Cosas. Un empresario soriano ofreció hace años la posibilidad de destrozar
ordenadores, televisores, coches y otros aparatos para combatir el estrés. Terapia
antiestrés a base de destruir. A falta de pan buenas son tortas. El coche
carraca que no soporta la ITV, el matusalénico televisor 240 windows 3.11, el
molinillo de café sin aspas, la impresora dinosáurica de 1 ppm son, entre
otros, objetos susceptibles de destrucción. Agarras el hacha y te dedicas ferozmente
al ejercicio de la devastación. Felicidad completa. Una sensación gratificante,
hecha de furia y azúcar, te recorre el espinazo y sueñas, siquiera por un
instante, que te has convertido en un ‘terminator’ doméstico, ferozmente
insaciable. Curado. Esa triste desgana que desmultiplica tus neuronas y te hace
considerar la vida como algo despreciable, incluso miserable y mezquino hasta
el punto, según los casos, de odiarla, esa desgana se convierte en satisfacción
y regocijo después del proceso destructivo al que has sometido tus
frustraciones. Porque no es más que eso. El naufragio psicológico contra el que
combates te ofrece una tabla de salvación: el martillazo. Es la vuelta al ser. Uno
sólo ‘es’ en la niñez. El niño destruye el juguete y permanece en la más
absoluta imperturbabilidad. El niño ‘sabe’ que el juguete es para ser
destruido, a pesar de la cansina oposición materna que lo sermonea y lo insta a
la conservación y al cuidado. Con el tiempo, la persona adquiere la categoría
adulta y, con ella, la frustración y el infortunio. El adulto es un ser
desencantado. Su destino es desear y no conseguir. La sociedad está montada
para excitar la persecución del deseo. Pocas veces (o, en todo caso, en
espacios de tiempo efímeros) se consigue lo que se desea. Por eso mismo el
deseo es permanente. Por eso mismo la persona cada vez se siente interiormente
más frustrada. Aparece el estrés, antesala de la depresión. «El sufrimiento
moral de la depresión es semejante a la idea del pozo profundo, húmedo y negro,
y además de noche», dijo un médico. Así que no hay más remedio que agarrarse al
martillazo, empuñar la marra y aliarse con la destrucción. La marra y el
martillo, supongo, no son más que utensilios para superar las carencias
interiores. Una sociedad empeñada en la laicización no tiene más remedio que
utilizar la destructoterapia como único referente, quizás, de interpretar la
realidad. El dolor, la enfermedad, la injusticia, el sufrimiento de los
inocentes, la muerte, son hechos frustrantes que están ahí, a la vista, tan
cerca, y nadie sabe cómo interpretarlos. Las soluciones políticas no son
suficientes. Las soluciones humanas son inadecuadas. El mal, el odio, la
violencia, la competitividad, la envidia, la guerra, nos rodean y atrapan como una malla
maldita. El incendio de la sangre crispa las relaciones y tiende trampas
punzantes a la cotidianidad inmediata. El ser humano va negando poco a poco los
valores que le ayudan a interpretar la realidad de forma pacífica. El hecho
religioso, tan denostado actualmente, pretende precisamente ofrecer una
interpretación esperanzada de la realidad pero la mayoría lo considera, si
acaso, como un hecho cultural trasnochado. (Camus llamó suicidio del alma al
hecho de entregar el espíritu a una idea trascendente: alienación, dijo). A pesar de todo, muchos creyentes utilizan el
valor religioso para encontrar una justificación a la presencia del mal en el
mundo y salvarse. No para salvarse en
otra vida, que no sé, sino para salvarse en ésta. De la frustración, del
desasosiego y de la desesperanza. Mientras tanto, agarrémonos a la marra, por
si acaso, y destrocemos el ordenador y el móvil como terapia equilibrante, ya
que hemos arrojado al cubo de la basura el remedio espiritual de los valores.No pretendo tener razón. Lo que para mí es acertado, puede ser desacertado para otros.
lunes, 8 de mayo de 2017
EL DESTRUCTOTERAPEUTA
Cosas. Un empresario soriano ofreció hace años la posibilidad de destrozar
ordenadores, televisores, coches y otros aparatos para combatir el estrés. Terapia
antiestrés a base de destruir. A falta de pan buenas son tortas. El coche
carraca que no soporta la ITV, el matusalénico televisor 240 windows 3.11, el
molinillo de café sin aspas, la impresora dinosáurica de 1 ppm son, entre
otros, objetos susceptibles de destrucción. Agarras el hacha y te dedicas ferozmente
al ejercicio de la devastación. Felicidad completa. Una sensación gratificante,
hecha de furia y azúcar, te recorre el espinazo y sueñas, siquiera por un
instante, que te has convertido en un ‘terminator’ doméstico, ferozmente
insaciable. Curado. Esa triste desgana que desmultiplica tus neuronas y te hace
considerar la vida como algo despreciable, incluso miserable y mezquino hasta
el punto, según los casos, de odiarla, esa desgana se convierte en satisfacción
y regocijo después del proceso destructivo al que has sometido tus
frustraciones. Porque no es más que eso. El naufragio psicológico contra el que
combates te ofrece una tabla de salvación: el martillazo. Es la vuelta al ser. Uno
sólo ‘es’ en la niñez. El niño destruye el juguete y permanece en la más
absoluta imperturbabilidad. El niño ‘sabe’ que el juguete es para ser
destruido, a pesar de la cansina oposición materna que lo sermonea y lo insta a
la conservación y al cuidado. Con el tiempo, la persona adquiere la categoría
adulta y, con ella, la frustración y el infortunio. El adulto es un ser
