martes, 24 de febrero de 2015

¿QUIERE TENER USTED SIEMPRE LA RAZÓN?

Opiniones. Todo son opiniones, y el gentío no se convence de la volatilidad de las opiniones. "No sabes lo que dices", es la respuesta a la opinión contraria. La alusión al Madrid como equipo galáctico, la diatriba contra los árbitros, la afirmación social de que todos los políticos son corruptos, la creencia en el poder omnímodo de los EE UU, la conclusión de que España es el país con mayor número de gilipollas por metro cuadrado, no dejan de ser opiniones. ¿Qué tiene de particular, pues, que unos las acepten y otros las rechacen? Lo realmente complicado del asunto reside en que el tipo que expone su opinión pretende, casi siempre, convencer a quien lo escucha de que esa opinión, la suya, es la única verdadera. El oyente pretende lo mismo y al convertirse, acto seguido, en exponente, se genera una fuerza de choque que embiste recíprocamente, imposibilitando el acuerdo mental. Olvidan los perorantes que opinar es dar un parecer, no asentar una verdad, y que el ámbito de la verdad es tan oculto e intrincado que, normalmente, la mente humana es incapaz de descubrirlo, mucho menos de exponerlo.

Parménides escribió un poema en dos partes: Sobre la naturaleza. Los hexámetros de la primera parte exponen que sólo es válido el conocimiento dado por la razón, y que de la naturaleza y de los hombres no tenemos conocimiento cierto. La segunda parte concluye que los vulgares mortales, eso somos, adquirimos el conocimiento a través de los sentidos y que, por lo tanto, no poseemos la razón: sólo disponemos de la opinión. 

