Es tan humano. Cualquier defecto (tenemos más defectos que cualidades) es
tan humano. Quizá por eso somos tan imperfectos. Perfectamente imperfectos de
tan imperfectos, donde el adverbio ‘tan’ se utiliza con valor ponderativo, una
ponderación negativa, evidentemente. Así somos: tan imperfectos. Materialismo
puro. «El hombre es lo que come», aseguró Ludwig Feuerbach probablemente
aburrido de la psicología de Hegel que sólo de nombre admitía la identidad de
cuerpo y alma, en una especie de teología solapada idealista. Si el hombre es
lo que come, ya podemos deducir en qué quedamos, porque lo que se come se
defeca. Así que dentro de una pirueta lógica, más bien ilógica, concluiríamos
que el hombre es una mierda. Forma contundente de materialismo. Así que no sé
por qué se alteran tanto ante el hecho de que el Estado pretenda la laicización
de la sociedad. La cosa viene de antiguo, al menos de la antigüedad que nos
proporciona el siglo XIX. Me permito recordarlo para tranquilidad (si puede
ser) de los idealistas. Cuando Feuerbach le presentó a Hegel su tesis doctoral,
le declaró que pretendía desmontar el dualismo de religión sobrenatural y mundo
sensible. Surgió el humanismo ateo. Un cambio fundamental de la actitud de la
filosofía ante la política y la religión. «Lo humano es lo divino», dijo. La
nueva religión sería naturalmente la política. «Hemos de ser religiosos, la
política será nuestra religión [cito siguiendo a Johannes Hirschberger], pero
ello será sólo a condición de tener en nuestra intuición alguna realidad
suprema que nos convierta la política en religión». Este ser sumo es el hombre:
homo homini deus. No es Dios ni la
religión el fundamento del Estado, sino el hombre con su insuficiencia. «No es
la fe en Dios la que ha fundado los Estados, sino la desesperanza de Dios». Y
aunque Marx escribiese después 11 tesis contra Feuerbach, tomó de él las ideas
que demolían la representación religiosa del mundo. Después vendría todo lo
demás. (Probablemente es inaceptable el rollo patatero que acabo de colocar.
Pero necesitaba echarlo fuera para que la aceptación de la vara de medir fuese
más equitativa). Evidentemente, los sectores religiosos tomaron como injuria
las obras de Feurbach y las incluyeron en el Índice. Lo que para unos era
humanismo materialista para otros era blasfemo. El conflicto se desencadenó
cuando las ideas de Marx (con un trasfondo mayor de ilustración francesa que de
filosofía alemana, aunque él mismo quisiera revestirlas con ropaje hegeliano)
se desparramaron por el mundo obrero, a raíz sobre todo del Manifiesto comunista publicado por Marx
y su colaborador Friedrich Engels en 1848. Luego llegaría el entendimiento
entre los dirigentes obreros de Francia e Inglaterra y se fundó en Londres, en
1864, la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la Primera
Internacional. Lo que vino después, todos los sabemos. Cada uno llevaba el agua
a su molino según el interés material o conceptual o espiritual que lo
determinase. El capital por un lado, el proletariado por otro. El Estado por un
lado, la Iglesia por otro. Es decir, cada cual utilizaba distintas varas de
medir. Las conflagraciones a que dieron lugar estas diferentes mediciones de la
realidad (con la vara de la justicia social, con la vara de la religión, con la
vara de la intelectualidad o la filosofía, con cualquier vara) llenaron Europa de consternación y de muertos, pero no
solucionó el problema. Hoy día también utilizamos en España distintas varas de
medir: el nacionalismo, la inmigración, el consumismo, la violencia, el fin del bipartidismo, los partidos emergentes, los pactos postelectorales. Ojalá la
medición no desemboque en hostilidad. A mí me da miedo. Y que conste que, a mi
parecer, por poner dos ejemplos, ni Rajoy es el culpable del 24-M ni Pedro Sánchez lo es de la laicización. ¿O lo son?