desencantado. Su destino es desear y no conseguir. La sociedad está montada
para excitar la persecución del deseo. Pocas veces (o, en todo caso, en
espacios de tiempo efímeros) se consigue lo que se desea. Por eso mismo el
deseo es permanente. Por eso mismo la persona cada vez se siente interiormente
más frustrada. Aparece el estrés, antesala de la depresión. «El sufrimiento
moral de la depresión es semejante a la idea del pozo profundo, húmedo y negro,
y además de noche», dijo un médico. Así que no hay más remedio que agarrarse al
martillazo, empuñar la marra y aliarse con la destrucción. La marra y el
martillo, supongo, no son más que utensilios para superar las carencias
interiores. Una sociedad empeñada en la laicización no tiene más remedio que
utilizar la destructoterapia como único referente, quizás, de interpretar la
realidad. El dolor, la enfermedad, la injusticia, el sufrimiento de los
inocentes, la muerte, son hechos frustrantes que están ahí, a la vista, tan
cerca, y nadie sabe cómo interpretarlos. Las soluciones políticas no son
suficientes. Las soluciones humanas son inadecuadas. El mal, el odio, la
violencia, la competitividad, la envidia, la guerra, nos rodean y atrapan como una malla
maldita. El incendio de la sangre crispa las relaciones y tiende trampas
punzantes a la cotidianidad inmediata. El ser humano va negando poco a poco los
valores que le ayudan a interpretar la realidad de forma pacífica. El hecho
religioso, tan denostado actualmente, pretende precisamente ofrecer una
interpretación esperanzada de la realidad pero la mayoría lo considera, si
acaso, como un hecho cultural trasnochado. (Camus llamó suicidio del alma al
hecho de entregar el espíritu a una idea trascendente: alienación, dijo). A pesar de todo, muchos creyentes utilizan el
valor religioso para encontrar una justificación a la presencia del mal en el
mundo y salvarse. No para salvarse en
otra vida, que no sé, sino para salvarse en ésta. De la frustración, del
desasosiego y de la desesperanza. Mientras tanto, agarrémonos a la marra, por
si acaso, y destrocemos el ordenador y el móvil como terapia equilibrante, ya
que hemos arrojado al cubo de la basura el remedio espiritual de los valores.martes, 25 de abril de 2017
NORTE DE EXTREMADURA, MI TIERRA
No es el Día de Extremadura, pero como se habla tanto de Autonomías,
Autodeterminaciones, Estatutos, Naciones, Nacionalidades y demás
reivindicaciones o exigencias o pretensiones o ínfulas de derechos históricos
(lo de ínfulas tómese según la acepción 3 del diccionario académico, porque la
cosa no va de adornos ni cintas colgantes), pues mira, yo voy a hablar algo de
Extremadura, que dicen los "históricos" que no tiene donde caerse muerta, porque no airea
reivindicaciones ni exigencias ni pretensiones de estatutos, naciones,
nacionalidades, autodeterminaciones y demás zarandajas entresacadas de las
vísceras de los derechos históricos. Así y todo, empieza a surgir ahora una
especie de sentimiento (lo llaman conciencia) regional que intenta traspasar el
corazón regionalista de los extremeños. Hizo bien Rodríguez Ibarra con el
intento de lanzar “Marca Extremadura” para potenciar la imagen de calidad de la
región y espantar los estereotipos. Porque zumba cojones los sambenitos que nos
cuelgan a los extremeños. Viajo con frecuencia fuera de Extremadura y las
personas con las que me relaciono me dicen, entre la acusación y el
convencimiento, que qué coños hacéis en tu tierra que no levanta cabeza, tío,
que siempre andáis a la cola en la cosa de la renta per cápita. Como no soy
economista, mis argumentos defensivos no se fundamentan en datos concretos entresacados
de los balances y los estudios de mercadotecnia pero, vamos, que no me corto, y
les digo, por ejemplo, que Cáceres fue la primera provincia española que contó
con telefonía fija en todas y cada una de sus poblaciones. Me miran con cierta
incredulidad socialmente benefactora. «¿En las Hurdes también?», me preguntan. «También», les respondo.
«Cuando en las aldeas más remotas y alejadas de las Hurdes (por otra parte de
una belleza incomparable) ya existía el teléfono, todavía no estaba instalado
en muchas zonas rurales de Castilla-León». No me creen. Piensan que les hablo
con ese impulso visceral que tiende a la magnificación del terruño. Pero yo
sigo en mis trece, y les doy la vara con lo de las carreteras comarcales, que
en la zona norte de la provincia de Cáceres, por ejemplo, son carreteras
estupendas, sobre todo si se comparan con las suyas. En la Sierra de Gata hay buenas
carreteras. Desde Coria hasta el límite de la provincia de Salamanca, camino de
Ciudad Rodrigo, la carretera es excelente, cosa que no ocurre al pasar a
Castilla una vez franqueado el puerto de Perales. Las carreteras que cruzan las
Hurdes, por citar algunas, son carreteras excelentes (tampoco vas a exigir
autovías por todas partes, gilipollas) y se transforman en malas carreteras
cuando se cruza el límite con la provincia de Salamanca. La carretera de
Valverde a Hervás, que atraviesa la zona norte y salva el pantano de Gabriel y
Galán, es una carretera estupenda. Y, qué coño, hasta caminos rurales de tierra
y piedras sueltas que yo recorría en moto hace años, con peligro de partirme la
crisma o despellejarme las palmas de las manos, cosa que me ocurrió alguna vez,
ahora están preparados con una grave dignidad asfáltica. Ya quisieran otras
provincias, en las zonas rurales, disponer de nuestras carreteras.