jueves, 12 de febrero de 2015

DEL OLVIDO Y LA MEMORIA

Lo digo por nosotros, que mira que somos frágiles de memoria a pesar de que no sufrimos la Logse en nuestros años de estudios, le dije al conocido de toda la vida. Cómo es eso, me dijo, Qué, le dije, Lo de la fragilidad de la memoria y la Logse, me dijo, Porque una de las principales corrientes conductistas aplicadas a la Logse, le dije, propugna que lo importante en la educación es el desarrollo de capacidades y actitudes, y que la memoria, en tanto en cuanto ayuda a la adquisición de contenidos conceptuales, tiene que ser desatendida porque el aprendizaje de los conceptos —aprendizaje memorístico de conceptos, dicen— vale para poco a futuros ciudadanos responsables, europeos y libres. No es de extrañar que los adolescentes actuales pasen del tratamiento y cultivo de la memoria como pasan del pescado hervido y del rayado de zanahorias. Nosotros, por el contrario, no. Nosotros, en aquellos tiempos, soportamos una enseñanza memorística full time que quizá desarrolló nuestra previsión léxica pero que recortó nuestra capacidad de interpretación del entorno. Y así, nos sabíamos de memoria el Cum subit illius de Ovidio y fragmentos de la Epistola ad Pisonnes de Horacio, la lista de pretéritos y supinos irregulares latinos que no tenían nada que envidiar a la de los irregulares ingleses, y series de poemas de autores clásicos con los que nos ejemplificaban el aprendizaje de las estrofas de la métrica castellana. De memoria las valencias químicas y las fórmulas matemáticas, y nada de calculadoras y otras máquinas: todo el cálculo a base de papel y lápiz, que así calculaba uno como un lince (si es que los linces calculan, que no creo).
Pues bien, a pesar de todo nuestro desarrollo memorístico, somos frágiles de memoria. Y digo lo de la fragilidad porque, parece mentira, hemos olvidado que nosotros también fuimos adolescentes. Todos hablamos mal de la juventud, gandules, egoístas, obsesivos, comodones, pichuleros, lo del botellón y todo eso. Existe una lucha solapada, oculta y recóndita contra las actitudes y comportamientos de los jóvenes. No se tolera de buen grado que, por ejemplo, les guste ‘su’ música. Para ellos, los músicos, es decir, la gente de su edad que se dedica a la música, son los artistas más expresivos y alucinantes que hay. No se acepta que la naturalidad sea su bandera. Las chicas aparecen como diosas juveniles, los rizos definidos y sueltos, controlados y dulces. Aparecen como deidades corpóreas, esa melena viva y destellante que se alarga al viento cosificando la belleza. Aparecen con el aire andrógino de una galaxia incierta cuando muestran un corte de cabello desenfadado y provocante. Aparecen con sus bolsos de estudiada bandolera como si en su interior guardasen todo el misterio del mundo. Aparecen resueltas y ágiles, decididas a defender su espacio vital, a luchar para que la rutina no perfore su vida. Los muchachos nos muestran el fulgor de la vida, la vida dominada en un impulso, en una voz, en una respuesta, en un bostezo. Los muchachos nos miran con una sabiduría personal, de personas adultas, una sabiduría que procede al revés, de abajo arriba, una sabiduría en la que los pocos años dominan a los muchos: es la sabiduría de un silencio impuesto, quizá, por el hastío que les produce nuestro modo de vida acomodado, perezoso y repleto. Los muchachos menosprecian nuestro resentimiento, nuestro chándal dominguero, nuestra suficiencia, nuestra rutina vital y nuestras discusiones políticas.
Vuelvo al principio y a la fragilidad de la memoria. Nosotros también fuimos adolescentes. Reprimidos, tal vez, pero adolescentes. ¿Qué hubiéramos hecho de tener televisión, ordenador, móvil, whatsapp, facebook, twitter, permiso casi siempre no consensuado, pero permiso, para regresar a casa de madrugada? No, queridos padres, no salgo de correría nocturna porque quiero ser el día de mañana una persona de provecho: ni el repelente niño Vicente hubiera adoptado tal actitud mefítica. Así que, influidos (nosotros) por la imbecilidad comunicativa de algunos medios de adoctrinamiento de massasssss, hemos llegado a creer que los jóvenes son tal como nos los presentan en determinadas e interesadas series televisivas. Somos tan beocios, los adultos, que simplemente, con la simpleza del simple, atribuimos a los jóvenes la negatividad de unas cualidades que son eso, negativas, por el hecho de no ser las que a nosotros nos adornan, juá, juá. Botellón, piercing, transgresión, gamberreo, móvil y ‘ciber’. Esa es su vida. ¿Y la nuestra? Cuando nosotros dejemos, arrepentidos y perplejos, los vinos y el chateo, la cerveza y las tapas, tan ricas, las cenas fin de semana (ellos, mientras tanto, solos), los whiskyes alternativos en el pub de copas hasta las tantas, el consumismo indiscriminado, las deslumbrantes películas DVD, el podio de la música, las mejores cintas  porno, el perfume de la sensualidad acristalada, las gafas con montura de titanio y las pollas en vinagre, cuando nosotros dejemos todo eso, sólo entonces podremos ponernos de uñas con los jóvenes y criticar e incluso reprender sus actitudes.
  


martes, 10 de febrero de 2015

EL SEXO DE LOS ÁNGELES

Hoy va la cosa de exposición erudita y así. Desde que los teólogos medievales empezaron a rizar el rizo de los ángeles, se ha escrito de ellos afirmando o negando su existencia, agrandando la infinitud de su número, diferenciando sus categorías, describiendo su rebelión antidivina y, en fin, presentándolos superiores a los hombres.   Leibniz y Kant, achispados sin duda por el alcohol de sus disquisiciones, afirmaron que no puede existir un espíritu activo sin cuerpo, razón por la que se lo atribuyeron a los ángeles. Y Eugenio D’Ors, partidario de la palabra como encarnación del concepto, tuvo su particular explicación para la angelología. Según él, todos tenemos un ángel (supongo que no será el custodio) porque el hombre es cuerpo, alma y ángel. Son ideas culturalistas,  propias de la estética d’orsoniana. Quizás Mario Benedetti, probablemente influido por la encarnación del concepto en la palabra, escribe que los ángeles hacen el amor a través de las palabras, porque lo que es de sexo, nada, lo que constituye una “lamentable carencia de información”.
Así que nadie sabe nada del sexo de los ángeles. (Los sabios bizantinos se pasaban las horas muertas discutiendo el asunto). 

