Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me
parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve
tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna
urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola
autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud
para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el
asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente
comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo
milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el
producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a
adquirirlo sin atenerse a razones cualitativas, movida por un impulso
aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones
previas. Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía,
también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros
plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los
programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su
publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido
semántico y las esdrújulas). Sin embargo, el gentío no les hace caso y se
afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales
abominables programas como si en ello le fuera la vida. Y si se te ocurre
dártelas de listo en la cena del viernes con los amigos, pobre de ti. Te acosan
a manotazos verbales, como a la avispa que incomoda la olorosa suavidad de las
chuletillas de cordero. Y argumentan: «Pues no serán tan malos los programas. Si
todo el mundo los ve, por algo será». Definitivo. El razonamiento es tan
apodícticamente definitivo que permaneces mudo, mudo y contrito, pensando en
ese pozo de prioridades escondidas en la contundencia del algo, pensando
en la terrible cueva de Alibabá cuyos tesoros televisivos encierra esa puerta
enigmática del neutro indefinido: por algo será. Así que, amigo, no
tienes más remedio que aplicarte a las chuletas y al Tentudía, y dejar para
otra ocasión lo de abrir el pico en favor del raciocinio.
No pretendo tener razón. Lo que para mí es acertado, puede ser desacertado para otros.
miércoles, 27 de abril de 2016
viernes, 22 de abril de 2016
CONFUSIONES
(Publiqué este artículo en el HOY hace doce años. Puede ser una metáfora de los aconteceres de hoy día).
CONFUSIONES
JUAN GARODRI
—Qué lucidez —dicen unos.
—Qué ingenuidad —dicen otros.
Entras en el bar, fuente no tan viciada de opiniones, y el personal dice
eso, qué lucidez, qué ingenuidad.
Leire Pajín, carita rechoncha de muñeca pintada y chochona, ella, tan
joven y tan peripuesta, tan secretaria de Estado de Cooperación (bien podían
explicarnos en qué consiste la cosa), ella, Leire Pajín, aparece en la pantalla
televisiva hablando de la transición pacífica en Cuba y va y dice que «los
españoles tienen una relación con el pueblo cubano histórica».
—Tiene más razón que un santo —afirma un conforme. Siempre ha mantenido
España una relación fluida con Cuba que puede considerarse histórica por
mantenerse a lo largo de varias centurias (obviedad).
—España con Cuba —dice un discordante—. Pero no España con Fidel Castro.
El dictador no “es” Cuba. El dictador se ha apoderado de Cuba.
—Y ahora viene la Leire
—dice un acólito del discordante—, y suelta que el diputado Moragas divide a
los españoles con su intentona de entrevistar a los disidentes cubanos.
Cerveza. Otro Lagares. Tapa de setas y pimiento. Queremos saber a quién
pretende confundir la Leire
con esta arrimadura del ascua a la propia sardina.
—Es que zumba cojones la cosa —dice un discrepante—. De forma que el tal
Pinochet es un dictador, tirano, asesino y tal, y Fidel Castro ni es dictador
ni nada.
—Por qué uno sí y otro no —pregunta un retorcido—. O sea, que la
dictadura de derechas es reprobable y la de izquierdas es tolerable.
—La dictadura simpática —vocea un resabiado—, así la llama Zoé Valdés en
un duro artículo contra el régimen castrista (y contra los intelectuales de
izquierdas). O sea, que los disidentes cubanos disienten porque les sale de la
telilla del escroto, no porque aspiren a derrocar al tirano y conseguir una
Cuba libre y democrática.
Un listo levanta la voz: por qué los izquierdosos, los progretas, los
manifas, toda esa calaña amalgamada de
uncidos al yugo de uno u otro signo, lanzan el solo de ópera y dejan
estupefacto al patio de butacas, por qué.
Cerveza. Otro de Payva. Tapa de riñones al jerez.
—Nuestro Señor Presidente del Gobierno —tercia un enterado— don José Luis
Rodríguez Zapatero, abundando en la confusión, va y confunde (redundancia)
“nación” con “nacionalidad”. «No me preocupa el concepto de nación catalana»,
dijo.