Tenemos que alejar a Extremadura de los tópicos y los estereotipos: la
sequía, el atraso y la incultura. Ni hablar. Disponemos de la grandiosa belleza
vegetal del Valle, de la Vera ,
de la Sierra
de Gata o de las Hurdes. Y otra cosa, hermano: no te rayes por hablar con la
pronunciación extremeña. Las eses fricativas y silbantes (castellanas) no desarrollan una
entidad cultural mayor que las eses aspiradas (extremeñas).
sábado, 15 de abril de 2017
OYE, QUE NOS QUIEREN QUITAR EL CAFÉ
Café, copa y puro. Constituían la tríada perfecta. Componían
la santísima trinidad de los acontecimientos familiares, pongamos bodas,
bautizos y cumpleaños. Establecían la tricromía visual de los anuncios
taurinos. Formaban el nacimiento trillizo de la amistad y de la relación
socialmente afectuosa. Pues nada. El puro ha pasado a mejor vida: quien lleva
un puro en la boca es como si llevase descaradamente la manifestación
indecorosa del cáncer. La copa está pasando a mejor vida, porque la vida de los
bares de copas supone, en opinión de los íntegros, un reducto de degeneración y
francachela en el que se alcanza, si acaso, la posesión de la desventura, esa
abstracción quiróptera que aletea a las cinco de la madrugada. Es preferible copearse
en círculos amistosos y domiciliarios.
También quieren quedarnos sin café. Los vigilantes de la
playa mundial se han vestido de largo, el largo del luto y de la melancolía, y
aseguran que el café es muy peligroso porque crea adicción. Estos dietéticos
del Reino Unido no paran. No dicen nada del té, tan apropiado para la ceremonia
y la narrativa, sobre todo si se trata del té de las cinco. Pero quieren
cargarse el café. ¿Qué va a hacer el personal trabajador y administrativo si le
privan del café? ¿A dónde dirigir sus pasos entre nueve y once de la mañana si
dan la escapadita al bar y encuentran sellada la máquina del café? El personal
clínico y sanitario, médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, auxiliares y
celadores y celadoras, ¿qué harán cuando llegue el día infausto en que no
puedan exprimir una gota de las cafeteras comunes, tan familiares en los
reservados de los pasillos hospitalarios? El café crea adicción. Peligrosísimo.
Esos científicos que de vez en cuando asoman la cabeza entre las páginas de
revistas especializadas, aseguran que el café puede llegar a convertir a
cualquiera en un ser digno de lástima, consumido por la cafeína, aletargado en
un centro de rehabilitación para toxicómanos.
La vida se volverá triste y vacía sin la emergencia eufórica
del café. Sin el café, los gobernantes se dedicarán a mandar (actividad
completamente distinta a la de gobernar) y a encargar encuestas de adicción.
Estoy seguro de que todos los adictos a la telefonía móvil (verdadera adicción
contra la que nadie se mete, miles, millones de aparatitos móviles que generan
miles, millones de euros diarios, bravo, que el gentío se aficione a los
mensajes de móvil, que el personal se convierta en toxicómano, ya lo es, de
tonos, de superbromas, de buzones, de nombrescolor, de besos, de graffitis, de
estrellas de la fama, de logoligas, de regalosdp siete, de sonoclips, de poemas
de amor y de corazones multicoloreados, una enjundiosa drogadicción al ocio
movil), estoy seguro, te decía, de que los adictos a la telefonía móvil no lo
serían si disfrutasen charlando alrededor de una taza de café. Pero los
gobernantes no consideran peligroso el enganche al móvil porque esta adicción
no genera gastos a la seguridad social. Al contrario, genera millones de
ingresos a las grandes compañías, lo que hace que suba el PIB y se extienda la
apariencia de que todo va bien. Sin embargo, el móvil no tiene sabor. Tiene
sonido y color, pero carece de olor y, sobre todo, de sabor. Los estudiosos de
la alimentación aseguran que en este siglo habrá a nuestra disposición en torno
a 250 sabores que, aunque desconocidos previamente, podrían formar parte de
nuestra dieta. Puede que sea así, nunca se sabe. Pero por mucho que aparezca el
AMP (adenosina monofosfato), bloqueante de los sabores amargos, jamás el
paladar humano podrá olvidar el regusto acibarado del café. Los medios de
comunicación aseguran que la vivienda nueva ha subido un 19 por ciento, la
mayor alza en 15 años. Sin embargo esa subida no es tan importante como la
adicción al café, porque el Gobierno, tan ciego de consumo y de hipotecas,
prefiere un fácil y engañoso bienestar económico al bienestar fisiológico del
café. Alrededor de un café humeante,
seguro que no se han sentado los artífices del proyecto de centro de arte
contemporáneo de Gijón. Me refiero al epitafio que le han colgado: «Centro de
Arte Actual y Creación Industrial La
Laboral ». Al rededor de un café no se ensucia un rótulo con
tal abominación de mayúsculas. Bajo la aromática estela del café no se enhila
una cacofonía tan horrendamente rematada con el sufijo -al. Probablemente
Andrés Trapiello saborea una taza de café cuando duda, se sumerge en el recelo
y la desconfianza ante «determinadas novedades literarias o artísticas de moda,
la última mierda comprada con dinero público para un museo, el último montaje
‘deconstruido’ de una ópera de Mozart o la vitola de ciertos éxitos de
‘prestige’ literarios».
