miércoles, 27 de abril de 2016

OBSCENIDAD DEL RAZONAMIENTO



Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin atenerse a razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas. Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas). Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las chuletillas de cordero. Y argumentan: «Pues no serán tan malos los programas. Si todo el mundo los ve, por algo será». Definitivo. El razonamiento es tan apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio. 

viernes, 22 de abril de 2016

CONFUSIONES

(Publiqué este artículo en el HOY hace doce años. Puede ser una metáfora de los aconteceres de hoy día).


CONFUSIONES
JUAN  GARODRI


—Qué lucidez —dicen unos.
—Qué ingenuidad —dicen otros.
Entras en el bar, fuente no tan viciada de opiniones, y el personal dice eso, qué lucidez, qué ingenuidad.
Leire Pajín, carita rechoncha de muñeca pintada y chochona, ella, tan joven y tan peripuesta, tan secretaria de Estado de Cooperación (bien podían explicarnos en qué consiste la cosa), ella, Leire Pajín, aparece en la pantalla televisiva hablando de la transición pacífica en Cuba y va y dice que «los españoles tienen una relación con el pueblo cubano histórica».
—Tiene más razón que un santo —afirma un conforme. Siempre ha mantenido España una relación fluida con Cuba que puede considerarse histórica por mantenerse a lo largo de varias centurias (obviedad).
—España con Cuba —dice un discordante—. Pero no España con Fidel Castro. El dictador no “es” Cuba. El dictador se ha apoderado de Cuba.
—Y ahora viene la Leire —dice un acólito del discordante—, y suelta que el diputado Moragas divide a los españoles con su intentona de entrevistar a los disidentes cubanos.
Cerveza. Otro Lagares. Tapa de setas y pimiento. Queremos saber a quién pretende confundir la Leire con esta arrimadura del ascua a la propia sardina.
—Es que zumba cojones la cosa —dice un discrepante—. De forma que el tal Pinochet es un dictador, tirano, asesino y tal, y Fidel Castro ni es dictador ni nada.
—Por qué uno sí y otro no —pregunta un retorcido—. O sea, que la dictadura de derechas es reprobable y la de izquierdas es tolerable.
—La dictadura simpática —vocea un resabiado—, así la llama Zoé Valdés en un duro artículo contra el régimen castrista (y contra los intelectuales de izquierdas). O sea, que los disidentes cubanos disienten porque les sale de la telilla del escroto, no porque aspiren a derrocar al tirano y conseguir una Cuba libre y democrática.
Un listo levanta la voz: por qué los izquierdosos, los progretas, los manifas, toda esa calaña  amalgamada de uncidos al yugo de uno u otro signo, lanzan el solo de ópera y dejan estupefacto al patio de butacas, por qué.
Cerveza. Otro de Payva. Tapa de riñones al jerez.
—Nuestro Señor Presidente del Gobierno —tercia un enterado— don José Luis Rodríguez Zapatero, abundando en la confusión, va y confunde (redundancia) “nación” con “nacionalidad”. «No me preocupa el concepto de nación catalana», dijo.
—Hombre —prosigue el enterado—, hacer declaraciones para evaluar sus seis meses de gobierno y largar que la palabra “nación” es un concepto discutible es como afirmar la discutibilidad de la esencia. Ese talante expositivo confunde al pueblo llano y provoca el remolino existencial de la democracia.
—Menos mal que nuestro Presidente regional, Rodríguez Ibarra —dice un enfervorizado—, los tiene así de gordos (el personal asiente y lo comenta con  fruición) y proclama en todos los foros con claridad meridiana (tópico) no sólo la validez permanente del concepto de “nación”, sino también la realidad histórica de “nación española”.
—Así se habla —dice un conformista—, y añade: al menos Ibarra no juega a confundirnos en esto de la nación y la nacionalidad.
—En caso contrario —interviene un chistoso—, ya hubiera instaurado el castúo como asignatura obligatoria en los currículos de Primaria y Secundaria extremeños.
—No te quepa la menor duda —afirma un leído.
—Aunque la confusión gorda —silba un tordo que bebe Viña Mayor—, viene del rumor (certeza) circulante: Gallardón no se opuso a Esperanza Aguirre para apoderarse de la Autonomía madrileña.
—¿No?
—¡No! Gallardón es el candidato de Polanco para tumbar a Rajoy.
—¡Hostia, tú, me has tirado el vino!