lunes, 19 de enero de 2015

MICRORRELATO DE LA NIÑA CRÉDULA

Me amaba falsamente. Alzó los brazos para atrapar todas mis horas. Se nutrió de minutos para sentir la porcelana tibia de mi noche. Mas todo sucumbía en el pozo diario de la nada. También alcé los brazos para atrapar su tiempo. Pero el tiempo es pequeño. Un breve puñado de minutos que se escurren como el agua se escurre entre los dedos. Ese tiempo pequeño la abrazó ferozmente y la sedujo tenaz hacia la nada.  Estaba tan contenta en el vacío: su alegría manaba de los sueños que me hacen imposible.

sábado, 17 de enero de 2015

OBSCENIDAD DEL RAZONAMIENTO

Yo debo de ser un inconformista cósmico porque, según dicen, todo me parece mal. Dicho de otro modo, quizá no pueda haber un listo y noventa y nueve tontos dentro de la centena de cráneos que pueblan cada metro cuadrado de fauna urbana. Yo pienso que sí, aún a riesgo de parecer un extraterrícola autosuficiente, emancipado de las aceras. Porque vamos a ver: si la aptitud para el razonamiento estuviera tan extendida como lo está la capacidad para el asentimiento, apenas habría tontos. Pero la cosa no es así. Resulta fácilmente comprobable la verificación de que el personal, a estas alturas del progresismo milenarista, no razona sino que asiente. Basta que la publicidad le coloque el producto a tiro de supermercado, por ejemplo, para que la grey se apresure a adquirirlo sin atenerse a razones cualitativas, movida por un impulso aquiescente que la precipita al enganche del carrito sin atenerse a reflexiones previas. Y no sólo yo debo de ser un inconformista cósmico, como te decía, también deben de serlo los columnistas, colaboradores, críticos y otros plumíferos, en general, que ponen a parir la perversidad estética de los programas televisivos, amén de su degradación ética, su vulgaridad poética, su publicidad cosmética y su presentación patética (disculpa el sinsentido semántico y las esdrújulas). Sin embargo, el gentío no les hace caso y se afianza en el asentimiento ciego. Y acepta la bondad intríseca de tales abominables programas como si en ello le fuera la vida. Está visto que al ser humano, con héroes así, le han robado ya la gloria. Y el razonamiento.

jueves, 15 de enero de 2015

LA POMADA Y SU UNTE

La mixtura de sustancias grasas y otros ingredientes que constituyen la pomada, unta. Por eso se dice “estar en la pomada”. Quien está en la pomada tiene los dedos de la mano grasientos y lustrosos. Y, evidentemente, quien no está en la pomada no se unta. La práctica del unte viene de largo. El personal tiene que estar en la pomada si quiere sobrevivir o, lo que es lo mismo, cada uno se aplica la pomada que le interesa para proteger sus heridas. Las peores heridas son las causadas por el hombre. El hombre contra el hombre. La frase me recuerda algo que leí de Hobbes en aquellos tiempos en que uno se agarraba a la tabla filosófica como un náufrago de la existencia. Así que tiro de Leviathan y repaso algunas de sus ¿duras? aserciones, fundadas en un concepto antropológico dominado por el materialismo. Fuerzas y estímulos sensibles, reacciones de los sentidos. Eso somos, prisioneros del mecanismo de los sentidos, como los animales...  De ahí la pomada de la guerra. Desconozco el daño personal que hería a Hobbes para mostrarse tan resentido contra  todo lo que se movía. Quizá su trato constante con la nobleza inglesa, en plan servidor que acepta las impertinencias del señor (tuvo que ganarse la vida como preceptor doméstico de familias nobles), le configuró una costra de mala uva intelectual que lo impulsó a tirar con bala a la res cogitans de Descartes, y a elaborar su teoría del cuerpo, del hombre y del Estado. Tremendo. Lo releo y me parece tremendo. De una actualidad tremenda. La interpretación teórica de lo que llamamos Estado se funda en una recta razón que no trata más que de las rectas consecuencias en orden al egoísmo individual. Se trata del Estado primitivo natural en el que la naturaleza ha dado a cada uno derecho a todo pero, claro, la apetencia de muchos hacia lo mismo origina que cada uno se enfrente a los demás. Es, de hecho, la guerra de todos contra todos. Las obligaciones para con los demás no son más que probidades para la conservación de la propia vida. Egoísmo, en definitiva. En estas condiciones, el hecho de sobrevivir se convierte en algo realmente dificultoso. Así que hay que llegar a un acuerdo. Y, efectivamente, la ciudadanía acuerda ceder los derechos naturales personales y se llega al acuerdo libre de crear un orden, un derecho, una costumbre y una moralidad. Eso es el Estado como contrato social. En este sentido, el Estado es soberano absoluto con respecto a todos sus subordinados. 