¿Qué vamos a hacer sin la olorosa esencia del café? Nuestros
hijos, nuestros nietos quedarán reducidos a fría sustancia cibernética, aterida
de hombre cerebral y riguroso. Si 100 attosegundos durasen lo mismo que un
segundo, un minuto equivaldría a 14.000 millones de años, la edad calculada
para el universo. Refocilaciones así constituirán el aséptico sustituto del
café dentro de 40 años. No somos nadie.
jueves, 30 de marzo de 2017
IDEOLOGÍAS
(El siguiente artículo apareció publicado en HOY, periódico regional de Extremadura, el día 15 de febrero de 2004. Me parece oportuno reproducirlo ahora).
Eran las 21 horas y 43 minutos del día 11 de febrero de 2004.
El árbitro Iturralde González cometió una acción insólita y execrable: expulsó
del terreno de juego a Zinedine Zidane por propinar un blandengue soplamocos a
Pablo Alfaro. En aquel preciso instante, toda España se puso a discutir
apasionadamente la licitud o ilicitud de la decisión arbitral. El Sevilla
ganaba 1-0 y las consecuencias podían convertirse en trágicamente irreparables
para el Real Madrid. El bar se convirtió, pues, en una olla de grillos. Yo
consumía mi cerveza junto a la barra y me dirigí a uno de los vociferantes,
«Que si tienes ideología», le pregunté, «¿Cómo?», se sorprendió irritado, «Que si
tienes ideas fundamentales, o sea, ideología», respondí, «¿Tú estás sonado o
qué?», me dijo. Y añadió, «Mira con lo que me sale el tío éste, lo que es a mí
ya pueden irse a tomar por saco todas las ideologías del mundo, que a mí con
que se clasifique el Madrid me basta y me sobra». Ideologías.
Se ha hablado del ocaso de las ideologías. Es más, hay quien
asegura que las ideologías han muerto. Como al «Dios ha muerto» estampado en el
umbral de la filosofía de Nietzsche, quizá también podría dedicarse un rótulo
mortuorio a las portadas de los manuales que pretenden explicar las ideologías.
Los expertos en definiciones aseguran que la «ideología es un
conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona,
colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso, político,
etc».(DRAE). Lo que habría que averiguar es cuál es ese conjunto de ideas
fundamentales y, fuera del conjunto, cuáles son esas ideas fundamentales. Por
otra parte, habría que considerar si las ideas fundamentales le sobrevienen a
la persona desde fuera, impuestas por el poder, o surgen en su interior como
producto de su propia libertad. Ideas fundamentales. ¡Qué esplendoroso se
manifiesta a veces el poder de las palabras! Lo patético de todo este
intrincado asunto está en que, según dicen, el mundo se rige por un conjunto de
ideas fundamentales que la mayoría desconoce y que la minoría no acepta.
El personal actúa, esto es incuestionable, impulsado por
ideas. Cuando la gente (individualizada en yo, tú, él, ella, nosotros,
vosotros, ellos, ellas) actúa, lo hace por algo. Ese ‘algo’ es la causa de su
actuación, es su idea, fundamental o no. Y así, cuando un imbécil (usted
comprende, uno de esos tragavientos con la pinza floja que va perdiendo aceite
mental cada dos pasos) comete una gilipollez tipo conducir en sentido contrario
al de la marcha y mata a cuatro personas que viajan tan tranquilas para pasar
las vacaciones en el pueblo, uno va y se pregunta: ¿actúa el imbécil
conforme a alguna idea de las llamadas fundamentales o, al contrario, lo hace
porque no conoce o no reconoce o no le sale de la pera admitir las ideas
fundamentales? ¿Qué ideología o conjunto de ideas fundamentales sirve de combustible al
bólido descerebrado del infractor? Y así, cuando un hijo de puta maltrata a la
mujer a la que tal vez amó, esa con la que
hizo planes de cariño y de futuro, esa con la que tantas veces tal vez
alimentó la cercanía del afecto, cuando un hijo de puta, repito, degüella a la
mujer con la que comparte el lecho, o la acuchilla salvajemente, o la tira por
la ventana de un sexto piso, o la golpea hasta desfigurarle el rostro, o la
apalea hasta romperle los huesos, cuando un hijo de puta, repito, comete esas
acciones execrables, ¿acaso lo hace impulsado por alguna idea fundamental? ¿Acaso el hijo de puta
actúa condicionado por alguna ideología? (Paréntesis permisivo: ante la
excandecencia expositiva, sepan quienes este artículo leyeren, mayormente los
lectores desavisados, que los términos ‘gilipollez’ e ‘hijo de puta’ se
encuentran registrados en el maternal diccionario de la lengua española y que,
en consecuencia, son académicamente correctos).
Suele ocurrir también que hay quien mantiene viva la
ideología, aunque haya muerto, tal como se mantiene viva a la bisabuela, aunque
no haya muerto, y se proclama por todas partes que uno lucha por sus ideas,
disfrazadas frecuentemente con el interesante nombre de ‘ideales’, y que
estaría dispuesto a todo por defenderlos. Subyace aquí una actitud defensiva,
la actitud de quien repele un ataque, que no tendría por qué referirse a los
ideales, porque las ideas fundamentales o ideología deben ser adoptadas
libremente sin necesidad de imposición alguna,
y si tienen que defenderse es porque alguien las ataca, y si alguien las
ataca y se opone a ellas es porque no las acepta o porque le han sido impuestas
de alguna manera por el impositor de turno.