—Hombre —prosigue el enterado—, hacer declaraciones para evaluar sus seis
meses de gobierno y largar que la palabra “nación” es un concepto discutible es
como afirmar la discutibilidad de la esencia. Ese talante expositivo confunde
al pueblo llano y provoca el remolino existencial de la democracia.
—Menos mal que nuestro Presidente regional, Rodríguez Ibarra —dice un
enfervorizado—, los tiene así de gordos (el personal asiente y lo comenta
con fruición) y proclama en todos los
foros con claridad meridiana (tópico) no sólo la validez permanente del
concepto de “nación”, sino también la realidad histórica de “nación española”.
—Así se habla —dice un conformista—, y añade: al menos Ibarra no juega a
confundirnos en esto de la nación y la nacionalidad.
—En caso contrario —interviene un chistoso—, ya hubiera instaurado el
castúo como asignatura obligatoria en los currículos de Primaria y Secundaria
extremeños.
—No te quepa la menor duda —afirma un leído.
—Aunque la confusión gorda —silba un tordo que bebe Viña Mayor—, viene
del rumor (certeza) circulante: Gallardón no se opuso a Esperanza Aguirre para apoderarse
de la Autonomía
madrileña.
—¿No?
—¡No! Gallardón es el candidato de Polanco para tumbar a Rajoy.
—¡Hostia, tú, me has tirado el vino!
Cabizbajos nos largamos, alvidriados en lo confuso.
jueves, 14 de abril de 2016
LA DESAPARICIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS
Hay quien asegura que la sociedad actual está totalmente
mediatizada (idiotizada) por el consumismo debido a su irreversible
identificación con la falta de valores. Esta ausencia de valores tiene una
causa: la desaparición de las ideologías. Toda ideología, que en el plano
teórico desarrolla un cuerpo de doctrina coherente, en el plano práctico se
traduce en unos comportamientos que empujan a actuar en un sentido determinado:
son los valores inherentes a esa ideología. Así que, oh lector, si la sociedad
carece de valores es porque las ideologías (soporte de esos valores) se han
derrumbado. ¡Cataplaff! A la muerte de Dios, aseverada por el irracionalismo
intuicionista de Nietzsche, se une ahora la muerte de las ideologías, o al
menos su infarto de miocardio. Pero no te turbes, lector conspicuo, que para
eso están Macridis y Hulling dispuestos a la implantación del bypass
ideológico. Sostienen los tíos que de morir las ideologías, nada. Que las
ideologías perviven y constituyen en sí mismas el ‘sustento’ actitudinal de
todos y cada uno de los seres humanos. ¿Entiendes, tronco? ¿Entiendes por qué
los desencuentros entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se mantienen en plena efervescencia? La
ideología de cada uno. Y no las ansias de alcanzar el poder, que son muchas, como afirman los descreídos políticos.
viernes, 8 de abril de 2016
LA CULPA
LA CULPA
JUAN GARODRI
Efectivamente, eso se cantaba en aquellos años de pachanga y cubalarios.
Ahora no, que hemos mejorado en progresía y talante. Ahora ya no tiene la culpa
el chachachá, la culpa la tiene el buen tiempo. Ese es el que tiene la culpa de
todo. Hasta de los seres humanos que mueren diariamente en Siria. ¿Quién tiene
la culpa de los muertos de Siria? A diario. Desde que se inició la maldita guerra,
todos los días mueren decenas de personas, de promedio. Eche usted la
cuenta a ver cuántos muertos suma ya ese total horripilante. Nadie tiene la
culpa. De nada. Todo el mundo es inocente (libre de culpa). Existe un
endemoniado empeño humano en la autoexculpación. ¿Por qué la cosa mediática no
descubre las causas de la(s) guerra(s) que asolan ahora mismo el mundo? Porque
la causa conlleva culpa. Y no se quiere señalar con el dedo público al
culpable. Las fábricas de armas, los traficantes de armas, los Gobiernos que
sanean sus déficits públicos con la venta de armamento serían descubiertos y
señalados como culpables. Adiós a la estabilidad económica y al bienestar
ciudadano. El poderío económico se vendría abajo y el valor del euro y del
dólar quedaría capitidisminuído. Horror. ¿Qué sería de nosotros? Nadie podría
comprar coche nuevo, nadie podría consumir medio sueldo en carburante y el otro
medio en portátiles, MPG3, móviles y pantallas flat. Nadie podría salir el fin
de semana ni durante los puentes multiojos a disfrutar del ocio y el buen
tiempo. Si es que se admite el concepto de buen tiempo que conviene al gentío dedicado
al ocio, la excursión y el viaje a la playa. Ya se sabe, cielo azul, ausencia
de nubes, temperatura agradable. A disfrutar del ocio y a
desarrollar el masoquismo, esa complacencia en sentirse maltratado,
aprisionado, confinado en los dilatados embotellamientos de la carretera durante horas.