No pretendo tener razón. Lo que para mí es acertado, puede ser desacertado para otros.
miércoles, 17 de junio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
LA DESCONOCIDA CERCANÍA DEL TIEMPO
Ontología de la existencia. Gracias al tiempo
estamos en el mundo. Ser-en-el-mundo interpretado como existencia, ya lo dijo
Heidegger. Estamos tan acostumbrados al tiempo que no se nos ocurre pensar en
el problema que el tiempo supone. Lo relacionamos con un antes y un después, un
pasado y un futuro, cuando en realidad la unidad de medida del tiempo es el
‘ahora’, el instante inmediato. «Es algo misterioso, porque por una parte
divide el tiempo en pasado y presente y por otra los une de nuevo. Por la
división surge la diversidad del tiempo y, por la unión en el ahora, su
diversidad», afirma Hirschberger. Vivimos, pues, en medio de una ficción que
nos hacer ser sin ser, porque nuestro presente está variando constantemente.
Cada nanosegundo ya no somos lo que somos porque nuestro ser acaba de caer en
el pasado y tomamos del futuro otra mínima fracción de tiempo que, a su vez,
cae instantáneamente en el pasado.
La historia del tiempo es una historia un poco idiota. Desde los primeros pasos erectos (homo neanderthalensis, o por ahí), el hombre se empeñó en atraparlo. Primero, lo encerró en los conos monótonos de relojes de arena. Después, en las agujas, la esfera, el mecanismo de relojes con muelles, manecillas y ruedas dentadas. Finalmente, en modernos cronómetros digitales con esfera de cuarzo transparente. Pero el tiempo no se amolda a las normas humanas ni hace vida tras la exactitud de un reloj. Él vuela fino y libre y avanza, avanza siempre. Oí decir que el tiempo es como un navegante que ha nacido en el palo mayor del infinito y ahí duerme, destilando su jugo gota a gota hasta que llegue el día en que tal vez pueda secarse. Luego quizás se vuelva eterno, si es que no se mueve con movimiento uniforme y rectilíneo. En fin, el tiempo es un recurso válido para fundamentar nuestra accidentalidad porque nos agarramos a él como a un clavo ardiendo y, además, nos enjuaga dulcemente la boca cuando pensamos mucho qué fuimos o seremos.
La historia del tiempo es una historia un poco idiota. Desde los primeros pasos erectos (homo neanderthalensis, o por ahí), el hombre se empeñó en atraparlo. Primero, lo encerró en los conos monótonos de relojes de arena. Después, en las agujas, la esfera, el mecanismo de relojes con muelles, manecillas y ruedas dentadas. Finalmente, en modernos cronómetros digitales con esfera de cuarzo transparente. Pero el tiempo no se amolda a las normas humanas ni hace vida tras la exactitud de un reloj. Él vuela fino y libre y avanza, avanza siempre. Oí decir que el tiempo es como un navegante que ha nacido en el palo mayor del infinito y ahí duerme, destilando su jugo gota a gota hasta que llegue el día en que tal vez pueda secarse. Luego quizás se vuelva eterno, si es que no se mueve con movimiento uniforme y rectilíneo. En fin, el tiempo es un recurso válido para fundamentar nuestra accidentalidad porque nos agarramos a él como a un clavo ardiendo y, además, nos enjuaga dulcemente la boca cuando pensamos mucho qué fuimos o seremos.
lunes, 8 de junio de 2015
EL FULGOR DE LA HERIDA
La viste en flor y hubiera sido
preferible, tal vez, que todo el rayo
de la risa y del llanto al mismo tiempo
te hubiese oscurecido para siempre
con ese resplandor
de las blandas espumas,
con el fulgor fluente
de la amorosa imagen
transformada en desdicha
que te hirió, fulminándote.
¿Te rodean acaso
breves ondas concéntricas
como al agua alterada por la piedra
que cayó de improviso?
La viste en flor y le rogaste:
Haz surgir ese pudor que me domina,
anda, hazlo surgir para lanzarlo lejos,
ese pudor como pedrada.