La candente actualidad, caracterizada por una ausencia
estremecedora de ideales y por una carencia casi absoluta de valores, está
expuesta a la despersonalización y a la nada. No sé si habrá que concluir,
pesimistamente, que la ideología es una coraza, más bien un baluarte, que los
conductores de masas desarrollan para enmascarar las contradicciones y para
defenderse ante la historia.
viernes, 17 de marzo de 2017
MEDITACIÓN
Naturalmente, meditación espiritual. Estos (norte)americanos es que son
capaces de practicar el surfing con papel de estraza. Ahora nos salen con los
beneficios de la meditación espiritual. Jo, tío, es el descubrimiento del mediterráneo
interior. Meditación espiritual versus
meditación secular. Lo ha conseguido un equipo de la universidad de Ohio, la
Bowling Green State University. (Que viene a ser algo así como la Universidad Estatal
de Campo de Bolos. ¿Será un bolo la cosa de la meditación espiritual?). Resulta
que el equipo investigador ha descubierto que «la meditación espiritual es más
relajante y eficaz contra el dolor que la secular». La contraposición no es
adecuada si, según entiendo, la noticia atribuye a la meditación espiritual el
hecho de pensar en Dios y sus divinos misterios y, por el contrario, a la
meditación secular el pensamiento que gira alrededor de uno mismo. Saben
ustedes, esas frases sacadas de los florilegios norteamericanos (Selecciones
del Reader’s Digest, por ejemplo) para estimular la autoestima: estoy contento, soy feliz, la
vida es bella, benefíciese del cepillo dental, a la ancianidad sin el tabaco,
media hora de footing diario…
Se medita en el amor que Dios ha manifestado a los hombres, en las verdades
teológicas, en los frutos salvíficos de la redención o en la salvación del alma.
Pero no sé hasta qué punto es apropiado meditar en una demostración matemática.
En el teorema de Pitágoras se piensa, o se discurre. Pero no se medita. A no
ser que la sensibilidad teórica se mantenga tan a flor de piel que el solo
pensamiento de la proposición científica susceptible de ser demostrada haga
saltar las lágrimas al enamorado de los axiomas. No es raro. Yo conocí en
Salamanca a un padre jesuita, profesor de griego clásico, que lloraba cada vez
que recitaba de memoria los pasmosos y épicos versos de Homero que narran la
cólera de Aquiles. Pero vamos, no es el caso. Aquí de lo que se trata es de que
la meditación espiritual, esa que utiliza las frases de «Dios es amor» o «Dios
es paz» o «Dios te ama», repetidas una y otra vez en el turbio interior de la
conciencia, resultan relajantes e incluso eficaces contra el dolor físico o
moral, contra la ansiedad y el estrés. Cosa que no consigue la ‘meditación
secular’ (estoy contento, soy feliz, el Madrid es el mejor equipo del mundo,
cosas así).
Que la meditación espiritual produce
beneficios psicológicos es cosa sabida desde antiguo. Las personas de vida
contemplativa adquieren la paz interior porque “creen” en los efectos de la
meditación. El creyente busca, con la aceptación (fe) de una realidad
trascendente, la interpretación de la realidad circundante. El problema del
dolor, de la injusticia, del sufrimiento de los inocentes, del mal, encuentra
así una interpretación que tranquiliza y sosiega. Ese es el fruto de la
meditación espiritual. Otros buscan la interpretación tranquilizadora de la
realidad en el budismo o en otras filosofías de la vida. Y también encuentran
sosiego. Como las monjitas con sus rezos letánicos. Paz y tranquilidad.
Y puesto ya en plan de didactismo benefactor, prefiero cien veces la
frase-ejemplo de meditación espiritual «Dios es amor», tan vacía de contenido según
muchos, a la estupidez televisiva de Eva Noche: «La vida es un pedo que suena
por dos y huele por tres», ejemplo apodíctico de meditación secular. Aunque
puede que haya alguien (muchos) a quien tranquilice la roña escatológica de la ordinariez.
Que le aproveche.
viernes, 17 de febrero de 2017
LA MARAVILLA DE LOS VIAJES
Como buen depredador, no suelo excederme en abandonar los límites de
mi dominio: la Sierra de Gata. En ella me adentro, a la caza de sensaciones. Lo
reconozco, sin embargo. Viajar, lo que se dice viajar, le gusta a todo el mundo. Así que, este verano, tuve que viajar. En efecto,
después de no pocas vacilaciones y algunas discusiones, no
hubo más remedio que dejarme arrastrar hasta Italia. Ya sabes, Roma, Milán,
Florencia, Pisa y todo eso. Y a pesar de las diarreas de algunos, las migrañas
de otros y el cansancio de casi todos, a las seis de la mañana tocaban diana y
la guía nos remolcaba por los itinerarios turísticos a uña de caballo, con esa pertinacia en el descubrimiento que obsesiona a los
exploradores o los arqueólogos. Las maravillas visuales ofertadas en los
folletos informativos se quedaban en ofertas, de manera que ver, veíamos poco,
atosigados por la apresurada abundancia artística de los monumentos y por el
atontamiento gregario del gentío. Pero oler, bluf, nos hartábamos de oler. No
había más que entrar en la mierda del Coliseo y el olor de siete millones de
meadas de japoneses te perforaba la pituitaria con esos prolongados pinchazos
de la desventura o el amoníaco. Como si los japoneses no tuvieran otro
mingitorio en el planeta que el que han localizado en el Coliseo. Milán es otra
cosa. Y a pesar de los rincones fascinantes que en ella han encontrado los
diseñadores y la moda, las colas para entrar en la Scala se alargaban de forma
interminable de manera que, transcurridas tres horas, un hormigueo devastador
se apoderaba de tus piernas junto a una dilatada mala leche, cosa que te
obligaba a sordos juramentos y a la personal promesa de que jamás volverías a
caer en la gilipollez mental de engancharte a una cola de aspecto borreguil a
sacar entradas para la ópera. Y qué decirte de Florencia, la ciudad
de todos los genios. Desde la plaza del Duomo hasta la plaza de la Santa
Croce, finas hilachas amarillentas se deslizaban junto a las aceras justo en
el lugar oportuno para que tu pie se pringase con las olorosas boñigas de los
caballos. Y encima, cuando regresas a la tribu, transcurridos ocho días de
insomnios e indigestiones, es obligatorio afirmar que todo ha
constituido una experiencia gratificante y un viaje maravilloso (si no quieres
caer en el descrédito o en la patanería).