viernes, 9 de enero de 2015

SOMATIZACIÓN NEGATIVA A CAUSA DE LOS REYES MAGOS

Yo es que me somatizo negativamente con esto de los Reyes Magos. Porque a ver quién justifica, digo yo, la aparición de juguetes(?) tan pavorosos como los ‘yugulator’, ‘violator’, ‘depredator’ y otros artefactos semejantes que los reyes de oriente con cara de Kung Fú amarillo exportan en camellos galácticos y en renos siderales para depositarlos en el angelical zapatito infantil. De esta forma, el angelical zapatito infantil se transforma a todo meter en anticipadas dosis de perversidad y mala leche con  las que se pueda fastidiar al enemigo y conseguir que Pepito muerda el polvo.
Y la madre, esa culebronera del quinto que recibe siempre al butanero con la arrogancia de las ondulaciones mientras el culo se le hace calisay al observar las miradas que el mozo le dirige a la pechuga, la madre, digo, muestra orgullosa a las vecinas el ‘violator’ que los reyes magos de oriente de China y Taiwán le han traído a su niño, mi amor, para que adviertan lo libre de prejuicios y lo desinhibida y lo moderna que es ella en estos umbrales del siglo. Y las vecinas observan, con cierto estupor embadurnado de misterio fisiológico, cómo el ‘violator’, pertrechado en su vehículo lanzamisiles, se encrespa y se endurece dentro de la simulación icónica y fálica que lo representa.
Y el padre muestra a los compinches cerveceros el ‘yugulator’ que los magos de oriente de China y Taiwán le han traído a su hijo, que es la hostia, tío, y se parten de risa al observar las piruetas agónicas de la víctima cuya cabeza ha introducido su hijo (aprendiz de verdugo tal vez superdotado)  en el agujero mortal de la unidad de tortura para que el enemigo se joda y se retuerza hasta que casque y deje allí el pellejo.
Y el tío Carlos, ese pesado insoportable que se ha pasado la noche de Año Viejo  asegurando a la grey familiar que en este país nadie tiene un euro y que lo de la justicia y la corrupción y la delincuencia y las cárceles son una vergüenza nacional y una mierda, el tío, digo, va y le regala al niño un artilugio que simula, a escala real, una pistola Smith & Wesson, y ensalza la puntería infantil cuando el angelito atraviesa una manzana colocada en la cabeza de Troski, el perro. ¡Cómo mola!
Ya sé que puede parecer exagerado lo que voy escribiendo. Y admito que tú y otros muchos regaláis libros y juguetes didácticos a los hijos, mira qué bien. Pero no por ello es menos cierto. Y aunque, según dicen, roza los límites de la obscenidad la manifestación ostentórea de los sentimientos, proclamo que odio la violencia con la misma intensidad que cualquiera que odie la violencia.