(De mi libro "Otros daños", I.C. El Brocense, 1997)
viernes, 5 de junio de 2015
DESASTRES (EL SER HUMANO SE ODIA)
Pues nada, que va el tipo pelopollas y me dice que si no conozco una web que es
cojonuda, vamos, que a través de ella te enteras de todo cuanto ocurre en el
mundo y estás superinformado. Caí en el cepo como un pardillo y, nada, pues que
me dediqué a visualizar en el monitor un periódico tras otro. Recorrí algunos
titulares y, horror, todo era guerra, violencia, sangre, destrucción, terrorismo,
asesinatos, bombas, muerte, corrupción política y ahora la cabronada corrupta de la FIFA. Todo era (es) mierda. Un mundo en el que los seres
humanos se destruyen con esta feroz contundencia es un mundo de mierda.
Así que hoy va la cosa en plan depresivo y cochambroso. Puede pensar
alguien, quizá con razón, que no está el horno para hablar de temas
deprimentes, y que por esta causa las televisiones intentan alegrar al personal
con mucha fiesta, mucho bailoteo, mucho aquí hay tomate, mucha pasión de
gavilanes y mucho amarte así, frijolito, que hasta los títulos de las
telenovelas son encomiásticos, tarugones y alegradores. Pero yo no, yo no valgo
para alegrías fiesteras porque me aplasta de vez en cuando la horrenda sensación de estar chapoteando en un
charco de mierda. El ser humano se odia. Pienso que Friedrich Wilhelm Joseph
Schelling (muy típico entre los alemanes del siglo XVIII arrimarse a tres o
cuatro nombres, aunque no creas, yo también conocí un tipo que se llamaba Jorge
María de la
Concepción Eduardo ), así que pienso que Schelling veía
visiones, dentro de un idealismo más romántico que objetivo, cuando escribía su
tesis sobre el pecado original y consideraba el mundo como una obra de arte
divina. Condiscípulo de Hegel y Hölderlin en el seminario protestante de
Tubinga, muchos de sus abundantes escritos propiciaron el rechazo fulminante de
Nietzsche: “la filosofía alemana está viciada por la sangre teológica”, dijo. Todo
lo malo que hay en el mundo procede del pecado original, todo lo bueno,
racional y bello procede de la voluntad de Dios, pensaba Schelling. Nietzsche
lo mandó a hacer gárgaras con agua bendita. En este sentido, más o menos
irrespetuoso, un chiste de Máximo, sí, creo que era de él, reflejaba
la angustia irónica de un ser humano que pregunta al divino hacedor: «¿Por qué
te has empeñado en darme un alma tan propensa a la violencia, a la destrucción
y al exterminio de mis semejantes?». Y, ya puesto en plan deprimidamente
sublime, cito a su vez a Juan Luis Panero, no sé si lo he leído en
algún poema suyo, creo que sí: «El odio nos iguala». No nos iguala la
solidaridad, ni la lealtad, ni la comprensión, ni la democracia, ni la bondad,
ni la fidelidad, ni la misericordia, ni la ternura, ni la clemencia. Nos iguala
el odio. Un mundo que utiliza el rasero del odio para igualarnos es un mundo de
mierda.
No todo es destrucción y muerte, sin embargo. También he leído alguna noticia
alentadora, por ejemplo: Joseph Blatter, presidente de la FIFA, ha dimitido. Después de haberse forrado con sus dos millones de dólares mensuales durante veinte años. Pero ha dimitido. La corrupción en el fútbol mundial. Mierda en
bote concentrada. Este mundo de ricos.
martes, 2 de junio de 2015
AH, LOS KILOS (El verano ya está a la vuelta de la esquina)
Se nos ha echado encima el verano sin advertirlo, de manera que el
personal se encuentra de buenas a primeras con que el sol le calienta el
colodrillo más de la cuenta y que, de seguir así las cosas, quien más quien
menos va a hacer el ridículo en playas y piscinas si airea esa horrorosa
blancura epidérmica que pervive debajo de camisas y sujetadores a lo largo del
año.
Y no sólo la blancura. Las abundancias
celulíticas ocasionan también estragos vergonzosos en la autoestima del gentío,
y hay que ver el apresuramiento acongojado con que la mayoría pretende
deshacerse de los kilos, como si los pliegues gelatinosos de la barriga, por
ejemplo, o la redondez apelmazada del trasero, constituyeran una de esas
vergüenzas ocultables y malditas.