Cabizbajos nos largamos, alvidriados en lo confuso.

jueves, 14 de abril de 2016

LA DESAPARICIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS

Hay quien asegura que la sociedad actual está totalmente mediatizada (idiotizada) por el consumismo debido a su irreversible identificación con la falta de valores. Esta ausencia de valores tiene una causa: la desaparición de las ideologías. Toda ideología, que en el plano teórico desarrolla un cuerpo de doctrina coherente, en el plano práctico se traduce en unos comportamientos que empujan a actuar en un sentido determinado: son los valores inherentes a esa ideología. Así que, oh lector, si la sociedad carece de valores es porque las ideologías (soporte de esos valores) se han derrumbado. ¡Cataplaff! A la muerte de Dios, aseverada por el irracionalismo intuicionista de Nietzsche, se une ahora la muerte de las ideologías, o al menos su infarto de miocardio. Pero no te turbes, lector conspicuo, que para eso están Macridis y Hulling dispuestos a la implantación del bypass ideológico. Sostienen los tíos que de morir las ideologías, nada. Que las ideologías perviven y constituyen en sí mismas el ‘sustento’ actitudinal de todos y cada uno de los seres humanos. ¿Entiendes, tronco? ¿Entiendes por qué los desencuentros entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se mantienen en plena efervescencia? La ideología de cada uno. Y no las ansias de alcanzar el poder, que son muchas, como afirman los descreídos políticos.

viernes, 8 de abril de 2016

LA CULPA

LA  CULPA
JUAN  GARODRI



Efectivamente, eso se cantaba en aquellos años de pachanga y cubalarios. Ahora no, que hemos mejorado en progresía y talante. Ahora ya no tiene la culpa el chachachá, la culpa la tiene el buen tiempo. Ese es el que tiene la culpa de todo. Hasta de los seres humanos que mueren diariamente en Siria. ¿Quién tiene la culpa de los muertos de Siria? A diario. Desde que se inició la maldita guerra, todos los días mueren decenas de personas, de promedio. Eche usted la cuenta a ver cuántos muertos suma ya ese total horripilante. Nadie tiene la culpa. De nada. Todo el mundo es inocente (libre de culpa). Existe un endemoniado empeño humano en la autoexculpación. ¿Por qué la cosa mediática no descubre las causas de la(s) guerra(s) que asolan ahora mismo el mundo? Porque la causa conlleva culpa. Y no se quiere señalar con el dedo público al culpable. Las fábricas de armas, los traficantes de armas, los Gobiernos que sanean sus déficits públicos con la venta de armamento serían descubiertos y señalados como culpables. Adiós a la estabilidad económica y al bienestar ciudadano. El poderío económico se vendría abajo y el valor del euro y del dólar quedaría capitidisminuído. Horror. ¿Qué sería de nosotros? Nadie podría comprar coche nuevo, nadie podría consumir medio sueldo en carburante y el otro medio en portátiles, MPG3, móviles y pantallas flat. Nadie podría salir el fin de semana ni durante los puentes multiojos a disfrutar del ocio y el buen tiempo. Si es que se admite el concepto de buen tiempo que conviene al gentío dedicado al ocio, la excursión y el viaje a la playa. Ya se sabe, cielo azul, ausencia de nubes, temperatura agradable. A disfrutar del ocio y a desarrollar el masoquismo, esa complacencia en sentirse maltratado, aprisionado, confinado en los dilatados embotellamientos de la carretera durante horas. El ser humano se siente interiormente frustrado y tiende a equilibrar sus desasosiegos con la huída. En realidad cada uno huye de sí mismo. Debemos de estar horriblemente deformados, mutilados, rotos en mil pedazos, como para provocarnos ese pánico que nos impulsa a huir de nosotros mismos. Así que, hala, a la carretera. Miles de automóviles atrapados en los atascos. Tráfico lento con paradas intermitentes, nivel amarillo, mientras cerca de medio millón de automovilistas tardaba seis horas en recorrer 70 kilómetros el pasado viernes. Los periodistas, tan inocentes, van y le preguntan al Gobierno que quién tiene la culpa. Naturalmente, el Gobierno se los sacude de encima (sin dejar de sonreír, eso sí) como a moscas cojoneras y asegura con aplomo que la culpa de los atascos la tiene el buen tiempo. Cielo azul, ni gota de lluvia, temperatura soportable. Ha sido un ejercicio conspicuo de pérdida de memoria meteorológica, aunque no del todo. Porque cuando las duras nevadas del invierno pasado atascaron en las carreteras a los automovilistas de la mitad de España, el Gobierno también le echó la culpa al tiempo. Entonces fue el mal tiempo: nieve, lluvia, viento y temperatura insoportable. ¿Qué masoquismo (otra vez) estimula la huída generalizada del personal y lo lanza  a la carretera, y encima sin cadenas y sin gorro de lana? La culpa la tuvo el mal tiempo. Mientras tanto, en un ejercicio político de infantilismo no superado, el PSOE se erige en culpator y hace recaer la acción de la culpa en el Gobierno y en la DGT, a los que señala como culpatus aunque éstos atribuyan al gentío la cagada de desplazarse por culpa del buen tiempo.