Así que prefiero adentrarme en los dominios de la Sierra de Gata a contemplar esos atardeceres otoñales cargados de ocres, amarillos y pardos. No
tienes más que subir de Cadalso a Robledillo de Gata para sentir el diáfano contacto
con la naturaleza. Y te ves de pronto en medio de una dimensión cosmológica y
perfecta. Tú no eres tú, en ese momento eres otro que acaba de instalarse en el
sosiego de los pinos, en el suave seno de las montañas. No hay mayor placer que distribuir la perfección a tu antojo. Es tu
mirada la que nutre los regatos, la que eleva el horizonte a la cualidad de
diáfano, la que adentra la soledad en el coto de la belleza. Eres tú el que
concede el silencio, ese pudor que los castaños desparraman por el paisaje en
una especie de desnudamiento vegetal y cromático.
Lo malo está en que no puedes contárselo a nadie. Si los colegas
magnifican el fin de semana en Londres trotando por Kengsington street y
sus restaurantes de atmósfera bohemia (el hojaldre de riñones es que alucina,
tío), si los colegas aseguran, además, que las torretas del Tower bridge
son una maravilla de la ingeniería victoriana, tú ya es que no puedes ni abrir
el pico. De pueblo que es uno, qué remedio.
martes, 14 de febrero de 2017
NUNCA POSEEMOS LA RAZÓN
Opiniones. Todo son opiniones, y el gentío no se convence de
la volatilidad de las opiniones. "No sabes lo que dices", es la respuesta a la
opinión contraria. La alusión al Madrid como equipo galáctico, la diatriba
contra los árbitros, la afirmación cacereña de su capitalidad cultural, la
creencia en el poder omnímodo de los EE UU, no dejan de ser opiniones. ¿Qué
tiene de particular, pues, que unos las acepten y otros las rechacen? Lo
realmente complicado del asunto reside en que el tipo que expone su opinión
pretende, casi siempre, convencer a quien lo escucha de que esa opinión, la
suya, es la única verdadera. El oyente pretende lo mismo y al convertirse, acto
seguido, en exponente, se genera una fuerza de choque que embiste
recíprocamente, imposibilitando el acuerdo mental. Olvidan los perorantes que
opinar es dar un parecer, no asentar una verdad, y que el ámbito de la verdad
es tan oculto e intrincado que, normalmente, la mente humana es incapaz de
descubrirlo, mucho menos de exponerlo.
Parménides escribió un poema en dos partes: Sobre la
naturaleza. Los hexámetros de la primera parte exponen que sólo es válido
el conocimiento dado por la razón, y que de la naturaleza y de los hombres no
tenemos conocimiento cierto. La segunda parte concluye que los vulgares
mortales, eso somos, adquirimos el conocimiento a través de los sentidos y que,
por lo tanto, no poseemos la razón: sólo disponemos de la opinión.
martes, 31 de enero de 2017
LA COSA DE ESCRIBIR
Desde que leí lo de Javier Marías ando cabizbajo. «Imprenta o
fuego», decía él. Se refería al hecho dificultoso de la escritura, aun teniendo
facilidad e imaginación para escribir, y a la minuciosidad y trabajo que
conlleva el acto de crear una novela, corregirla, depurarla, dotarla de
naturaleza artística e insuflarle vida verosímil. Aun así, miles, cientos de
miles de personas, gente de toda clase y condición, preparada y no preparada,
culta y analfabeta, toñín y maruja, ha escrito
novelas «o ansía un día escribirlas». Asegura Javier Marías que cuando,
en su momento, visitó la Feria de Francfort, tuvo «la sensación de gota de agua
en el océano» que le produjo la contemplación de cientos de stands
repletos de libros, catálogos en los que aparecían millones de libros. Es la
sensación «de ser superfluo», la abrumada convicción de que nada va a cambiar
porque yo escriba una novela. No me extraña que el autor asegure (¿o es también ficción
narrativa?) que duda si arrojar al fuego la última novela que está escribiendo,
o terminando de escribir, o que ya ha terminado, no recuerdo.
Si Javier Marías ha sentido tentaciones
de arrojar al fuego su última novela; si este espléndido escritor, inscrito ahora mismo entre los mejores de las
letras españolas, con reconocimiento general y unánime (más o menos) de
lectores y crítica, si este autor, ya digo, se considera como gota de agua
en el océano de la publicación, a ver qué hacemos los que escribimos de vez en cuando cuatro cosas
deslavazadas y, estas sí, probablemente prescindibles.