Así que no hay más remedio. Hay que hundirse en las
aceitosas olas del consumo y adquirir a todo trapo cremas y demás productos
embellecedores para conseguir una tez bronceada y un cuerpo de sílfide (o
apolíneo, según) si quieres arrancar el ¡oh! admirativo de colegas, vecinas y
demás personal de fauna urbana, acosados como andan por la tenacidad obsesiva y
algo esquizofrénica de la belleza veraniega.
Así y todo, no acabo de entenderlo, por más vueltas que le doy. ¿Por
qué una mujer (o un hombre) que han conseguido una apariencia broceadamente
morena a base de cremas y mejunjes se consideran tocados por el don de la
belleza? ¿Por qué los mismos, si llega el caso, ocultan sus blancuras
epidérmicas con ese sentimiento de indigencia que abochorna y humilla? ¿Por qué
los hombres hunden la barriga y estiran los homóplatos en un afán sin duda
meritorio, aunque de escaso alcance, de
aparecer como un cachas o como un tío macizo? ¿Por qué las mujeres se obstinan
ferozmente en derrocar el trono de los glúteos, o la anchura de las pistoleras,
para imitar esa apariencia etérea que muestran modelos, actrices, cantantes,
vividoras y demás gente guapa y culifina? Ah, la belleza.
No es que quiera balancearme en las alturas de la santonería estética.
Pero, que yo sepa, la belleza es una abstracción y, como tal, difícil de
colocarle límites o de situarla donde a uno/a le apetece. Puede deducirse, en
consecuencia, que una cosa (o una persona) no es bella. Una cosa parece
bella, según la estructura cognitiva del sujeto que la aprecia. Tal vez sea una
obviedad pero, en definitiva, el péndulo estético oscila a uno u otro lado con
desconcertante frecuencia, de manera que lo que a uno le parece bello no lo es
para los otros, o lo que ahora parece bello no lo pareció antes.
Y así, en la Edad Media, la blancura de la piel constituía un signo
distintivo de belleza aristocrática hasta el punto de que las venas emergían de
la epidermis con esa azulada consistencia de los ríos en los mapas de
carreteras. De ahí lo de la «sangre azul», ya sabes. Y no digamos en el
Barroco. Además de la blancura de la piel, las abundancias celulíticas sacaban
a flote los kilos movedizos de sus poseedoras, orgullosas de mostrar una
belleza oronda y rotunda. No tienes más que asomarte a cualquier pinacoteca y
contemplar la alborozada exuberancia de los desnudos femeninos. Las tres
Gracias, por ejemplo, pintadas como servidoras de Venus dentro de un dinamismo
unitario y triádico, como en las obras de Rafael, de Correggio o de Rubens.
(Digresión. Hoy se conocen más de trescientas Gracias descritas en la
suntuosidad consumista del papel cuché, servidoras de la Venus crematística que
bendice sus licuescencias fotográficas en revistas y pantallas para admiración
e imitación del gentío en general y de culebroneras en particular). Sin ir tan
lejos, oí decir a mi abuela que, de moza,
era general costumbre salir poco de casa durante las horas de calor, y
ni mangas cortas ni nada. Se tapaban el rostro con un pañuelo para conservar la
blancura del cutis. Y los domingos se espolvoreaban tenuemente la cara con
polvo de arroz para ir al baile. Y que a las flacas y soleadas no las sacaba a
bailar ni el comandante de puesto. Otros tiempos.
En fin, ahora la belleza aparece impuesta en los cuerpos
bronceados y en las carnes escurridas. Y la imposición ha venido de lo alto de
las grandes empresas multinacionales de cosmética, que son las que mandan. Y el
personal creyéndose bello y fino por utilizar sus cremas. Más de dos mil millones de euros al año el rollo de las cremas bronceadoras. Y las gordas y
blancas, como si fueran pobres.
viernes, 29 de mayo de 2015
EL PSICOPOMPO (RELATO ALGO ESCATOLÓGICO)
Te apuesto doble contra sencillo, forastero, (que disculpe M.L.Estefanía) a que no has oído hablar del Psicopompo. No te asustes. No se trata de ningún virus mortífero de esos que aparecen de vez en cuando en África, extendidos por las diarreas mefíticas de los monos y por las perturbadoras advertencias de los científicos.