El ser humano se siente interiormente frustrado y tiende a equilibrar sus
desasosiegos con la huída. En realidad cada uno huye de sí mismo. Debemos de
estar horriblemente deformados, mutilados, rotos en mil pedazos, como para provocarnos
ese pánico que nos impulsa a huir de nosotros mismos. Así que, hala, a la
carretera. Miles de automóviles atrapados en los atascos. Tráfico lento
con paradas intermitentes, nivel amarillo, mientras cerca de medio millón de
automovilistas tardaba seis horas en recorrer 70 kilómetros el pasado viernes. Los periodistas, tan inocentes, van y le preguntan al Gobierno que quién tiene la culpa. Naturalmente, el Gobierno se los sacude de encima (sin dejar de sonreír, eso sí) como a moscas
cojoneras y asegura con aplomo que la culpa de los atascos la tiene el buen
tiempo. Cielo azul, ni gota de lluvia, temperatura soportable. Ha sido un
ejercicio conspicuo de pérdida de memoria meteorológica, aunque no del todo.
Porque cuando las duras nevadas del invierno pasado atascaron en las carreteras
a los automovilistas de la mitad de España, el Gobierno también le echó la
culpa al tiempo. Entonces fue el mal tiempo: nieve, lluvia, viento y
temperatura insoportable. ¿Qué masoquismo (otra vez) estimula la huída
generalizada del personal y lo lanza a
la carretera, y encima sin cadenas y sin gorro de lana? La culpa la tuvo el mal
tiempo. Mientras tanto, en un ejercicio político de infantilismo no superado,
el PSOE se erige en culpator y hace
recaer la acción de la culpa en el Gobierno y en la DGT, a los que señala como culpatus aunque éstos atribuyan al gentío
la cagada de desplazarse por culpa del buen tiempo.
martes, 29 de marzo de 2016
EL CAMBIO NO ES UN INVENTO DE LOS POLÍTICOS
No se trata de descascarillar
la corteza abstrusa de la filosofía ni de subirse uno a sus alturas, pero a
ver, si lo que uno quiere es hablar del cambio no hay más remedio que
remontarse a Heráclito para pedirle prestado el panta rei, oséase,
aquello de que «todo fluye» y nada permanece en un ser fijo, es decir, que este
constante fluir explicaría la auténtica esencia de las cosas o, lo que es lo
mismo, que el principio (arjé) de todo estaría en el devenir, concepto
que, aclimatado a las entendederas actuales escasamente proclives a la
intelección, podría traducirse por «cambio». El cambio que supone el eterno
retorno, puesto que no se trata de que aparezca siempre algo nuevo sino que, en
una lucha de contrarios, aparezca ahora lo que desapareció antes, y al revés,
si es posible la pirueta mental. También Anaxágoras pretende explicar el cambio
como el extraño vuelo del ‘no hacerse’ de las cosas que viene a aterrizar en
una nueva mezcla, y Aristóteles desecha el concepto estático del ser, y los
epicúreos pretenden fundamentar el cambio en la substancia de la materia,
siempre imperecedera, algo que no deja de comportar un riesgo tan aparentemente
raro como el de aplicar el cambio a una cosa infinita y siempre existente.