Moraleja: deseo con todas mis fuerzas que los reyes magos de oriente bélicos naufraguen cuando crucen el Océano Índico. Y que, sin violencia, en medio de las olas luminosas de la publicidad, se ahoguen mansamente. Por lo menos.

domingo, 4 de enero de 2015

ANTES DE LA CORRUPCIÓN YA SE HABÍA PERDIDO LA DIGNIDAD

Lo reconozco. La antigua dignidad de que gozaban los próceres que regían nuestros destinos,  se ha esfumado como se esfuma la niebla. En fin, se han perdido las formas. Hoy día, cualquier comentarista, o articulista, o periodista, o columnista, o lo que sea, alude a nuestros próceres políticos, y aun a obispos y otras eminencias, con un tratamiento pringoso y diario, algo así como de relación de vecindad, a la pata la llana que, la verdad, creo que es inmerecido. Nuestros próceres merecen algo más que esa aproximación al tuteo (tan español y carpetovetónico) que consiste en eliminar la cortesía del tratamiento. Al fin y al cabo son personas constituidas en dignidad, más o menos alta, y el personal plumífero y/o televisivo debería mostrarles un respeto onomástico que excluyese la camaradería y el acercamiento, ese aspecto confianzudo, como de haber comido juntos, que ha distribuido por doquier  la democracia (según piensan unos, progretas)  y la desfachatez (según piensan otros, carcas). Los medios de adoctrinamiento de masas han generalizado la omisión del tratamiento de la misma forma que se ha prescindido del sombrero. Ya nadie usa sombrero, y el tratamiento era el sombrero de la dignidad. Ahora, si alguien se dirige a un señor obispo, le casca un Cañizares o un Blázquez, a secas. Nada de reverendísimo señor. Si alguien se dirige a un ministro, nada de excelentísimo señor: Montoro o Wert a secas, y a correr. Y el Presidente del Gobierno no es el excelentísimo señor don Mariano Rajoy, a dónde vas tío, es Rajoy, y gracias, que con ese aspecto bobón y esa lengua insalivadora del labio superior va que chuta. Y el Presidente Autonómico de Extremadura no es don José Antonio Monago Terraza, ni siquiera el Sr. Monago Terraza, es Monago y se acabó, que para eso hizo sus escapaditas a Tenerife y, además, estamos en democracia. Porque aquí todos somos iguales, qué carajo, aunque unos tengan cargos y otros no. (Mi tío Eufrasio, al que hace tiempo he perdido de vista, dice que, efectivamente, todos somos iguales, pero que unos somos más iguales que otros). 