Mi vecino tampoco había oído hablar de él. Nos encontrábamos en la escalera y, a pesar del pacto de buena vecindad asentado en el mutuo respeto de los sentimientos futboleros (él madridista, yo atlético) solís decirme, pelín de guasa: Vais de culo, a ver cuando echáis al Mandzukic".
Aquella mañana, sin embargo, mostraba esa seriedad aflictiva que desencadenan los encrespamientos con la suegra, por ejemplo. Y así era. La buena señora se había empeñado en comprarse un perro. Y aunque los razonamientos de mi vecino rozaron los límites de una humildad sobresaliente y fingida, ella enarboló su poderío lenguaraz y tonante, como quien blande una espada, y hubo que soportar en casa la presencia canina.
—Háblale del psicopompo —le dije—, seguro que cuando conozca su función ultramundana deja de adorar a los perros.
—Ni hablar —contestó—. Es tan desconfiada que nutre cualquier palabra rara con asociaciones obscenas. Seguro que si le nombro al psicopompo piensa que deseo tocarle la redondez de su trasero.
Lo tranquilicé. Y, arrimándome a su oído, le solté que en las mitologías arcaicas el perro era un animal asociado a la muerte y que, con frecuencia, era en elcargado de conducir a los muertos a la otra vida, la función del psicopompo, vamos.
—De hecho —aseguré con suficiencia—, ahí tienes a Anubis o al can Cerbero, divinidades mortuorias caniformes. Sin ir más lejos, proseguí, los neoplátonicos pensaban que el perro simbolizaba la maldad del dueño que se deshacía de ella traspasándola al animal, de manera que tu suegra tiene tan mala pipa que, arrepentida, piensa desahogar sus pudrideros en la doméstica fidelidad de su caniche. Dile esto, a ver si le gafas lo del perro y lo regala.
Se lo dijo. Pero ni por esas. Al contrario, la suegra manifestó de forma contundente que era pura bondad lo que exhibía su perro, de manera que ella le había transmitido sus cualidades positivas. Por otra parte, le hizo muchísima gracia lo del psicopompo y, a renglón seguido, le creció debajo del moño un sorprendente alarde de cultería léxica que la impulsaba a utilizar la palabra cada dos por tres.
Y así, salía al atardecer por las aceras, muy ufana, a pasear al perro. Naturalmente, se cruzaba con treinta o cuarenta personas que a la misma hora también pasean a sus perros de esta guisa: los padres pasean el perro que le compraron a la niña cuando approbó 2º de ESO, los viejos pasean el perrillo de sus recuerdos, las solteras más bien provectas pasean el perrito de su desasosiego, los raperos pasean el perrazo de sus insumisiones, los amantes de los animales pasean simplemente el perro. Todos muy orgullosos, eso sí, de poder contar entre sus docilidades familiares con la doméstica afinidad de un perro.
La suegra de mi vecino estaba dotada de una capacidad de fabulación extraordinaria de modo que no se callaba ni debajo del agua y, como le había hecho gracia, según te dije, lo del psicopompo, cuando se cruzaba con una señorita que paseaba al perrito, se detenía educadamente y le decía:
—Oh, tiene usted un psicopompo monísimo—, y la señorita enrojecía.
A los padres que paseaban el perro que le compraron a la niña, etc., les espetaba:
—Buenas, tienen ustedes un psicopompo muy educado—, y los padres se soltaban de la mano.
A los raperos que paseban al perrazo casi les escupía:
—Vaya, tenéis un psicopompo desproporcionado—, y los raperos, perplejos, se miraban la entrepierna.
A los amantes de los animales simplemente les daba las buenas tardes.
La aparente dificultad de todo este embrollo reside en que el psicopompo, al menos el psicopompo que adopta zoomorfología canina, siente acuciantes necesidades fisiológicas y, cada dos por tres, mea y caga. Y es (in)digno de ver el sarpullido excrementicio que salpica las aceras, como ejemplo peligrosamente escatológico de resbalones, de patinazos y de untadas.