Así que una especie de depresión literaria me ataca las
meninges cuando observo en Internet a cientos, miles de escritores, tropecientos
escritores, poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas de todo el mundo (sobre
todo poetas, qué bárbaro, y cuentistas), buscadores incansables del tesoro que
sustenta la raíz del éxito. Resulta sorprendente la cantidad de gente que se
dedica a escribir: jubilados, amas de casa, honestos funcionarios, empleados de
banca, músicos callejeros y hasta despreocupados y mangantes... Se entiende que a un joven (se me hace difícil el femenino jóvena,
pero lo tengo en cuenta) lo posea el apetecible anhelo de la escritura y
acaricie sueños de celebridad y editoriales. Pero un enterado “que no ha
escrito ni una línea” en su trabajadora vida venga, a estas alturas de la
maduración, a autodefinirse como escritor porque lee sus alucinaciones
romanceadas en la fiesta del Libro, no deja de aparecer como una pretensión
extrema. Tal vez yo sea capaz de mirar el nivel de aceite del cárter de mi
coche e incluso de hurgar en el carburador si el caso lo requiere. Tal vez yo
sea capaz de adquirir en cualquier carrefour unos módulos empaquetados y montar
con ellos un zapatero para colocar, obviamente, los zapatos en un rincón de la
cochera. Tal vez yo sea capaz de arreglar un enchufe e incluso de desmontar el
halógeno de la lámpara del salón, que acaba de fundirse. En ningún caso, sin
embargo, se me ocurrirá afirmar a causa de dichas capacidades que soy mecánico,
electricista o carpintero. Mucho menos, de fina carpintería.
La enseñanza literaria era fundamental en programas y métodos
al finalizar el Imperio romano. Prisciano, profesor en Bizancio durante 27
años, compuso su Praeexercitamina para mostrar a sus discípulos cómo
habían de componer un relato o una fábula, variar las figuras retóricas o
desarrollar un tema siguiendo reglas determinadas. Ahora cualquier
chichirimundi, desconocedor de reglas y de técnicas, se cree un Vargas Llosa.
lunes, 23 de enero de 2017
LA INOCENCIA DE ARISTÓTELES
»
»Corrupción política, en términos generales, es el mal uso del poder público para conseguir una ventaja ilegítima, generalmente de forma secreta y privada. El término opuesto a corrupción política es transparencia. Por esta razón se puede hablar del nivel de corrupción o de transparencia de un Estado.»
Resulta casi enternecedor considerar la inocencia aristotélica de la Política , obra en
la que el autor estagirita la considera como una grandiosa organización de la
moralidad. Aunque resulte extenso, merece la pena citarlo: «El Estado no es un
expediente para atender y satisfacer las necesidades del ser físico del hombre,
ni tampoco una colosal empresa en el terreno de la economía o del comercio, o
una institución para la autoafirmación del poderío político. Todas estas
finalidades las persigue el Estado; pero su auténtica tarea es la vida ‘buena’
y ‘perfecta’, es decir, el ideal de la humanidad moral y espiritualmente
cultivada y ennoblecida» (Pol. Γ, 9).
Es como para echarse a llorar. Es como una de esas citas que uno
leía en aquellas vidas de santos, de admirable y sorprendente idealismo místico
pero de imposible e irrealizable ejercicio práctico. (Hay que tener en cuenta,
no obstante, que los manuscritos que transcriben la Política no son
antiguos ni se conservan en buen estado. La fuente más vieja es una traducción
latina del siglo XIII. Bien pudiera el traductor haber interpolado algún texto
según el deseo político de su señor).
Así que no tiene uno más remedio que comparar la inocencia
política de Aristóteles con las finalidades primordiales a las que los Estados
se dedican en la actualidad, según se ve.
a) Si nos atenemos a la tendencia globalizadora, parece que
cualquier Estado se dedica casi exclusivamente a atender las necesidades
físicas del hombre. Para ello liberaliza los elementos de producción y permite
que los grandes capitales (extranjeros) organicen el ocio y el trabajo
ciudadanos, pero no para que su vida sea ‘buena’ y ‘perfecta’ sino para
desarrollar un consumismo psicológico destinado a que el personal pique de
manera ignominiosa y atiborre de euros gigantescas e ignotas cuentas bancarias.
Los ricos cada vez más ricos. Y los antiglobalización cada vez más gilipollas
(dicen).
b) Si nos atenemos a lo del Estado como una colosal empresa
en el terreno de la economía o del comercio, el lector objetivo (políticamente
aséptico, que ya es difícil, quiero decir) puede observar con/sin estupor el
descomunal montón de basura corrupta que aparece (y huele) a poco que cualquier
golpe de viento remueva la costra del pudridero. Hojeas la prensa diaria y,
bueno, se te caen acongojadamente los palos del sombrajo. No hay Estado,
Autonomía, provincia o ayuntamiento del que no emane con mayor o menor intensidad
(depende del enconamiento de la prensa investigadora) un insoportable hedor a
perro muerto que perfora descreídamente la pituitaria política. Ahí están el caso Correa (Bárcenas y sus 'fondos de pensiones'. Ahí está el recentísimo caso Mercurio FMC en el ayuntamineto de Sabadell). Ahí está la hediondez del caso Taula (Ciegsa y la construcción de colegios). Ahí están los archiconocidos ERE's de Andalucía y de Asturias, todavía sin resolver... Y no sólo los políticos corruptos, también los incorruptos se apuntan a la
chupada esporádica, más o menos legal, de la dieta y el dispendio olorosos.
Reuniones, convenciones, exposiciones, inauguraciones, deliberaciones,
mediaciones, consensos y hasta primeras piedras y discursos y concursos
literarios. El peloteo es clamoroso. El político es un ser que ha sido
inventado para reunirse, asegura Juan Manuel de Prada. Sorprendente y apabullante. Lo sorprendente resulta de que, en la mayoría de los casos, la
reunión jamás produce un efecto positivo, puesto que siempre hay que volver a
reunirse en próximas fechas. Lo apabullante resulta de que, en todos los casos,
las reuniones, convenciones, inauguraciones, exposiciones, etc., llevan
aparejado, como albarda gastronómica y/o crematística, un generoso papeo
institucional al que se apunta indiscriminadamente todo político que se precie.