Como ves, lo del cambio no es cosa que hayan inventado los
políticos, (Pedro Sánchez, Pablo Iglesias) esos prohombres que sacrifican por los ciudadanos lo más florido de su
tiempo y de su vida. El cambio y su circunstancia, y su necesidad apriorística,
ya existía desde mucho antes de que los políticos se sacrificaran en el altar
de la generosidad ciudadana. Sin embargo, la aplicación del cambio a la rutina
ordinaria de la vida, prescindiendo de su conceptualización presocrática, es
algo tan habitual como el cambiarse de camisa. Desde que el
‘homo erectus’ (dicho con pretensión científica y sin segundas intenciones)
empezó a caminar, ese mismo día, que fue el primer día de la humanidad, empezó
el cambio y su aplicación a la vida. El hombre paleolítico (que disculpen las
feministas, a ver si no cómo me explico, suena raro la acepción femenina,
fíjate, es casi irreverente hablar de ‘femina erecta’, o referirse a la ‘mujer
paleolítica’ para lo de la caza, Javier Marías tiene un buen artículo sobre
sexismo y lenguaje), el hombre paleolítico, te decía, se fue en busca de la
caza y advirtió que tenía que cambiar de costumbres. Y así, empieza la
industria del hueso, sin duda floreciente en aquella época a juzgar por los restos
de Atapuerca, y los primeros collares de huesos fueron ofrendados a la hembra
como signo de admiración y llamada, que no todo iban a ser garrotazos y tirones
de pelos. El fuego constituyó el cambio más importante del paleolítico y, desde
entonces, el hombre se desarrolló a toda velocidad, sin duda por el hecho tan
digestivamente trascendental de comer caliente. Qué decir de alfareros y
herreros neolíticos, que cambiaron el signo de los tiempos y condujeron el
hombre hacia la historia con sus objetos cerámicos para el hogar y con sus
lanzas y espadas para matar.
Las grandes civilizaciones surgieron por el cambio. La
civilización posterior se cargaba a la anterior. Y así, los griegos se
impusieron a las culturas cretense y micénica, los romanos a los griegos, los
bárbaros a los romanos. Pero el cambio no se debió a las batallas, que parece
que la historia está solamente tejida de lances bélicos, aunque también. El
cambio fue motivado por el (re)surgir del pensamiento racional, cuando los
pensadores intentaron explicar la naturaleza por ella misma, sin recurrir a
causas sobrenaturales o míticas. Aparecieron los grandes movimientos culturales
y los sistemas filosóficos, y el teocentrismo medieval fue sustituido por el
humanismo y el renacimiento, y los grandes descubrimientos geográficos
supusieron un cambio gigantesco en la concepción del mundo y de la vida, en la
economía, en la gastronomía y en las costumbres. Los cambios religiosos
introdujeron una amplia situación, a veces traumática, de la relación del hombre
con la divinidad. El neoclasicismo y la ilustración dejan aparcada en la cuneta
histórica la luz y la penumbra del barroco. La revolución francesa de 1789
supuso el cambio político y social y el fin del ‘antiguo régimen’. Unos sistemas se superponen a otros en el
siglo XIX tanto en las artes como en la literatura, tanto en la política como
en la economía, tanto en la ciencia como en la técnica. Y del pasado siglo XX
es mejor no hablar. Han sido tantos, tan
espectaculares y tan formidables los cambios, que es imposible comentarlos.
(Aunque hay un cambio que sopla en las orejas de casi todos: el cambio de
pesetas a euros). Baste señalar la aparición y desarrollo fulgurantes de la
sacrosanta triple www, la probable religión tecnológica del siglo XXI, san
Internet.
En fin, la trepidante aceleración del ritmo histórico hace
que todo cambie a velocidad sideral, porque todo está sujeto al cambio. Se me
ocurre, sin embargo, una pregunta (hay quien dice que no son preguntas lo
que se me ocurre, que son patochadas, que una pregunta requiere su
correspondiente respuesta, mientras que una patochada requiere su
correspondiente despropósito) que me tiene instalado en una duda recelosa y
desasosegante. Es esta: Si todo está sujeto a la ley (histórico-filosófica) del
cambio, ¿por qué los hinchas,
forofos e idólatras de la iconografía política no cambian jamás de partido, y no dan su brazo a torcer, es
más, prefieren morir antes que renegar de su fe? Como los mártires.