Y aunque el excelentísimo Ayuntamiento, en su aparente afán de proteger el bien público, notifica cada dos o tres años conminatorios avisos de multa aplicables a los dueños de psicopompos desavisados, no hay remedio. Los dueños de los perros siguen tras ellos durante los atardeceres, como si tal cosaa, atados (los dueños) al orgullo de la cadenita flexible como si persiguieran machaconamente la inconstancia vespertina.
En fin. Aquel atardecer me encontré con la suegra de mi vecino que recogía a su perro. Ella subía las escaleras, yo salía a la calle. Le sonreí con la boca cerrada y, disimuladamente, le di un taconazo al perro. Nada más pisar la acera, me corté. La ñorda apretujada y maloliente del perro de la suegra de mi vecino se adhería a la suela de mi zapato con una pertinacia constante y vengativa que me impulsaba a caminar a la pata coja, sin saber qué hacer. Justo castigo del psicopompo, creo.
Mi vecino tampoco había oído hablar de él. Nos encontrábamos en la escalera y, a pesar del pacto de buena vecindad asentado en el mutuo respeto de los sentimientos futboleros (él madridista, yo atlético) solís decirme, pelín de guasa: Vais de culo, a ver cuando echáis al Mandzukic".
Aquella mañana, sin embargo, mostraba esa seriedad aflictiva que desencadenan los encrespamientos con la suegra, por ejemplo. Y así era. La buena señora se había empeñado en comprarse un perro. Y aunque los razonamientos de mi vecino rozaron los límites de una humildad sobresaliente y fingida, ella enarboló su poderío lenguaraz y tonante, como quien blande una espada, y hubo que soportar en casa la presencia canina.
—Háblale del psicopompo —le dije—, seguro que cuando conozca su función ultramundana deja de adorar a los perros.
—Ni hablar —contestó—. Es tan desconfiada que nutre cualquier palabra rara con asociaciones obscenas. Seguro que si le nombro al psicopompo piensa que deseo tocarle la redondez de su trasero.
Lo tranquilicé. Y, arrimándome a su oído, le solté que en las mitologías arcaicas el perro era un animal asociado a la muerte y que, con frecuencia, era en elcargado de conducir a los muertos a la otra vida, la función del psicopompo, vamos.
—De hecho —aseguré con suficiencia—, ahí tienes a Anubis o al can Cerbero, divinidades mortuorias caniformes. Sin ir más lejos, proseguí, los neoplátonicos pensaban que el perro simbolizaba la maldad del dueño que se deshacía de ella traspasándola al animal, de manera que tu suegra tiene tan mala pipa que, arrepentida, piensa desahogar sus pudrideros en la doméstica fidelidad de su caniche. Dile esto, a ver si le gafas lo del perro y lo regala.
Se lo dijo. Pero ni por esas. Al contrario, la suegra manifestó de forma contundente que era pura bondad lo que exhibía su perro, de manera que ella le había transmitido sus cualidades positivas. Por otra parte, le hizo muchísima gracia lo del psicopompo y, a renglón seguido, le creció debajo del moño un sorprendente alarde de cultería léxica que la impulsaba a utilizar la palabra cada dos por tres.
Y así, salía al atardecer por las aceras, muy ufana, a pasear al perro. Naturalmente, se cruzaba con treinta o cuarenta personas que a la misma hora también pasean a sus perros de esta guisa: los padres pasean el perro que le compraron a la niña cuando approbó 2º de ESO, los viejos pasean el perrillo de sus recuerdos, las solteras más bien provectas pasean el perrito de su desasosiego, los raperos pasean el perrazo de sus insumisiones, los amantes de los animales pasean simplemente el perro. Todos muy orgullosos, eso sí, de poder contar entre sus docilidades familiares con la doméstica afinidad de un perro.