martes, 29 de marzo de 2016

EL CAMBIO NO ES UN INVENTO DE LOS POLÍTICOS

No se trata de descascarillar la corteza abstrusa de la filosofía ni de subirse uno a sus alturas, pero a ver, si lo que uno quiere es hablar del cambio no hay más remedio que remontarse a Heráclito para pedirle prestado el panta rei, oséase, aquello de que «todo fluye» y nada permanece en un ser fijo, es decir, que este constante fluir explicaría la auténtica esencia de las cosas o, lo que es lo mismo, que el principio (arjé) de todo estaría en el devenir, concepto que, aclimatado a las entendederas actuales escasamente proclives a la intelección, podría traducirse por «cambio». El cambio que supone el eterno retorno, puesto que no se trata de que aparezca siempre algo nuevo sino que, en una lucha de contrarios, aparezca ahora lo que desapareció antes, y al revés, si es posible la pirueta mental. También Anaxágoras pretende explicar el cambio como el extraño vuelo del ‘no hacerse’ de las cosas que viene a aterrizar en una nueva mezcla, y Aristóteles desecha el concepto estático del ser, y los epicúreos pretenden fundamentar el cambio en la substancia de la materia, siempre imperecedera, algo que no deja de comportar un riesgo tan aparentemente raro como el de aplicar el cambio a una cosa infinita y siempre existente.
Como ves, lo del cambio no es cosa que hayan inventado los políticos, (Pedro Sánchez, Pablo Iglesias) esos prohombres que sacrifican por los ciudadanos lo más florido de su tiempo y de su vida. El cambio y su circunstancia, y su necesidad apriorística, ya existía desde mucho antes de que los políticos se sacrificaran en el altar de la generosidad ciudadana. Sin embargo, la aplicación del cambio a la rutina ordinaria de la vida, prescindiendo de su conceptualización presocrática, es algo tan habitual como el cambiarse de camisa. Desde que el ‘homo erectus’ (dicho con pretensión científica y sin segundas intenciones) empezó a caminar, ese mismo día, que fue el primer día de la humanidad, empezó el cambio y su aplicación a la vida. El hombre paleolítico (que disculpen las feministas, a ver si no cómo me explico, suena raro la acepción femenina, fíjate, es casi irreverente hablar de ‘femina erecta’, o referirse a la ‘mujer paleolítica’ para lo de la caza, Javier Marías tiene un buen artículo sobre sexismo y lenguaje), el hombre paleolítico, te decía, se fue en busca de la caza y advirtió que tenía que cambiar de costumbres. Y así, empieza la industria del hueso, sin duda floreciente en aquella época a juzgar por los restos de Atapuerca, y los primeros collares de huesos fueron ofrendados a la hembra como signo de admiración y llamada, que no todo iban a ser garrotazos y tirones de pelos. El fuego constituyó el cambio más importante del paleolítico y, desde entonces, el hombre se desarrolló a toda velocidad, sin duda por el hecho tan digestivamente trascendental de comer caliente. Qué decir de alfareros y herreros neolíticos, que cambiaron el signo de los tiempos y condujeron el hombre hacia la historia con sus objetos cerámicos para el hogar y con sus lanzas y espadas para matar.