Y el gentío se pregunta, mosqueado, por qué coños los políticos no empiezan sus
reuniones o inauguraciones a las ocho de la mañana, como todo quisque, con lo
que a las doce estarían libres para ir a comer cada uno a su casa. La cosa
institucional se ahorraría un pastón en catering y dietas.
c) Si nos atenemos a que el Estado no debe ser una
institución para la autoafirmación del poderío político, cuán errados estamos.
Las infinitas e inacabables peloteras políticas (Ley de partidos, por ejemplo)
no tienen nada que ver con el bienestar de los ciudadanos.
El olor a basura y a muertos es tan descomunalmente
inaguantable que solamente la inocencia de Aristóteles puede servirnos de
mascarilla para soportar la emanación de la podredumbre. Si acaso.
lunes, 16 de enero de 2017
DE PALABRA
Es una obviedad asegurar que vivimos rodeados de palabras, especie de
burbuja fónica en la que estamos inmersos, sin apenas poder salir de ella, como
esos niños aprisionados en la burbuja de plástico acosados por una extraña e
incurable enfermedad. Somos sólo palabras, afirma Rosa Montero doblegada por la
decepción existencialista que atenaza a la hija del Caníbal. La alegría que
sientes no es más que eso, una palabra, una cabalgada en la grupa efímera de
sílabas entrelazadas que simulan un estado de euforia irreal. La tristeza, sin
embargo, es una palabra sólida y apesadumbrada que adquiere una consistencia
continua a través de cada centímetro de la piel, una psoriasis ortográfica que
impone sus reglas para la construcción correcta del aniquilamiento. Sales a la
calle y ahí está la palabra hablada, asomada a la boca del vecino para desearte
unos buenos días inútiles y precisos. Enciendes la radio y ahí está la palabra
hablada, agazapada en la rutilancia de las ondas, emergiendo de la garganta
inagotable de los divulgadores de noticias, repicando ficticiamente en los
ululantes campanillos de la publicidad, arrasando tonemas en la paleta
magnificación de los grupos musicales, anegando conceptos en las voces
autosuficientes y algo idiotas de los que participan (y cobran) en las
tertulias. Abres el periódico y ahí está la palabra escrita, sobremultiplicada
por el atiborramiento tipográfico de sus más de cuarenta o cincuenta páginas,
la palabra herida por el rayo negruzco de la tipografía, palabra utilizada
para acusar, para denostar, para fingir,
para mentir, palabra manipulada para llevar el ascua de la opinión a la sardina
políticamente interesada, palabra forzada a expresar lo que ella misma no
expresa, palabra violada como una virgen indefensa. Quizá por eso la palabra
está en caída libre, al menos así lo afirma Juan José Millás, una caída hacia
el abismo defensivo del ocultamiento, «no ya porque ninguna promesa verbal o
escrita valga un duro, sino porque hay miedo a significarse». Nadie utiliza la
palabra para decir lo que piensa. Cómo manifestar en público la íntima desnudez
de las opiniones, cómo utilizar la palabra para dejar al aire las vergüenzas de
los convencimientos, cómo sacar a relucir la indigencia de los criterios. Uno disimula
lo que puede y, en este trance simulatorio y ficticio, se utiliza la palabra
para ocultar el pensamiento, ya lo dijo Talleyrand. No hay educación de la
palabra o, al menos, no hay cultura de la palabra. Y uno se pregunta para qué
valen tantas horas de docencia de la palabra. La palabra como valor literario,
por ejemplo. Existe una separación absoluta entre la palabra como recurso
literario y la palabra como recurso vital. Desde la lírica primitiva hasta
ahora mismo, la palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso literario,
para expresar los sentimientos. Desde la batalla de La Janda hasta ahora mismo, la
palabra se ha utilizado, en tanto en cuanto recurso vital, para ocultar el
pensamiento. Quizá ello se deba a la misma proliferación de la palabra. El oro
es valioso no por su naturaleza áurea sino por ser un mineral escaso. Si fuese
tan abundante como el agua el índice monetario tendría que buscarse un nuevo
valor referencial. Precisamente la devaluación de la palabra tal vez obedezca a
esa abundancia verborreica asentada en cualquier medio de comunicación. De ahí
su empobrecimiento. Contribuye a ello también su misma esencia fugaz. La
palabra nace y muere simultáneamente y su cadáver diminuto va a engrosar el
cementerio de lo efímero. Verba volant. Scripta manent. Aunque no sabe uno por
cuánto tiempo permanecerá la palabra escrita. La iconoclastia ortográfica se
abre paso a velocidad cibernética. Para qué el empeño de la ortografía. Para
qué la implantación de unas reglas de uso obligado cuando la práctica diaria
las va arrojando al cubo de la basura escrita. Quizá tuviera razón García
Márquez cuando se manifestó a favor de la abolición de la ortografía, esa
esclavitud escolar supeditada al latigazo del suspenso. Con la utilización del
móvil se han hecho añicos las reglas ortográficas. La economía lingüística de
André Martinet se está convirtiendo en economía ortográfica de uso
irreversible. MNSJS D MV.hl conxi.a dixo mikl q xq no t viens sta noxe xa
ca.cnt.no t kds en cas. t kiero. 1b. (Supongo que habrá que traducirlo:
MENSAJES DE MÓVIL. Hola, Conchi!. Ha dicho Mikel que por qué no te vienes esta
noche para acá. Contesta. No te quedes en casa. Te quiero. Un beso).
Definitivo. El 1b es la puntilla de la ortografía y la estructura labial de la palabra.
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