La suegra de mi vecino estaba dotada de una capacidad de fabulación extraordinaria de modo que no se callaba ni debajo del agua y, como le había hecho gracia, según te dije, lo del psicopompo, cuando se cruzaba con una señorita que paseaba al perrito, se detenía educadamente y le decía:
—Oh, tiene usted un psicopompo monísimo—, y la señorita enrojecía.
A los padres que paseaban el perro que le compraron a la niña, etc., les espetaba:
—Buenas, tienen ustedes un psicopompo muy educado—, y los padres se soltaban de la mano.
A los raperos que paseban al perrazo casi les escupía:
—Vaya, tenéis un psicopompo desproporcionado—, y los raperos, perplejos, se miraban la entrepierna.
A los amantes de los animales simplemente les daba las buenas tardes.
La aparente dificultad de todo este embrollo reside en que el psicopompo, al menos el psicopompo que adopta zoomorfología canina, siente acuciantes necesidades fisiológicas y, cada dos por tres, mea y caga. Y es (in)digno de ver el sarpullido excrementicio que salpica las aceras, como ejemplo peligrosamente escatológico de resbalones, de patinazos y de untadas.
Y aunque el excelentísimo Ayuntamiento, en su aparente afán de proteger el bien público, notifica cada dos o tres años conminatorios avisos de multa aplicables a los dueños de psicopompos desavisados, no hay remedio. Los dueños de los perros siguen tras ellos durante los atardeceres, como si tal cosaa, atados (los dueños) al orgullo de la cadenita flexible como si persiguieran machaconamente la inconstancia vespertina.
En fin. Aquel atardecer me encontré con la suegra de mi vecino que recogía a su perro. Ella subía las escaleras, yo salía a la calle. Le sonreí con la boca cerrada y, disimuladamente, le di un taconazo al perro. Nada más pisar la acera, me corté. La ñorda apretujada y maloliente del perro de la suegra de mi vecino se adhería a la suela de mi zapato con una pertinacia constante y vengativa que me impulsaba a caminar a la pata coja, sin saber qué hacer. Justo castigo del psicopompo, creo.
jueves, 28 de mayo de 2015
EL MAL, ¿DÓNDE SE ENCUENTRA EL MAL?
Es inquietante, la pregunta. ¿Dónde se esconde el mal? Casi siempre se ignora, también en los pequeños aconteceres. Leo que decenas de alcaldes del PSC quitaron la bandera española en la Diada. ¿Eso es bueno o malo? ¿Es un bien o un mal la bandera? ¿Cómo un pedazo de tela (un símbolo no más, en el sentido icónico del término) concita tantas pasiones, a favor o en contra? Pienso que el hombre no siente real, íntima, individualmente tal devoción a la bandera sino que hay ‘alguien’ que lo incita a amar por encima de todo una bandera, a odiar por encima de todo otra bandera. ¿Dónde radica el mal, en el odio exacerbado o en el amor incontrolado? Por amor a una bandera se mata; por odio a una bandera se mata. Que alguien me diga qué importa el amor, en este caso, si su defensa conlleva el odio, la destrucción, la muerte de otros seres humanos. O en qué se diferencia ese sentimiento del que mata y destruye impulsado por el odio a otra bandera. El amor y el odio confluyen, se equiparan el bien y el mal.
Los ocultos y turbios intereses personales de aquellos que rigen los destinos de los hombres han extendido el mal por el mundo, una sombra gigante y turbadora como la negra silueta del diablo, el Leviatán político de Thomas Hobbes.
martes, 26 de mayo de 2015
OH, LA TELE, ¿HABRÁ QUE APAGARLA?
Si tiene usted las agallas que hay que tener para tragarse un telediario
completo, habrá advertido que las intenciones de quienes nos ‘echan’ las
noticias (que son la alfalfa del borreguío televidente) persiguen, a mi
parecer, un fin: que el gentío tiemble de miedo. Un 40 % de la información
expone a diario tragedias, asesinatos, maltrato físico, violencia de género,
accidentes de tráfico, devastaciones climatológicas, dolor y muerte. El 60 %
restante se divide entre deportes, política económica y publicidad.