Las grandes civilizaciones surgieron por el cambio. La civilización posterior se cargaba a la anterior. Y así, los griegos se impusieron a las culturas cretense y micénica, los romanos a los griegos, los bárbaros a los romanos. Pero el cambio no se debió a las batallas, que parece que la historia está solamente tejida de lances bélicos, aunque también. El cambio fue motivado por el (re)surgir del pensamiento racional, cuando los pensadores intentaron explicar la naturaleza por ella misma, sin recurrir a causas sobrenaturales o míticas. Aparecieron los grandes movimientos culturales y los sistemas filosóficos, y el teocentrismo medieval fue sustituido por el humanismo y el renacimiento, y los grandes descubrimientos geográficos supusieron un cambio gigantesco en la concepción del mundo y de la vida, en la economía, en la gastronomía y en las costumbres. Los cambios religiosos introdujeron una amplia situación, a veces traumática, de la relación del hombre con la divinidad. El neoclasicismo y la ilustración dejan aparcada en la cuneta histórica la luz y la penumbra del barroco. La revolución francesa de 1789 supuso el cambio político y social y el fin del ‘antiguo régimen’.  Unos sistemas se superponen a otros en el siglo XIX tanto en las artes como en la literatura, tanto en la política como en la economía, tanto en la ciencia como en la técnica. Y del pasado siglo XX es mejor no hablar. Han sido tantos,  tan espectaculares y tan formidables los cambios, que es imposible comentarlos. (Aunque hay un cambio que sopla en las orejas de casi todos: el cambio de pesetas a euros). Baste señalar la aparición y desarrollo fulgurantes de la sacrosanta triple www, la probable religión tecnológica del siglo XXI, san Internet.
En fin, la trepidante aceleración del ritmo histórico hace que todo cambie a velocidad sideral, porque todo está sujeto al cambio. Se me ocurre, sin embargo, una pregunta (hay quien dice que no son preguntas lo que se me ocurre, que son patochadas, que una pregunta requiere su correspondiente respuesta, mientras que una patochada requiere su correspondiente despropósito) que me tiene instalado en una duda recelosa y desasosegante. Es esta: Si todo está sujeto a la ley (histórico-filosófica) del cambio, ¿por qué los hinchas, forofos e idólatras de la iconografía política no cambian jamás de partido, y no dan su brazo a torcer, es más, prefieren morir antes que renegar de su fe? Como los mártires.