jueves, 11 de diciembre de 2014

POSIBILIDAD DE QUE EL MÓVIL ALTERE TUS BIORRITMOS

No pretendo aludir al móvil de los políticos corruptos, un campo de impulsos humanos muy vasto y, al mismo tiempo, muy variados los motivos (el móvil) que pueden llevar al político a delinquir.
Me refiero al móvil telefónico, como no podía ser menos, ese artilugio de última generación que cohabita en la intimidad de todos y cada uno de los españoles, más de treinta y dos millones de teléfonos móviles hay en España, qué horror, para qué querrán los españoles tantos móviles, no hay bar, autobús, acera, terraza de verano, supermercado, sala de espera, polideportivo, cine, reunión de sindicatos, jornada de reflexión política, pleno del ayuntamiento y obra en construcción en los que no aparezca el usuario del móvil, y hasta en la iglesia, no creas, que está el oficiante en la culminación de su homilía y, zas, surge la imprevista interrupción del móvil, que no por repentina deja de resultar incómoda, y va el usuario y se levanta con aire más trascendental que compungido y se larga al atrio disculpándose a media voz por las molestias ocasionadas en su alteración litúrgica.
Y ahora resulta que las últimas investigaciones de los expertos nos alertan y ponen al móvil en vilo porque produce emisiones de radiación que pueden resultar peligrosas para la salud. Y según en qué lugar del cuerpo vaya alojado el móvil, el peligro incide en el órgano más cercano, dicen. Así que cuando se te calienta la oreja, por ejemplo, de tanto movilear, las radiaciones del móvil pueden llegar, con el tiempo, a producirte lesiones acústicas o a hacerte un agujero espantoso en el cerebro que quizá llegue a convertirse en la guarida de la tontuna, ese tumor maligno que condiciona la recepción de la cordura. Así que cuando, en medio del trabajo, aprecias falta de concentración o ligero dolor de cabeza, cuando sientes que la pantalla del ordenador parpadea más de la cuenta y te entras ganas de mandar la estadística al carajo, no lo dudes: el móvil te está jugando una mala pasada. Cuando adviertes que la proximidad de la culifina de pelo amarillo que trabaja en el laboratorio te produce breves extrasístoles repentinas, como puñaladas cordialmente enemigas, no es su anatomía esplendorosa, no, la que daña tu corazón: es el móvil el causante de tu alteración cardiorrespiratoria. Cuando adormilado y vencido te levantas el domingo por la mañana, la lengua pastosa y los párpados orlados de ojeras protuberantes, sintiendo ligeros pinchazos en el lado derecho del abdomen, no ha sido el Ballantine’s, no, el agente de tu flatulencia: ha sido el uso tontorrón del móvil que poco a poco va horadando los tejidos de tu hígado o de tu bazo, expuestos quizá a algún tumor linfático. Cuando, sin saber por qué, no tienes más remedio que levantarte y dirigirte cada dos por tres a los servicios, con repetidos e inusuales ataques de incontinencia en la micción que hacen sonreír al conserje (piensa, el malaleches, que ya se te aproxima lo de la próstata), no han sido las cervezas —antioxidantes y todo— las que te inflaman la vejiga, no: es el uso del móvil que perjudica seriamente los tejidos de tus riñones. En fin, si notas, alarmado, que tus partes pudendas abultan más de la cuenta y que el personal (mayormente femenino) echa un ligero y disimulado vistazo a tu bragueta cuando te cruzas con él por el pasillo, no se debe el aumento del paquete a un efecto inversamente malsano de la criptorquidia, no: es el uso indiscriminado del móvil cuyas radiaciones han producido un calentamiento de tus testículos, agobiados por su campo magnético.
Así que, amigo, te sugiero que te andes con cuidado en el uso del móvil para evitar la incidencia de tumores. 


lunes, 8 de diciembre de 2014

MICRORRELATO DEL ABUELO CACHEADO EN EL AEROPUERTO

¡Qué vergüenza, Dios mío!, me dice un viejo conocido recién llegado de uno de esos viajes que el Imserso organiza para los tercerasedades. ¿Qué pasa, le dije, que te hicieron empuñar el hacha para liberar tus obsesiones con lo de la destructoterapia? Ojalá hubiera sido eso, respondió. Fue peor. En el aeropuerto. Nada, que nos obligaron a sacar cuanto llevábamos en los bolsillos, en la bolsa y en la maricona. Fue cruel. La hebilla de mi cinturón no hacía más que pitar y me obligaron a quitármelo. Los pantalones se vinieron abajo (me los compré anchos por la comodidad de los cataplines, ya sabes) y quedaron al aire unos calzoncillos decorados con pin up rojas, para la fantasía sexual, me había dicho la parienta. ¡Qué fuerte!, le dije. El caso es que los calzoncillos, continuó, seguían pitando, y nada, los cabrones, que me hicieron que me los bajara. ¿Cómo?, me sorprendí, no es posible, eres muy peludo. Fue posible, dijo, menos mal que a duras penas me cubrí las vergüenzas con las palmas de las manos. Pero, qué coño sonaba en los calzoncillos, le pregunté. Pues ya ves, me dijo torciendo la boca, nos dio por entrar en una sex shop y cargamos con unos preservativos musicales que yo escondía en el bolsillín interior de los calzoncillos. 
El chip de la musiquilla se confundía con el pudor escondido en los pliegues de la turbación.