Michael Moore, el del documental “Bowling
for Columbine” que hizo tanta pupa, dijo que los medios procuran que
tengamos miedo. «Animo a la gente a que apague la tele porque nos están
triturando el cerebro». Apagar la tele. ¿Y entonces? Hablar o leer. Hablar con
la familia resulta fastidioso porque hoy no se habla, se discute. Mejor ver la
tele. Leer es insoportable. Un aburrimiento pertinaz que carga la vista e
hincha la cabeza. La lectura es para los letraheridos. Mejor ver la tele. Y el
gentío se distrae zapeando. Más miedo. Los programas matutinos, orlados de
atractiva publicidad doméstica, meten el miedo en el cuerpo con la cosa del
colesterol, la hipertensión, los ácidos biliares y la celulitis. Los programas
vespertinos exponen las lágrimas de la señora que ha perdido a su hijo, o que
se le ha inundado la casa, o que padece cáncer de colon, o que se ve obligada a
subsistir con 327 euros, o que ha sufrido un atraco, o que han violado a su
hija. Y así. Ese cúmulo de desgracias, esparcidas por los espacios televisivos
como quien esparce abono, eleva la adrenalina y produce una honda satisfacción
contradictoria, el hallazgo del gusto en la desgracia. No, mister Moore. El
gentío no tiene el cerebro triturado por la tele. El gentío disfruta con la
tele, su tabla de salvación. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo
Arquímedes. La tele. El punto de apoyo.
martes, 19 de mayo de 2015
EL OPIO SIEMPRE ATONTA
Tal vez la religión, como ideología, sea el opio del pueblo, un opio
inodoro, incoloro e insípido, hoy día. Pero el laicismo, como ideología, es el
actual opio del pueblo, un opio aromático, irisado y sabroso que promete la
salvación ciudadana. En aras de la libertad. “Estatolatría”, lo llama Raúl del
Pozo. Sorprendente. Ahora que avergüenza menos ondear la bandera del partido en
una manifestación que portar el estandarte de la cofradía en una procesión,
ahora, digo, que se aturde al personal con el pregón de las promesas
democráticas, ahora se sustituye un opio por otro. Apenas quedan santos a los
que venerar. Abundan sin embargo ídolos mediáticos (o políticos) a los que
adorar. Y va la gente y se lo cree. Libertad de expresión. ¿Por qué la
expresión de determinadas libertades constituye un opio infumable mientras que
la expresión de libertades oficiales se acepta como opio fumable? Es mentira la
validez de un opio y la inutilidad del otro. El opio siempre atonta.
miércoles, 13 de mayo de 2015
EL ERROR DE LAS "CATÁSTROFES HUMANITARIAS"
Esta primavera, convertida en verano adelantado y agobiante, florece entre mítines, carteles y promesas electorales tal como en las orillas de los regatos eclosionan las pamplinas y los pañalitos. Con la
diferencia de que en las promesas parpadea el amarillo brillante de la mentira y en
las pamplinas y pañalitos revienta la savia nutricia. Con tanta promesa, esta primavera está vacía
de realidades y sentimientos. El segundo terremoto de Nepal en pocos días ha hundido en la muerte y en la nada a todas esas personas a las que les ha tocado la china. Estamos tan vacíos de
sentimientos que incluso los informadores se trastuecan y perturban con las
heridas de la primavera. Ayer, en algún noticiario televisivo, escuché la noticia de que estaban organizándose nuevos recursos para ayudar a estas "catástrofes humanitarias". Hombre, no creo que los periodistas sean tan ignorantes. O quizá lo sean
cuando utilizan la expresión de «catástrofes humanitarias». El concepto de
‘humanitario’ significa algo que se refiere al bien del género humano, cosa que
es esencialmente imposible en cualquier catástrofe. Si lo de «catástrofes
humanitarias» lo repiten una y otra vez telediarios y boletines de noticias,
advierto a los desavisados que, con ello, están expresando justamente lo
contrario de lo que quieren decir: lo 'humanitario' tiene como finalidad aliviar
los efectos que causan las desgracias en las personas que las padecen, alivio
imposible si va unido a una catástrofe. Una catástrofe no puede ser humanitaria. Las catástrofes sólo pueden ser
humanas; las ayudas sí pueden ser humanitarias.
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