viernes, 11 de marzo de 2016

CIEGAS HORMIGAS, ESO SOMOS

Marcan el paso los soldados en los desfiles militares. Cabeza alta, pecho erguido. Valor, hombría y Patria (en peligro de extinción por la deconstrucción sentimentalmente ideológica a que la someten algunas comunidades autónomas). Marcan el paso las modelos en los desfiles de las pasarelas, esas zancadas a trompicones antiestéticos, saltamontes engalanados por los modistos para demolición de la belleza femenina (menos mal que la voz de la sensatez ha empezado a imponerse eliminando de los ‘pases’ las fotocopias esqueléticas de rayos X). ¿Quién marca el paso, sin embargo, en la economía, los derechos humanos y el respeto a la ley? Porque el paso nos lo marcan, y bien marcado. Jamás el gentío ha sido menos libre (en contra de lo que marcan las apariencias) que lo es ahora. En épocas de ‘marcadura’ de paso forzosa, el personal no tenía más remedio que incrustar el pie en los raíles del tranvía y caminar sin tregua, ante la imposibilidad de desviarse. Lo perverso de nuestros días, rimero siniestro y diabólico, consiste en hacer creer al gentío que es libre para lanzar al aire sus propias y personales zapatetas, siendo así que ocurre exactamente al revés: el personal marca el paso que le marcan. Los problemas de los últimos diez años no sólo no se han resuelto, sino que han acentuado los tres grandes desafíos a los que se enfrentaban: una economía injusta, el desprecio a los derechos humanos y la falta de respeto a la ley. ¿Quién influye en los ciudadanos para que, como ‘ciegas hormigas’, engrosen los carriles del gasto, del consumo,  del ocio irracional, de la desvalorización, quizá de la estulticia? ¿Quién influye en los medios de comunicación para que, ‘todos a una’,  hagan creer al gentío que es libre porque se puede decir lo que se quiera (que no se puede), porque se puede hacer lo que se quiera? Ciegas hormigas. Eso somos.

martes, 8 de marzo de 2016

LA LOTERÍA ¿ILUSIÓN O DESESPERACIÓN?

 Suelo escribir mis articulejos influido por la llamada «opinión de la calle». El encuentro con conocidos, vecinos o amigos en la acera o en el bar propicia el comentario sobre temas de actualidad expandidos por la prensa o la televisión. Estos días me han comentado el hecho de la apuesta. ¿Qué incita a una persona a apostar? Porque toda apuesta supone un riesgo. Puede ser arriesgar cierta cantidad de dinero en la creencia de que algo, como un juego, tendrá tal o cual resultado. En este sentido, la mayoría de los españoles (españoles no, que está mal visto), la mayoría de los ciudadanos (mejor, suena más a república o a Revolución francesa), la mayoría de los ciudadanos arriesga su dinero en las apuestas públicas o en la Once. La quiniela futbolística saca de sus casillas a hinchas, forofos y peñistas; la lotería nacional trastorna los bolsillos de sus incondicionales, siempre esperando el maná de la suerte; la Once produce un flipe diario en viandantes y acereros que se detienen en los quioscos o en las esquinas para el aprovisionamiento de su salvación; la lotería primitiva enloquece a funcionarios y jubilatas; la euromillonaria afloja el seso soñador de hambrientos económicos: sería la rehostia, tío, veinte, veinticinco, treinta millones de euros, anda que no iba yo a dar por saco a tanto hijoputa como raja por ahí suelto. La apuesta, pues, supone un riesgo monetario que se corre gustoso porque va parejo con el sueño de cada uno. Y es de admirar esa pertinacia en el riesgo que impulsa una y otra vez al gasto a cambio de unos instantes de sueño enriquecedor. 

martes, 1 de marzo de 2016

APARIENCIA

Ya puedes irte encomendando a san Petersburgo dos veces si el conocido de toda la vida se encuentra contigo y te dice eso, Pero qué bien te veo. O lo que es quizá peor, te mira fijamente y exclama, Pero qué bien te conservas. En plan exegético, la alabanza retórica que acaban de pasarte por las narices puede significar, más o menos, que aunque estás acosado por el síndrome de la PV, es evidente, todavía no te has convertido en pingajo. Así que cuando me sueltan lo de qué bien te veo, respondo invariablemente: Eso demuestra que estás muy bien de la vista.

