y te dedicas ferozmente al ejercicio de la devastación. Felicidad completa. Una sensación gratificante, hecha de furia y azúcar, te recorre el espinazo y sueñas, siquiera por un instante, que te has convertido en un ‘terminator’ doméstico, ferozmente insaciable. Curado. Esa triste desgana que desmultiplica tus neuronas y te hace considerar la vida como algo despreciable, incluso miserable y mezquino hasta el punto, según los casos, de odiarla, esa desgana se convierte en satisfacción y regocijo después del proceso destructivo al que has sometido tus frustraciones. Porque no es más que eso. El naufragio psicológico contra el que combates te ofrece una tabla de salvación: el martillazo. Es la vuelta al ser. Uno sólo ‘es’ en la niñez. El niño destruye el juguete y permanece en la más absoluta imperturbabilidad. El niño ‘sabe’ que el juguete es para ser destruido, a pesar de la cansina oposición materna que lo sermonea y lo insta a la conservación y al cuidado. Con el tiempo, la persona adquiere la categoría adulta y, con ella, la frustración y el infortunio. El adulto es un ser desencantado. Su destino es desear y no conseguir. La sociedad está montada para excitar la persecución del deseo. Pocas veces (o, en todo caso, en espacios de tiempo efímeros) se consigue lo que se desea. Por eso mismo el deseo es permanente. Por eso mismo la persona cada vez se siente interiormente más frustrada. Aparece el estrés, antesala de la depresión. «El sufrimiento moral de la depresión es semejante a la idea del pozo profundo, húmedo y negro, y además de noche», dijo un médico. Así que no hay más remedio que agarrarse al martillazo,  empuñar la marra  y aliarse con la destrucción. La marra y el martillo, supongo, no son más que utensilios para superar las carencias interiores. Una sociedad empeñada en la laicización no tiene más remedio que utilizar la destructoterapia como único referente, quizás, de interpretar la realidad. El dolor, la enfermedad, la injusticia, el sufrimiento de los inocentes, la muerte, son hechos frustrantes que están ahí, a la vista, tan cerca, y nadie sabe cómo interpretarlos. Las soluciones políticas no son suficientes. Las soluciones humanas son inadecuadas. El mal, el odio, la violencia, la competitividad, la envidia, la guerra, nos rodean y atrapan como una malla maldita. El incendio de la sangre crispa las relaciones y tiende trampas punzantes a la cotidianidad inmediata. El ser humano va negando poco a poco los valores que le ayudan a interpretar la realidad de forma pacífica. El hecho religioso, tan denostado actualmente, pretende precisamente ofrecer una interpretación esperanzada de la realidad pero la mayoría lo considera, si acaso, como un hecho cultural trasnochado. (Camus llamó suicidio del alma al hecho de entregar el espíritu a una idea trascendente: alienación, dijo). A pesar de todo, muchos creyentes utilizan el valor religioso para encontrar una justificación a la presencia del mal en el mundo y  salvarse. No para salvarse en otra vida, que no sé, sino para salvarse en ésta. De la frustración, del desasosiego y de la desesperanza. Mientras tanto, agarrémonos a la marra, por si acaso, y destrocemos el ordenador y el móvil como terapia equilibrante, ya que hemos arrojado al cubo de la basura el remedio espiritual de los valores.