viernes, 11 de marzo de 2016
CIEGAS HORMIGAS, ESO SOMOS
Marcan el paso los soldados en los desfiles militares. Cabeza alta, pecho
erguido. Valor, hombría y Patria (en peligro de extinción por la deconstrucción
sentimentalmente ideológica a que la someten algunas comunidades autónomas). Marcan el paso las
modelos en los desfiles de las pasarelas, esas zancadas a trompicones
antiestéticos, saltamontes engalanados por los modistos para demolición de la
belleza femenina (menos mal que la voz de la sensatez ha empezado a imponerse
eliminando de los ‘pases’ las fotocopias esqueléticas de rayos X). ¿Quién marca
el paso, sin embargo, en la economía, los derechos humanos y el respeto a la
ley? Porque el paso nos lo marcan, y
bien marcado. Jamás el gentío ha sido menos libre (en contra de lo que marcan
las apariencias) que lo es ahora. En épocas de ‘marcadura’ de paso forzosa, el
personal no tenía más remedio que incrustar el pie en los raíles del tranvía y
caminar sin tregua, ante la imposibilidad de desviarse. Lo perverso de nuestros
días, rimero siniestro y diabólico, consiste en hacer creer al gentío que es
libre para lanzar al aire sus propias y personales zapatetas, siendo así que
ocurre exactamente al revés: el personal marca el paso que le marcan. Los
problemas de los últimos diez años no sólo no se han resuelto, sino que han
acentuado los tres grandes desafíos a los que se enfrentaban: una economía
injusta, el desprecio a los derechos humanos y la falta de respeto a la ley. ¿Quién influye en los
ciudadanos para que, como ‘ciegas hormigas’, engrosen los carriles del gasto,
del consumo, del ocio irracional, de la
desvalorización, quizá de la estulticia? ¿Quién influye en los medios de
comunicación para que, ‘todos a una’, hagan
creer al gentío que es libre porque se puede decir lo que se quiera (que no se
puede), porque se puede hacer lo que se quiera? Ciegas hormigas. Eso somos.martes, 8 de marzo de 2016
LA LOTERÍA ¿ILUSIÓN O DESESPERACIÓN?
Suelo escribir mis articulejos
influido por la llamada «opinión de la calle». El encuentro con conocidos,
vecinos o amigos en la acera o en el bar propicia el comentario sobre temas de
actualidad expandidos por la prensa o la televisión. Estos días me han
comentado el hecho de la apuesta. ¿Qué incita a una persona a apostar? Porque
toda apuesta supone un riesgo. Puede ser arriesgar cierta cantidad de dinero en
la creencia de que algo, como un juego, tendrá tal o cual resultado. En este
sentido, la mayoría de los españoles (españoles no, que está mal visto), la
mayoría de los ciudadanos (mejor, suena más a república o a Revolución
francesa), la mayoría de los ciudadanos arriesga su dinero en las apuestas
públicas o en la Once. La quiniela futbolística saca de sus casillas a hinchas,
forofos y peñistas; la lotería nacional trastorna los bolsillos de sus
incondicionales, siempre esperando el maná de la suerte; la Once produce un
flipe diario en viandantes y acereros que se detienen en los quioscos o en las
esquinas para el aprovisionamiento de su salvación; la lotería primitiva
enloquece a funcionarios y jubilatas; la euromillonaria afloja el seso soñador
de hambrientos económicos: sería la rehostia, tío, veinte, veinticinco, treinta
millones de euros, anda que no iba yo a dar por saco a tanto hijoputa como raja
por ahí suelto. La apuesta, pues, supone un riesgo monetario que se corre
gustoso porque va parejo con el sueño de cada uno. Y es de admirar esa
pertinacia en el riesgo que impulsa una y otra vez al gasto a cambio de unos
instantes de sueño enriquecedor. martes, 1 de marzo de 2016
APARIENCIA
Ya puedes irte encomendando a san Petersburgo dos veces si el conocido de
toda la vida se encuentra contigo y te dice eso, Pero qué bien te veo. O lo que
es quizá peor, te mira fijamente y exclama, Pero qué bien te conservas. En plan
exegético, la alabanza retórica que acaban de pasarte por las narices puede
significar, más o menos, que aunque estás acosado por el síndrome de
Y ahí reside el quid de la cuestión. Diferenciar adecuadamente entre la
salud del visto (acosado por el síndrome de la PV , como ya dije) y la ilusión visual del que ve.