Y ahí reside el quid de la cuestión. Diferenciar adecuadamente entre la salud del visto (acosado por el síndrome de la PV, como ya dije) y la ilusión visual del que ve. De no establecerse esta diferenciación, pueden cometerse infinidad de errores, porque alguien puede ver una irrealidad y transmutarla equivocadamente en algo real. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

EL PODER

Rajoy ansía no perder el poder. Pedro Sánchez desea conseguir el poder. Pablo Iglesias se despepita por apropiarse el poder. Albert Rivera anhela introducirse en el poder. Está claro que los cuatro no conceden importancia a los ciudadanos: de otra forma ya hubieran llegado a un acuerdo de investidura. Conceden más importancia al poder. A nivel nacional, el poder se especifica a través de promesas. Sólo el que puede (el que aspira a conseguir el poder) se siente capacitado para prometer que solucionará los problemas del gentío. Es increíble. Las promesas de restauración política, de regeneración política, de renovación política, de desaparición de los corruptos, azotan diariamente los tejados de la ciudadanía dispersas (las promesas) en medio de una lluvia impresa y televisualmente informativa. Cada político se ha convertido en un arcón tesaurizado: nada más abrir la tapa, salta la promesa echando leches, a punto de golpear el ojo de la credibilidad. Es el signo del poder. La palabrería promisoria irrumpe lenta e ininterrumpidamente con la pretensión de un engaño contradictorio. Todo el mundo sabe que los actuales problemas sin solución son idénticos a los de hace cuatro años, con la diferencia de una ucronía doméstica. Todo el mundo piensa que si antes no se solucionaron, ahora probablemente tampoco. Sin embargo, el poder promete. El poder, ajeno al ridículo verbal, promete a destajo, sin parar mientes en que una cosa es predicar y otra dar trigo.

viernes, 12 de febrero de 2016

EL DAÑO QUE NO CESA

Es evidente que los acontecimientos en los que actualmente se mueve la sociedad política están causando (y pueden causar) un daño enorme a la democracia. Existe una penalización conceptual de la ciudadanía a la democracia. Pena de daño. O lo que es lo mismo, separación y distancia, disociación, privación. Cuando existía el infierno (lo digo porque dicen que ya no existe puesto que no es ‘un lugar’, lo cual que no deja de ser una broma pesadísima, tantos siglos asustando al personal para nada), se disponía en él de dos clases de penas: pena de daño y pena de sentido. La pena de sentido consistía en achicharrarte como pollo asado sin que el achicharramiento acabase jamás. La pena de daño consistía en permanecer para siempre (eternidad) separado de Dios, privado de su visión beatífica. El castigo infernal consistía, fundamentalmente en la pena de daño, por ello los teólogos medievales, confeccionadores minuciosos de tal doctrina, llamaron ‘damnati’ a los que iban a parar de cabeza al infierno. No dejaba de ser una idea, aceptada como realidad. Era una interpretación del ser, curiosamente adelantada en años a la teoría de la ciencia, de Fichte, cuando establece la idealidad como realidad.
Tomando por los pelos el asunto del daño, ¿qué otra cosa hacen los políticos sino condenar a los ciudadanos a la pena de daño? La sociedad va separándose de ellos, y día vendrá en que muchos, quizá la mayoría de los ciudadanos, prefiera el alejamiento y la privación de su presencia. La corrupción política trae de uñas al personal. Un cabreo envenenado recorre las aceras, las avenidas y la barra de los bares. La actualidad política es hoy una gigantesca corrupción: La guardia civil busca pruebas de financiación ilegal en la sede del PP; Racoy acosado por la corrupción; las 100 comidas y viajes de Rita Barberá que la Fiscalía ve irregulares; el gran pozo hediondo de las instituciones públicas valencianas; los Pujol en un entorno mafioso; Urdangarín y el caso Nóos con sus nóminas de empleados ficticios; el PP madrileño investigado también por finanzas ilegales; Jaume Matas en Baleares; los Ere's en Andalucía, el uso de las "tarjetas black" de Caja Madrid... En plan mafioso, tú. Y en este plan por todas partes. Valiéndose de la democracia para actuar contra ella. ¿Cómo los representantes de la democracia pueden ser antidemócratas, según se desprende de los hechos? El guirigay belicoso que azota a los partidos políticos es un ejemplo de daño. Los ciudadanos prefieren estar separados de los políticos. Porque resulta que la democracia, en estos casos, se convierte en un extraño sistema que no genera demócratas.