De no establecerse esta diferenciación, pueden cometerse infinidad de errores, porque
alguien puede ver una irrealidad y transmutarla equivocadamente en algo real.
miércoles, 24 de febrero de 2016
EL PODER
Rajoy ansía no perder el poder. Pedro Sánchez desea conseguir el poder. Pablo Iglesias se despepita por apropiarse el poder. Albert Rivera anhela introducirse en el poder. Está claro que los cuatro no conceden importancia a los ciudadanos: de otra forma ya hubieran llegado a un acuerdo de investidura. Conceden más importancia al poder. A nivel nacional, el poder se especifica a través de
promesas. Sólo el que puede (el que aspira a conseguir el poder) se siente capacitado para
prometer que solucionará los problemas del gentío. Es increíble. Las promesas
de restauración política, de regeneración política, de renovación política, de desaparición de los corruptos, azotan diariamente los tejados de la ciudadanía dispersas (las promesas) en
medio de una lluvia impresa y televisualmente informativa. Cada político se ha
convertido en un arcón tesaurizado: nada más abrir la tapa, salta la promesa
echando leches, a punto de golpear el ojo de la credibilidad. Es el signo del
poder. La palabrería promisoria irrumpe lenta e ininterrumpidamente con la
pretensión de un engaño contradictorio. Todo el mundo sabe que los actuales
problemas sin solución son idénticos a los de hace cuatro años, con la
diferencia de una ucronía doméstica. Todo el mundo piensa que si antes no se
solucionaron, ahora probablemente tampoco. Sin embargo, el poder promete. El
poder, ajeno al ridículo verbal, promete a destajo, sin parar mientes en que
una cosa es predicar y otra dar trigo.
viernes, 12 de febrero de 2016
EL DAÑO QUE NO CESA
Es evidente que los acontecimientos en los que actualmente se mueve la
sociedad política están causando (y pueden causar) un daño enorme a la
democracia. Existe una penalización conceptual de la ciudadanía a la democracia.
Pena de daño. O lo que es lo mismo, separación y distancia, disociación,
privación. Cuando existía el infierno (lo digo porque dicen que ya no existe
puesto que no es ‘un lugar’, lo cual que no deja de ser una broma pesadísima, tantos
siglos asustando al personal para nada), se disponía en él de dos clases de
penas: pena de daño y pena de sentido. La pena de sentido consistía en achicharrarte
como pollo asado sin que el achicharramiento acabase jamás. La pena de daño
consistía en permanecer para siempre (eternidad) separado de Dios, privado de
su visión beatífica. El castigo infernal consistía, fundamentalmente en la pena
de daño, por ello los teólogos medievales, confeccionadores minuciosos de tal
doctrina, llamaron ‘damnati’ a los que iban a parar de cabeza al infierno. No
dejaba de ser una idea, aceptada como realidad. Era una interpretación del ser,
curiosamente adelantada en años a la teoría de la ciencia, de Fichte, cuando
establece la idealidad como realidad.
Tomando por los pelos el asunto del daño, ¿qué otra cosa hacen los
políticos sino condenar a los ciudadanos a la pena de daño? La sociedad va separándose de
ellos, y día vendrá en que muchos, quizá la mayoría de los ciudadanos, prefiera
el alejamiento y la privación de su presencia. La corrupción política trae de uñas al personal. Un cabreo envenenado recorre las aceras, las avenidas y la barra de los bares. La actualidad política es hoy una gigantesca corrupción: La guardia civil busca pruebas de financiación ilegal en la sede del PP; Racoy acosado por la corrupción; las 100 comidas y viajes de Rita Barberá que la Fiscalía ve irregulares; el gran pozo hediondo de las instituciones públicas valencianas; los Pujol en un entorno mafioso; Urdangarín y el caso Nóos con sus nóminas de empleados ficticios; el PP madrileño investigado también por finanzas ilegales; Jaume Matas en Baleares; los Ere's en Andalucía, el uso de las "tarjetas black" de Caja Madrid... En plan mafioso, tú. Y en este plan
por todas partes. Valiéndose de la democracia para actuar contra ella. ¿Cómo los representantes de la democracia pueden ser
antidemócratas, según se desprende de los hechos? El guirigay belicoso que
azota a los partidos políticos es un ejemplo de daño. Los ciudadanos prefieren estar separados de los políticos. Porque resulta que la
democracia, en estos casos, se convierte en un extraño sistema que no genera
demócratas.
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